Sangre V

Pero como todo, se acaba. La rutina, la costumbre, el estar siempre mirando la misma cara, todo se vuelve aburrido. Al principio nuestras separaciones eran breves, el tiempo de ir a buscar sangre fresca mientras el otro recogía la casa o estar en esquinas opuestas de una misma fiesta conociendo a gente diferente. Poco a poco se fueron alargando: ambos empezamos a viajar a lugares diferentes por tiempo indefinido. Sentí que la soledad que antes me oprimía era casi acogedora. Necesitaba estar conmigo misma, volver a mezclarme entre los mortales con esa sensación de superioridad que da el saber que eres diferente a ellos. Que velas por ellos. Que eres alguien en el mundo.

Fue casi casualidad que lo descubrí. Era una joven bonita, segura de sí misma. Ambas coincidimos en la misma fiesta y pronto se convirtió en el objeto de atención de casi todos. Eligió a un chico sumamente atractivo y desaparecieron tras la puerta de una pequeña terraza. Al cabo de un rato ella volvió, más feliz y exhuberante si cabe. El chico tardaba en regresar así que decidí acercarme por si le hubiera ocurrido algo. Aún no estoy segura de qué me hizo salir a aquella terraza. Quizás fue el brillo de triunfo en los ojos de ella que tan bien conocía, o la manera que tenía de moverse, como si fuera superior al resto. El caso es que salí a la terraza. Y encontré al joven extrañamente apoyado en la barandilla. Con una marca en el cuello.
No tardé en localizar a Kite. Estaba furiosa, terriblemente furiosa, pero mantuve el autocontrol y durante un buen rato estuve preguntándole banalmente sobre su vida ahora. Hacía unos meses que no le veía y fingí estar interesada. Naturalmente, no me contó nada relevante. Luego, como de manera casual, le pregunté si había probado la sangre humana. Me miró entre extrañado y asustado y me lo negó. Entonces fue cuando le conté lo que había visto en la fiesta, omitiendo a la joven.

Sólo entonces me confesó, terriblemente avergonzado, que al separarse de mí se había sentido terriblemente solo y había terminado por fundarse un grupo de amigos vampiros. Al igual que yo le había ocultado a él cómo se mataba a un vampiro, me contó que él les había ocultado cómo se convertía un vampiro, por miedo a que se les escapara de las manos. Les emborrachaba hasta volverlos casi inconscientes y cuando despertaban de la resaca, ya estaba todo hecho. Eran catorce por el momento. Al principio pensó que sólo fuesen cuatro o cinco, pero con el tiempo esos cinco se distanciaron y tuvo que ir renovando las amistades.

Tranquilamente le fui escuchando. Sabía que no me contaba toda la verdad, pero por el momento me bastaba. Le dije que no se preocupara, que le comprendía. Que no era tan mala idea y que después de esto quizás podríamos retomar nuestra relación. Que habíamos entrado en otra etapa. Melosa y tierna fui ablandandolo y sacando todo lo que quería oir. Me confesó entonces que en realidad había pensado retomar la idea de Drácula de fundar una clase dominante vampira, eligiendo cuidadosamente a sus miembros, siendo él la máxima autoridad, teniendo él solo el poder de convertir a vampiro. Pero que algo había fallado y que, al tiempo de convertirse en vampiros, habían empezado a desobedecerle. Él podría tener el poder para crearlos y eso les obligaba a permanecer, al menos al principio, en deuda. Pero no tenía poder para obligarles a permanecer a su lado.

Fui comprensiva y le hice prometer que los traería a todos a mi presencia, para que los viera, y a cambio le perdonaría. Él quedó tranquilo con esto, al menos por el momento, y yo sentí que todo estaba de nuevo bajo mi control. Aún no estaba segura de qué podría hacer pero sabía que si dejaba que esto continuase acabaría por haber de nuevo vampiros asesinos en el mundo.

Continúa

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