Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

En el vacío se establece una onda estacionaria

Soy una onda electromagnética.

Mi vida ha sido breve, pero rápida. A la velocidad de la luz, concretamente. Nací hace 19 nanosegundos. Salí de una lámpara y me propagué en el vacío. Mi longitud de onda hace que la gente me vea de color rojo. Pero, realmente, esto no importa. Dentro de un picosegundo chocaré contra un átomo de manera que toda mi energía, que es mi forma de ser, pasará a éste. Esto provocará que se escinda de unos cuantos neutrones que, en una reacción en cadena, llevará a la muerte térmica del Universo.

Yo, que fuí algo insignificante, seré parte de la causa de grandes acontecimientos.

Todo por encender un foco de luz.

Palabras y más palabras

A veces las palabras se derraman por la página en blanco. Se golpean unas con otras en un torrente desordenado, en una orgía sin control. Se pisan, se sobreponen, se interrumpen unas a otras sin descanso. Pero igual que un río furioso, donde las gotas de agua se mezclan y chocan, al final acaban encontrando la forma de fluir y  formar un texto con sentido. Y, aunque sigue siendo un torrente caótico y violento, inexplicablemente acaban por encajar y enlazarse para que, visto con perspectiva, el paisaje sea sereno y apacible. Al final, las palabras que originalmente se rebelaban contra toda estructura lógica, acaban por dar la impresión de formar un párrafo bien planificado y organizado desde el principio, engañando al espectador y aparentando sosiego.

Un tarro de cristal

Agita suavemente el tarro de cristal mientras observa cómo la sustancia opaca y casi grisácea que contiene se balancea entre sus paredes. Ya queda poca. Demasiado poca. ¿Cómo ha podido ocurrir? Tenía que haber sido más previsor. Se lo advirtieron. Todavía recuerda el discurso que le dieron cuando le entregaron el tarro, hace muchos muchos años:

“Úsalo con cautela porque al final siempre te parecerá poco. Recuerda que para conseguir cosas en esta vida, tendrás que dar parte del contenido. Escoge con cuidado tus objetivos porque no podrás comprarlos todos.”

Ahora ya no importa, piensa. Cuando se lo dieron era tan blanco y puro, tan brillante. Un enorme tarro lleno hasta arriba de inocencia. En manos de un niño que tenía todas las posibilidades a sus pies. “Hay suficiente”, pensaba, “esto es sólo el principio, un poquito para probar cosas.”

Y un poquito llevó a otro poquito. Y cuando quiso darse cuenta, tenía el tarro medio vacío. Ya entonces se asustó y decidió moderar su uso. Pero la vida seguía dando bandazos y hubo oportunidades que no supo rechazar.

Así que ahora lo usa con cautela, abriéndolo sólo para las ocasiones especiales. Porque cuando su inocencia se acabe, cuando gaste la última gota que contiene el tarro, entonces la vida se volverá fría y opaca. Entonces, ya nada podrá sorprenderle. Y habrá llegado el final.

Ten cuidado con lo que deseas…

-Supongo que ya no me esperabas.

Con una mueca, tuerce el gesto y le mira firmemente.

-Esperaba que todo hubiera sido un mal sueño. Esperaba que lo hubieras olvidado.

-Un trato es un trato.

Traga saliva y sigue hablando con dificultad.

-Pero era un trato injusto.

-No lo viste así cuando nos encontramos la primera vez. En aquel momento te pareció una buena idea.

-En aquel momento estaba al borde del precipicio.

-Y hubieras saltado. Le dí un sentido a tu vida. Te pareció razonable. Te pareció justo entonces.

-No sabía en lo que me metía.

-Eso también te lo dije entonces. Y no te pareció mal.

Le mira casi con compasión. Casi.

-Tú lo supiste desde el principio. Sabías que llegaría este momento.

-Sí.

-¿Y no hay nada que pueda hacer ahora?

Ahora la compasión sí que asoma en una tierna sonrisa.

-No. Vendiste tu alma. Ahora tu alma me pertenece. Y no hay nada que puedas darme a cambio para recuperarla. Con el tiempo comprenderás que este trato era mucho más equilibrado de lo que te parece ahora. Sólo estás en el peor momento.

-Mi vida ya no me pertenece…

-No digas estupideces, claro que te pertenece. Sólo añadí algunas reglas al juego. ¿Y la cantidad de personas a las que has hecho y harás felices? ¿No piensas en ellos?

-Pero me seguirán partiendo el corazón, una y otra vez.

-Eso sí que te lo advertí. Te advertí que no debías encariñarte con los sujetos. Sólo debías arreglarlos.

-Eso es cruel.

Por un momento la criatura duda, como si no estuviera seguro de lo que decir. Finalmente se decide y de un gesto inesperado, le abraza.

-Te confesaré algo: al final del camino obtendrás la recompensa. Pero hasta entonces tendrás que conformarte con esto.

Se aparta bruscamente y, antes de desaparecer, susurra algo más:

-Yo siempre te acompañaré. Nunca lo olvides.

Mirar hacia delante y no hacia atrás

El tiempo no perdona y cada vez son más los momentos que se van perdiendo en la línea temporal.

Frío, inalterable, inútil y perdido como las lágrimas en la lluvia de un ser sin alma pero con corazón.

Lo importante es mirar siempre hacia delante, porque mirar atrás duele. No duele porque sea triste, duele porque quedó atrás, en esa dimensión inalcanzable llamada pasado. Y se congela así, de esa forma, inalterable para siempre.

Si quieres dejar una huella bonita, cuida el presente, porque será lo que veas en un futuro al mirar atrás.

Bailando en la frontera

Ven, acércate un poco más, deja que te cuente algo que nunca le he contado a nadie. Pero tendrás que guardarme el secreto, porque si llegaran a descubrirlo, tendría que dejar de fingir ser lo que no soy. Y no quiero, quiero ser libre, libre como lo soy ahora. Así que acércate y deja que te susurre al oído la gran verdad:

Estoy loca

Me gusta lo que soy y cómo lo soy. Pero sobre todo, me gusta cuando dejo mis pensamientos libres. Es como si mi cabeza hiciera *clic* y las ideas comenzaran a fluir sin control. Todo sucede a la vez, todo va más despacio. O quizás soy yo, que me muevo más rápido.

El mundo se ve completamente diferente.

Dicen que la genialidad se separa de la locura por una línea tan fina que es indistinguible. Yo no entiendo de eso. Lo que sé es que la locura es como un mar violento, que va conquistando poco a poco la playa. Si no haces nada por evitarlo, pronto no quedará playa sobre la que pasear. Pero no puedes ponerle puertas al mar.

Yo bailo con la locura sobre esa fina línea que me separa del precipicio. Sé que corro el riesgo de resbalar y caer y no saber cómo levantarme después. No puedo evitarlo. ¿Qué sería de mi vida sin estos momentos de absoluta libertad? Libertad de movimiento, de pensamiento. Ver el mundo desde los ojos inocentes de un niño.

Soy lo bastante cuerda como para saber cómo fingir lo que no soy. Como para mantener el control. Yo controlo. Pueden pasar meses y meses durante los cuales me comporto como una persona normal. Incluso yo misma llego a convencerme de que lo soy, que mis indiscreciones no son más que ilusiones que se llevó el viento. Me vuelvo vulgar y normal.

Pero cuando la locura viene, sugerente y pícara, no puedo evitar bailar un tango en su honor. Y nos deslizamos por la pista de baile, siguiendo unos pasos imposibles, bajo el son de violines de cristal. Y la locura me sonríe, porque sabe que es un juego de dos, que me tiene completamente a sus pies.

Es como si liberase una parte de mí y dejara el consciente en un pequeño rincón, vigilante. Viendo cómo se desarrolla la fiesta, esperando. Y cuando tocan las campanadas de Cenicienta, vuelve a tomar el control. Los ojos vuelven a enfocarse y el mundo deja de ser multicolor para adoptar esa tonalidad gris del día a día. Aún brillará su sonrisa en algún rincón, pero incluso eso se esfumará.

Sé que algún día, la carroza se convertirá en calabaza y no me dará tiempo a regresar. Daré un traspiés y caeré sin remedio al precipicio. Sé que un día la locura me tomará en sus brazos y no habrá vuelta atrás. Lo sé. Soy consciente de ello.

Pero no puedo evitarlo…

El secreto está en la masa

Siempre quiso ser normal, estar integrada. Quería ser una más, sentirse parte de algo más grande. Se despertaba por las mañanas con la ilusión de fundirse entre los demás como si nada les separase.

Cuando por fin lo consiguió, se dió cuenta de que se había vuelto vulgar, sosa, predecible. Estaba vacía y seca. Se había vuelto uno más, entre tantos.