Protagonismo

¿En qué momento ocurrió? No me di cuenta, pero un día me miré al espejo y lo supe. ¿En qué momento dejé de ser la protagonista? ¿En qué momento dejé de ser la princesa esperando a su príncipe en el castillo para salir a buscarlo? Corrí aventuras, conocí a mucha gente, pero por todos pasaba de largo. ¿En qué momento me convertí en ese personaje secundario en el que se apoyan los protagonistas para poder desarrollar su historia? ¿Por qué de pronto el mundo no gira en torno a mi, sino a los que están a mi alrededor? Porque un día te levantas y ves que tu vida se resume en ayudar a que los demás tengan las vidas que ellos quieren. ¿Me estaré esforzando tanto en los demás que he dejado de soñar mis propias metas? ¿Cuanto hace que no hago un gesto egoísta? Siquiera esos infinitos baños de espuma, copa en la mano, para dejar que el mundo desaparezca a mi alrededor. O quizás, simplemente, es que todos los personajes secundarios son protagonistas de sus propias historias. Todos somos protagonistas con cameos secundarios en las  vidas de los demás. O quizás, finalmente he madurado.

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Hasta aquí hemos llegado

Demostrado: si pones a infinitos monos a teclear aleatoriamente, al final alguno acabará escribiendo El Quijote. Y otro una versión mejorada. Y otro una versión diferente. Por eso las demandas de plagios son tan difíciles de demostrar. Porque todos tenemos las mismas influencias culturales, porque todos tenemos ideas parecidas.

¿Que por qué os cuento esto?

Mi historia

La otra historia (en español)

Son cuatro años de diferencia y es altamente improbable que su autor me haya leído a mi o a una versión de mi historia. No es un plagio, es simplemente que se nos ocurrió lo mismo.

Pero él es “famoso” y yo no. Él gana dinero y yo no.

¿Por qué?

Supongo que porque yo nunca llegué a hacerme publicidad, demasiado celosa de que mi verdadera identidad saliera a la luz. De todos los multiversos posibles, en éste elegí no ser famosa. Supongo que era la elección correcta. Ser famoso es un asco.

Aunque te puede dar de comer.

Bah, yo ya tengo otro trabajo que me llena. Qué estupidez. Sólo ha sido un pequeño arranque de celos. Lo que tendría que hacer es poner mis historias en formato libro y un botón de donar. Discúlpenme ustedes mi vagancia al no hacerlo.

No quiero ser fuerte

Es esa extraña sensación de que todo se está derrumbando a tu alrededor mientras la vida sigue y nadie parece notarlo. El mundo, tal y como lo conocemos, está a punto de dar un vuelco. Pero parece que a nadie le importa. Todos siguen sonriendo, ajenos a la desgracia, todos siguen adelante con sus vidas. Pero ¿cómo podría seguir yo?

Ya no es cansancio. Ni siquiera es soledad. Es desesperación. La desesperación que te sube la adrenalina para poder seguir dando un paso más. Aunque desde ya sabes que no llegarás al final del camino. Sabes que no tienes fuerzas para llegar hasta allí.

Pero aunque llegaras, sabes que no hay nada esperándote allí. Es sólo otra etapa más de un camino que ya no tienes claro a dónde va. Simplemente sigues hacia delante porque no te queda otra opción. Simplemente sigues. Hasta que tu cuerpo ya no aguante más y, con el último aliento, tropiece para no volver a levantarse.

No importa cuánto te prepararas para este momento. De nada sirve que haya un búnker de paredes infranqueables si no hay víveres para sobrevivir dentro. No podrías refugiarte allí ni aunque encontraras un motivo para hacerlo. La existencia se tambalea y da vueltas hasta marearte, mientras te aferras a lo poco que te queda.

Y la vida sigue. Sin tí.

Control

“Bien, vamos a la raíz. ¿Qué fue lo que te hizo empezar a consumir?”

“No sé si es fácil de entender. Yo siempre llevé una vida sana y jamás me lo había planteado. Pero en un momento de mi vida, todo empezó a desmoronarse y sentí que estaba perdiendo el control. Empezar a consumir me daba un motivo, una razón por la que yo no era capaz de controlarlo. Si no podía controlar mi vida, al menos controlaría el caos en el que se estaba convirtiendo. Si mi vida era un desastre sería porque yo lo había decidido así.”

“Pero entonces, según tú, desintoxicarte no te ayudará a recuperar tu vida porque no fue el motivo por el que perdiste lo que tenías. ¿Qué es lo que te motiva a hacerlo ahora?”

“Sé que nunca podré recuperar el control de mi vida. Con el tiempo he aprendido que, en el fondo, nadie controla su propia vida, que sólo somos víctimas de las circunstancias. Pero al menos, yo tendré excusa para que mi vida sea un desastre.”

Otro día

Estoy cansada. Cansada de las promesas rotas y los sueños naufragados.

Sólo quería un mundo tranquilo, justo. Sólo quería que el karma fuera la única ley, que los buenos ganasen la partida. Puse todo lo que pude de mi parte por conseguirlo, pero una y otra vez la realidad se empeñaba en aplastar mis intentos. ¿O no era la realidad sino el egoísmo humano?

A veces parece que hay que enfangarse en el barro para poder hacerlo. El medio ensucia el fin.

 

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

Otra frontera

Cae la noche y con ella llega el frío. Tú sabías que si queríamos llegar, debíamos acelerar el paso y seguir durante toda la noche. Pero cuando viste al grupo, cansado y sediento, decidiste dar un alto. Con una sola mirada me indicaste que querías hablar conmigo y nos apartamos un poco del resto, que estaba montando el campamento.

“No vamos a llegar.” me dijiste “A este paso es imposible que lo consigamos. No hay más atajos entre las montañas, necesitaremos un milagro para poder llegar.”

“¿Y si vamos a buscar más agua?” dije sin mucha esperanza” Agua y comida, podríamos intentar caminar un par de días más. Aunque vayamos más lentos.”

“No es suficiente, ya lo sabes.” ni siquiera eras capaz de mirarme a la cara “En este maldito desierto no hay nada que podamos hacer.”

Abatido, volviste con el resto del grupo y ayudaste a encender la hoguera. Compartimos los últimos restos de comida y establecimos los turnos de vigilancia. El desaliento se palpaba en el ambiente, no hubo risas ni canciones aquella noche. Nos fuimos a dormir en silencio.

Al alba ya estábamos desmontando el campamento. Había sido una noche dura, donde los estómagos competían con los grillos en un concierto sin fin. No sé de dónde sacaste aquella sonrisa ni aquella sopa aguada con la que rellenamos el vacío que teníamos dentro. El día iba a ser duro.

Pronto tuvimos que empezar a apoyarnos los unos en los otros para poder seguir caminando. Un sol abrasador contrastando con la fría noche anterior que iba calentando poco a poco nuestro cerebro. Aún así, seguimos avanzando, sin descanso. Si queríamos volver a comer debíamos llegar a nuestro destino.

Al mediodía sufrimos el primer desmayo. Era una niña, o al menos con aquella tostada delgadez lo parecía. La cogiste entre tus brazos y nos obligaste a seguir andando. Sólo fue la primera de muchas otras. Con paciencia, fuimos arrastrando a los más débiles a través de la arena, obligándonos una y otra vez a dar el siguiente paso.

Cuando cayó la noche, nos obligamos a seguir andando unas horas más. El frío y la oscuridad parecía que nos había dado nuevas fuerzas. Acabamos durmiendo sin ni siquiera levantar el campamento, cansados y hambrientos.

Nos despertaron unos cuervos que graznaban en lo alto de una duna no muy lejana. Recuerdo tu sorprendente alegría cuando los viste. “Ahora sí podremos llegar” me dijiste. Entonces, lentamente, cogiste el objeto más contundente que tenías a mano y te deslizaste sobre la arena, acercandote a ellos.

La carne de cuervo estaba dura y reseca, pero a esas alturas, cualquier desayuno hubiera sido bien recibido. A duras penas nos tocó un trozo a cada uno y algunos tragos de sangre espesa, pero fue suficiente para darnos las fuerzas necesarias para volver a caminar. Fue como si le hubiéramos ganado una batalla a la muerte. Pero la guerra aún estaba por decidir.

El agua se acabó por la tarde. Paramos y montamos el campamento, para protegernos del calor. Te dirijiste a nosotros y con una voz seca y áspera nos comentaste que estábamos muy cerca. Que sabías que era duro, pero que partiríamos antes del alba, con el frescor, y que antes de que cayera la siguiente noche habríamos llegado a la ciudad. Aunque sedientos, hambrientos y cansados, pudimos dormir tranquilos, sabiendo que la agonía llegaba a su fin.

A lo lejos aparecieron las murallas de la ciudad. Fue como el último empujón que necesitábamos para liberar nuestra energía. Con gritos de alegría y esperanza, aceleramos el paso hacia la ciudad, viendo cómo cada paso nos iba acercando más y más hacia el fin del suplicio. Creo que fue uno de los momentos más felices de nuestra vida. Aunque sólo durara un momento.

Tú no corriste, parecía que sabías lo que iba a pasar. O quizás es que ya no te quedaban fuerzas. En cualquier caso, en cuanto asomaron las primeras cabezas sobre el muro, les hiciste señas con la sábana blanca que habíamos preparado mientras todos corríamos hacia las puertas, esperando que se abrieran.

Los disparos rompieron el silencio.

Miré hacia atrás y te vi sonriendo, aún aguantando la sábana blanca. Manchando la sábana con tu sangre. Al parecer, les habías parecido el más peligroso. O quizás es que la sábana les llamó la atención. Quién sabe, tampoco podré preguntarles.

Uno a uno, fueron abatiéndonos a todos. Los gritos de desesperación por pedir clemencia no fueron escuchados. ¿Quizás no hablaban nuestro idioma? Me agaché a tu lado e intenté que respondieras, pero estabas ya muerto. Te abracé y me quedé esperando el disparo que no tardó en llegar. Cerca del omóplato derecho. No importa. Hemos llegado.