He dicho que no

-Hola, soy el universo. Ven aquí.
-No.
-Que sí. Ven aquí.
-No.
-Pero si está todo preparado, mira, justo como a ti te viene bien.
-No me apetece.
-Venga, no te resistas, ven por aquí. Si son sólo dos pasitos.
-Que no. Que yo quiero ir por allí.
-¿Por allí?
-Sí.
-Pero si eso no lleva a ninguna parte.
-Me da igual. Quiero ir allí.
-No puedes.
-Me da igual. Es lo que quiero.
-Eso no tiene sentido. Sé razonable. Esto está bien…
-¡Que no!
-Pero será cabezona… ¡ven aquí!
-Déjame en paz.
-Luego te arrepentirás.
-Pues vale.
-Que lo quitamos ¿eh?
-Pues quitadlo.
-Luego no vengas protestando porque allí no había nada.
-No lo haré. Ya sé que no hay nada. Dejadme en paz.
-Tú misma.

Puede

-Si alguien puede conseguirlo, esa eres tú. Será un precedente. Cometerás errores, claro. Pero ayudarás a los que vengan detrás.
-Pero tengo miedo.
-¿Por qué?
-¿Y si saliera mal?
-¿Es irreversible?
Mira fuera de la ventana, pensando.
-En cierto modo… será parte de lo que soy. No podré borrarlo.
-Es parte de lo que eres ya.
-Pero tengo miedo.
-¿De lo que piensen los demás? – ríe – ¿Desde cuando?
-Yo que sé.
Suspira.
-¿Tienes algo mejor que hacer?
Le mira. Tiene razón.

Mereces un amor

Frida Kahlo, ese descubrimiento:

“Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los miedos que a veces no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.”

“Si usted me quiere en su vida, usted me pondrá en ella. Yo no debería estar luchando por un puesto”

Frida, amor, ¿bebimos de las mismas fuentes o es que una parte de ti (pequeña, minúscula, la menos importante) se reencarnó en mi?

 

Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

Lucidez

Siempre ocurre de la misma forma. Estamos hablando, probablemente hay más gente alrededor participando en la conversación. Pero todos callan cuando por fin me doy cuenta de cual es el problema que lleva un rato molestándome.

La miro a los ojos. Ella me mira, tranquila, sonriente. Sabe lo que voy a decir a continuación.

-Esto no es posible.

Asiente. A nuestro alrededor todo está en silencio. Incluso los objetos a nuestro alrededor parece que empiezan a desvanecerse. Pero yo sigo centrada en sus ojos.

-Tú estás muerta.

-Lo sé.

-Entonces esto debe ser un sueño. No eres real.

-Esto es un sueño y yo no soy real porque estoy muerta. Pero es la única forma que te queda de poder hablar conmigo.

Entonces empieza el sueño lúcido.

Protagonismo

¿En qué momento ocurrió? No me di cuenta, pero un día me miré al espejo y lo supe. ¿En qué momento dejé de ser la protagonista? ¿En qué momento dejé de ser la princesa esperando a su príncipe en el castillo para salir a buscarlo? Corrí aventuras, conocí a mucha gente, pero por todos pasaba de largo. ¿En qué momento me convertí en ese personaje secundario en el que se apoyan los protagonistas para poder desarrollar su historia? ¿Por qué de pronto el mundo no gira en torno a mi, sino a los que están a mi alrededor? Porque un día te levantas y ves que tu vida se resume en ayudar a que los demás tengan las vidas que ellos quieren. ¿Me estaré esforzando tanto en los demás que he dejado de soñar mis propias metas? ¿Cuanto hace que no hago un gesto egoísta? Siquiera esos infinitos baños de espuma, copa en la mano, para dejar que el mundo desaparezca a mi alrededor. O quizás, simplemente, es que todos los personajes secundarios son protagonistas de sus propias historias. Todos somos protagonistas con cameos secundarios en las  vidas de los demás. O quizás, finalmente he madurado.

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Otro día

Estoy cansada. Cansada de las promesas rotas y los sueños naufragados.

Sólo quería un mundo tranquilo, justo. Sólo quería que el karma fuera la única ley, que los buenos ganasen la partida. Puse todo lo que pude de mi parte por conseguirlo, pero una y otra vez la realidad se empeñaba en aplastar mis intentos. ¿O no era la realidad sino el egoísmo humano?

A veces parece que hay que enfangarse en el barro para poder hacerlo. El medio ensucia el fin.