Detrás

Está ahí detrás. Lo sabe, lo huele, lo oye. No es una pared demasiado gruesa, si cierra los ojos puede casi verlo al otro lado. Pero la pared está ahí y no va a poder atravesarla. Lo siento, este no es el camino a la salida.

Aún se queda allí, respirando unos momentos. Quizás minutos, quizás horas. Quizás días. Es lo más cerca que ha estado y probablemente lo más cerca que estará nunca. Tan cerca y a la vez tan lejos… Pero no, este no es el camino. Debe dar la vuelta y caminar otra vez. Sea cual sea la forma de llegar, no es por aquí. Sus pies se arrastran despacio, paralelos a la pared. Con la mano izquierda va tocando la pared, como temiendo perder la orientación. Sonríe, no hay orientación ninguna. En cuanto siga su camino, olvidará cómo llegó hasta aquí. Lo más cerca que ha estado nunca del camino a la salida.

Sabe que hay un camino, claro que sí que lo hay. Este laberinto fue construido para que hubiera un camino hacia la salida. Hacia muchas salidas. Hay infinitas salidas, casi tantas como pasillos tiene el laberinto. Pero por más que camina no ha encontrado ninguna. Es como si siempre escogiera el giro adecuado para no tener que enfrentarse a la salida.

Sonríe otra vez. Claro que las ha encontrado. Hay infinitas salidas y se ha cruzado con más de una en su extraño peregrinaje. Pero estaban bloqueadas o daban a un vacío aún más aterrador que el laberinto en el que está perdida. Saber que hay lugares peores la hace sentir algo mejor. Al menos, mientras siga dando vueltas por el laberinto, estará a salvo. El laberinto será monótono, pero es seguro. Es la monotonía de la seguridad.

Protagonismo

¿En qué momento ocurrió? No me di cuenta, pero un día me miré al espejo y lo supe. ¿En qué momento dejé de ser la protagonista? ¿En qué momento dejé de ser la princesa esperando a su príncipe en el castillo para salir a buscarlo? Corrí aventuras, conocí a mucha gente, pero por todos pasaba de largo. ¿En qué momento me convertí en ese personaje secundario en el que se apoyan los protagonistas para poder desarrollar su historia? ¿Por qué de pronto el mundo no gira en torno a mi, sino a los que están a mi alrededor? Porque un día te levantas y ves que tu vida se resume en ayudar a que los demás tengan las vidas que ellos quieren. ¿Me estaré esforzando tanto en los demás que he dejado de soñar mis propias metas? ¿Cuanto hace que no hago un gesto egoísta? Siquiera esos infinitos baños de espuma, copa en la mano, para dejar que el mundo desaparezca a mi alrededor. O quizás, simplemente, es que todos los personajes secundarios son protagonistas de sus propias historias. Todos somos protagonistas con cameos secundarios en las  vidas de los demás. O quizás, finalmente he madurado.

Otro día

Estoy cansada. Cansada de las promesas rotas y los sueños naufragados.

Sólo quería un mundo tranquilo, justo. Sólo quería que el karma fuera la única ley, que los buenos ganasen la partida. Puse todo lo que pude de mi parte por conseguirlo, pero una y otra vez la realidad se empeñaba en aplastar mis intentos. ¿O no era la realidad sino el egoísmo humano?

A veces parece que hay que enfangarse en el barro para poder hacerlo. El medio ensucia el fin.

 

¿Te reconoces?

Se deja caer en el sofá, cansado tras un largo día de trabajo. No se molesta en poner la televisión, ni tampoco en coger un libro. Hoy no tiene ganas de nada. Pone los pies encima de la mesa y cierra los ojos.

¿Por qué no consigo sentirme a gusto? ¿No lo tengo todo? La vida me ha tratado bien, casi como si realmente hubiera ahi arriba alguien que me cuidase. Un trabajo agradable, un grupo de amigos que me sacan de la rutina, una familia que me quiere,… ¿Qué estoy intentando pedirle a la vida?

No hay peor soledad que la que sufres rodeado de gente. No es que sean malas personas, es que sencillamente no encajas con ellos. A veces, cuando me miro al espejo, siento que la persona que me mira al otro lado es la única que podría comprenderme. Por mucho que compartas con alguien, nunca puedes llegar a conocerle tan bien como te conoces a tí mismo. Nadie podría leerte el pensamiento tan bien.

Vamos, ¿quien no ha soñado con viajar en el tiempo para poder encontrarse consigo mismo? Poder darse un abrazo, prometer algo que sabes que vas a cumplir, porque ¿cómo podrías defraudarte jamás a tí mismo? Eres la única persona en la que realmente puedes confiar y, en todo caso, si te traicionases estarías perdonándote a tí mismo, porque serías la única persona que realmente te comprendería. Te amarías en los momentos más duros y te reprenderías cuando te pottases mal. Nunca podrías enfadarte. Sería perfecto.

Bah, las paradojas temporales harían imposible esta idea. Lo más cercano que se puede conseguir, es a clonarse uno mismo. Pero eso no garantizaría nada. La personalidad no va sólo en los genes. El ambiente, las experiencias personales,… habría que reproducir paso a paso, detalle a detalle, toda la vida de uno mismo hasta llegar al punto en el que está lo bastante maduro como para el encuentro. Ríe con la idea. Es sencillamente absurda.

Llaman a la puerta. No espera a nadie, pero se levanta mientras sigue pensando en la idea. Quizás se podría montar una empresa para llevar a cabo esta idea. Una sola persona no podría encargarse de todo esto, sobre todo porque no podría hacerlo personalmente, ya que modificaría el entorno en el que crecería el clon. Harían falta muchos medios para poder llevarlo a cabo. Y siempre quedaría el azar, que podría hacer fracasar el proyecto.

Al otro lado de la puerta hay un hombre de mediana edad. Parece nervioso y tiene los ojos brillantes y húmedos. Hace como un gesto de saludo pero luego para, suspira, y se decide a hablar.

-Hola. Soy tú, dentro de 25 años.

Anónimos

Seguramente me has visto alguna vez por la calle. Hasta incluso es posible que nos hayamos tropezado y te haya pedido torpemente perdón. Quizás hasta me dedicaste una breve sonrisa de mirada perdida mientras susurrabas un rápido “no es nada”. Pero no lo recuerdas. Si volvieras a cruzarte conmigo no me reconocerías. Ni siquiera si en un estúpido esfuerzo por llamar tu atención lograra entablar una conversación, eso tampoco quedaría grabado en tu memoria. Soy demasiado vulgar.

Soy como ese árbol que cae enmedio del bosque sin que nadie lo oiga. Paso desapercibido por la vida. Mis rasgos son normales, mi comportamiento es normal. Soy tan normal que me salgo de las estadísticas. No destaco, nadie se fija en mí. Nadie me recuerda.

Es algo que me ocurre desde siempre. Cuando consigo entablar alguna amistad, siempre se olvidan de llamarme. Me resulta dificil mantener un trabajo, porque mis jefes olvidan que me tenían contratado y buscan a otro. Puedo subirme a un banco de la calle y ponerme a gritar, que cuando me baje y siga caminando, nadie recordará lo sucedido. No consigo destacar ni llamar la atención. No consigo dejar huella. No hay nadie que pueda recordarme.

Pero tiene ventajas. No hay consecuencias de mis actos. Los camareros se olvidan de cobrarme. En los hoteles, nadie recuerda que yo tuviese una habitación, ni tampoco que arrasara con el minibar. Los prestamistas no consiguen encajar sus cuentas, porque no se acuerdan de haberme dejado dinero. Las chicas no se molestan en llamarme al día siguiente, ni tampoco comentan la jugada con sus amigas, porque no recuerdan nada. Puedo robar, nadie me reconocería después. De hecho, es casi el único modo de ganarme la vida que tengo. Soy completamente anónimo.

A veces he intentado buscar más gente como yo. Tiene que haberlas, no puedo ser el único. Y también a veces pienso que quizás ya los encontré. Que un día me crucé con alguno de ellos y tuvimos una agradable conversación en la que compartimos miedos y vivencias. Y me da miedo pensar que quizás yo también los haya olvidado igual que ellos a mi.

Quizás debería hacer como ese árbol y caer enmedio del bosque.

Es posible que en un solidario intento por darle sentido a mi existencia, decidas que no vas a olvidar estas letras. Te he tocado la fibra sensible y piensas que si alguien me recuerda, aunque sea sólo un vago recuerdo, me sentiré más aliviado. No te esfuerces. Por mucho que lo intentes, también lo acabarás olvidando. En cuanto dejes de leer empezará a borrarse de tu memoria. No sientas lástima por mí. De todas formas, sería una lástima pasajera que también acabarías olvidando.

Todos en soledad

¿Cómo? ¿Cómo explicarles que yo soy ellos? Amigo, enemigo, amante, vecino, vagabundo, millonario, … Sean quienes sean, yo formo parte de ellos.

Lo he visto. Ahora, cuando la muerte me acecha, cuando ya será imposible que me comunique, es cuando lo entiendo todo. Les miro a los ojos y veo sus vidas pasando delante de mi. Las he vivido, las conozco, las he visto.

Me cuesta trabajo respirar. El tubo que me conecta a esa máquina no me deja decirles nada. Me gustaría decirle al médico que no pasa nada, que no fue un error suyo en la operación, yo ya estaba viejo, que era mi hora. Me gustaría decirle a mi hija que no se preocupe, que conocerá a una persona maravillosa con la que conectará y será feliz. Pero no puedo. Y, supongo, tampoco debo.

Todo se vuelve oscuro. Pero justo antes de morir recuerdo algo… algo que no sólo he vivido, sino que recuerdo siempre antes de morir.

Un dios, poderoso y vengativo. Un ángel a su servicio, torpe y rebelde. Un castigo.

Un dios creando un mundo sólo para ese ángel. Inculcándole instinto de supervivencia, de reproducción. Obligándole a olvidar que fue un ángel para vivir la vida de un ser anónimo. Y la de sus hijos. Y la de los hijos de sus hijos. Un ángel, obligado a vivir todas y cada una de las vidas de los seres humanos.

Porque tú eres yo. Porque somos todos. Porque somos una sola alma que viaja adelante y atrás en el tiempo, viviendo todas las vidas. Haciéndome daño, matándome, torturándome bajo otros cuerpos, con otras identidades.

Cuando fui un asesino malvado alivié mi suerte, cortando de raíz mis propios sufrimientos. Cuando fui una madre feliz sólo estaba alargando mi condena.

Y, hasta que no extinga la raza humana, seguiré reencarnándome en todos y cada uno de los seres humanos que vayan naciendo, sufriendo, reviviendo el dolor, infinitamente. Haciéndome daño a mi mismo.

Alguien

Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre, le despertaría. Pero viéndolo tan tranquilo en su cama le da hasta vergüenza pedirle que le acerque a casa.

No es la primera vez que despierta en casa de un desconocido, claro está. Pero si es la primera vez que se levanta y no sabe volver a casa. Tampoco es que sea exactamente un desconocido, es amigo de aquel rubio que compra en su misma panadería. Pero para el caso es lo mismo, necesita que la acerque a algún sitio desde el que pueda volver a casa. Pediría un taxi, pero los seis euros y cincuenta y cinco céntimos que le quedan en la cartera no la llevarían muy lejos y no tiene ni idea de dónde puede haber un autobus. Ya despertará. Prefiere el corte de tener que esperarle y pedirle que la lleve.

El cigarro se acaba y él no parece despertar. Quizás si preparase un café, el olor le haría reaccionar. Mientras busca la cocina, se para delante de una estantería. Parece alguien interesante, tiene la colección entera de Asimov y algún que otro libro de Wyndham. Anoche ni siquiera se planteó que fuese más interesante que para una noche de compañía, quizás debería haber hablado con él un poco más. Pero no, como él, podría encontrar cosas en común con prácticamente la mitad de los que estaban allí aquella noche. Esto no significa nada, sacude la cabeza y entra en la cocina.

Mientras abre y cierra puertas buscando una cafetera y un cartón de leche, se replantea si de verdad mereció la pena. Indudablemente se lo pasó bien, eso no es discutible. Algunas amigas suyas opinan que debería sentar la cabeza. En vez de tener de vez en cuando una noche con alguien, podría tener algún amante, incluso algún novio, que le daría lo mismo, además de poder llevarle a fiestas y poder aparentar que ha sentado la cabeza. Pero ella no quiere eso. ¿De qué le serviría? Sería como un parche, una máscara que lo único que haría sería espantar a alguien que fuese realmente interesante.

Se levanta de golpe y le mira. Está ahi, en la puerta, con el pelo enmarañado y los ojos aún legañosos. Se rasca una oreja y la llama otra vez por su nombre. Le mira otra vez, ¿cómo puede acordarse de cómo se llama? Mientras él le quita de las manos la cafetera y prepara el café, ella le mira atentamente, intentando adivinar de qué le suena tanto su cara. Esos ojos le están diciendo algo. No es que se acuerde de anoche, es algo más profundo, le conoce de antes, se han visto antes. No, no sólo se han visto, se conocían, eran amigos, eran… ¿amantes? Sonriente, le ofrece una taza de café y entonces lo comprende.

La luz entra por la ventana y la deslumbra. Acaba de soñar algo importante, pero no puede recordar el qué, aunque siente que es algo que debe solucionar antes de marcharse. Aparta el brazo que la rodea y se levanta de la cama, bostezando. Se asoma a la ventana pero no reconoce el barrio, probablemente sea de las afueras. Se viste, recogiendo sus pertenencias desperdigadas por toda la habitación. Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre…

Carta

Sé que no reconocerás mi letra. Es normal, nunca has leído ninguna carta mia. Pero espero que por eso no la hayas tirado directamente a la basura sin abrirla. Es lo único que quedará mio a partir de ahora en este mundo. Y me gustaría que lo guardaras tú.

Sé que no sabrás quién soy. Que te extrañará recibir esta carta. Y que pensarás que estoy loca, que soy una paranoica, incluso es posible que te asustes. Tranquilo, eres la última persona en este mundo al que le haría daño. Pero por favor, intenta comprenderme, intenta ponerte en mi situación.

Imagina despertarte una mañana en un lugar desconocido. Y cuando llegas a tu casa, descubrir que tu llave no entra en la cerradura, y que en ella habitan unos completos desconocidos. Imagina que, enmedio de la sorpresa, decides preguntar a algún vecino y no te reconoce. Vas a la tienda de abajo y dicen que jamás te han visto. Intentas llamar a tu familia y los números están equivocados. Imagina que de pronto, toda tu vida ha desaparecido. Nadie sabe quién eres, no hay rastro tuyo. No eres nadie.

Cuando te percatas de la situación intentas cambiar de estrategia. Vas llamando a tus amigos, uno a uno, intentando explicarles lo que te pasa. Todos te cuelgan el teléfono. Intentas buscarlos en persona, y todos te rehúyen. Nadie te cree y nadie quiere ayudarte. Te buscas en las páginas amarillas, en internet, en la guía telefónica. Ni rastro de tí o de los tuyos. Simplemente, no existes.

La poca documentación que llevabas encima no te sirve de nada porque la Policía cree que es falsa. Nadie te va a dar un trabajo. Nadie te va a alquilar una casa. No puedes intentar rehacer una vida nueva ni aunque quisieras. Porque nadie está dispuesto a creerte. Lógico por otra parte, es algo increíble. Yo misma no lo hubiera creído.

Y, por último, acudo a ti. No voy a pedirte que me entiendas. Tampoco voy a pedirte que me ayudes. No soy tan ilusa como para esperar que vayas a acordarte de mi. Pero me gustaría que guardaras contigo esta carta, único recuerdo mio que quedará aquí. Para cuando la recibas yo ya no estaré en este mundo. Quizás, al otro lado, alguien me reconozca y me ponga en mi sitio. O quizás me convierta en alma en pena. Pero tengo que intentarlo.

Lo único que me gustaría es que supieras que, en algún momento, en alguna parte, fuimos felices. Que no estabas tan solo como sé que estás ahora, porque yo estaba allí. Que pasamos muchas tardes juntos, observando el atardecer, y que creíamos que podríamos comernos el mundo. Me gustaría que recordaras por los dos que una vez estuvimos juntos y que la vida no era más que un dulce sueño del que no queríamos despertar. Me gustaría que supieras lo importante que fuiste para mi.

Que te vaya bonito, pues. Es lo único que deseo ahora mismo.

Nadie

¿Dónde estoy? Debe ser el vacío intemporal, si es que eso existe. Diría que he muerto porque he visto pasar mi vida delante de mí como si fuera una película. Pero a la vez no era mi vida porque yo no existía. Era la vida que hubiera tenido si yo no hubiera estado allí. Así que no puedo decir que haya muerto. Porque no he estado viva. Nunca he nacido. En vez de eso, mis padres tuvieron otro hijo, tres años después de mi no nacimiento. Así, mi hermano tuvo el compañero de juegos que yo no fui. Él fue en algunos aspectos mejor hijo de lo que hubiera sido yo aunque mi madre siempre quedó triste por no haber podido tener la hija que yo podía haber sido.

En el colegio, mi mejor amiga se sentó al lado de otra niña, que se convirtió en su fiel compañera. Compañera que la traicionó como yo nunca la habría traicionado y le terminó quitando el novio que nunca hubiera tenido de haber estado a su lado. El verano que recibí mi primer beso tampoco fue un verano especial. El chico tuvo que esperar año y medio más para aprender lo que era estar con una chica que de haber estado yo jamás habría conocido. Chica que cinco años después terminó por ser su novia y a quien engañaría con la novia que hubiera tenido de haberme conocido.

Tampoco ocurrió aquel aparatoso accidente, porque el motorista no estuvo ocupado sonriéndome y pudo ver el camión que se le venía encima. Nadie le acompañó en la ambulancia suspirando culpable. Y nadie le destrozaría el corazón dos años después. En vez de eso llegaría al lugar de su cita, con la novia que no abandonará y con la que terminará yéndose a vivir.

El perro abandonado lo recoge un agente de la perrera municipal y no podrá salvar a aquel niño de morir ahogado. En vez de eso, lo rescatará el equipo de salvamento media hora después, sin ninguna consecuencia grave para el chico. Pero mi no hermano nunca tendrá una mascota, que tampoco la necesita, porque ahora tiene un hermano que juega con él.

A mi novio nadie le animará a intentar estudiar una carrera. Es camarero y dueño propietario de un bar donde reparte bebidas y sonrisas. El negocio le va bien, es el camarero más codiciado de la ciudad y conoce a muchas chicas con las que comparte algo más que una agradable conversación. Pero aún no ha encontrado a nadie que le llene como yo hubiera podido llenarle. No es que tampoco le importe, es joven y ha triunfado en la vida. Pero a veces le gusta quedarse mirando las estrellas intentando pensar en cómo sería la chica ideal. Y su chica ideal no se parece en nada a lo que yo hubiera podido ser.

Mientras veo esto no siento pena u odio. No puedo sentir porque realmente no soy nadie y para sentir hay que ser alguien. Tampoco seré capaz de llorar cuando vea que en donde yo hubiera vivido se instala una feliz pareja de jubilados que sueñan con dar la vuelta al mundo. Ni cuando mis amigos se reunan sin mi para celebrar alguna fiesta. Tampoco sentiré tristeza cuando vea que todos aquellos chicos con los que estuve rehicieron sus vidas de una manera parecida a como hubieran vivido si me hubieran conocido. No siento nada al pensar que nadie me recuerda, que nadie sabe que existo, que soy menos que un cadáver en una fosa común y que hasta el más mísero grano de arena deja más huella que yo. No soy nadie y nada soy.

Quizás haya sentido una punzada al comprobar que aunque hubiera estado viva no habría cambiado nada. No hubiera sido más que una pieza en un enorme tablero, un pequeño tornillo, un engranaje minúsculo, que en nada habría evitado que la vida continuara. El resto del mundo habría sido feliz, habría sufrido, habría sido el mismo estando yo o no estando. Por eso tampoco importa que yo no estuviera. Pero son imaginaciones mías. No puedo sentir porque no soy.

Pero entonces ¿qué hago aquí?

Palabras perdidas

-¿Quién eres?

-¿Aún preguntas?

-¿Estás ahi? No puedo verte.

-Ven, coge mi mano.

-Hace frío.

-Se te pasará.

-¿Por qué está todo tan oscuro?

-Siempre está oscuro dentro de tu mente.

-¿Dentro de mi mente?

-¿Dónde crees que estamos si no?

-No lo sé…

-Si imaginas que está todo oscuro, no habrá luz.

-¿Puedo hacer lo que quiera?

-El límite está en tu mente.

-Tengo miedo.

-No te preocupes, estoy aquí.

-¿Sigues ahi?

-¿Pues no tienes cogida mi mano?

-No dices nada.

-Tú tampoco.

-¿Quién eres en realidad?

-¿Aún no lo sabes?

-¿Cuál es tu nombre?

-Soy todo lo que has imaginado, imaginas y seré todo lo que imaginarás. Soy tú porque soy todo lo contrario a tí.

-Eres mi opuesto.

-Puedes llamarme así.

-Entonces ¿no eres real?

-Soy tan real como tú.

-Pero yo si soy real.

-¿Cómo lo sabes?

-Pertenezco al mundo real…

-Pero ahora estás aquí, conmigo.

-Siento desvanecerme.

-Es inevitable.

-¿Inevitable?

-No puedes quedarte aquí mucho tiempo conmigo. La soledad es la norma. Las ideas fluyen y chocan unas con otras, pero siempre independientes, no interaccionan.

-Pero yo estoy aquí. Te cojo la mano, hablo contigo.

-Siempre hay una excepción.

-No quiero que estés solo. Ven conmigo.

-No puedo. Pero gracias, es la primera vez que me pides que vaya contigo.

-Es la primera vez que nos encontramos.

-Que no recuerdes algo no significa que no haya ocurrido. Simplemente que no lo recuerdas.

-¿Estuve aquí antes, entonces? ¿Me recuerdas?

-Siempre vienes aquí antes de dormir. A veces pasas rápidamente, otras te quedas un rato.

-Esta vez sí pienso recordarte.

-Claro…

-Lo prometo. Esta vez será diferente.

-Siempre es la primera y la última vez.

-Yo guardaré los recuerdos por los dos. Porque aunque no sepas que existo, siempre velo por tí.