Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

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