Hasta siempre

Caes al suelo. Intentas frenar la caida con tus manos, pero tus brazos flaquean y tu rostro golpea el suelo. No entiendo por qué no siento nada en este momento. Sé que debería sentir alguna emoción. Pero el verte vencido me paraliza, me bloquea.

Hace un momento aún tenías alguna esperanza, pensabas que quizás pudieras vencer. En tus ojos brillaba esa luz que siempre te acompaña cuando manejabas la espada. Tus movimientos, tan ligeros, tan suaves, pero siempre tan peligrosos. Parecía que más que pelear, bailabas alrededor de tu contrincante. Adoro esa manera que tienes de deslizarte a un lado y otro sin perder nunca de vista tu objetivo.

Me gustaba verte pelear. Tenías un estilo propio. Pero ahora ya nada queda de todo eso. Aún respiras, los últimos estertores de la muerte. Tu mano aún sigue aferrada a tu espada, inútilmente, con los nudillos blancos.

Me acerco a ti. No sé si me reconoces. Pero me miras fijamente. Tu boca tiembla, quizás quieras decirme algo antes de lo inevitable. Acerco mi mano a tu rostro, para intentar apartar la tierra que lo mancha. Ese flequillo rebelde cae sin gracia una vez más por delante de tus ojos. Me sonríes. Es entonces cuando sé que me reconociste, a pesar de todo. Tu última despedida va dedicada a mi. Qué cruel es el destino.

Y ya no respiras. Te doy la vuelta con cuidado, para comprobar que, realmente, tu corazón ya no late. No me importa si alrededor mia continúa o no la batalla. Ahora, lo único que me importa es si aún te queda alguna esperanza. Pero aún antes de quitarte la armadura sé que es inútil. El soplo de vida que te quedaba hace tiempo que te abandonó.

Me elevan por encima de la muchedumbre. Me aclaman, me adoran. Hemos vencido. Ya están preparando la fiesta para celebrarlo. Pero no consigo alegrarme. Sus gritos me parecen estridentes, intento zafarme de la multitud, pero una avalancha de brazos me tapa el camino.

Creo que yo también dejaré pronto de existir. Mi vida ya no tiene sentido sin ti. Mi amado enemigo.

Ángeles y Dioses

-¿Dónde estoy?

-Has vuelto a casa.

-¿Quién eres?

-¿No sabes quién soy? Soy tu peor enemigo, tu pesadilla, tu dios, tu odio eterno. El que te ha hecho sufrir toda tu vida. Todas tus vidas.

-No lo entiendo…

-Déjame abrir tu memoria y enseñarte tus propios recuerdos. Dime, ¿tampoco recuerdas quién eres?

-¿Quién soy?

-Fuiste un ángel en la corte celestial. El único ángel que nunca se dignó a reconocer la superioridad de su dios. El único ángel capaz de hacerle frente. El ángel a quien más amaba. El único que no se doblegó ante el poder supremo.

-¿Ese fui?

-Pero aun siendo el ángel más poderoso, no fuiste lo suficiente como para hacerme frente. Y al rechazarme, tuve que imponerte un castigo.

-¿Qué castigo?

-Te maldije, maldije tu condición de inmortal y te hice reencarnarte por el resto de los tiempos en seres mortales que vivieran en la Tierra. Maldije tu poder angelical y te condené a vagar inútil por la Tierra. Maldije tu felicidad y te separé del amor. Toda persona que te importase en vida sería desterrada de tu lado, sería alejada de tí. Y si eso no bastaba, en su interior crecería el mismo odio que me tenías a mi, hasta que no pudieras aguantarlo más y tú mismo te alejaras de ellos. Te condené a la soledad, a la oscuridad, al dolor. Porque con tu dolor el mio se mitigaba. Mi despecho sería menor al verte a ti despechado.

-¿Por qué?

-Te ofrecí ser mi mano derecha, te regalé poderes que nunca hubieras podido soñar, quise compartir mi mundo contigo… Pero nunca quisiste reconocer que yo tenía el control. Que todo estaba bajo mi mando. Tenía que demostrarlo.

-Sufrí… sufrí en todas esas vidas y no te importó. No quisiste pararlo. ¿Cuántas veces te suplicaría porque terminara el suplicio? Pero detrás de esa vida había otra y otra y todas igual de tristes.

-Tengo que pedirte perdón por algo.

-¿Por mi dolor?

-Por algo más que tu dolor. Tengo que pedirte perdón porque en el fondo tenías razón. No era el más poderoso. No soy omnisciente. No soy omnipotente. Soy un dios cautivo de sus propios deseos. Mi propio poder es una jaula que se cierra sobre mi y me inmoviliza, me ata.

-Pero eres dios… todo lo puedes.

-Hay algo que no puedo. Algo de lo que me arrepentí, pero no puedo dar marcha atrás. No puedo quitarte las maldiciones, no puedo deshacer lo que hice, no puedo frenar tu dolor…

Mail por enviar

Hoy entré aquí y descubrí que no estabas como siempre. Tenía ganas de hablar contigo, así que abrí un mensaje en blanco y decidí escribirte algo. Pero ahora que estoy frente a la pantalla, las manos sobre el teclado, me doy cuenta de que no sé qué decirte. Podría contarte lo mucho que has cambiado mi vida en estos últimos tiempos. Cómo has ido llenando un vacío que hacía tanto que estaba desocupado que ni me acordaba que existía. Que cada vez que te veo, mi corazón salta de alegría al saber que estás ahi. Decirte que has alegrado todas estas tardes, que me has hecho feliz simplemente estando ahi, hablando de cosas absurdas y sin sentido, de cómo pasaba la vida. Podría enumerarte todas las penas que has ido arrancando de mi corazón con tus palabras, cómo tu interminable susurro iba llenando mi habitación. Escribirte que te has convertido en algo indispensable en mi vida, que sólo de pensar que el día de mañana pudieras encontrar otra distracción me hace un nudo en la garganta. Que tú, con tu sinceridad y tus ganas de vivir la vida, has sido capaz de levantar este ánimo que hacía mucho que no subía del sótano. Que me has hecho sentir de nuevo la ilusión por seguir luchando. Podría escribirte todo lo que has cambiado mi vida en tan poco tiempo. Que ya no sería capaz de imaginar mi vida sin tenerte cerca. Que le temo al día que te marches de mi lado. Podría darte mil veces las gracias por todo lo que has hecho por mi, aún sin saberlo, sospecho, y decirte que siempre podrás contar conmigo. Pero creo que en vez de todo esto, cerraré el mensaje y esperaré a que llegues para pasar junto a ti una tarde más.

Café

El café se enfría lentamente pero hoy no es capaz de terminarlo. Remueve con mirada distraída la cuchara y vuelve a dejarla en el platillo. Tampoco presta atención a la mesa de al lado, donde dos ejecutivos nerviosos desayunan rápidamente discutiendo de negocios. Se acerca la taza para beber pero a mitad de camino la mano para, recapacita, y vuelve a caer. Sacude la cabeza como queriendo deshacerse de un pensamiento, pero no lo consigue. No deja de preguntarse qué hubiera pasado.

No, la niña no parece haber notado nada. ¡Quién hubiera podido imaginar que su querido profesor era él! Había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vió que dudaba que se acordase de ella. Pero las miradas no mienten, él estaba tan sorprendido de verla como ella de encontrarlo allí.

Sabía que quería ser profesor. Era una de las ilusiones que compartieron juntos en aquellas interminables tardes de primavera, cuando eran dos tímidos adolescentes cogidos de la mano. Pero nunca pensó que pudiera darle clases a sus hijos. Y menos aún que no fueran hijos comunes. En aquellos momentos el futuro era algo incierto, que no parecía que tuviera prisa por llegar. Pero llegó, arrasando todas las expectativas.

Aún recuerda aquel día en que todo terminó. Habían sido muchas pequeñas peleas, muchos roces, para seguir ignorando. No terminaron mal, quedaron en verse al día siguiente como amigos. No se llamaron al día siguiente, ni al otro. Aunque de vez en cuando la vida quiso que se encontrasen y todo iba bien. Pero cuando las ilusiones conjuntas se perdieron en el horizonte de los imposibles, incluso esa amistad medio fingida y medio deseada terminó por desaparecer también.

Son muchos años. Ni siquiera recuerda cuándo fue la última vez que se vieron. Hacia demasiado tiempo que había dejado de pensar en él. Pero ahora, cuando el frío de los años adorna los recuerdos, es más fácil. Ahora sabe que hubieran podido arreglarlo. Que hubieran podido ser felices juntos. Que hubiera sido posible compartir sus vidas y ser felices.

No quiere decir que no sea feliz. Es feliz. Pero en algún profundo rincón de su mente una pequeña vocecilla pregunta. Pregunta qué hubiera pasado. Qué distinta hubiera podido ser la vida.

El café está frio. Es inútil intentar terminárselo. Además, hace tiempo que debía haber vuelto al trabajo. Se levanta, deja unas monedas, y sale a la calle. A afrontar la vida que eligió. Lo que no sabe es si fue ella la que eligió o la vida la que la eligió a ella. De todas maneras tampoco importa. Este mediodía, cuando vaya a recoger a la niña al colegio intentará hablar con él. Quedaron tantas cosas por decir…

“It isn’ t fair, but nobody said it would be fair…”

La Luna empezaba a palidecer al ver asomarse al Sol. La noche estaba acabando y ambos sabían que la historia terminaría aquí, pero aún no se movían. Seguían agarrados, deseando que el tiempo se parase en aquel momento, que no tuviera fin. Era inútil seguir fingiendo, los dos sabían que no podían alargar más la situación, que el siguiente beso sería el último. Sin embargo, ninguno de los dos hizo ningún gesto.

Las estrellas se habían apagado hacía tiempo y el amanecer tenía una tonalidad rosácea. Los primeros pájaros madrugadores ya comenzaban sus juguetones vuelos por encima de sus cabezas, pero ellos aún seguían sin moverse, intentando recoger en su memoria cada segundo, cada instante, cada momento.

Pero la despedida se hace inminente. El último beso, la última caricia,… duelen más por saber que son las últimas. Pero también son más intensas. El último “te quiero” susurrado a su oido. La última mirada y se separan.

La historia ha terminado.

“You can’t love anyone until you understand that you can’t love everyone”

Has visitado mil lugares y no has estado en ninguno. Has visto caras pero no has mirado ningún rostro. Has recorrido todo el mundo y no has conocido nada. Has estudiado todo y no aprendiste nada. Has hablado mucho y no has dicho nada. Has tenido conocidos pero ningún amigo. Has oido pero jamás escuchaste. Has respirado pero no has olido. Has comido y bebido pero no has saboreado. Has tocado pero no has sentido. Has besado incontables labios pero no has amado a ninguno. Has estado pero no has sido.

De las Ruinas

La rescató de las ruinas del castillo en que había vivido toda su vida. Estaba gravemente herida y apenas respiraba. Pero él la cogió delicadamente en sus brazos y la trasladó a su refugio. Allí le fue curando sus heridas y la distrajo de sus penas, haciendo la noche más cálida con sus relatos. Poco a poco ella fue recobrando sus fuerzas y juntos pasearon por el bosque. Sólo una vez sus pasos los llevaron hasta las ruinas de su antiguo hogar, el castillo que la había oprimido y protegido desde niña. Nunca más quiso volver a verlo.

Él le enseñó a sobrevivir salvaje, en el bosque. Le enseñó a disfrutar de la libertad, de la naturaleza, de lo que era vivir sin más ley que la de la supervivencia. Durante un tiempo fueron felices, contando estrellas sentados en las ramas de los árboles.

Pero él sabía que ella algún día se lo pediría. Y por eso quiso adelantarse y mostrarle él mismo el camino hacia el pueblo. Antes de llegar ella le prometió que sólo sería una visita corta y que no le abandonaría nunca, porque a su lado era feliz. No contestó nada, asintió con la cabeza y llegaron. Ella quedó maravillada y en sus ojos se pudo ver brillar los recuerdos felices de su infancia, cuando vivía enmedio de la civilización. Aquella noche ella estuvo callada.

Pasaron unos meses en los que parecía que nada había cambiado. Incluso él pensó que quizás no quisiera regresar al pueblo. Pero lo inevitable tenía que ocurrir y ella le confesó que quería bajar a vivir con el resto de la sociedad. Durante un tiempo él se planteó seriamente si cambiar su vida y vivir con ella en el pueblo, como le había pedido. Incluso mientras la veía alejarse, con la promesa en el aire de volver a verle en breve, tuvo que reprimirse para no salir corriendo detrás suya. Él era una criatura de bosque, ni siquiera su compañía podría hacerle sobrevivir en el pueblo.

-¿Por qué me cuentas esto?

-Porque necesito que comprendas que los cuentos de campesinos y princesas nunca terminan bien. Que los finales felices no existen. Y por eso debes marcharte y vivir en el pueblo. La vida en el bosque es triste y solitaria.

-Dime… ¿volvió a visitarte?

-Sólo una vez. Para invitarme a su boda. Dicen que fue feliz el resto de su vida.

Gotas de lluvia

La lluvia repiquetea sobre el cristal, pero no presta atención. Pensamientos profundos invaden su mente. Un año tan sólo ha transcurrido, pero para ella ha pasado mucho tiempo. Muchas experiencias la separan de la que fue antaño. Ya no siente envidia. Ya no siente celos. Pero el dolor sigue ahí. No es el mismo dolor que la acompañó durante meses. Ahora es diferente. Hubo un tiempo en el que hubiera dado lo que fuera por que él fuese feliz. Si estaba triste, ella estaba triste. Si sonreía, ella sonreía. Pero ahora es diferente.

Hace un año escaso que está con otra. Aunque lo veía llegar desde mucho tiempo atrás, estuvo aguardando con paciencia y esperanza vana. Cuando ya se hizo inevitable, tampoco luchó. Si él era feliz, ella sería feliz. Así sería. Era lo único que importaba. El resto, sobraba.

Pero ahora es diferente. Hacía tiempo que, aunque lo seguía viendo y hablando con él, ni se planteaba si él era feliz. Ya no era parte crucial en su existencia. Había rehecho su vida en otro lugar. Era lo planeado. Era lo esperado. Era lo que tenía que hacer. Era lo que hizo.

Pero hoy fue diferente. No, no lloró. Él nunca lloraba. Pero era la primera vez que vió en su rostro la tristeza. La sonrisa seguía ahí, en sus labios, quizás un poco temblorosa. Pero sus gestos, sus ojos, sus manos, delataban el desengaño y la opresión. Su voz sonaba más ronca que otras veces, aunque ella no estaba segura de si temblaba o si sólo eran sus imaginaciones. Escuchó lo que tenía que decirle, como siempre había hecho. Él quería restarle importancia al asunto, no era tan grave, pero se sentía solo. Ella no había resultado lo esperado. No, no lo había abandonado, seguían juntos. Pero no era lo planeado.

Por unos instantes tuvo ganas de abrazarlo. Sintió ganas de protegerlo, de vengarse por todo el daño que estaba sufriendo. Pero ya no era como antes. Él no sospechaba el cambio, pero ella lo notaba. Ya no era asunto suyo el que él estuviera sufriendo. Había salido de su mundo. Pero seguía siendo su amigo, por eso le escuchó, le apoyó. Por eso siguió ahí.

La otra llegó para recogerle. Vió cómo su rostro se iluminaba, sus ojos volvían a brillar, por un instante pensó en si fue mentira todo lo que había escuchado momentos antes pero la ilusión se desvaneció en cuanto la otra no respondió de la misma manera. Mientras se marchaban, ella sí dejó caer una lágrima. Porque ahora él estaba solo. Ella no estaría ahí para recogerle cuando cayera.

Como antes vió llegar a la otra, ahora ve cómo se aleja de él. Como antes, esperará con paciencia. Ya no será lo que pudo ser, pero seguirá a su lado, para apoyarle. Porque donde hubo fuego, siempre quemarán brasas.

Palabras perdidas

-¿Quién eres?

-¿Aún preguntas?

-¿Estás ahi? No puedo verte.

-Ven, coge mi mano.

-Hace frío.

-Se te pasará.

-¿Por qué está todo tan oscuro?

-Siempre está oscuro dentro de tu mente.

-¿Dentro de mi mente?

-¿Dónde crees que estamos si no?

-No lo sé…

-Si imaginas que está todo oscuro, no habrá luz.

-¿Puedo hacer lo que quiera?

-El límite está en tu mente.

-Tengo miedo.

-No te preocupes, estoy aquí.

-¿Sigues ahi?

-¿Pues no tienes cogida mi mano?

-No dices nada.

-Tú tampoco.

-¿Quién eres en realidad?

-¿Aún no lo sabes?

-¿Cuál es tu nombre?

-Soy todo lo que has imaginado, imaginas y seré todo lo que imaginarás. Soy tú porque soy todo lo contrario a tí.

-Eres mi opuesto.

-Puedes llamarme así.

-Entonces ¿no eres real?

-Soy tan real como tú.

-Pero yo si soy real.

-¿Cómo lo sabes?

-Pertenezco al mundo real…

-Pero ahora estás aquí, conmigo.

-Siento desvanecerme.

-Es inevitable.

-¿Inevitable?

-No puedes quedarte aquí mucho tiempo conmigo. La soledad es la norma. Las ideas fluyen y chocan unas con otras, pero siempre independientes, no interaccionan.

-Pero yo estoy aquí. Te cojo la mano, hablo contigo.

-Siempre hay una excepción.

-No quiero que estés solo. Ven conmigo.

-No puedo. Pero gracias, es la primera vez que me pides que vaya contigo.

-Es la primera vez que nos encontramos.

-Que no recuerdes algo no significa que no haya ocurrido. Simplemente que no lo recuerdas.

-¿Estuve aquí antes, entonces? ¿Me recuerdas?

-Siempre vienes aquí antes de dormir. A veces pasas rápidamente, otras te quedas un rato.

-Esta vez sí pienso recordarte.

-Claro…

-Lo prometo. Esta vez será diferente.

-Siempre es la primera y la última vez.

-Yo guardaré los recuerdos por los dos. Porque aunque no sepas que existo, siempre velo por tí.