Todos en soledad

¿Cómo? ¿Cómo explicarles que yo soy ellos? Amigo, enemigo, amante, vecino, vagabundo, millonario, … Sean quienes sean, yo formo parte de ellos.

Lo he visto. Ahora, cuando la muerte me acecha, cuando ya será imposible que me comunique, es cuando lo entiendo todo. Les miro a los ojos y veo sus vidas pasando delante de mi. Las he vivido, las conozco, las he visto.

Me cuesta trabajo respirar. El tubo que me conecta a esa máquina no me deja decirles nada. Me gustaría decirle al médico que no pasa nada, que no fue un error suyo en la operación, yo ya estaba viejo, que era mi hora. Me gustaría decirle a mi hija que no se preocupe, que conocerá a una persona maravillosa con la que conectará y será feliz. Pero no puedo. Y, supongo, tampoco debo.

Todo se vuelve oscuro. Pero justo antes de morir recuerdo algo… algo que no sólo he vivido, sino que recuerdo siempre antes de morir.

Un dios, poderoso y vengativo. Un ángel a su servicio, torpe y rebelde. Un castigo.

Un dios creando un mundo sólo para ese ángel. Inculcándole instinto de supervivencia, de reproducción. Obligándole a olvidar que fue un ángel para vivir la vida de un ser anónimo. Y la de sus hijos. Y la de los hijos de sus hijos. Un ángel, obligado a vivir todas y cada una de las vidas de los seres humanos.

Porque tú eres yo. Porque somos todos. Porque somos una sola alma que viaja adelante y atrás en el tiempo, viviendo todas las vidas. Haciéndome daño, matándome, torturándome bajo otros cuerpos, con otras identidades.

Cuando fui un asesino malvado alivié mi suerte, cortando de raíz mis propios sufrimientos. Cuando fui una madre feliz sólo estaba alargando mi condena.

Y, hasta que no extinga la raza humana, seguiré reencarnándome en todos y cada uno de los seres humanos que vayan naciendo, sufriendo, reviviendo el dolor, infinitamente. Haciéndome daño a mi mismo.

Aunque renazca la esperanza

Alarga la mano y toma entre sus dedos una pequeña pluma, algo chamuscada y amarillenta. La guarda entre sus manos, cierra los ojos y la aprieta contra su pecho.

Un tiempo indeterminado después, abre los ojos. Entre sus manos hay una pequeña criatura alada que respira suavemente.

-Esta vez todo saldrá bien. Confía en mí.

Ángel

Ella se sienta a su lado y juguetea con los botones de su camisa durante un rato. Él la mira subyugado.

-Eres como un ángel.-su risa resuena limpia y un escalofrío cálido le recorre todo el cuerpo.

-Puede que lo sea.

-¿Y qué haría un ángel aquí conmigo?

-¿Por qué no podría un ángel estar aquí contigo?

-Porque si yo fuese dios y todos los ángeles fuesen la mitad de bellos que tú, no querría que se separasen de mi ni un solo instante.

-¿Y si los ángeles no quisieran estar con dios?

-Les obligaría a querer estar conmigo. ¡Soy dios!

Ella ha parado de jugar con los botones y le mira serio. Sigue siendo bella, pero ahora hay algo que ha cambiado en su mirada.

-No puedes obligar a nadie a quererte. Ni siquiera si eres dios.- ella levanta la mirada y sigue hablando

Te contaré una historia que ocurrió no hace tanto tiempo, aunque si lo contamos en vidas humanas, fue hace mucho tiempo.

Esto ocurrió en el Paraíso, cuando el mundo de los humanos aún ni siquiera estaba formado. Dios tenía muchas ideas en la cabeza y empezó a esculpir ángeles dando forma a aquellas ideas. Cada idea le inspiraba un ángel y cuando el ángel cobraba vida, él le concedía el don de aquella idea. De esta forma nacieron muchos de los ángeles que hay hoy en día: Generosidad, Esperanza, Alegría, Satisfacción, Gula, Amabilidad,… todos ellos eran buenos ángeles, y Dios estaba contento con todos ellos. Le querían, le admiraban y le hacían sentirse orgulloso. Algunas veces invitaba a alguno a sus estancias para pasar el rato y ellos eran felices con aquellos momentos de exclusividad.

Pero Dios estaba tan ocupado con sus creaciones que no se percató de que entre ellos empezó a surgir la rivalidad. Dios no podía estar con todos a la vez, y algunos empezaron a sentirse desplazados. Cuando una de sus creaciones se rebeló contra su idea y adoptó el don de la envidia, Dios supo que tenía que hacer algo para distraer a sus ángeles y creó a Lujuria.

Lujuria era un ángel hermoso y atractivo, casi tanto como Dios. Era agradable y pronto supo entretener al resto de los ángeles mientras Dios se dedicaba a sus creaciones. En aquella época nacieron ángeles como Belleza y Ociosidad, que ayudaron muchas veces a Lujuria a entretener a los ángeles. Pero incluso de esto se acabaron cansando los ángeles y Dios supo que no era suficiente. Entonces fue cuando creó el mundo de los humanos, esperando así poder entretenerlos eternamente. Todos los ángeles contribuyeron a la creación de este mundo y Dios pudo al fin descansar. Los ángeles eran felices y él era feliz con sus creaciones.

Hasta entonces, Envidia había permanecido en sus estancias, apartado del resto de los ángeles. Y Envidia no era feliz. Quería ser uno más, quería poder participar también en el mundo de los humanos y participar en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios comprendió que no era culpa de Envidia el tener aquel don, que era culpa de él mismo por no haberse percatado de lo que ocurría. Así que creó a un ángel capaz de contrarrestar a Envidia y que pudiera mantener a todos los ángeles unidos de una vez por todas. Fue entonces cuando nació Amor.

Amor fue su mayor creación, o eso dicen. Caminó de la mano con Envidia por todo el Paraíso y parte de la Tierra. Juntos participaron en la creación del mundo de los humanos y en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios estaba contento.

Pero había dos ángeles que pronto empezaron a apartarse del resto. Lujuria encontró en Amor una comprensión y un cariño que el resto de los ángeles no eran capaces de darle. Y Amor encontró en Lujuria la chuspa que le faltaba a su don. Todos sabían de su romance menos Dios, que seguía encerrado en su Torre de Marfil, creando nuevos ángeles. Lujuria dejó de atender las orgías y Amor dejó de unir a sus hermanos.

Desde el principio, Dios les había prohibido procrear entre ellos, para evitar que el libre albedrío que poseían destruyera el frágil equilibrio sobre el que se sustentaba el universo. Pero Lujuria y Amor no quisieron evitar tener descendencia, que adoptó el don de la Mentira. Para ocultarlo a los ojos de Dios, llevaron a Mentira al mundo de los humanos y durante muchos años, nadie se dió cuenta de su existencia. Pero Envidia, solo en el Paraíso, unió a algunos ángeles empezaron a recelar de aquella relación. Un día, Dios llamó a Lujuria para que acudiera a su presencia. Pero éste yacía en aquel momento con Amor y no quiso acudir. Dios quiso averigüar qué era aquello más importante que él mismo y Envidia y Belleza acudieron y le contaron toda la historia. Consternado, Dios reunió a sus ángeles en las puertas de su morada y les obligó a confesar.

Lujuria y Amor negaron todo lo ocurrido, pero a Dios le bastó una mirada a Amor para saber que llevaba un hijo dentro de sí y miró más allá y descubrió a Mentira en el mundo de los humanos y enfureció. Maldijo aquel retoño y ordenó a Lujuria que abandonara para siempre el Paraíso. Su misión en la Tierra sería cuidar de Mentira y evitar que se esparciese aún más entre los humanos. Ordenó encerrar a Envidia bajo setenta y siete puertas blindadas, pero Envidia huyó al mundo de los humanos, donde sabía que Dios no podría alcanzarle.

Cuando nació el hijo de Amor y Envidia, adoptó el don del Dolor. Amor, temerosa de que Dios también quisiera encerrarlo, lo envió al mundo de los humanos para que buscase a su hermana Mentira y a su padre Lujuria para que ellos le cuidasen. Luego, intentó hablar con Dios para despertar en él el amor que debía sentir por todos sus ángeles. Cuando Dios se enteró de aquello, maldijo a Amor a estar siempre rodeada de Mentira y Dolor cuando Lujuria estuviera cerca y le cerró las puertas del Paraíso. Sólo podría regresar una vez al año para unir a sus hermanos en amor y cariño.

Amor vagó durante muchos años regresando siempre en aquella fecha para unir a sus hermanos, a quienes también quería. Cada vez que se encontraba con Lujuria, Mentira y Dolor aparecían, obligándoles a separarse una y otra vez. Envidia siempre siguió a Amor de cerca en secreto, siempre intentando separarla de Lujuria, pero no pudo evitar que yaciesen juntos otra vez, entre Dolor y Mentira, quedando Amor una vez más preñada.

Belleza había quedado envenenada por la envidia y decidió acudir a buscar a Lujuria, pues no podía permitir que Amor viviera con él. Cuando Amor vió a Lujuria y a Belleza juntos, sintió también a Envidia y nunca más quiso volver a saber nada más de Lujuria. Culpó a Envidia y cuando nació su hija, adoptó el don de la Tristeza. Abandonado por Amor, Lujuria se apoyó en Belleza y juntos recorren el mundo de los humanos.

Sabiendo esto, en uno de sus viajes al Paraíso, Dios le concedió en secreto a Amor el don de la Comprensión, siendo así Amor el único ángel con dos dones. Le presentó a Compasión, un ángel de creación reciente que le ayudaría en su destierro. Por eso Amor siempre va acompañado de Compasión y es capaz de comprender situaciones que otros muchos ángeles no entenderían.

A pesar de todo, aún hoy, cuando Lujuria tropieza con Amor, aparecen Mentira, Dolor, Tristeza y Envidia para separarles.

-Es cruel.

-Dios se deshizo de sus dos ángeles más hermosos porque no podía soportar que quisieran estar antes juntos que con él.

-¿Y nunca más fueron felices Amor y Lujuria?

-Amor ya sabe que Envidia le sigue y sabe que Lujuria sólo está con Belleza porque Amor no está con él. Pero siente compasión y prefiere dejar a Lujuria con Belleza y que Dolor, Tristeza y Mentira estén lejos, a que Lujuria sufra. Y perdona a Dios, porque sabe que en el fondo, siente vacío al no tener Amor con él.

-¿Y cómo sabes tú eso?

-Ya te dije, que quizás yo fuese un ángel.

Una llama en la oscuridad

Después de interminables intentos, consigo volver a encender la luz. A mi alrededor veo unas pocas caras asustadas que se apresuran a acercarse. Poco a poco se van relajando y tranquilizando y consigo mantener la llama constante. A lo lejos algunas figuras hacen gestos que no puedo reconocer. Pero sé que no tengo que hacerles caso.

Tuve suerte de conseguir que alguien me enseñase a encender hogueras. No sé cómo hubiera soportado tanta oscuridad a mi alrededor. Sobre todo en estos tiempos, que hay más gente que busca la luz que gente que puede obtenerla.

Hay gente que está en contra de que haya luz. Prefieren la oscuridad y asustan a todo el que pueden para convencerlos de que la luz es mala. Lo peor es que la mayoría de las veces lo consiguen. Son esas figuras que hacen aspavientos en los bordes del círculo que marca la hoguera. Los mismos que cuando se apaga, intentan por todos los medios que no pueda volver a encenderla. Pero ya me conozco sus tretas, conmigo no lo tendrán fácil.

Existen lugares donde jamás se ha encendido la luz. Allí es donde mejor reinan estos reyes de sombra, angustiando y asustando al resto de la población, haciéndoles creer que sólo ellos pueden protegerlos. Saben que si llega la luz a donde ellos están, dejarían de tener el poder. No están dispuestos a ceder. Aunque eso venga incluso en detrimento de su propia calidad de vida. El poder les ciega.

Hay quien dice que algún día todo el mundo estará cubierto de luz, que no tendremos nada que temer. Pero aún hay gente que sigue luchando por apagar los pocos focos de luz que podemos encender. De momento llevamos muchos siglos ya luchando contra la oscuridad y no hemos conseguido nada. La ignorancia es un arma poderosa.

El regalo

Fue el regalo más bonito que un hermano jamás regaló. El Universo por aquel entonces era pequeño y ellos eran jovenes. Le regaló el mundo, que había tallado piedra a piedra con todo el cariño que entonces le tenía. Para completar su obra, le propuso que entre ambos diseñasen los seres que habitarían en él. Y les llamaron sus hijos.

Pero hubo un día en que los dos hermanos se pelearon. Él la repudió. Ella le dijo que no quería volver a verle. Él le retiró la palabra. Ella cerró las puertas de su mundo y se encerró en él. Él se coló por una puerta trasera que había manenido en secreto y se instaló allí. Era su mundo, su creación, era su vida.

Ella tardó algún tiempo en descubrir su escondite. Se acercó una noche, mientras dormía, para teñirle sus alas de negro. Él despertó sobresaltado para ver cómo se deslizaba fuera de su alcance. Al marchitarse sus alas, perdió la felicidad que un día había tenido. Pero eso no disminuyó el amor que aún profesaba al pequeño mundo y siguió ayudándolo a evolucionar.

Se dice que, en secreto, planeó su venganza para derrocarla y desterrarla por siempre jamás. Pero al mirar a su alrededor y recordar todo el cariño con el que habían construido su mundo, su rencor y su odio caían al suelo para desintegrarse en un cristalino suspiro.

Cuando regresó a su palacio de marfil después de llevar a cabo tan cruel venganza, Ella sintió que el frío de la tristeza también la invadía y, ante sus atónitos ojos, sus alas fueron también lentamente oscurenciéndose. Ordenó a todos los seres que se alejasen de Él y le dejasen vivir en paz allá donde Él había decidido. Luego, cerró las puertas de su castillo y nunca más volvió a saberse de Ella.

Cuentan que un día se reencontrarán y pedirán perdón por los daños que se hicieron mutuamente. Hasta entonces, el mundo seguirá siendo huérfano, en espera de que las alas que un día lo protegió del mal vuelvan a volar juntas, deslumbrando al sol con su blancura.

Ahogándose en su propia existencia

Hijas bastardas de Poseidón con sus amantes, repudiadas y perseguidas, deformes, híbridas estériles condenadas a vivir inmortalmente navegando las aguas. Pocas penas hay mayores que la de ser una sirena. Hubo un tiempo en el que fuimos perseguidas por los marineros y jugábamos con ellos a los amores imposibles. Pero cuando algunas de nosotras fueron capturadas para no volver nunca más decidimos ocultarnos del mundo y vivir aisladas, como nuestro padre nos ordenó en su día.

Desengañadas, tras unos siglos de solitaria existencia, algunas de nosotras decidieron dejarse secar en alguna roca para no tener que continuar cargando con su propia vida. Pero es una muerte lenta y dolorosa, y la tentación de dejarse caer de nuevo al agua es demasiado apetecible. Hace falta una gran fuerza de voluntad para conseguirlo. A pesar de todo, hay rocas aisladas enmedio del oceáno que guardan los restos de algunas de nuestras hermanas, rodeadas con las joyas y los adornos que un día las hicieron felices. Eternas novias del mar.

Solas, eternamente solas, alejadas de todo por la medida del tiempo. Aquellos mozos marineros que paraban su barco por unas horas para aliviar mi soledad no son ya ni polvo, todo lo que un día creí conocer ha desaparecido. Los únicos que permanecemos somos el mar y las sirenas. Las sirenas, eternamente atadas al mar.

Las más aventureras y decididas de nosotras hace tiempo que se alejaron, bien para irse a vivir a tierra, bien para dejarse secar. Sólo quedamos unas pocas, silenciosas, tristes, acosadas por nuestros recuerdos, viejas y cansadas de nuestras vidas, temerosas de nuestro propio futuro. Solitarias sirenas.

Dicen algunas que llegará el día en que se nos otorgue el poder de transformarnos en mujeres completas y nos mezclaremos entre los mortales. Pero yo dudo que eso cure este vacío que llevo dentro. Este vacío que me acompaña desde que alguien me prometió una vez volver para llevarme a su reino y nunca más regresó. No quiero más mortales con sus falsas promesas. Sólo quiero que esto termine.

Cayeron mis alas y yo no me rendí por eso ven aquí… brindemos que hoy es siempre todavía…

Quedan pocos ángeles. La mayoría de ellos hace tiempo que desistió en su empeño y los pocos que quedan procuran no llamar mucho la atención. Viven ajenos a todo, ausentes, casi níveos. El mundo ya no es para ellos.

Siempre había creido en un futuro mejor. Por eso se le había visto una y otra vez remontando el vuelo después de cada caída, volviendo a levantarse del suelo para alzar las alas una vez más. No importaba las veces que cayera, porque siempre había una nueva oportunidad para desplegar las alas y volar hacia el sol.

Esta vez es diferente. Su cara, pálida, queda desdibujada bajo el agua. Y con ella, quedan hundidas muchas esperanzas truncadas. Podría seguir así, sin importarle, quitarse el polvo de encima una vez más, sacudir sus lágrimas y remontar el vuelo. Sin embargo, no puede, hay algo que se lo impide.

Corta sus alas de un tajo, con un golpe limpio. No sangra, los ángeles nunca sangran, a no ser que quieran fingir que son mortales. Despega una pluma de ellas y la guarda con cuidado junto a su pecho. Con el resto de las alas hace una hoguera, visible desde muy lejos. Cuando el último rescombro se apaga, se levanta y se aleja sin mirar atrás.

Ahora, camina entre el resto de los mortales, igual que ellos, pero con una diferencia: dos tenues marcas en su espalda. Casi no se notan, no las siente, excepto esas noches de luna llena, cuando los ángeles se reúnen bajo las estrellas, nota un ligero cosquilleo y siente añoranza de sus alas, de cuando volaba libre, sin rumbo ni destino, sin preocuparse de si el sol le quemaba o el frío le helaba.

Último hombre

Luces.

Bienvenidos al Refugio. Soy el último hombre de la Tierra. Rey y dueño de todo. Pero condenado irremisiblemente a la tristeza y la soledad.

Esta grabación está preparada para activarse, si mis cálculos son correctos, cuando se abra la última puerta que da paso a esta sala, diseñado para que sólo un ser inteligente pueda llegar hasta aquí. Supongo que antes de llegar hasta este momento habréis estudiado algo de nuestro pasado y de nosotros mismos por nuestras ruinas y por los códices que hemos dejado en todo el planeta, así que no creo que vaya a decir nada que no sepáis. A vuestro alrededor hay sistemas para enseñaros todo lo que sabíamos, que perdurarán para siempre, alimentados por la energía de fisión que tanto nos costó domar.

Empezamos siendo unos simples animales más, sin pretensiones, que poco a poco fuimos conquistando territorios. Tuvimos civilizaciones grandiosas, hicimos cosas bellas y hermosas, pero todo eso reposa ahora muerto entre el polvo. Ni siquiera cuando nuestra desaparición fue inminente pudimos enseñar a nuestros herederos naturales y hermanos en la evolución para que aprovechasen los recursos que habíamos creado. Porque los simios fueron de los primeros en caer en nuestra extinción. Ni siquiera quedaron hembras para que pudiéramos intentar una última mezcla de razas por la supervivencia. Tampoco quedaron delfines, considerados los más inteligentes tras nosotros mismos, para poder dejarles en herencia nuestra sabiduría. Todo esfuerzo es ya inútil.

No puedo culpar a nuestros ancestros. Ellos sabían de las destrucciones que estaban llevando a cabo, pero no supieron, ni tampoco quisieron evitarlas. Tampoco tenían por qué preocuparse de un futuro remoto, nuestro presente. Esperaban con fe que la ciencia avanzara y fuera capaz de arreglarlo todo a tiempo, a última hora, como había hecho siempre. No pensaron que quizás algunos de sus pasos no tuvieran marcha atrás. Así que nos encaminamos a nuestra propia espiral de autodestrucción. Y aquí me encuentro, el rey del mundo, dueño de la Tierra y de mi destino, pero solo y condenado a arrastrar con mi muerte el recuerdo de lo que una vez fue la especie humana.

Aún mantengo la esperanza de que otra especie evolucione y conquiste el planeta. Y mantenga nuestro recuerdo vivo, aprendiendo de nuestros errores y perdurando para siempre. O quizás sea que la inteligencia se compensa, y quien es capaz de construir una civilización tendrá a su vez la estupidez para no saber mantenerla.

Quizás esa otra especie sea una evolución de lo que ahora puebla el mundo, y que con tanto esfuerzo hemos siempre intentado eliminar. Hormigas y cucarachas. Quizás ellas sean las herederas naturales de la Tierra. Igual que nosotros nos reíamos de la grandeza de los dinosaurios, que de poco les sirvió para sobrevivir, ellas se reirán de nuestra estatura y poderío, de que de una pisada nuestra podían morir miles de ellas. Y al igual que nosotros nos reíamos de la estupidez de aquellos grandes reptiles que no supieron sobrevivir, ellas nos mirarán por encima, y usarán nuestros cadáveres como fuente de energía. Espero que sepan entenderme y usen nuestros errores para no morir ellas también.

Poco tengo que decir en este último legado del ser humano. Cuando termine de grabar, me dirigiré a la urna donde reposará mi cuerpo al lado del de mis padres y mis abuelos. Allí esperaremos a que ejemplares de esta nueva especie inteligente nos miren y nos diseccionen para comprender cómo éramos. Es el único regalo que puede hacer esta vieja dinastía para ayudar a los nuevos emperadores. Que aprendan de nuestros errores. Y, espero, sean jovenes pero escuchen lo que esta especie, que tanto poder tuvo entre sus manos, a punto de extinguirse tiene que decir.

Oscuridad.

A las puertas del cielo

-Creo que tu caso no tiene discusión. Estarás de acuerdo conmigo en que el infierno es tu única opción.

-No.

-Ah, ¿no?

-En absoluto.

-¿Entonces?

-Creo que deberías enviarnos a todos de vuelta a la Tierra.

-Una curiosa propuesta.

-¿Tuve culpa yo de no creer en ti? ¿Tuve culpa de que crearas el ateísmo y que yo resultase ser una de sus más fervientes expresiones?

-¿Me culpas a mi de tus errores?

-Pues, ¿quién si no es el causante último de los mismos? ¿Y pretendes castigarme por tus errores?

-¡Basta! Es la herejía más disparatada que haya oído jamás.

-Y sin embargo cierta. Cúlpame de que me crearas hereje e insolente. Hazme pagar por ello. Pero no sería justo.

-¡Vete de aquí! No ensucies con tu vípera lengua este inmaculado lugar.

-Aún no sé qué puerta me corresponde.

-¡La del infierno! ¡Y púdrete con todos los de tu calaña!

-Satanás nunca torturaría a alguien que pensara como él.

-No sabes lo que dices…

-Y sin embargo, no era una idea tan lejana a la realidad… pero después de toda la eternidad ejerciendo de Dios y cometiendo los mismos errores… ¿quién podría ahora rectificar?