No quiero ser fuerte

Es esa extraña sensación de que todo se está derrumbando a tu alrededor mientras la vida sigue y nadie parece notarlo. El mundo, tal y como lo conocemos, está a punto de dar un vuelco. Pero parece que a nadie le importa. Todos siguen sonriendo, ajenos a la desgracia, todos siguen adelante con sus vidas. Pero ¿cómo podría seguir yo?

Ya no es cansancio. Ni siquiera es soledad. Es desesperación. La desesperación que te sube la adrenalina para poder seguir dando un paso más. Aunque desde ya sabes que no llegarás al final del camino. Sabes que no tienes fuerzas para llegar hasta allí.

Pero aunque llegaras, sabes que no hay nada esperándote allí. Es sólo otra etapa más de un camino que ya no tienes claro a dónde va. Simplemente sigues hacia delante porque no te queda otra opción. Simplemente sigues. Hasta que tu cuerpo ya no aguante más y, con el último aliento, tropiece para no volver a levantarse.

No importa cuánto te prepararas para este momento. De nada sirve que haya un búnker de paredes infranqueables si no hay víveres para sobrevivir dentro. No podrías refugiarte allí ni aunque encontraras un motivo para hacerlo. La existencia se tambalea y da vueltas hasta marearte, mientras te aferras a lo poco que te queda.

Y la vida sigue. Sin tí.

Todos los caminos llevan a ninguna parte

Entra dando un portazo. Llevo esperando este momento mucho tiempo. Supongo que lo llevo esperando desde aquel día de la catástrofe, cuando todo lo que conocíamos desapareció. Cuando tuve que hacerme cargo de aquel grupo de niños que no son capaces de recordar nada antes del incidente.

Está parado delante de mi, respirando agitadamente. Sé que los demás están esperando detrás de la puerta. Es sólo el portavoz. El que llevará el liderazgo cuando yo ya no esté al mando. El que cuando termine esta conversación saldrá ahí fuera a ser aclamado y respetado por los demás.

-Lo sabemos. Hicimos lo que nos dijiste de leer e informarnos sobre la vida antes del incidente. Coger todo lo bueno y reinventar lo malo. Y lo hemos averiguado todo.

Se ha convertido en un adolescente sorprendentemente grande, tanto que su presencia se impone allá donde va. Supongo que el trabajo duro, el tener que reconstruir la civilización desde cero les ha hecho a todos mucho más responsables de lo que ninguno de nosotros hubiera podido serlo jamás.

Por un extraño momento añoro aquellos comienzos, cuando sólo estaba yo, un adulto enmedio del apocalipsis, llevando de la mano a un pequeño grupo de lo que sería el futuro de la humanidad. Añoro esos momentos en los que la humanidad sólo era un lienzo en blanco donde yo sólo tenía que dibujar las pautas.

Para crear un golpe de efecto y liberar su furia, agarra el tintero que hay sobre la mesa y lo estampa en el suelo, manchándonos a los dos de azul.

-Nos mentiste, nos mentiste acerca de todo. No puedo creer que lo hicieras, eras nuestro guía, velabas por nosotros.  ¡Nos mentiste y no te importó! ¡Nos impusiste tus creencias! ¡Teníamos derecho a saber!

Nos dijiste que existía un dios, que él velaría de todos nosotros, que sólo teníamos que seguir sus instrucciones… Nos dijiste que no había nada más allá de la muerte. Nos dijiste que esto es todo lo que había, nos dijiste que…

-Tenía que tomar una decisión sobre vuestro futuro…

-No tenías derecho a ocultarnos algo tan importante. Si no hubiera encontrado esa librería, si no hubiera encontrado esos libros explicando la verdad…

-¡La vida era un caos antes del incidente! ¡Tenía que simplificaros la vida si queríamos sobrevivir!

-Pues elegiste mal. Y ahora nos toca elegir a nosotros. Estás desterrado.

Desterrado. Asiento con la cabeza y eso le desconcierta. Quizás lo que más le desconcierta es que esa palabra, ese concepto, el destierro, no es algo que yo les haya enseñado. Y sin embargo lo acepto sin réplica. Supongo que no esperaba que estuviera esperando este momento.

Supongo que en el fondo no importaba. Cualquiera de mis decisiones hubiera sido errónea. Puede que nunca lleguen a entenderlo, pero hice lo mejor para ellos. Sonrío y le tiendo la mano. La estrecha, como indeciso. Luego da media vuelta y sale de la habitación para reunirse con los demás.

Lo harán bien. Tienen que hacerlo bien. Son los últimos supervivientes de la raza humana. Más les vale hacerlo bien.

Oráculo

Sencillamente no sabéis usar un Oráculo. No, no me mires con esa cara, voy a ayudarte pero primero vas a escuchar lo que tengo que decir. No sé por qué tenéis esa maldita costumbre de acudir a mí cuando habéis perdido ya toda esperanza.

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Imagina que quieres ayudar a un hombre que está en un casino perdiendo todo su dinero. Si acude a ti cuando empieza a perder el dinero pero aún le quedan monedas, podrás aconsejarle que apueste en una u otra mesa, haciendo que vuelva su buena racha. Pero si acude a ti cuando ya ha perdido todo, no podrás aconsejarle que apueste en una u otra mesa, porque ya no le quedará nada por apostar. Tendrá que esperar un milagro, una moneda perdida en el suelo o un generoso jugador que le dé una oportunidad.

Ni siquiera crees en mí, acudes porque piensas que no te queda otra alternativa. Y tienes razón, no tienes ninguna otra alternativa. Pero yo no hago milagros, sólo veo parte del futuro. Puedo aconsejarte cual es tu mejor opción, pero para eso tienes que acudir a mi con opciones. No puedes venir con las manos ya vacías. No puedo fabricar una solución con aire.

Nunca me escucháis hasta que ya es demasiado tarde. Pues sí, es demasiado tarde. Bien podrías haberte ahorrado el camino hasta aquí, pues no puedo ayudarte si no hay remedio. Sólo soy consejero, visionario, no mago.

Siempre esperáis que os ayude en los peores momentos, de donde no hay forma de salir, y luego diréis que no sirvo para nada porque no pude sacaros del agujero. Pero eso no es cierto. Soy útil, si acudís a mi como penúltima opción. Sin embargo nunca me dejáis demostrarlo. ¡Me frustráis con vuestros problemas! Problemas, la mayoría, que vosotros mismos os habéis creado. ¡¡Y pretendéis culparme a mí en última instancia!! No os merecéis ni que os abra la puerta.

Y el hombre se transformará en bestia…

Y el hombre se transformará en bestia,

la humanidad tendrá que hacerle frente y comenzará la era final,

donde nada volverá a ser lo que era.

-El Libro Dorado de los Dioses, IV D

“El trabajo es muy sencillo: te daremos una serie de localizaciones y tú vigilarás. Cuando aparezca una de estas bestias, acabas con ellas.”

“¿De dónde han salido?”

“Eso no importa. Son bestias que hay que exterminar por el bien de la humanidad. Nosotros te pagamos y tú te encargas de ellas.”

“Correcto”

“Cada vez que liquides a alguna, traes un trofeo y te daremos el dinero.”

“Y cuando termine tendré…”

“Tendrás inmunidad total y podrás retirarte en paz.”

“Hecho.”

Era un aparcamiento de las afueras, silencioso y vacío. Apenas un par de coches abandonados y mucha basura. Apoyada contra una farola, espera impaciente. Es un trabajo que parece sencillo, pero tiene prisa por acabarlo. En cuanto consiga la inmunidad podrá llevar una vida normal de ciudadana dentro de la ley. Se acabó el perseguir criminales y las cazas furtivas. Buscará cualquier trabajo sencillo y se comprará la casita en las afueras, como cualquier mujer de su edad.

Ahí estaba, igual que en la fotografía. Una especie de tigre anarajado de seis patas, poco más bajo que un caballo. Al mover la escopeta para apuntar, la mira atentamente y empieza a moverse a toda velocidad, sin apartar sus ojos de ella. El cabrón se mueve rápido, esquivando las balas, pero tampoco tiene dónde esconderse.

La bestia apoya su frente en el cañón y la mira. La ha pillado por sorpresa acercándose tanto, pero eso no importa, ahora el tiro es imposible de esquivar. Sin embargo…

“Sabía que te encontraría aquí.”

Apocalipsis

Densas llamaradas iluminan a los dos amantes, que se miran fijamente a los ojos, ajenos completamente a la destrucción. El universo entero cae por momentos, pero ellos están absortos en su intercambio de miradas. Nada les importa salvo que están juntos, al fin, después de todo. Con una mano temblorosa acaricia su pelo mientras le susurra suavemente, con dulzura. Su voz se pierde en el estruendo que les rodea.

“¿Te das cuenta que has tenido que imaginar un escenario completamente apocalíptico para poder vernos juntos?”

“No me importa. Te quiero.”

Ambos se funden en un apasionado beso mientras lo que queda del universo se deshace bajo sus pies.

RyJ

Perdóname Padre, haz que me perdone. He pecado y no sé cómo arreglarlo.

Supongo que habrá oido la desgracia que ha ocurrido recientemente en Verona. Tantas muertes de tantos jovenes inocentes… y yo, sólo yo tengo la culpa. Lo sabía, podría haberlo evitado. Pero en mi afán por intentar arreglar las cosas a mi manera no hice sino empeorar la situación. Yo, máxima autoridad eclesiástica en Verona, soy un asesino.

Déjeme explicarle cómo sucedió todo. Empezó cuando la pequeña Julieta vino a mi, desesperada, pidiendo mi ayuda. Había pecado, padre, y había quedado preñada de su amante. Cuando él se había enterado de la noticia, en lugar de casarse con ella para enmendar el pecado, la despreció, abandonándola a su suerte. Ahi la tenía yo, desamparada, pidiéndome que intercediera por ella ante Dios y ante sus padres.

Entonces fue cuando se me ocurrió la fatídica idea de arreglar los dos problemas en uno: si conseguía casar en secreto a la hija de los Capuleto con el hijo de los Montesco, podría traer la paz y el sosiego a Verona. Así que le propuse que conquistara al hijo de los Montesco y yo arreglaría rápidamente una boda discreta. Más calmada, regresó a su casa.

A continuación fui a buscar a Romeo. Lo encontré junto a su amigo Mercutio, que se mofaba de él por haber perdido a su amante Rosalía a la puerta de un convento. Cuando me vió, se excusó rápidamente y nos dejó solos. Comencé alabando su fé y su buen corazón y terminé proponiéndole mi plan: si aceptaba casarse con Julieta, además de demostrar a Mercutio que él también era un gran amante, ganaría una hermosa esposa y terminaría la guerra entre Capuletos y Montescos, con una gran victoria para los Montesco. Para mi contento, Romeo estaba tan desesperado que aceptó mi plan, comunicándome que esa misma noche habría una fiesta en casa de los Capuleto, y que iría a conquistar a su joven hija.

Por desgracia, señor, mi plan funcionó perfectamente. ¡Perdóname, Dios mio, ten piedad de este pobre siervo! Sólo pretendía traer la paz y la tranquilidad a mi amada Verona. Aquella misma noche, Romeo y Julieta se prometieron amor eterno y a la mañana siguiente ya estaba concertada la boda. Con la complicidad del ama de Julieta, aquella que contó esta historia para beneficiarse a sí misma, los casamos en secreto y juntos yacieron una noche como marido y mujer.

La desgracia siempre se ceba en los más débiles, y el rumor corrió por toda Verona de que Julieta ya no era virgen y que un amante había pasado la noche en su alcoba. Poco tuvieron que investigar sus padres para averiguar que el, hasta hacía escasos días, amante de Julieta era Mercutio. Enterado de esto, su primo Tybalt decidió vengar el honor de su familia, encontrando a Mercutio en la calle y retándolo a un duelo.

Enterado Romeo de que su amigo había fallecido a manos de Tybalt, no hizo sino correr a vengar su muerte, resultando así castigado al destierro que vos mismo conocéis. Dios me castigó por intentar un plan tan descabellado, a mi, que sólo intentaba actuar de buena fé.

Al enterarse Julieta de que su amado Mercutio había muerto y que su boda con Paris se había adelantado para disimular su estado, quedó tan trastornada que vino a mi a pedirme ayuda espiritual. Me juró y perjuró que si yo mismo no le daba muerte, se haría con algún veneno para acabar con su vida. Intentando apaciguarla, le di cierta poción que una vez ingerida, la haría dormir 72 horas seguidas, fingiendo la muerte, esperando que para entonces hubiera conseguido traer de vuelta a Romeo y deshacer el entuerto. Ella, creyendo que era el veneno que me había pedido, corrió a su casa. Yo, de mientras, fui a avisar a Romeo de que regresara.

Aciagos son los caminos, que mi mensajero cuando llegó no encontró a Romeo donde debiera de estar. Agobiado, sabiendo que Julieta despertaría sin encontrar a mano una solución a su situación, confié en su prometido Paris para que fuese a despertarla y le prometiese casarse con ella de todas formas, cuidándola y amándola a pesar de todo. ¡¡Ruín destino!! que no quiso que ninguno de mis planes finalizara con éxito, pues Paris se encontró en la puerta de la tumba de Julieta con Romeo.

Sabido ya de los amores de su futura esposa con éste, y sabiendo que mientras Romeo continuase vivo no podría formar parte de la familia Capuleto, Paris le retó a un duelo de honor. Romeo, por su parte, creyendo que Paris era el causante de la precipitación de la muerte de Julieta, su único salvoconducto para regresar a Verona con los suyos, aceptó el duelo sin más preguntas. Aciago, muy aciago día aquel en que Romeo se sobrepuso con la espada a Paris.

Cuando Romeo entró en la tumba y descubrió lo que creyó el cadaver sin vida de Julieta y enloqueció, pues sabía que su matrimonio con Julieta era el único motivo que podría aliviar su destierro. Viéndose perdido, sin esperanza, recurrió a un veneno que había traído consigo y falleció en el acto.

Julieta, por su parte, cuando despertó de su sueño, encontró a su marido y a su prometido muertos a sus pies, sin comprender bien por qué seguía viva y viendo que sus posibilidades de matrimonio para cubrir su vergonzoso estado eran nulas, decidió acabar su vida con la punta de un puñal que Romeo llevaba consigo.

Y ésta, y no otra, es la verdadera historia de Romeo y Julieta, mal contada por la traidora ama de Julieta en otra ocasión. Una historia de honor y poder. Una historia donde el poco amor y respeto que se respiraba en Verona acabó con la vida de tantos hermosos jovenes. Una historia que jamás hubiera ocurrido si yo no hubiera intrigado.

Señor, haz que me perdone, yo sólo quise el bien.