Paz

Se sienta en la puerta. Le gusta ver cómo el sol se esconde al final del día detrás de las montañas, la hace sentirse tranquila, llena de paz. Respira profundamente y se acaricia el tobillo. Aún le quedan algunas cicatrices, pero es cuestión de tiempo que desaparezcan.

Es una cueva pequeña, pero no necesita más espacio. Ha aprendido a cazar y tiene un pequeño huerto a la derecha, donde la tierra es más fácil de arar. Ha aprendido a vivir sola. Y eso está bien.

Respira hondo, observa los últimos rayos rosados del sol y cierra los ojos. Ya no tiene prisa. Ya no tiene que correr. No hay camino que andar, porque no hay ningún sitio mejor en el que descansar.

Ojos azules

-La vida no tiene sentido. – Se deja caer en la silla y me mira sonriendo – Y eso es lo que la hace tan extraordinaria.

Nunca sabes por dónde va a salir, pero hoy parece que se ha levantado de buen humor. Eso está bien.

-He mirado a la muerte a los ojos, ¿sabes?

A veces me cuesta seguir su hilo de pensamiento. Pero me gusta escucharla, suele darle un toque extraño a las reflexiones más sencillas. Está girando la cucharilla en el café, como queriendo hacer el círculo perfecto.

-La muerte me miró y yo la miré. Tenía los ojos azules.

-¿Azules?

-¿Te imaginas?

Vuelve a mirarme y sonríe. Está claro que está dando vueltas a algo que no sabe cómo arrancar así que ha soltado lo primero que se le ha venido a la cabeza. Ahora vendrá la revelación.

-He vuelto a verle.

Ahí está. Todos tenemos nuestras pequeñas obsesiones. La suya es la de aquel ex novio que tuvo que se fue a meditar a la India y nunca más volvió a verle.

-Pero yo creo que no era él. No parecía reconocerme. Y, ¿sabes? han pasado tantos años y seguía pareciendo tan joven…

-Probablemente no lo era. Nunca lo es.

-Lo sé. Pero me gusta verle de vez en cuando. Aunque sea mentira.

La entiendo. Se siente lo suficientemente culpable como para haber viajado ella misma a la India a buscarle. Para encontrar que había desaparecido completamente. Probablemente incluso muerto. Aprender a vivir con eso no es fácil. De todas las posibles formas de convivir con la culpa, la suya era de las más inofensivas. Pero en momentos como este, desearía que hubiera escogido cualquier otra forma de superarlo.

-Ha pasado mucho tiempo, quizás deberías pensar en volver a terapia.

-No tienes que animarme, estoy bien. Sólo te lo comentaba.

Nos quedamos un rato en silencio. Finalmente vuelve a hablar.

-¿Sabes por qué la muerte debería tener los ojos azules? Porque la muerte es fría y árida. Como el norte. Por eso la muerte tiene los ojos azules.

-Yo diría que la muerte no tiene ojos. Es ciega, como la justicia.

-La justicia no es ciega. Siempre favorece a unos más que a otros. No seas ingenuo.

A  la defensiva. Bien.

-¿Y la muerte no favorece también a unos más que a otros?

-Razón de más para que tenga los ojos azules. Yo lo sé, la he visto. Y me ha mirado. Y por eso sé que la vida no tiene sentido. Aunque sea extraordinaria.

En noches como esta

Acaricia las dos cicatrices de su espalda. Una vez le preguntó que cómo se las había hecho y ella, riendo, le contestó que son las marcas que dejaron sus alas de ángel cuando la expulsaron del cielo. Tampoco importa, seguramente sería de algún accidente que tuvo que le avergüenza contar. Se revuelve en el sueño y abre los ojos.

-¿Todavía despierta?

-Ya sabes, me cuesta dormir.

La abraza y sigue durmiendo. Ella, con los ojos todavía abiertos, no puede evitar pensar lo poco que conoce de su pasado. Cuando le hace preguntas, siempre contesta con alguna broma o alguna vaguedad, como si todo su pasado no fuera importante. Como si cualquier otro tema de conversación fuera infinitamente más interesante.

¿Su familia? No tiene. ¿Sus amigos? Todos los que conoce, los han conocido juntas.

Lo importante es el futuro, le dice siempre mirándola a los ojos. Esos ojos en los que se pierde y a los que no puede llevar la contraria. ¿A quién le importa el pasado, de dónde vengas, cómo has llegado aquí? Lo importante es el camino que recorreremos juntas.

Y se lo cree. Pero en las noches como esta, no puede evitar pensar en lo poco que se conocen.

Mereces un amor

Frida Kahlo, ese descubrimiento:

“Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los miedos que a veces no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.”

“Si usted me quiere en su vida, usted me pondrá en ella. Yo no debería estar luchando por un puesto”

Frida, amor, ¿bebimos de las mismas fuentes o es que una parte de ti (pequeña, minúscula, la menos importante) se reencarnó en mi?

 

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

Otra frontera

Cae la noche y con ella llega el frío. Tú sabías que si queríamos llegar, debíamos acelerar el paso y seguir durante toda la noche. Pero cuando viste al grupo, cansado y sediento, decidiste dar un alto. Con una sola mirada me indicaste que querías hablar conmigo y nos apartamos un poco del resto, que estaba montando el campamento.

“No vamos a llegar.” me dijiste “A este paso es imposible que lo consigamos. No hay más atajos entre las montañas, necesitaremos un milagro para poder llegar.”

“¿Y si vamos a buscar más agua?” dije sin mucha esperanza” Agua y comida, podríamos intentar caminar un par de días más. Aunque vayamos más lentos.”

“No es suficiente, ya lo sabes.” ni siquiera eras capaz de mirarme a la cara “En este maldito desierto no hay nada que podamos hacer.”

Abatido, volviste con el resto del grupo y ayudaste a encender la hoguera. Compartimos los últimos restos de comida y establecimos los turnos de vigilancia. El desaliento se palpaba en el ambiente, no hubo risas ni canciones aquella noche. Nos fuimos a dormir en silencio.

Al alba ya estábamos desmontando el campamento. Había sido una noche dura, donde los estómagos competían con los grillos en un concierto sin fin. No sé de dónde sacaste aquella sonrisa ni aquella sopa aguada con la que rellenamos el vacío que teníamos dentro. El día iba a ser duro.

Pronto tuvimos que empezar a apoyarnos los unos en los otros para poder seguir caminando. Un sol abrasador contrastando con la fría noche anterior que iba calentando poco a poco nuestro cerebro. Aún así, seguimos avanzando, sin descanso. Si queríamos volver a comer debíamos llegar a nuestro destino.

Al mediodía sufrimos el primer desmayo. Era una niña, o al menos con aquella tostada delgadez lo parecía. La cogiste entre tus brazos y nos obligaste a seguir andando. Sólo fue la primera de muchas otras. Con paciencia, fuimos arrastrando a los más débiles a través de la arena, obligándonos una y otra vez a dar el siguiente paso.

Cuando cayó la noche, nos obligamos a seguir andando unas horas más. El frío y la oscuridad parecía que nos había dado nuevas fuerzas. Acabamos durmiendo sin ni siquiera levantar el campamento, cansados y hambrientos.

Nos despertaron unos cuervos que graznaban en lo alto de una duna no muy lejana. Recuerdo tu sorprendente alegría cuando los viste. “Ahora sí podremos llegar” me dijiste. Entonces, lentamente, cogiste el objeto más contundente que tenías a mano y te deslizaste sobre la arena, acercandote a ellos.

La carne de cuervo estaba dura y reseca, pero a esas alturas, cualquier desayuno hubiera sido bien recibido. A duras penas nos tocó un trozo a cada uno y algunos tragos de sangre espesa, pero fue suficiente para darnos las fuerzas necesarias para volver a caminar. Fue como si le hubiéramos ganado una batalla a la muerte. Pero la guerra aún estaba por decidir.

El agua se acabó por la tarde. Paramos y montamos el campamento, para protegernos del calor. Te dirijiste a nosotros y con una voz seca y áspera nos comentaste que estábamos muy cerca. Que sabías que era duro, pero que partiríamos antes del alba, con el frescor, y que antes de que cayera la siguiente noche habríamos llegado a la ciudad. Aunque sedientos, hambrientos y cansados, pudimos dormir tranquilos, sabiendo que la agonía llegaba a su fin.

A lo lejos aparecieron las murallas de la ciudad. Fue como el último empujón que necesitábamos para liberar nuestra energía. Con gritos de alegría y esperanza, aceleramos el paso hacia la ciudad, viendo cómo cada paso nos iba acercando más y más hacia el fin del suplicio. Creo que fue uno de los momentos más felices de nuestra vida. Aunque sólo durara un momento.

Tú no corriste, parecía que sabías lo que iba a pasar. O quizás es que ya no te quedaban fuerzas. En cualquier caso, en cuanto asomaron las primeras cabezas sobre el muro, les hiciste señas con la sábana blanca que habíamos preparado mientras todos corríamos hacia las puertas, esperando que se abrieran.

Los disparos rompieron el silencio.

Miré hacia atrás y te vi sonriendo, aún aguantando la sábana blanca. Manchando la sábana con tu sangre. Al parecer, les habías parecido el más peligroso. O quizás es que la sábana les llamó la atención. Quién sabe, tampoco podré preguntarles.

Uno a uno, fueron abatiéndonos a todos. Los gritos de desesperación por pedir clemencia no fueron escuchados. ¿Quizás no hablaban nuestro idioma? Me agaché a tu lado e intenté que respondieras, pero estabas ya muerto. Te abracé y me quedé esperando el disparo que no tardó en llegar. Cerca del omóplato derecho. No importa. Hemos llegado.

Mientras tanto, en un universo paralelo…

-¿Qué haces?

-Te observaba.

-Estás loco.

-Me encanta observarte cuando estás dormida. Me llenas de paz. Tan tranquila, tan relajada, tan… feliz… Podría quedarme horas mirándote. Me haces volver a sentir, volver a vivir. Es como si me hubieran quitado diez años de golpe. Creo que nunca había estado tan completo. Es como si me volvieras a dar la energía que me faltaba. Eres… increíble.

-Huyamos juntos.

-¿Qué?

-Está claro que hay algo bueno aquí. Posiblemente lo mejor que nos haya pasado a los dos. ¿Por qué pararlo aquí?

-Tengo miedo, tengo mucho miedo. Tengo miedo de lo que me haces sentir, de lo que me haces… hacer. Me das miedo.

-¿Por qué tenemos que ser siempre tan cobardes? Yo también estoy muerta de miedo, pero quiero intentarlo. Nos comeremos el mundo… pero juntos. Te quiero.

 

Grandes desconocidos

El arpa de Orfeo calla, y el crepitar de las llamas llena la noche. Embelesados por el relato que les acaba de contar, se sienten menos solos. Después de unos minutos de reflexión, Calisto mira al siguiente orador, que aún tarda un poco en comenzar su historia:

La conocí cuando me destinaron en una trinchera cercana a la frontera. Utilizaba la identidad de su difunto marido, el cual había muerto entre sus brazos. Contaba que se sintió incapaz de seguir adelante con su vida sabiendo que los culpables estaban vivos en alguna parte. Pero en la trinchera era difícil disimular su verdadera identidad.

Desde el principio hubo algo especial entre los dos, una conexión fantasma. Nos sincronizábamos y entendíamos como si fuéramos uno solo. Sabíamos que ahí fuera había dolor y muerte y que la guerra continuaba al otro lado del muro. Pero vivíamos en una burbuja, donde nada importaba salvo que estábamos juntos. Fueron los días más felices de mi vida y no los cambiaría por nada.

Pero tuvo que llegar el día en que el enemigo consiguió ganarnos terreno hasta llegar a las manos. Saltaban dentro de la trinchera como si fuesen bestias salvajes, obligándonos a defendernos en un mano a mano sin piedad. En mitad de la lucha, y tras una aventurada maniobra de distracción, tuvimos unos segundos para escapar. Ella se escurrió por un túnel y no volvió a mirar atrás. Yo corrí, agazapándome como pude, hacia el lado contrario, esperando encontrar algún refugio.

Por desgracia, pronto me capturaron. En mis largos días de tortura, sólo un pensamiento me mantenía con vida: ella no estaba entre los prisioneros. No podía preguntar por su destino, pues si seguía escondida al otro lado de aquel túnel estaría descubriéndola y poniéndola en peligro. Pero algo dentro de mi me decía que lo había conseguido.

Aún hoy quiero creer que consiguió escapar y que se ha olvidado de mí. Que rehizo su vida, que encontró a otro hombre, que no piensa en mi. Pero, en el fondo, sé que eso es imposible. Sé que esté donde esté, seguirá pensando en mi igual que yo sigo pensando en ella.

Baja la mirada y traza un círculo en el suelo, esperando que el siguiente comience su historia. No puede disimular la lágrima que cae por su mejilla. Tampoco le importa.

Ciegos

-¿Lo has comprendido?

-Creo que sí. Tengo un cáncer que, esperamos, podrá operarse fácilmente y sin complicaciones. Cuanto antes mejor.

Está tranquilo. Confía en el médico. Estas cosas pasan, sólo eso.

-¿Y la otra parte?

-¿La otra parte?

-Las consecuencias del tumor.

-Segrego más endorfinas de lo normal, me has dicho. ¿Es eso?

-¿Y entiendes lo que eso significa?

-¿Que no es bueno?

Sonríe, calmado. Despreocupado.

-No me preocupa que sea o no bueno ahora. Me preocupa lo que ocurrirá después, cuando vuelvas a los niveles normales.

-¿Por qué? ¿Qué pasará?

-¿Te consideras una persona feliz?

-¿Cómo?

-¿Te consideras una persona feliz? ¿A pesar de la noticia que acabo de darte?

-Sí, creo que sí.

-Cuando tu nivel de endorfinas disminuya, dejarás de sentirte así.

-Bueno,  no pasa nada. Seré como una persona normal, ¿no?

-Eso es.

-¿Entonces?

-Eres anormalmente feliz. Tu felicidad se basa en la alteración del nivel de tus endorfinas. Dejarás de ser feliz.

-Ya será para menos.

Un escalofrío de preocupación le recorre la espalda.

-¿Y no podríamos dejarlo ahí, sin operar?

-Lo siento mucho.

Recoloca los objetos del escritorio mientras intenta procesarlo.

-Resulta extraño.

-Lo es.

-Y, sin embargo, tiene sentido.

-Todos sobrevivimos y nos sobreponemos.

-¿El mundo será más gris?

-Triste y oscuro. Disfruta lo que te quede.