Sangre VI y fin

Organizamos una fiesta. Me dediqué a recolectar la sangre más exquisita que pude encontrar y se las serví de todas las maneras que había aprendido a lo largo de mis años de convivencia con los vampiros. Fui la patrona perfecta, cuidando hasta el más mínimo detalle, preocupándome de la comodidad de todos ellos, alabando las horrendas vestimentas que habían elegido creyendo que dando más miedo serían más vampíricos. Esto, unido a mis pequeñas anécdotas medio inventadas que supe intercalar en la conversación, consiguió que me los fuera ganando. Kite estaba asombrado. No sé si realmente creyó que yo había hecho todo lo que dije, supongo que le parecería demasiado inusual en mí, pero tampoco se atrevió a decir nada.

Cuando supe que mi reputación vampírica estaba en lo más alto, decidí poner dramatismo a la situación y empecé a hablar con voz grave de las estacas. Sabía, estaba segura, que picarían el anzuelo. Todos querían saber si había alguna manera de evitar la muerte: eran superiores, tenía que haber alguna manera. Al principio me mostré cauta, me negaba a dar datos pero dejé escapar alguna que otra insinuación velada de que había alguna manera de superar, incluso, las estacas, pero que era un secreto muy bien guardado a través de generaciones y que muy pocos vampiros habían tenido el privilegio de saberlo.

Al llegar a este punto Kite estaba descompuesto. Jamás habíamos hablado de estacas, él podría creer muy bien, como todos, que eran un peligro mortal. Sin embargo, no recordaba en ningún momento que yo le hubiera dado ningún arma invencible contra las mismas. Pero como todos parecían seguros de que nosotros dos teníamos esta protección, tampoco se atrevió a decir nada que pudiera descubrirlo.

Mientras tanto el resto de los vampiros empezaron a intentar convencerme de muchas maneras para que les desvelara el secreto. Poco a poco fui enterneciéndome con ellos, llamándoles mis hijos, mis pequeños, mis protegidos. Y acabé prometiéndoles que les ayudaría a protegerse de las estacas. Les dije que era un proceso complicado y que debían ir pasando uno a uno a mi habitación, donde les haría un conjuro que les protegería.

Dócilmente les fui introduciendo en mi alcoba para morderles. De nuevo sentía esa borrachera de felicidad que iba llenándome conforme iba bebiendo la sangre de vampiro. Iba colocando los cadáveres fuera de la vista y le decía al vampiro que iba a morder que estaban tras una puerta, celebrando su nueva habilidad. Luego le pedía que cerrara los ojos, y tras meterle miedo de manera sutil, acababa avalanzándome a su cuello. Ninguno hizo ningún gesto para detenerme, aunque estoy segura de que deberían haber sospechado algo, al menos en los últimos momentos de su vida.

Catorce cuellos después, salí triunfante a donde me esperaba Kite. Para rematar la faena, manché ligeramente de sangre un trozo de madera y se lo mostré orgullosa. Me sentía extasiada. Tenía el control. Era, otra vez, la vampiresa vengativa que había acabado con una colonia más de vampiros. Kite estaba temeroso, no le gustaba la idea de saber que yo había matado tan tontamente a todos sus discípulos, por muy rebeldes que se le hubieran mostrado. Fingimos celebrarlo con los restos de la fiesta. Yo creía saber lo que pasaba por la mente de Kite en estos momentos. Se daba cuenta de que mientras yo estuviera allí, le impediría fundar una colonia de vampiros tal y como él deseaba. Creía que el último impedimento, el poder amenazar con la muerte al resto de vampiros, estaba ahora a su alcance. Así que dejé descuidadamente la estaca a un lado y continué celebrando la fiesta.

Kite no tardó en coger la estaca. Mal dismulada tras su ropa, fingió reir conmigo y brindar por nuestra nueva conquista. Sólo cuando, tras un abrazo efusivo se apartó dejando clavada la estaca en mi pecho, sonrió de verdad. Pero al verme a mí seguir sonriendo y bebiendo de mi copa, fue quedándose pálido, una mueca de miedo le recorrió el rostro: Yo seguía viva.

Como de manera casual miré hacia abajo y arranqué la estaca. Kite estaba muerto de miedo, pero yo la aparté riendo y seguí como si no hubiera sucedido nada. Me sentía tan superior, tan diosa. Realmente disfruté muchísimo viendo a Kite mortalmente asustado. Ésto, pensé, es lo que hay que hacer realmente si quieres tener una colonia de vampiros. Que te teman. Que te crean algo sobrenatural. Que sientan miedo en tu presencia.

Kite sabía que yo tenía ese poder. Estaba seguro que había asesinado al resto de vampiros. Tanto si yo tenía un poder especial para evitar las estacas o si yo sabía otra manera más efectiva de matar, era lo mismo. El caso es que, a sus ojos, era inmortal, mientras que él tenía una debilidad que no estaba seguro de cuál era. Si seguía vivo era porque yo quería. No era más que una marioneta bajo mis hilos. Como un perro que muerde la mano del que le da de comer, estaba recibiendo una paliza que le demostraba quién era realmente el amo: Yo, Selen de Madrat.

Casi llorando, empezó a suplicarme que fuera buena con él, que prometía vivir bajo mi sombra toda su vida, que haría todo lo que yo le pidiera. Mientras oía esto reí suavemente. Aún borracha de poder, acerqué mis labios a su oído para susurrarle que no importaba, que él siempre había hecho todo lo que yo quise, que siempre había estado bajo mi poder porque siempre le había ocultado el último secreto. Que sólo yo sabía la manera de matar a otro vampiro y que aún cuando lograra huir de mi y formar el mayor ejército jamás visto, aún podría sobreponerme a todos ellos para dejarle claro una vez más quién le concedió el don de la inmortalidad a quién.

En su desesperación creo que tardó un poco en notar mis dientes hundiéndose en su cuello. Gruesas lágrimas iban resbalando y se mezclaban con la sangre que se vertía de su herida. En los últimos estertores de su muerte al fin comprendió lo que ocurría y clavó uñas y dientes sobre mi piel, pero ya era tarde. Noté que dejaba de hacer fuerza y le miré. Seguía siendo el inocente chiquillo que una vez conocí y del que me había enamorado tan tontamente. Su sangre fue la sangre más dulce que jamás bebí. Hice una hoguera con el resto de cuerpos de vampiro y enterré decentemente a Kite. Por un absurdo momento se me ocurrió la idea de vivir siempre así, juntando discípulos para finalmente acabar en un festín sangriento. Pero no dejé que mi borrachera de felicidad me nublara la razón, sabía exactamente lo que tenía que hacer a continuación.

Esta vez no apliqué vendajes protectores a mi herida. Dejé que fuera sangrando lentamente mientras me dirigía a la tumba de Lafftia y en ella, me tendí a esperar la muerte. Esa muerte que librará al fin al mundo de los vampiros.

Sangre V

Pero como todo, se acaba. La rutina, la costumbre, el estar siempre mirando la misma cara, todo se vuelve aburrido. Al principio nuestras separaciones eran breves, el tiempo de ir a buscar sangre fresca mientras el otro recogía la casa o estar en esquinas opuestas de una misma fiesta conociendo a gente diferente. Poco a poco se fueron alargando: ambos empezamos a viajar a lugares diferentes por tiempo indefinido. Sentí que la soledad que antes me oprimía era casi acogedora. Necesitaba estar conmigo misma, volver a mezclarme entre los mortales con esa sensación de superioridad que da el saber que eres diferente a ellos. Que velas por ellos. Que eres alguien en el mundo.

Fue casi casualidad que lo descubrí. Era una joven bonita, segura de sí misma. Ambas coincidimos en la misma fiesta y pronto se convirtió en el objeto de atención de casi todos. Eligió a un chico sumamente atractivo y desaparecieron tras la puerta de una pequeña terraza. Al cabo de un rato ella volvió, más feliz y exhuberante si cabe. El chico tardaba en regresar así que decidí acercarme por si le hubiera ocurrido algo. Aún no estoy segura de qué me hizo salir a aquella terraza. Quizás fue el brillo de triunfo en los ojos de ella que tan bien conocía, o la manera que tenía de moverse, como si fuera superior al resto. El caso es que salí a la terraza. Y encontré al joven extrañamente apoyado en la barandilla. Con una marca en el cuello.
No tardé en localizar a Kite. Estaba furiosa, terriblemente furiosa, pero mantuve el autocontrol y durante un buen rato estuve preguntándole banalmente sobre su vida ahora. Hacía unos meses que no le veía y fingí estar interesada. Naturalmente, no me contó nada relevante. Luego, como de manera casual, le pregunté si había probado la sangre humana. Me miró entre extrañado y asustado y me lo negó. Entonces fue cuando le conté lo que había visto en la fiesta, omitiendo a la joven.

Sólo entonces me confesó, terriblemente avergonzado, que al separarse de mí se había sentido terriblemente solo y había terminado por fundarse un grupo de amigos vampiros. Al igual que yo le había ocultado a él cómo se mataba a un vampiro, me contó que él les había ocultado cómo se convertía un vampiro, por miedo a que se les escapara de las manos. Les emborrachaba hasta volverlos casi inconscientes y cuando despertaban de la resaca, ya estaba todo hecho. Eran catorce por el momento. Al principio pensó que sólo fuesen cuatro o cinco, pero con el tiempo esos cinco se distanciaron y tuvo que ir renovando las amistades.

Tranquilamente le fui escuchando. Sabía que no me contaba toda la verdad, pero por el momento me bastaba. Le dije que no se preocupara, que le comprendía. Que no era tan mala idea y que después de esto quizás podríamos retomar nuestra relación. Que habíamos entrado en otra etapa. Melosa y tierna fui ablandandolo y sacando todo lo que quería oir. Me confesó entonces que en realidad había pensado retomar la idea de Drácula de fundar una clase dominante vampira, eligiendo cuidadosamente a sus miembros, siendo él la máxima autoridad, teniendo él solo el poder de convertir a vampiro. Pero que algo había fallado y que, al tiempo de convertirse en vampiros, habían empezado a desobedecerle. Él podría tener el poder para crearlos y eso les obligaba a permanecer, al menos al principio, en deuda. Pero no tenía poder para obligarles a permanecer a su lado.

Fui comprensiva y le hice prometer que los traería a todos a mi presencia, para que los viera, y a cambio le perdonaría. Él quedó tranquilo con esto, al menos por el momento, y yo sentí que todo estaba de nuevo bajo mi control. Aún no estaba segura de qué podría hacer pero sabía que si dejaba que esto continuase acabaría por haber de nuevo vampiros asesinos en el mundo.

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Sangre IV

Durante muchos años me dediqué a recorrer el mundo, volviendo a los lugares antes habitados por vampiros, intentando compensar los males causados. No volví a beber sangre humana nunca más y me negué a intimar con nadie. Cuando notaba que empezaba a apegarme a algún lugar rehacía mis maletas para desaparecer. Cuando conocía a alguien contaba tres meses y a continuación lo alejaba de mi vida.

La soledad terminó por hacer mella en mí. Al principio me negué a reconocerlo, pero cuando alargué con excusas estúpidas los tres meses que tenían que cumplirse para alejarme de Kite y se cumplieron diez meses desde que lo conocí, tuve que admitir que era incapaz de superarlo. Durante unos años vivimos felices, él fascinado con mi misterioso modo de vida y yo feliz creyendo que podría controlar la situación. Pero su paciencia para conmigo también tuvo un límite y finalmente me ofreció un ultimátum. Quería venirse a vivir conmigo, que yo dejara de huir de él para comer a solas, quería que formáramos una familia normal. Era el paso lógico que tenía que venir, pero siempre había guardado la secreta esperanza de que algo impidiera que el tiempo pasara y que finalmente él sintiese la necesidad de asentarse en algún hogar.
La idea me asustó enormemente. Si bien hasta entonces había sido capaz de ocultar mi secreto, sabía que tarde o temprano acabaría por descubrirlo. Aún cuando fuera capaz de seguir mi juego y él no descubriera que yo era una vampiresa, en algún momento se preguntaría por qué no se notaban los efectos de los años en mí, por qué las arrugas huían de mi cara y me mantenía ágil y hermosa mientras él iba envejeciendo. Durante unas semanas me torturé pensando en qué hacer. Por una parte la idea de seguir mi farsa parecía imposible incluso a corto plazo y por otra parte contar mi secreto probablemente significaría que se asustaría de mi y no querría volver a verme. Finalmente decidí arriesgarme y contarle mi secreto: lo peor que podía pasar es que tuviera que irme lejos y empezar una nueva vida.

El resultado de mi confesión fue altamente gratificante. No sólo no se asustó sino que enseguida mostró interés por convertirse él también en vampiro para compartir juntos la eternidad. Mi felicidad fue en ese momento máxima. Era la solución que había estado buscando. Después de todo, éste era el plan de Lafftia, vivir juntas velando por los humanos. ¿Por qué no terminar de realizar su sueño al lado de Kite? Era un hombre bueno en esencia, me había apoyado en mis campañas para ayudar a los desfavorecidos y no tenía atisbo de maldad por ningún lado. Y así, solucionaba el problema de mi soledad.

Cuánto tiempo estuvimos así, no puedo estar segura. Él estaba fascinado con las historias de vampiros que le contaba y enseguida se acostumbró a su nueva vida. Todo transcurría lentamente, teníamos toda la eternidad por delante para arreglar el mundo, ahora lo único que teníamos que preocuparnos era de disfrutar. Me sentía cómoda por primera vez en mucho tiempo, pudiendo compartir mi secreto tranquilamente, sabiendo que estaba todo bajo control. Sólo había un detalle que me negué a confesar, quizás por vergüenza, o quizás por mantener una última cosa como fuente de poder. En todas mis historias, siempre evité mencionar la manera de matar a otro vampiro. Dejé caer que fue casualidad que yo fuera la última vampiresa, le hice creer que Lafftia hizo todo el trabajo, quedando mortalmente herida.

Especialmente sintió una extraña fascinación por la figura de Drácula, el primer vampiro. Era una fascinación un poco infantil, sobre todo sabiendo que fue estúpidamente asesinado por su propia amante, con la que había compartido casi un siglo de existencia y que ella había sido la que fundó realmente la primera generación de vampiros. El orígen de Drácula, por más que se investigó, permanece confuso. Probablemente él mismo se llevó el secreto a la tumba. Lo que sí es cierto es que no pensó jamás en una expansión vampírica como la que se llevó a cabo después de su muerte. Él era un noble que pretendía convertir a los vampiros en la clase dominante, cultos y llenos de la experiencia que da la vejez. Pero su afición por las mujeres truncó sus planes: la mayoría de sus conversiones eran femeninas y su última amante, celosa, le convenció de la importancia de elegir bien a los vampiros. Azuzado también por las incipientes rebeliones de los vampiros existentes, los mató a todos para empezar de nuevo. Fue entonces cuando fue asesinado, comenzando así la era de los vampiros sedientos de poder.

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Sangre III

A partir de entonces, nuestra vida fue mucho más interesante. Descubrí que Lafftia no había sido la loca que todos me habían hecho creer. Muy al contrario, había llevado a cabo su personal campaña en contra de los vampiros. Hija de uno de sus mayores enemigos en épocas, la convirtieron a vampiresa como venganza siguiendo aquel dicho de tener cerca a tus amigos pero más cerca aún a tus enemigos. Pero en cuanto ella se vió con el poder para acabar con los vampiros, comenzó a exterminarlos. Pronto la descubrieron y ataron con cadenas, terminando así con su cometido. Al yo liberarla de nuevo, había abierto la caja de Pandora, volviendo a poner en vigente a la mayor asesina de vampiros jamás conocida.

Sabíamos que dos vampiresas solas en el mundo pronto serían sospechosas, de manera que nos acercamos a la colonia de vampiros más cercana a la nuestra, pidiendo auxilio. Les contamos que algún desgraciado había liberado al vampiro loco de nuestro sótano y que nosotras habíamos logrado escapar milagrosamente de la carnicería. Que teníamos miedo de las represalias de dicho vampiro y que esperábamos ser acogidas cariñosamente. Y así fue. Organizaron varias redadas para intentar cazar al vampiro asesino y encontraron los cuerpos inertes de nuestra antigua colonia. Como nada demostraba que fuéramos culpables, nos aceptaron gustosos y durante unos meses vivimos en paz.

Pero tanto Lafftia como yo teníamos muy claro que no queríamos vivir entre vampiros, así que aprovechando que los vampiros dormían, volvimos a silenciarlos eternamente. Fue la primera vez que probé la sangre de vampiro y le noté un sabor diferente, casi místico. Al beber la sangre de otro vampiro no sentía lo mismo que al beber sangre normal. Sentía como si nuevas fuerzas y poderes se introdujeran en mi cuerpo, me sentía superior. Y a más sangre de vampiro bebiera, más borracha de superioridad me volvía.

A las posteriores colonias de vampiros que visitamos contábamos la misma historia que en la primera. Por increíble que parezca, no nos creían culpables, sino todo lo contrario. Pobres víctimas de un vampiro loco. Nunca nos rechazaron, su sentido de la complicidad vampírica es enorme. Un vampiro ha de ayudar siempre a otro vampiro. Y pronto estalló la guerra.

Vampiros contra vampiros, todos contra todos. Nadie se sentía seguro. Los vampiros dejaron de alimentarse de sangre mortal para alimentarse exclusivamente de sangre de vampiro. Y la misma sensación de borrachera de superioridad que yo había experimentado los llenó completamente, necesitaban de más y más sangre de vampiro. Tenían que demostrar que eran los mejores, que eran los vampiros más fuertes y los únicos que merecían vivir. Por tanto había que matar al resto de vampiros. La Edad Media había terminado.

En un último intento por hacerse con el control, hubo una reunión de vampiros. Todo aquel vampiro que no acudiese sería considerado traidor, y por tanto el resto de vampiros iría a matarle. Pero todos acudieron, esperando poder ser aclamados el verdadero rey vampiro. Fue una jugada interesante de Lafftia. Hasta entonces habíamos estado ocultas regocijándonos viendo cómo los vampiros se peleaban entre ellos haciendo nuestro trabajo. Pero había llegado la hora de la verdad. Allí estábamos todos. No seríamos más de un centenar los allí reunidos. Lafftia comenzó a hablar de paz, de volver a empezar desde cero, de montar la colonia orígen del resto de colonias. De formar una sociedad vampírica perfecta. Todos la aplaudieron calurosamente, fingiendo querer acabar con todo esto.

Pero pronto empezaron las discusiones acerca de quién debía llevar el mando. Nadie planteó siquiera una sociedad igualitaria, todos estaban demasiado ebrios de poder. Ni siquiera se planteó que cada uno formara una colonia diferente. Todos querían poder absoluto. La reunión comenzó a alargarse y el hambre empezó a hacer efecto. Tres vampiros llegaron a las manos y dos de ellos se abalanzaron a morder a su rival. Se hizo el caos en la sala. Hasta entonces nadie había mordido a otro vampiro en presencia de nadie y todos negaban haber bebido sangre de vampiro. Caído ya este velo, dejaron de fingir querer la paz y corrió la sangre.

Lafftia y yo nos ocultamos en un lugar acordado previamente. La pelea duró escasamente una hora. Salimos de allí sabiendo lo que nos encontraríamos. Un único vampiro gordo de sangre y felicidad, buscando un lugar para reposar la digestión. Cuando nos vio se quedó paralizado, momento en el que aprovechamos para abalanzarnos sobre él y acabar con su vida. Murió con sus dientes clavados en mi hombro. Esa herida tardó en cicatrizar varios días en los que me apliqué vendajes protectores y temí por mi muerte. Pero no tardo tanto en cicatrizar como el hecho de encontrar que le había dado tiempo a morder antes a Lafftia. De darme cuenta de que, contrariamente a lo que yo había imaginado jamás, era la última de mi especie. La última vampira.

Ahora pienso que ojalá hubiera dejado sangrar esa herida de mi hombro y hubiera terminado de una vez con todo esto. Pero mi estúpido instinto de supervivencia y mi borrachera de superioridad me hizo pensar que podría servir de algún bien a la humanidad. Así que quemé todos los cuerpos, enterré dignamente a Lafftia, y me dispuse a reorganizar mi vida, ahora como última vampiresa en activo.

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Sangre II

Pronto me acostumbré a mi nueva vida como Selen de Mandrat. Salíamos todas las noches a buscar comida y luego volvíamos a encerrarnos en el castillo. Tardé meses en recorrerlo entero. Hoy en día, aún no estoy segura de conocerlo en todos sus rincones. Pero tampoco tardé demasiado en encontrarla.

Estaba en un sótano, agarrada con pesados grilletes, abandonada completamente. Pocas veces recibía ninguna visita, era demasiado vergonzoso como para ir a visitarla. Una vampira que se había rebelado y había matado a unos cuantos de los nuestros. No la habían matado para que sufriera una tortura aún peor y sirviese de ejemplo a futuros rebeldes. O quizás fuese porque nadie se había atrevido a matarla.

Lo peor que puede ocurrirle a un vampiro es dejarle sin comer. No puede morir de hambre, pero sufre el mayor tormento que el hombre pueda siquiera imaginar. El hambre lo ciega y enloquece hasta llegar a morderse él mismo para alimentarse de su propia sangre, algo que no hace sino aumentar la locura que lo posee. La falta de comida hace que su cuerpo envejezca de una manera inevitable. Ella estaba en este estado, bien amarrada para evitar que se autoinflingiera heridas. Nadie recordaba cuánto tiempo (siglos quizá) llevaba allí atada.

No se por qué me gustaba estar cerca suya. Supongo que porque yo tampoco encajaba del todo allí. Las dos éramos extrañas en el castillo. Los vampiros son seres independientes, ajenos a todo, egoístas y fríos, que sólo buscan el placer propio e inmediato. Algunos dicen que es el hecho de tener que matar a otros humanos para vivir lo que los hace tan inhumanos. Yo creo que es la falta de confianza de unos en otros lo que los hace tan inaccesibles. Una promesa puede durar toda la vida, pero no toda la eternidad.

A los pocos meses dejó de ser violenta ante mi presencia, parecía que se había acostumbrado a mi. Fue un día de éstos cuando se me ocurrió darle de beber sangre por primera vez. No sé si fue por sus ojos hambrientos al ver el corderillo que había cogido aquella noche o si fue que al verla se me quitó el hambre. El caso es que le lancé el cordero y terminó de comerlo. Después de ver aquello, todas las noches acudía con toda la sangre que podía para alimentarla. No es que notara ningún cambio radical en ella, pero comencé a darme cuenta de que poco a poco, la nube que tenía en los ojos se iba disipando. Ya no contemplaba las cadenas con horror, sino con interés, como queriendo averiguar dónde estaría la llave que las abriera.

Fue una locura, lo reconozco. Pero un vampiro no puede suicidarse fácilmente y yo ya estaba harta de tener que vivir así. La única alegría que tenía al día era ver los ojos agradecidos de aquella extraña al terminar su cena. Una noche, después de una fiesta en el castillo, decidí que había llegado el momento. Todos dormían en la sala principal bajo los efectos de un gran festín sangriento cuando bajé al sótano.

Me acerqué a ella y la liberé de sus cadenas. Para mi sorpresa en ningún momento hizo ademán de querer mi sangre, a pesar de que estaba segura de que el hambre aún la estaría acechando violentamente. En cuanto se vio libre, salió corriendo escaleras arriba perdiéndose de mi vista. Más lentamente la seguí hasta llegar a la sala principal, donde una sangrienta matanza se había llevado a cabo.

Al principio no la reconocí, era una hermosa joven de raídas vestimentas manchada de sangre. Al verme se arrodilló ante mi y me dijo:

-Lafftia a tu servicio.

-Lafftia de Selen, a partir de ahora. – le contesté sonriendo

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Sangre

Corren muchas historias extrañas acerca de los vampiros, pero la mayoría de ellas no tienen ningún sentido. Dicen que los vampiros no pueden soportar la luz del día, ni las cruces, ni la plata y que la única manera de acabar con ellos es clavándoles una estaca. Son teorías absurdas dichas por gente que nunca ha visto uno de ellos.

La única manera de matar a un vampiro es extrayéndole la poca sangre que le dejó el vampiro que lo convirtió. Lo que pocos saben es lo difícil de conseguir que es que un vampiro sangre. Es técnicamente imposible hacerle una herida. Su capacidad de recuperación y cicatrización es tal que antes de que una bala termine de penetrar en su cuerpo, el agujero de entrada ya se ha cerrado. La única herida que es incapaz de cicatrizar en el cuerpo de un vampiro es la mordedura de otro vampiro. Por eso se dice que sólo un vampiro puede acabar con otro.

Yo comencé siendo una simple campesina. Mi conversión se realizó enmedio de un tumulto. Mi futuro clan había decidido atacar mi pueblo aquella noche, porque los vecinos habían emprendido una campaña contra ellos. No es que los vampiros les temieran, sino que les molestaba que alguien quisiera desafiarlos.

El caso es que me había escondido en el granero, esperando pasar desapercibida, pero no tardaron en encontrarme, temblorosa, rezando porque todo terminara pronto. Y en efecto, fue rápido. Con una mano apartó mi cabeza para dejar libre el cuello y de una ligera dentellada, me fue debilitando hasta que me soltó. Antes de que pudiera siquiera preguntarme por qué no estaba muerta, una mano me levantó con fuerza para volverme a poner de pie.

-Bienvenida. Me llamo Mandrat. ¿Cómo te llamas?

-Selen.

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