Correspondencia

Lo único de lo que está segura es de un nombre y una dirección. O menos aún, porque el nombre podría ser inventado. Una dirección, eso es de todo de lo que está segura. El resto lo sabe por lo que ha leído en sus cartas. No quiere conocerlo en persona, ¿para qué? Las relaciones en persona siempre acaban mal. Así, ella puede imaginar que él es el galante héroe que la vendrá a buscar una tarde de primavera para rescatarla de las garras de la monotonía. Y él podrá imaginar que ella es la hermosa amazona que le guiará para salir de la selva urbana. No necesitan más.

Todo empezó con una confusión de lo más tonta. El cartero, que dejó en el buzón de él una carta dirigida a ella. Y él se la reenvió. Ella le contestó dándole las gracias y a partir de ahi, fueron enviándose cada vez más cartas, hasta llegar a lo que han llegado. Ella espera impaciente cada tres días su carta y espera que él haga lo mismo. Por lo menos eso parece, porque le contesta nada más recibir y leer la carta que ella le envía. A veces el servicio de correo tarda y eso la pone muy nerviosa. Interroga al cartero, que nunca parece saber nada, hasta que una mañana deposita en su buzón la carta de él y ella se tranquiliza.

Él piensa que ella tiene una letra muy bonita, cuidada, redonda. Ella piensa que él tiene un don con las palabras, siempre sabe terminar las frases de la mejor manera. Se lo imagina, escribiendo a la luz de una vela (aunque sabe que seguramente escribirá bajo la luz de una lámpara, pero ella siempre se lo imagina así), con la cara apoyada en una mano y escribiendole hasta que se le acaban los folios. Porque las ideas no, las ideas nunca se le acaban. Él en cambio la imagina leyendo su carta en un porche de una casa, sentada en una mecedora (aunque sabe que ella vive enmedio de la ciudad, pero él siempre se la imagina así), con los pies descalzos rozando un césped recién cortado.

Al principio se sentía extraña de contarle sus intimidades a un completo desconocido, pero harta de que sus hijos la eviten cuando les cuenta sus preocupaciones, pronto se volcó en la escritura de estas cartas, liberándola del peso que siente cada mañana, cuando piensa que la vida la podría haber llevado de otra manera, casándose con un hombre del que no se divorciara, esperando a tener más edad para tener a sus hijos.

Cuando lee sus cartas, él siente que tiene que protegerla, que le necesita. Y le gusta sentirse así de protector. No puede evitar sonreir a todas las mujeres con las que se cruza en su camino, pensando que quizás alguna de ellas es ella y que así la libra por un momento de su soledad. Muy pocas de ellas le devuelven la sonrisa y a veces se siente tentado de preguntarle en sus cartas si la mujer que se cruzó aquella mañana en la frutería y le sonrió con esos ojos tan hermosos era ella. A veces se pregunta qué hubiera pasado si en vez de convertirse en un solterón, hubiera encontrado una mujer como aquella.

Alguna vez, sobre todo al pricipio, se sentía tentada de ir a buscarle a su dirección. Pero después de hablarlo ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería seguir manteniendo el anonimato físico, aunque sólo fuera para seguir alimentando el cuento. Eso no impide, sin embargo, que ella se pare a observar a todos los hombres con los que se cruza, queriendo reconocer el rostro, que sólo ha visto en sueños, que le escribe esas cartas.

Lo guardan como si fuera un secreto. Saben que nadie más les entendería. Sólo son un par de calles más abajo, podrían verse cuanto quisieran y hablar en persona, sin necesidad de esperar los tres días (como mínimo) que tarda el correo. Seguramente se han cruzado más de una vez ya, pero total, prefieren no saberlo. A ellos les gusta así. Siempre fueron mentes soñadoras. Lo que ellos no se dan cuenta es de que quizás un día se termine la correspondencia. Quizás porque uno de los dos se canse y se mude o porque alguna desgracia ocurra. Y que entonces sí que echaran de menos el poder haber visto al menos una vez en persona al otro. Porque el encanto podría romperse, es cierto, pero la sensación de vacío de no haber compartido jamás una caricia, eso jamás desaparecerá.

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