Serpientes

Parecía una pequeña serpiente cubierta de sangre, malherida y medio hundida en el charco. Los chicos empezaron acercándose lentamente con curiosidad, para verla más de cerca. La serpiente a duras penas les devolvía la mirada, como cansada y triste, casi pidiendo ayuda. Los niños la miraron durante unos minutos, en silencio.

De pronto, el más gamberro agarró una piedra y se la lanzó a la cabeza. No acertó y cayó torpemente a un lado, salpicándolo todo de barro. Pero aquello rompió el silencioso ritual que les rodeaba, y el resto de críos empezó a acosar al débil reptil, empujándolo con todo tipo de herramientas que improvisaron a su alrededor.

Con el tiempo se fueron envalentonando. Cuando la serpiente les desafiaba tímidamente sacando la lengua, ellos gritaban y saltaban con mayor fervor, sintiendo por primera vez en su aún corta vida el poder del hombre frente a la bestia. Bajo palos y piedras, la serpiente se revolvía en su charco, como buscando una salida que no iba a encontrar.

De pronto, de un salto, la serpiente se expandió en todo su esplendor, golpeando a dos de los muchachos, que cayeron al suelo paralizados, como aterrorizados. Sus amigos se acercaron para intentar ayudarles a levantarse y fueron esos pocos instantes los que necesitó la serpiente para terminar de esparcir su veneno entre el resto.

Luego, poco a poco, con tranquilidad, fue devorándolos lentamente. Los ojos aterrorizados de los chavales la veían moverse sin poder hacer nada. En menos de dos horas, no quedaba nada de ellos.

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