Aquel castillo

Llevaba varias semanas de camino. Había conseguido atravesar el Pantano de la Desesperación y había logrado rodear el Lago de las Lamentaciones. Ahora, a través del Desierto Interminable era todo más relajado. Había sido un camino duro, pero esta última etapa le permitía recuperar fuerzas. El paisaje podía ser monótono, pero al menos era predecible.

Era una estampa brillante, le gustaba el contraste de su caballo negro con sus ropajes blancos. Ahora un poco más amarillentos, por toda la suciedad del viaje, pero seguían siendo un cuadro digno de ser pintado. Y ella lo sabía. Era una princesa guerrera, valiente y osada. Se escribirían historias sobre sus aventuras mucho después de su muerte.

Tras varios días de camino, allí estaba. Finalmente. El dragón custodiando el castillo. La última prueba antes de poder liberarle. Azuzó a su corcel y desenvainó la espada. No le costó mucho conseguir hacer huir al dragón. Seguramente él también había oído hablar de sus hazañas. O quizás simplemente le asustó la fiereza sin miedo con la que corrió a su encuentro. El caso es que huyó, dejando el camino libre.

Ella llamó a la puerta y entró. Él parecía que la estaba esperando, vestido como un digno príncipe azul. Alto, guapo, desgarbado.

Ambos se miraron.

Él sonrió, con esa sonrisa suya que le conseguía todo lo que se proponía.

Ella le devolvió la sonrisa, con esa sonrisa que desarmaba a todos.

Durante unos segundos, se miraron en silencio. Ella, finalmente, rompió el silencio con su suave voz aterciopelada:

-Lo siento, tu princesa está en otro castillo.

Y se fue, dando media vuelta y dejando la puerta abierta, por si él quería irse.

Némesis

-¿Sabes que Némesis no significa antagonista? Es más bien como un castigo o venganza igualitaria. Una justicia kármica.

-¿Eso significa que soy tu karma?

-Y tú el mio. O algo así.

-Nuestras fuerzas de oponen. Somos dos versiones opuestas de una misma cosa.

-Elementos negativos.

-Opuestos. Fuerzas opuestas.

– En un sistema estable, la suma de todas las fuerzas da cero.

-Por eso nuestra unión da paz, nirvana, tranquilidad.

-Pero yo no quiero tranquilidad. Quiero vivir. Quiero ser más. No quiero anularme.

-Y por eso ahora toca separarnos.

-Si algún día…

-Claro. Siempre.

-Siempre.

Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Erase una vez

Erase una vez un viejo rey, viudo, en un país muy muy lejano. Este rey tenía tres hijos, a cada cual más tonto, mundialmente famosos por su estupidez y torpeza. Preocupado por lo que podría pasar tras su muerte, reunió a sus hijos en la corte y les habló así:

“Hijos mios, ha llegado el momento en el que debo escoger de entre vosotros a mi heredero. Dadas vuestras circunstancias, no confío en que ninguno de vosotros sea capaz de gobernar sabia y justamente. Por tanto, no puedo más que confiar en que sabréis elegir a una reina adecuada para que gobierne en vuestro lugar.

Os daré de plazo dos meses, sesenta días, para que encontréis a vuestra prometida. De entre todos vosotros, el que me convenza de que su prometida será la mejor reina, se convertirá en el heredero de la corona. Recordad que el futuro del país está en vuestras manos.”

Y dicho esto, los tres hijos del rey partieron, cada uno siguiendo su camino, en busca de la esposa perfecta.

Al cabo de los sesenta días, el rey convocó a sus hijos a la corte, para que cada uno le presentara a su prometida y así elegir a la futura reina del país. El primero en hablar fue el hijo mayor, que, acompañado de la mujer más hermosa que ojo alguno había visto jamás, se inclinó ante su padre y le explicó:

“Padre, durante estos sesenta días he mandado a todos mis hombres de confianza a buscar entre las jovenes casaderas a la más hermosa que pudieran encontrar. Aquí te presento a la mujer más hermosa del reino, tan hermosa que todo el pueblo no podrá hacer otra cosa que amarla y respetarla, de forma que harán todo lo posible por mantenerla feliz. De esta forma, el reino será un reino próspero y grande, con la reina más amada que jamás haya existido.”

Ante un gesto del rey, el primero de los hijos se retiró, dando paso al segundo, que venía acompañado de una mujer arrugada y vieja, pero de ojos vivos:

“Padre, dijiste que teníamos que buscar a la mejor reina posible, así que durante estos sesenta días he convocado unas oposiciones a las que se han presentado todas las mujeres casaderas, solteras o viudas, para encontrar a la mujer más sabia, culta y justa de todas ellas. Puede que no sea joven y hermosa como la prometida de mi hermano, pero sin duda será la reina que mejor podrá manejar este país. Estoy convencido de que será vuestra elección.”

Por último, el hijo menor del rey se acercó a éste. No le acompañaba ninguna mujer y estas fueron sus palabras:

“Padre, estuve pensando en lo que dijiste sobre nosotros. No creo que ninguna mujer en sus cabales pueda aceptar de forma libre a casarse conmigo y por tanto no creo que ninguna mujer que pudiera convertirse en mi reina pudiera ser una buena reina para el país. Por tanto, no he escogido a ninguna mujer para que me acompañe puesto que lo que pedíais era imposible.”

El rey, conmovido ante el destello de sabiduría de su hijo menor, se volvió hacia la corte y proclamó la primera república.

Mientras tanto, en un universo paralelo…

-¿Qué haces?

-Te observaba.

-Estás loco.

-Me encanta observarte cuando estás dormida. Me llenas de paz. Tan tranquila, tan relajada, tan… feliz… Podría quedarme horas mirándote. Me haces volver a sentir, volver a vivir. Es como si me hubieran quitado diez años de golpe. Creo que nunca había estado tan completo. Es como si me volvieras a dar la energía que me faltaba. Eres… increíble.

-Huyamos juntos.

-¿Qué?

-Está claro que hay algo bueno aquí. Posiblemente lo mejor que nos haya pasado a los dos. ¿Por qué pararlo aquí?

-Tengo miedo, tengo mucho miedo. Tengo miedo de lo que me haces sentir, de lo que me haces… hacer. Me das miedo.

-¿Por qué tenemos que ser siempre tan cobardes? Yo también estoy muerta de miedo, pero quiero intentarlo. Nos comeremos el mundo… pero juntos. Te quiero.

 

Príncipes, princesas y dragones

A través de cinco vinos diferentes y siete platos exquisitos, los jóvenes conversaron de banalidades y otras cosas sin importancia. Ambas cortes se esforzaron mucho en que el encuentro estuviera rodeado de un halo de misterio y romanticismo para que el ambiente fuera mágico.

Finalmente, tras probar el postre, él la miró a los ojos y suspiró:

-Lo siento, -dijo apesadumbrado- no debí hacerte perder el tiempo. No soy el príncipe que estás buscando. Tengo una terrible fobia a los reptiles, no sería capaz de atravesar el dragón para poder rescatarte.

Vine aquí sólo para que mis padres me dejasen en paz. Ellos creen que el conocerte antes me hará superar mis miedos. Eres encantadora y estoy seguro de que habrá muchos príncipes y nobles dispuestos a romperse el cráneo por ti. Pero yo no soy tan valiente.

Soy un príncipe poco corriente, lo sé. Me he pasado años preparándome para gobernar de la mejor forma posible. Reviso los presupuestos anuales hasta el último dígito para comprobar que no se nos escapa nada. Me preocupo de las necesidades de mis sudbitos, dedico muchas horas al día en escuchar sus necesidades. Procuro rodearme de todo tipo de consejeros y siempre intento ser lo más imparcial en mis decisiones.

Pero al final, resulta que nada de esto es importante. Que si no soy capaz de cabalgar durante días por valles y montañas para matar a un pobre dragón, no soy un príncipe adecuado para el puesto.

Si te sirve como compensación, estáis invitados, tú y tu futuro marido, a venir a mi reino tantas veces como queráis. Seréis tratados con todo el respeto y la atención que os merecéis.

Él se levantó de su asiento, pero ella le cogió de la mano y le obligó a volver a sentarse:

-No tienes que pedir disculpas. Yo tampoco estoy de acuerdo con lo que me han impuesto vivir.

Estoy harta de estos corsés que me impiden respirar. Estoy harta de recibir a las mujeres de mandatarios extranjeros y tener que distraerlas y sacarles conversación aunque no tengamos nada en común. Estoy harta de acudir a importantes reuniones de Estado y tener que sonreír y asentir a todas y cada una de las barbaridades que van soltando los que se consideran expertos, sin poder rebatirles. Estoy harta de ser una sombra transparente que sólo es importante en cuestiones de bailes y festejos.

No quiero un príncipe que pueda matar dragones pero luego no sea capaz de gobernar decentemente. No quiero estar con un príncipe que no me escuche, que me mantenga encerrada en mi ala del castillo sin poder salir. No quiero un príncipe incapaz de mirarme a la cara y ser sincero.

Sólo busco alguien con quien poder hablar. ¿Es tan difícil entender que, aunque princesa, también tengo mis inquietudes? ¿Por qué nadie respeta mi derecho a saber leer, a dar mi opinión? ¿Por qué sólo puedo ser un objeto decorativo?

Él se volvió a sentar lentamente y besó aquella mano que todavía le agarraba con fuerza, como si temiera que fuera a irse. Ambos se miraron a los ojos y sonrieron por primera vez. Ningún dragón les impediría continuar con sus vidas, de la forma en la que ellos eligieran.

Luz y Oscuridad

Antes de su existencia no había nada, ni siquiera el tiempo. De pronto, una pequeña luz apareció flotando en el vacío, y fue creciendo hasta volverse una esfera incandescente. Una eternidad después, tomaron forma.

Ella (si es que puede considerarse de este género) absorbió toda la luz que había, conviertiéndose en una llama cegadora y ardiente. Toda ella era energía y vida.

Él (si es que puede considerarse de este género) absorbió toda la oscuridad que había, volviéndose frío y apagado.

Ambos notaron enseguida su dependencia el uno del otro. Ella necesitaba que alguien la calmara y apagara su fogosidad, quitándole el exceso de energía y luz que desprendía. Él necesitaba que alguien le diera calor, que equilibrara el frío y la oscuridad que sentía. Sabían que no podían ceder el uno en los brazos del otro, porque se consumirían mutuamente y volverían a la nada de la que salieron.

Para calmar su apetito, Ella creó la vida y el universo, mediante la luz y la energía de su ser. Él apagó esa hambre insaciable que tenía tomando luz y energía de ese mismo universo. Ella daba la vida. Él se alimentaba de la muerte.

Algún día llegará, en el que a Ella se le acabe la energía y Él por fin calme su sed. Y, con la última energía y la última oscuridad, se fundirán en un abrazo que acabará con todo lo que conocemos. Entonces el universo volverá a ser la nada que fue una vez. Pero hasta entonces, no seremos más que marionetas en un juego demasiado grande para nosotros. Un juego en el que ella va dejando pequeñas formas de vida para que él pueda tomarlas.

La felicidad de los elfos

Hay algo que nunca entenderán aquellos que no tienen conciencia de su propia mortalidad y es que nada es para siempre. Una promesa puede mantenerse un día, un mes, un año, quizás incluso una década o un siglo. Pero cuando depende de la voluntad de alguien, esta voluntad puede flaquear. Todo tiende a cero en el infinito. ¿A cuánto tienden los sentimientos?

¿Existe una vida más allá o todo termina cuando nuestro corazón deja de latir? ¿Qué sentido tiene entonces hablar de la eternidad, si no vamos a vivirla? ¿Por qué nos preocupa tanto dejar una huella que a buen seguro acabará borrada o distorsionada? ¿Qué es lo que nos da tanto miedo?

O quizás no es miedo, sino instinto de supervivencia incluso más allá de la propia persona. Malditos genes egoístas, que nos haceis plantearnos tantas preocupaciones, perdiendo nuestro precioso y corto tiempo. ?Pues no es esto lo que tenemos? ?Esta vida mortal? ?No podemos hacer con ella lo que nos plazca? ?Por qué limitarnos por el miedo a la mortalidad? ?Por qué preocuparnos de si la promesa de lo eterno se cumplirá o si no llegaremos a tener fuerzas?

No, no es miedo. Cuando miras a la muerte cara a cara y sabes que le juegas con la ventaja de la vida, es como si te volvieras inmortal. Porque el tiempo parará cuando pare tu corazón. No te importa si los demás te sobreviven porque tú no lo verás. Así que, tienes todo el resto de tu vida por delante para planificar esa eternidad que terminará con el último latido de tu corazón.

Porque Andreth también lo sabía, que no correremos detrás cuando todo haya terminado, porque cuando acaba, ya no tiene sentido seguir corriendo. No es amargura por el paso del tiempo, es conciencia de que todo tiene un final. Por eso, porque queremos disfrutar del tiempo que se nos ha dado, a nosotros, a los mortales, porque somos conscientes del valor de lo que tenemos. Porque luchamos por mantener lo que tenemos. Por eso, y precisamente por eso, conseguimos que sea eterno. O, al menos, lo más cercano a eterno que nuestra mortalidad nos permite alcanzar.

Y eso es lo que los elfos, inmortales, nunca comprenderán. En su falsa felicidad eterna, se preguntarán cómo es posible que nosotros, los mortales, seamos felices jugando con promesas eternas. Ellos nunca podrán entenderlo.

Paralelismo

Ella ganó su primer concurso de belleza a los doce años, en un crucero. Sus padres, orgullosos, colgaron la foto en el salón. Desde entonces, no volvió a mover la cara. Masticaba pedazos pequeños, para no abrir demasiado las mandíbulas. Se bañaba en leche y dormía envuelta en cremas. Tuvo tres maridos, pero ningún hijo, no quería pasar por el embarazo. Su primer marido le dejó en herencia el dinero para cuidar su aspecto. El segundo fue un artista al que le encantaba pintarla, hasta que se suicidó. El tercero fue un sesudo escritor que veía en ella la musa que siempre había buscado. Murió a los sesenta, mientras tomaba su té con soja.

En cambio, ella nunca paraba de reir. Cuando alguien estaba serio, le hacía muecas hasta que conseguía arrancarle una sonrisa. Tuvo su primera arruga importante a los treinta y uno, pero eso no hizo que empezara a echarse cremas. Si alguien le señalaba sus arrugas, ella reía aún más, diciendo que cada marca de su rostro era un recuerdo. ¿Quién querría deshacerse de sus recuerdos? Cuando se jubiló, a los sesenta y siete, dió la vuelta al mundo. Murió a los noventa y ocho, feliz, riendo con sus nietos a la luz de una hoguera.