Soñando sueños

Hoy he vuelto a soñar con el mismo parque de siempre. Nunca lo he visto en la realidad, pero en sueños vuelvo una y otra vez, de niña, para pasear por él. Los árboles estaban tan amarillos como siempre y las hojas crujían al pasar. Los toboganes, viejos y gastados, estaban donde siempre. Fríos, casi amenazadores. No se escucha ningún pájaro, el silencio lo invade todo. Pero esta vez no fue como las otras veces. Esta vez no estaba sola.

Había un niño sentado en el columpio que otras veces balanceaba el viento. Tenía la mirada perdida, como pensativo. Su cara, aunque completamente desconocida, me recordaba algo. Al principio la timidez me vencía y no quería molestarlo. Pero luego me fui acercando lentamente. Creí que estaba sordo hasta que me miró. No me miraba a mi, miraba las hojas que movía con el pie. Tardé un poco en darme cuenta que no podía verme. Que al igual que yo siempre había creído que el columpio lo movía el viento, él creía que las hojas se mecían bajo la brisa.

Quise abrazarle y preguntarle quién era, por qué estaba en mi sueño. Cómo había entrado en un lugar tan sagrado. Sin permiso. Sin avisar. Pero desperté frustrada. Porque por mucho que yo le viera, él jamás me vería a mi.

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