“You can’t love anyone until you understand that you can’t love everyone”

Has visitado mil lugares y no has estado en ninguno. Has visto caras pero no has mirado ningún rostro. Has recorrido todo el mundo y no has conocido nada. Has estudiado todo y no aprendiste nada. Has hablado mucho y no has dicho nada. Has tenido conocidos pero ningún amigo. Has oido pero jamás escuchaste. Has respirado pero no has olido. Has comido y bebido pero no has saboreado. Has tocado pero no has sentido. Has besado incontables labios pero no has amado a ninguno. Has estado pero no has sido.

Carta al viento (¿Tercera Parte?)

Ha sido por casualidad que se acordó de ella. Buscando otra cosa en un cajón encontró los pedazos de aquella carta. No pudo evitar la sonrisa que asomó a su rostro, como tampoco pudo evitar cogerla y volver a leerla. Mientras sus ojos iban recorriendo las palabras escritas iba recordando todo lo que había sucedido años atrás. No es que le importase ya, había continuado su vida sin ningún problema y hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en ella, pero para cuando leyó la última frase una lágrima luchaba por mojar su mejilla.

Tarareando alguna estúpida canción que seguro que alguna vez significó algo importante para ambos, pegó con cuidado y esmero los trozos de aquella carta. A partir de ahora la guardaría en algún lugar seguro, olvidadizo, oscuro y cálido, para que en algún otro día inesperado, o cuando la voluntad flaquease, pudiera coger de nuevo esta carta y recordara que en algún momento de su vida significó lo suficiente para alguien como para que le escribieran. Mientras hacía esto sentía que en algún otro rincón del planeta, guardada a buen recaudo, la carta que él un día escribió también espera. Ambas cartas quedarían para la posteridad, como un recuerdo especial, algo que algún día, cuando los años pesasen, pudiera ser recogido y leído y les recordara que en alguna parte del mundo alguien tiene la otra carta en su poder.

Ahora la carta está bien escondida. En su refugio, seguirá esperando esa contestación que ya nunca llegará. Con la mirada perdida en el infinito se pregunta qué ocurrió cuando ella escuchó el mensaje que le dejó en el contestador. Quizás nunca llegó a escucharlo. Quizás el contestador se tragó el mensaje. Quizás ella aún no haya aprendido a manejarlo. Quizás no quisiera contestarle. Quizás no hubiera contestación. Quizás simplemente no entendiera.

Pero eso no importa ya. Pertenece al pasado.

Nadie

¿Dónde estoy? Debe ser el vacío intemporal, si es que eso existe. Diría que he muerto porque he visto pasar mi vida delante de mí como si fuera una película. Pero a la vez no era mi vida porque yo no existía. Era la vida que hubiera tenido si yo no hubiera estado allí. Así que no puedo decir que haya muerto. Porque no he estado viva. Nunca he nacido. En vez de eso, mis padres tuvieron otro hijo, tres años después de mi no nacimiento. Así, mi hermano tuvo el compañero de juegos que yo no fui. Él fue en algunos aspectos mejor hijo de lo que hubiera sido yo aunque mi madre siempre quedó triste por no haber podido tener la hija que yo podía haber sido.

En el colegio, mi mejor amiga se sentó al lado de otra niña, que se convirtió en su fiel compañera. Compañera que la traicionó como yo nunca la habría traicionado y le terminó quitando el novio que nunca hubiera tenido de haber estado a su lado. El verano que recibí mi primer beso tampoco fue un verano especial. El chico tuvo que esperar año y medio más para aprender lo que era estar con una chica que de haber estado yo jamás habría conocido. Chica que cinco años después terminó por ser su novia y a quien engañaría con la novia que hubiera tenido de haberme conocido.

Tampoco ocurrió aquel aparatoso accidente, porque el motorista no estuvo ocupado sonriéndome y pudo ver el camión que se le venía encima. Nadie le acompañó en la ambulancia suspirando culpable. Y nadie le destrozaría el corazón dos años después. En vez de eso llegaría al lugar de su cita, con la novia que no abandonará y con la que terminará yéndose a vivir.

El perro abandonado lo recoge un agente de la perrera municipal y no podrá salvar a aquel niño de morir ahogado. En vez de eso, lo rescatará el equipo de salvamento media hora después, sin ninguna consecuencia grave para el chico. Pero mi no hermano nunca tendrá una mascota, que tampoco la necesita, porque ahora tiene un hermano que juega con él.

A mi novio nadie le animará a intentar estudiar una carrera. Es camarero y dueño propietario de un bar donde reparte bebidas y sonrisas. El negocio le va bien, es el camarero más codiciado de la ciudad y conoce a muchas chicas con las que comparte algo más que una agradable conversación. Pero aún no ha encontrado a nadie que le llene como yo hubiera podido llenarle. No es que tampoco le importe, es joven y ha triunfado en la vida. Pero a veces le gusta quedarse mirando las estrellas intentando pensar en cómo sería la chica ideal. Y su chica ideal no se parece en nada a lo que yo hubiera podido ser.

Mientras veo esto no siento pena u odio. No puedo sentir porque realmente no soy nadie y para sentir hay que ser alguien. Tampoco seré capaz de llorar cuando vea que en donde yo hubiera vivido se instala una feliz pareja de jubilados que sueñan con dar la vuelta al mundo. Ni cuando mis amigos se reunan sin mi para celebrar alguna fiesta. Tampoco sentiré tristeza cuando vea que todos aquellos chicos con los que estuve rehicieron sus vidas de una manera parecida a como hubieran vivido si me hubieran conocido. No siento nada al pensar que nadie me recuerda, que nadie sabe que existo, que soy menos que un cadáver en una fosa común y que hasta el más mísero grano de arena deja más huella que yo. No soy nadie y nada soy.

Quizás haya sentido una punzada al comprobar que aunque hubiera estado viva no habría cambiado nada. No hubiera sido más que una pieza en un enorme tablero, un pequeño tornillo, un engranaje minúsculo, que en nada habría evitado que la vida continuara. El resto del mundo habría sido feliz, habría sufrido, habría sido el mismo estando yo o no estando. Por eso tampoco importa que yo no estuviera. Pero son imaginaciones mías. No puedo sentir porque no soy.

Pero entonces ¿qué hago aquí?

Carta al viento (Segunda Parte)

Y sólo había una manera de averiguarlo. Lentamente estira la mano y coge el auricular. Con dedos temblorosos, marca el número. Uno, dos toques. Al otro lado alguien responde. Ahora hablará claro. Ahora comprenderá. Ahora sabrá la verdad.

Pero para sorpresa y frustración, la voz que responde es la de un contestador. No será ahora cuando pueda aclararse. Cuelga de nuevo el teléfono. Rasga la hoja en dos. No puede evitar la rabia que empieza a ebullir dentro de sí. Nada, nada está saliendo como debía. Recapacita. Respira hondo. Deja escapar lentamente un suspiro. Vuelve a intentar la llamada.

-Tenemos que hablar.

Cuelga de nuevo el teléfono. Ha hecho lo que está en su mano. Recoge los trozos del suelo y los guarda con cuidado. Ahora, el siguiente paso ha de darlo ella. Si quiere. Sólo resta esperar. Esperar con una paciencia que empieza a agotarse. Con una paciencia que no sabe de dónde sacará. Pero que es necesaria.

Lo que ha ocurrido una sola vez no tiene por qué volver a suceder. Pero lo que ha ocurrido dos veces pasará una tercera.

O sea, espero que haya una tercera parte… (si, no lo niego, todo lo que escribo es más o menos metáfora de mi vida)

De las Ruinas

La rescató de las ruinas del castillo en que había vivido toda su vida. Estaba gravemente herida y apenas respiraba. Pero él la cogió delicadamente en sus brazos y la trasladó a su refugio. Allí le fue curando sus heridas y la distrajo de sus penas, haciendo la noche más cálida con sus relatos. Poco a poco ella fue recobrando sus fuerzas y juntos pasearon por el bosque. Sólo una vez sus pasos los llevaron hasta las ruinas de su antiguo hogar, el castillo que la había oprimido y protegido desde niña. Nunca más quiso volver a verlo.

Él le enseñó a sobrevivir salvaje, en el bosque. Le enseñó a disfrutar de la libertad, de la naturaleza, de lo que era vivir sin más ley que la de la supervivencia. Durante un tiempo fueron felices, contando estrellas sentados en las ramas de los árboles.

Pero él sabía que ella algún día se lo pediría. Y por eso quiso adelantarse y mostrarle él mismo el camino hacia el pueblo. Antes de llegar ella le prometió que sólo sería una visita corta y que no le abandonaría nunca, porque a su lado era feliz. No contestó nada, asintió con la cabeza y llegaron. Ella quedó maravillada y en sus ojos se pudo ver brillar los recuerdos felices de su infancia, cuando vivía enmedio de la civilización. Aquella noche ella estuvo callada.

Pasaron unos meses en los que parecía que nada había cambiado. Incluso él pensó que quizás no quisiera regresar al pueblo. Pero lo inevitable tenía que ocurrir y ella le confesó que quería bajar a vivir con el resto de la sociedad. Durante un tiempo él se planteó seriamente si cambiar su vida y vivir con ella en el pueblo, como le había pedido. Incluso mientras la veía alejarse, con la promesa en el aire de volver a verle en breve, tuvo que reprimirse para no salir corriendo detrás suya. Él era una criatura de bosque, ni siquiera su compañía podría hacerle sobrevivir en el pueblo.

-¿Por qué me cuentas esto?

-Porque necesito que comprendas que los cuentos de campesinos y princesas nunca terminan bien. Que los finales felices no existen. Y por eso debes marcharte y vivir en el pueblo. La vida en el bosque es triste y solitaria.

-Dime… ¿volvió a visitarte?

-Sólo una vez. Para invitarme a su boda. Dicen que fue feliz el resto de su vida.

Carta al viento

Desarruga la hoja para leerla una vez más. Se la sabe de memoria pero a pesar de todo necesita leerla otra vez. Siente rabia, frustración. No puede quejarse, claro que no. Él mismo escribió algo parecido no mucho tiempo atrás. Demasiado parecido, se lamenta. Incluso en aquel momento sentía remordimientos de lo que enviaba. Pero era lo único que se sentía capaz de hacer. Enviar aquella maldita carta. Ha tenido tiempo de lamentarse con creces el envio y son muchas las noches que ha pasado en vela pensando en si habría alguna manera de remediarlo. Excusas incomprensibles, que ni él entendía. Pero que puso por escrito y firmó. Ahora eran suyas, pasase lo que pasase. Una vez enviada la carta, no podía recuperarla. Lo único que podía hacer era esperar que le perdonaran. Y que comprendiera que, entre líneas, deseaba justo lo contrario de lo que había escrito. Estúpida esperanza sin sentido.

Y ahora la carta retornaba a él. Otras palabras, quizás más irónicas y más hirientes… o quizás fuese sólo su imaginación. Escrita por quien recibió la carta anterior. Enviada a quien la escribió. Suspira, la relee, se levanta del sofá, vuelve a sentarse. Está incómodo. Porque la duda le corroe. ¿Con qué intención fue escrita esta carta? No esperaba contestación, ya no. Había pasado mucho tiempo. Demasiado. Esta carta no tenía ningún sentido. A no ser que… no, no era posible. Eso sólo ocurría en los cuentos de hadas. Y esto, es la vida real.

No era una venganza. No era su estilo. Ella no trataba de vengarse por su carta. Quizás ella sólo quisiera que él supiera lo que se siente. Quizás sólo intentaba empatar, igualar el asunto, dejarlo todo en tablas. Terminar la historia. Poder volver a empezar. O quizás quisiera hacerle daño. No podía saberlo. Quizás se encontrase en la misma situación que cuando él escribió su carta. O quizás en la situación que todos creían que él se encontraba cuando escribió la carta. Y esa, es una diferencia abismal. Cambiaba radicalmente la situación. Ahora comprendía que sus peores pesadillas sobre las dudas que pudo levantar su carta se hacían realidad.

Sin darse cuenta ha vuelto a arrugar el papel. Lo alisa de nuevo. No necesita leerlo para saber lo que pone. Pero escudriña la letra, intentando quizás ver algo que no viera antes. Alguna clave que le ayude a comprender. Se lamenta, nunca debió escribir esa carta. Cuántas noches en vela le habrá costado a ella asimilarla. Porque algo sí queda claro, esta carta no fue escrita por capricho. Es premeditada. O quizás en un arrebato. Quien sabe. Pero en el fondo es la misma que él escribió. Necesita saber por qué ha recibido esta carta. Por qué fue escrita. Por qué fue enviada.

Y sólo había una manera de averiguarlo. Lentamente estira la mano y coge el auricular. Con dedos temblorosos, marca el número. Uno, dos toques. Al otro lado alguien responde. Ahora hablará claro. Ahora comprenderá. Ahora sabrá la verdad.

Gotas de lluvia

La lluvia repiquetea sobre el cristal, pero no presta atención. Pensamientos profundos invaden su mente. Un año tan sólo ha transcurrido, pero para ella ha pasado mucho tiempo. Muchas experiencias la separan de la que fue antaño. Ya no siente envidia. Ya no siente celos. Pero el dolor sigue ahí. No es el mismo dolor que la acompañó durante meses. Ahora es diferente. Hubo un tiempo en el que hubiera dado lo que fuera por que él fuese feliz. Si estaba triste, ella estaba triste. Si sonreía, ella sonreía. Pero ahora es diferente.

Hace un año escaso que está con otra. Aunque lo veía llegar desde mucho tiempo atrás, estuvo aguardando con paciencia y esperanza vana. Cuando ya se hizo inevitable, tampoco luchó. Si él era feliz, ella sería feliz. Así sería. Era lo único que importaba. El resto, sobraba.

Pero ahora es diferente. Hacía tiempo que, aunque lo seguía viendo y hablando con él, ni se planteaba si él era feliz. Ya no era parte crucial en su existencia. Había rehecho su vida en otro lugar. Era lo planeado. Era lo esperado. Era lo que tenía que hacer. Era lo que hizo.

Pero hoy fue diferente. No, no lloró. Él nunca lloraba. Pero era la primera vez que vió en su rostro la tristeza. La sonrisa seguía ahí, en sus labios, quizás un poco temblorosa. Pero sus gestos, sus ojos, sus manos, delataban el desengaño y la opresión. Su voz sonaba más ronca que otras veces, aunque ella no estaba segura de si temblaba o si sólo eran sus imaginaciones. Escuchó lo que tenía que decirle, como siempre había hecho. Él quería restarle importancia al asunto, no era tan grave, pero se sentía solo. Ella no había resultado lo esperado. No, no lo había abandonado, seguían juntos. Pero no era lo planeado.

Por unos instantes tuvo ganas de abrazarlo. Sintió ganas de protegerlo, de vengarse por todo el daño que estaba sufriendo. Pero ya no era como antes. Él no sospechaba el cambio, pero ella lo notaba. Ya no era asunto suyo el que él estuviera sufriendo. Había salido de su mundo. Pero seguía siendo su amigo, por eso le escuchó, le apoyó. Por eso siguió ahí.

La otra llegó para recogerle. Vió cómo su rostro se iluminaba, sus ojos volvían a brillar, por un instante pensó en si fue mentira todo lo que había escuchado momentos antes pero la ilusión se desvaneció en cuanto la otra no respondió de la misma manera. Mientras se marchaban, ella sí dejó caer una lágrima. Porque ahora él estaba solo. Ella no estaría ahí para recogerle cuando cayera.

Como antes vió llegar a la otra, ahora ve cómo se aleja de él. Como antes, esperará con paciencia. Ya no será lo que pudo ser, pero seguirá a su lado, para apoyarle. Porque donde hubo fuego, siempre quemarán brasas.

Palabras perdidas

-¿Quién eres?

-¿Aún preguntas?

-¿Estás ahi? No puedo verte.

-Ven, coge mi mano.

-Hace frío.

-Se te pasará.

-¿Por qué está todo tan oscuro?

-Siempre está oscuro dentro de tu mente.

-¿Dentro de mi mente?

-¿Dónde crees que estamos si no?

-No lo sé…

-Si imaginas que está todo oscuro, no habrá luz.

-¿Puedo hacer lo que quiera?

-El límite está en tu mente.

-Tengo miedo.

-No te preocupes, estoy aquí.

-¿Sigues ahi?

-¿Pues no tienes cogida mi mano?

-No dices nada.

-Tú tampoco.

-¿Quién eres en realidad?

-¿Aún no lo sabes?

-¿Cuál es tu nombre?

-Soy todo lo que has imaginado, imaginas y seré todo lo que imaginarás. Soy tú porque soy todo lo contrario a tí.

-Eres mi opuesto.

-Puedes llamarme así.

-Entonces ¿no eres real?

-Soy tan real como tú.

-Pero yo si soy real.

-¿Cómo lo sabes?

-Pertenezco al mundo real…

-Pero ahora estás aquí, conmigo.

-Siento desvanecerme.

-Es inevitable.

-¿Inevitable?

-No puedes quedarte aquí mucho tiempo conmigo. La soledad es la norma. Las ideas fluyen y chocan unas con otras, pero siempre independientes, no interaccionan.

-Pero yo estoy aquí. Te cojo la mano, hablo contigo.

-Siempre hay una excepción.

-No quiero que estés solo. Ven conmigo.

-No puedo. Pero gracias, es la primera vez que me pides que vaya contigo.

-Es la primera vez que nos encontramos.

-Que no recuerdes algo no significa que no haya ocurrido. Simplemente que no lo recuerdas.

-¿Estuve aquí antes, entonces? ¿Me recuerdas?

-Siempre vienes aquí antes de dormir. A veces pasas rápidamente, otras te quedas un rato.

-Esta vez sí pienso recordarte.

-Claro…

-Lo prometo. Esta vez será diferente.

-Siempre es la primera y la última vez.

-Yo guardaré los recuerdos por los dos. Porque aunque no sepas que existo, siempre velo por tí.

Mail sin destinatario fijo

Altas horas de la madrugada (weno, de ves en cuando aun entra gente nueva, pero… doce y media son doce y media) y ella escribe febrilmente en una historia que sabe que dudosamente terminará algún día (aunque vea con toda claridad su desarrollo y su final) aprovechando esa vena lírica (que también puede comprobarse en el último mensaje olvidado por ella en un foro) que afloró esta noche y la invita a seguir tecleando incansable, con los ojos semicerrados, obviando los bostezos que no consigue reprimir en su boca…

Olvidada por todos, ignorada por algunos y esperando alguna señal de algo que le muestre que las cosas van a cambiar, ella sigue al pie del cañón, sin estar muy segura de qué es lo que espera, intentando no hacer demasiado ruido para no alertar a sus congéneres que duermen en habitaciones contiguas.

Sabiendo que el embotamiento que se empeña en nublar su mente acabará por agotarla, intentando exprimir las últimas frases para esa novela, consciente de que es inútil, porque ya no entrará esta noche para siquiera saludarla,… Estúpidamente aferrada al teclado, intentando no desviar la vista de la pantalla, mantener los ojos abiertos, ella sigue y sigue tecleando sin rumbo ni sentido en esta noche interminable.

Dominando los absurdos recuerdos de algo que ya ni siquiera está segura de que ocurrió, en ese extraño umbral donde realidad y sueños se confunden, esta pobre estudiante y aspirante a ingeniera informática insiste una y otra vez en continuar despierta, luchando por no caer en los cálidos brazos de Morfeo, devanándose la mente, intentando engañarse para continuar frente al ordenador, en un intento vano de no está muy segura qué.

En un momento dado realiza un inciso en su escrito. Mira a su alrededor. Las sombras dominan el mundo. Sentimiento amargo que la invade cuando descubre que esta noche tampoco será la noche. Será como las demás. Una más, que caerá en la oscuridad del olvido. Tristemente retorna a su novela. Una y otra vez vuelve a pensar si habrá alguien al otro lado. Tampoco importa, puesto que ese otro alguien no piensa en ella. Pero en este momento eso ya no le preocupa. Con que exista, basta. Alguna vez pensará. No hay prisa. Ya no. La precipitación no cabe en este día. Parece como si el tiempo se hubiera parado.

Poco a poco el sueño la va venciendo. Se debate, lucha, no quiere caer, no quiere ceder a los ruegos de ese amante intempestivo llamado Morfeo. Quiere seguir, podría ocurrir que en el momento en que se diera por vencida, ocurriera el milagro. Podría aparecer. Pero sabe que cada minuto que transcurre, es más improbable. Es inútil. Ya no vendrá. Ni siquiera espera que salude. Con verle, saber que pasó por aquí, le basta. Pero sabe que no sucederá.

Lentamente toma conciencia de la situación. Empieza a cerrar las ventanas abiertas en la pantalla. Teclea cada vez más despacio. Mira por última vez su lista de contactos conectados. Esfuerzo inútil: sabe que no está. Si al menos ocurriera algo… Por último cierra su sesión. Nadie queda ya. Ni siquiera quien hubiera podido sacarla de esta pesadilla. Pulsa el botón de Enviar y cierra también esta ventana. Cabizbaja se encamina hacia su cama. El sueño tardará en llegar, pero Morfeo nunca la olvida. Soñará con que la historia se desarrolló de otra manera diferente. Será feliz, por unas horas. Pero tampoco importa, porque también ese sueño caerá en el olvido. Como todo lo de esta noche. Lo que sucedió y lo que no llegó a suceder. Mañana volverá a la misma rutina, como siempre. Pero cada día con un poco menos de esperanza.

Laberinto

Otra vez. Mira la pared gris que se eleva delante suya. La toca, primero con cuidado, casi con miedo, luego la golpea violentamente. “¿Por qué? ¿Por qué yo?” Se vuelve. Sólo hay un camino de salida a este callejón. El mismo por el que entró. Arrastra los pies lejos de la pared. Sigue el pasillo. A su lado se abren más pasillos. Aleatoriamente, va eligiendo uno u otro. Sabe que nunca podría llegar a recorrerlos todos. Son demasiados. Tiene que confiar en un golpe del destino que le lleve justo por el camino adecuado. El camino que le lleve a la salida de este laberinto interminable.

No recuerda cómo entró aquí. Ni siquiera está seguro de que exista un mundo más allá de este laberinto de callejones sin salida. Todo lo que puede recordar es caminar por él, una y otra vez, sin rumbo fijo, chocando contra las paredes, cansado, sin esperanza, pero con una fuerza que no sabe de dónde saca que le impulsa a seguir hacia delante. Es un día interminable. No conoce la noche. No conoce nada más que no sea este laberinto. No conoce a nadie más. Aunque imagina que debe de haber más personas. Quizás en este, quizás en otros laberintos paralelos. Quizás consiguieron salir. Pero no sabe nada de ellos. Lo único que sabe es que está aquí encerrado, que ha estado siempre aquí encerrado. Que tiene que salir. Aunque no sepa por dónde. Que está cansado de caminar. Pero no puede pararse. Sabe que cuando pare no volverá a levantarse. Sabe que entonces habrá llegado el fin.

Pero a veces ni siquiera eso le asusta. A veces espera ansiosamente que llegue ese fin. Que esto termine de una vez. No le importa si nunca más vuelve a levantarse. Quiere salir, pero cuando no hay salida, no se puede hacer nada. Porque eso es lo que piensa las pocas veces que se para. Piensa que quizás no haya salida. Que quizás esto sea todo. El mundo es un laberinto del que no se puede salir. Porque salir significa morirse. Y morirse es rendirse. Y él no va a rendirse. Así que vuelve a levantarse y caminar. Sin rumbo. Sin saber a dónde. Sin saber por qué.

A veces grita, grita con todas sus fuerzas, aunque sabe que nadie va a oirle. Grita y golpea las paredes hasta que sus nudillos chorrean de sangre. Y, a veces, entonces llora. Llora con la desesperación de aquél que es ignorado. De aquél que no importa. Pero nada cambia. Las paredes siguen ahí, impidiéndole el paso. Grises y frías. Tristes. Imperturbables.

Alguna vez le gustaría poder soñar. Soñar que ha salido del laberinto. Soñar que tiene una vida lejos de aquí, que todo esto forma parte del pasado. O más aún, que ni siquiera forma parte de su pasado. Pero no puede. Lo más que consigue cuando cierra los ojos es ver una y otra vez un pasillo interminable que acaba en un callejón sin salida. Es todo lo que puede imaginar. Y poco a poco el desamparo crece en su interior. Nada importa ya. Solo salir. Es lo único que pide.