Carga

-Suéltalo.

-No.

-Suéltalo te he dicho.

-No puedo.

-Claro que puedes, sólo tienes que dejarlo caer.

-Pero entonces… caerá.

-Eso no es asunto tuyo.

-Yo puedo sostenerlo.

-Puedes sostenerlo ahora, pero ¿por cuánto tiempo más?

-Sólo un poco más.

-Es un peso muerto.

-¡¡No!!

-No seas tonta y suéltalo. ¡Vamos!

-Si lo suelto entonces ya no tendrá remedio.

-Tú no puedes sacarlo de ahi tú sola.

-Ayúdame tú.

-No voy a ayudarte y lo sabes. Es un caso perdido. Si quiere salir de ese pozo tendrá que hacerlo por sus propios medios.

-Si le ayudo a sostenerse…

-…entonces caeréis los dos irremediablemente al precipicio. Suéltalo. Va a darte más problemas que otra cosa. No es asunto tuyo.

-Yo sólo quería ayudar…

-No puedes ayudar. Hace mucho que ya es un caso perdido.

*Suelta*

El perfume de la Dama de Noche

Ella nunca había destacado ni por su belleza ni por su inteligencia, siempre había sido una chica más del montón. Pero había algo en ella especial, algo que la hacía diferente al resto: su perfume.

Todas las noches, vestida con sus mejores trajes, salía a pasear ligeramente perfumada. Era un olor tan sutil, tan sugerente, tan delicioso, que nadie podía evitar mirarla al pasar. Se sabía que llegaba a una fiesta por el perfume que la precedía y siempre que abandonaba un lugar quedaba ese ligero toque que hacía que los que estaban allí tardaran en olvidarse de su presencia.

Cuentan que este olor no era algo natural. Se rumoreaba que había hecho un pacto con el diablo para conseguir estar tan bellamente perfumada. Pero lo cierto es que era un perfume que ella misma fabricaba con una planta que crecía en la parte trasera de su casa.

Fue una noche de principios de primavera, cuando conoció a su prometido. Él era un apuesto joven de la alta sociedad, exquisito hasta lo absurdo. Bastaron dos cruces de miradas para saber que estaban hechos el uno para el otro.

El idilio duró lo que duró el verano. Todos coincidían en que hacían una pareja bellísima, tan enamorados, tan hermosos los dos, tan maravillosos, tan correctos. Acudían juntos a las fiestas en toda la ciudad, paseando eternamente por las calles, llenas de envidiosos.

Jamás deberían haberse metido en aquel callejón. Algunos comentaron después que fue un momento en el que la lujuria les pudo, otros simplemente dijeron que todo fue culpa de la envidia que despertaban. Pasó rápido, apenas hubo tiempo de reaccionar. Nadie vió la navaja ni el atacante, simplemente una sombra que se abalanzó a robar la cartera y el sollozo posterior de la Dama de Noche.

Durante muchos años no volvió a saberse nada de ella, siempre hundida en el recuerdo perdido de su amado, encerrada en su casa. Una visita de sus antiguos compañeros de fiestas la encontraron sentada en la hamaca sin vida, vieja y sola, fría.

Hoy en día, en algunas noches de verano tardío, aún puede olerse el rastro de la Dama de Noche, que siempre acude a las mejores fiestas de la ciudad.

Sangre VI y fin

Organizamos una fiesta. Me dediqué a recolectar la sangre más exquisita que pude encontrar y se las serví de todas las maneras que había aprendido a lo largo de mis años de convivencia con los vampiros. Fui la patrona perfecta, cuidando hasta el más mínimo detalle, preocupándome de la comodidad de todos ellos, alabando las horrendas vestimentas que habían elegido creyendo que dando más miedo serían más vampíricos. Esto, unido a mis pequeñas anécdotas medio inventadas que supe intercalar en la conversación, consiguió que me los fuera ganando. Kite estaba asombrado. No sé si realmente creyó que yo había hecho todo lo que dije, supongo que le parecería demasiado inusual en mí, pero tampoco se atrevió a decir nada.

Cuando supe que mi reputación vampírica estaba en lo más alto, decidí poner dramatismo a la situación y empecé a hablar con voz grave de las estacas. Sabía, estaba segura, que picarían el anzuelo. Todos querían saber si había alguna manera de evitar la muerte: eran superiores, tenía que haber alguna manera. Al principio me mostré cauta, me negaba a dar datos pero dejé escapar alguna que otra insinuación velada de que había alguna manera de superar, incluso, las estacas, pero que era un secreto muy bien guardado a través de generaciones y que muy pocos vampiros habían tenido el privilegio de saberlo.

Al llegar a este punto Kite estaba descompuesto. Jamás habíamos hablado de estacas, él podría creer muy bien, como todos, que eran un peligro mortal. Sin embargo, no recordaba en ningún momento que yo le hubiera dado ningún arma invencible contra las mismas. Pero como todos parecían seguros de que nosotros dos teníamos esta protección, tampoco se atrevió a decir nada que pudiera descubrirlo.

Mientras tanto el resto de los vampiros empezaron a intentar convencerme de muchas maneras para que les desvelara el secreto. Poco a poco fui enterneciéndome con ellos, llamándoles mis hijos, mis pequeños, mis protegidos. Y acabé prometiéndoles que les ayudaría a protegerse de las estacas. Les dije que era un proceso complicado y que debían ir pasando uno a uno a mi habitación, donde les haría un conjuro que les protegería.

Dócilmente les fui introduciendo en mi alcoba para morderles. De nuevo sentía esa borrachera de felicidad que iba llenándome conforme iba bebiendo la sangre de vampiro. Iba colocando los cadáveres fuera de la vista y le decía al vampiro que iba a morder que estaban tras una puerta, celebrando su nueva habilidad. Luego le pedía que cerrara los ojos, y tras meterle miedo de manera sutil, acababa avalanzándome a su cuello. Ninguno hizo ningún gesto para detenerme, aunque estoy segura de que deberían haber sospechado algo, al menos en los últimos momentos de su vida.

Catorce cuellos después, salí triunfante a donde me esperaba Kite. Para rematar la faena, manché ligeramente de sangre un trozo de madera y se lo mostré orgullosa. Me sentía extasiada. Tenía el control. Era, otra vez, la vampiresa vengativa que había acabado con una colonia más de vampiros. Kite estaba temeroso, no le gustaba la idea de saber que yo había matado tan tontamente a todos sus discípulos, por muy rebeldes que se le hubieran mostrado. Fingimos celebrarlo con los restos de la fiesta. Yo creía saber lo que pasaba por la mente de Kite en estos momentos. Se daba cuenta de que mientras yo estuviera allí, le impediría fundar una colonia de vampiros tal y como él deseaba. Creía que el último impedimento, el poder amenazar con la muerte al resto de vampiros, estaba ahora a su alcance. Así que dejé descuidadamente la estaca a un lado y continué celebrando la fiesta.

Kite no tardó en coger la estaca. Mal dismulada tras su ropa, fingió reir conmigo y brindar por nuestra nueva conquista. Sólo cuando, tras un abrazo efusivo se apartó dejando clavada la estaca en mi pecho, sonrió de verdad. Pero al verme a mí seguir sonriendo y bebiendo de mi copa, fue quedándose pálido, una mueca de miedo le recorrió el rostro: Yo seguía viva.

Como de manera casual miré hacia abajo y arranqué la estaca. Kite estaba muerto de miedo, pero yo la aparté riendo y seguí como si no hubiera sucedido nada. Me sentía tan superior, tan diosa. Realmente disfruté muchísimo viendo a Kite mortalmente asustado. Ésto, pensé, es lo que hay que hacer realmente si quieres tener una colonia de vampiros. Que te teman. Que te crean algo sobrenatural. Que sientan miedo en tu presencia.

Kite sabía que yo tenía ese poder. Estaba seguro que había asesinado al resto de vampiros. Tanto si yo tenía un poder especial para evitar las estacas o si yo sabía otra manera más efectiva de matar, era lo mismo. El caso es que, a sus ojos, era inmortal, mientras que él tenía una debilidad que no estaba seguro de cuál era. Si seguía vivo era porque yo quería. No era más que una marioneta bajo mis hilos. Como un perro que muerde la mano del que le da de comer, estaba recibiendo una paliza que le demostraba quién era realmente el amo: Yo, Selen de Madrat.

Casi llorando, empezó a suplicarme que fuera buena con él, que prometía vivir bajo mi sombra toda su vida, que haría todo lo que yo le pidiera. Mientras oía esto reí suavemente. Aún borracha de poder, acerqué mis labios a su oído para susurrarle que no importaba, que él siempre había hecho todo lo que yo quise, que siempre había estado bajo mi poder porque siempre le había ocultado el último secreto. Que sólo yo sabía la manera de matar a otro vampiro y que aún cuando lograra huir de mi y formar el mayor ejército jamás visto, aún podría sobreponerme a todos ellos para dejarle claro una vez más quién le concedió el don de la inmortalidad a quién.

En su desesperación creo que tardó un poco en notar mis dientes hundiéndose en su cuello. Gruesas lágrimas iban resbalando y se mezclaban con la sangre que se vertía de su herida. En los últimos estertores de su muerte al fin comprendió lo que ocurría y clavó uñas y dientes sobre mi piel, pero ya era tarde. Noté que dejaba de hacer fuerza y le miré. Seguía siendo el inocente chiquillo que una vez conocí y del que me había enamorado tan tontamente. Su sangre fue la sangre más dulce que jamás bebí. Hice una hoguera con el resto de cuerpos de vampiro y enterré decentemente a Kite. Por un absurdo momento se me ocurrió la idea de vivir siempre así, juntando discípulos para finalmente acabar en un festín sangriento. Pero no dejé que mi borrachera de felicidad me nublara la razón, sabía exactamente lo que tenía que hacer a continuación.

Esta vez no apliqué vendajes protectores a mi herida. Dejé que fuera sangrando lentamente mientras me dirigía a la tumba de Lafftia y en ella, me tendí a esperar la muerte. Esa muerte que librará al fin al mundo de los vampiros.

Inevitablemente

Estaban hechos el uno para el otro desde incluso mucho antes de existir. Encajaban a la perfección, eran la pareja ideal. Juntos, nada podía ir mal. Tenían las mismas aficiones, los mismos gustos, estaban totalmente sincronizados. Parecían réplica exacta el uno del otro. </p

Tras varios años de cruzarse sin verse fueron finalmente presentados por un amigo de amigos y tuvieron su primer encuentro. Él quedó sin habla al verla. Ella pensó que era un estúpido. Él creyó que era una borde. Ella se despidió secamente. Él no volvió a mirar atrás. No volvieron a dirigirse la palabra nunca más.

A ninguna parte

-Buenas tardes.

-Quisiera un billete.

-¿A dónde?

-Lo más lejos posible.

-¿Lo más lejos posible?

-Sí.

-¿No le importa a dónde?

-No.

-El destino más lejano que se puede alcanzar desde aquí es Siberia.

-Pues deme un billete a Siberia.

-¿Para cuando?

-El primero que haya, por favor.

-¿Ida y vuelta?

-Sólo ida.

-A empezar una nueva vida, ¿no?

-Eso intento.

-¿Infeliz?

-Todo lo contrario.

-¿Entonces? ¿Es feliz y se va?

-Soy demasiado feliz. Si me quedara aquí acabaría por estropearlo.

-No lo comprendo.

-No pretendo que me comprenda. Sólo que me venda mi billete.

Soñando sueños

Hoy he vuelto a soñar con el mismo parque de siempre. Nunca lo he visto en la realidad, pero en sueños vuelvo una y otra vez, de niña, para pasear por él. Los árboles estaban tan amarillos como siempre y las hojas crujían al pasar. Los toboganes, viejos y gastados, estaban donde siempre. Fríos, casi amenazadores. No se escucha ningún pájaro, el silencio lo invade todo. Pero esta vez no fue como las otras veces. Esta vez no estaba sola.

Había un niño sentado en el columpio que otras veces balanceaba el viento. Tenía la mirada perdida, como pensativo. Su cara, aunque completamente desconocida, me recordaba algo. Al principio la timidez me vencía y no quería molestarlo. Pero luego me fui acercando lentamente. Creí que estaba sordo hasta que me miró. No me miraba a mi, miraba las hojas que movía con el pie. Tardé un poco en darme cuenta que no podía verme. Que al igual que yo siempre había creído que el columpio lo movía el viento, él creía que las hojas se mecían bajo la brisa.

Quise abrazarle y preguntarle quién era, por qué estaba en mi sueño. Cómo había entrado en un lugar tan sagrado. Sin permiso. Sin avisar. Pero desperté frustrada. Porque por mucho que yo le viera, él jamás me vería a mi.

Once upon a time

Ella seguía esperando a su príncipe azul.

Peinaba su larga cabellera y la adornaba todas las mañanas con lindas flores que no llegaban al anochecer. Vestía delicados trajes que dejaban entrever las formas, ya cansadas, de su cuerpo. Tenía cuidado de ocultar con maquillaje las pequeñas arrugas que se esforzaban por salir en su rostro. Se recostaba en la cama de dosel y esperaba, esperaba.

Todos los días limpiaba el castillo, sobre todo la alta torre donde vivía, para que cuando llegara el príncipe no equivocara el camino. Dejaba agua y comida para el blanco corcel. Paseaba y alimentaba al dragón, cuyos dientes se resentían por el paso del tiempo.

Todas las noches encendía las hogueras en las almenas, para que si el príncipe llegaba, no se perdiera en el bosque salvaje que rodeaba el castillo. Se asomaba a la ventana y esperaba, mejilla apoyada en la mano, con aire triste. Porque seguía confiando en el destino y en los cuentos de hadas. Creía firmemente que algún día llegaría su príncipe azul para llevarla a su palacio dorado. Para ser felices y comer perdices.

Porque ella seguía esperando a su príncipe azul.

Contradicciones

Discutir por pequeños detalles. Fingir cuando regales algo horrible. Que me quites la manta cuando hace frío. Que me la tires encima cuando hace calor. Despertarme sobresaltada cuando tus manos o pies frios me rocen. Aguantar tus malos días. Reirme de tus chistes malos. Enfadarme cuando me hagas esperar. Escucharte cuando cuentes algo aburrido. Comer con tus padres. Pasar vergüenza cuando te emborrachas. Ver cómo la cerveza se va acumulando en tu barriga. Aguantar tus ronquidos. Tener que fingir dolor de cabeza cuando no entras en razón…

Pero que estés ahi.

Helado

Sé que llegará el día que te alejes para no volver. Pero hasta entonces, seguiré disfrutando de la ventaja que tengo sobre el resto de las mortales. Me siento torpe, con el helado entre mis manos, mientras veo cómo tu boca se va deslizando, cuidando que no resbale nada fuera del cucurucho. Mordisqueas, tu lengua acaricia con delicadeza, se nota que estás disfrutando, con algo tan simple como un helado, mientras paseamos por la playa. Cuando pienso lo desaprovechado que estás, siendo destinado a algún helado remoto, me siento frustrada. Pero hasta que le des un mejor destino a tus habilidades, seguiré a tu lado, observando fascinada el delicado proceso con que saboreas el helado.

Probablemente mi cara refleje lo que pienso, y mis ojos se estén parando más en tu helado que en el mio, pero estás tan ocupado que ni te das cuenta. Aparto los ojos para concentrarme en mi propio helado por unos momentos, evitando que se derrita más de la cuenta, pero pronto vuelvo a caer en la tentación de observarte. ¡Quién fuera helado para derretirse en tus labios! Estás tan concentrado que tampoco ves la sonrisa que se va formando en mi rostro.

Terminas al fin, y después de unos segundos, abres los ojos para encontrarme mirando en tu dirección. Rápidamente, desvío la mirada para seguir con mi helado. “Eres muy lenta” Me encojo de hombros y seguimos caminando por la playa, mientras ríes. No puedo evitar sonreir, mientras disfruto de uno de los pocos placeres de los que puedo aún seguir disfrutando contigo.

De las Ruinas

La rescató de las ruinas del castillo en que había vivido toda su vida. Estaba gravemente herida y apenas respiraba. Pero él la cogió delicadamente en sus brazos y la trasladó a su refugio. Allí le fue curando sus heridas y la distrajo de sus penas, haciendo la noche más cálida con sus relatos. Poco a poco ella fue recobrando sus fuerzas y juntos pasearon por el bosque. Sólo una vez sus pasos los llevaron hasta las ruinas de su antiguo hogar, el castillo que la había oprimido y protegido desde niña. Nunca más quiso volver a verlo.

Él le enseñó a sobrevivir salvaje, en el bosque. Le enseñó a disfrutar de la libertad, de la naturaleza, de lo que era vivir sin más ley que la de la supervivencia. Durante un tiempo fueron felices, contando estrellas sentados en las ramas de los árboles.

Pero él sabía que ella algún día se lo pediría. Y por eso quiso adelantarse y mostrarle él mismo el camino hacia el pueblo. Antes de llegar ella le prometió que sólo sería una visita corta y que no le abandonaría nunca, porque a su lado era feliz. No contestó nada, asintió con la cabeza y llegaron. Ella quedó maravillada y en sus ojos se pudo ver brillar los recuerdos felices de su infancia, cuando vivía enmedio de la civilización. Aquella noche ella estuvo callada.

Pasaron unos meses en los que parecía que nada había cambiado. Incluso él pensó que quizás no quisiera regresar al pueblo. Pero lo inevitable tenía que ocurrir y ella le confesó que quería bajar a vivir con el resto de la sociedad. Durante un tiempo él se planteó seriamente si cambiar su vida y vivir con ella en el pueblo, como le había pedido. Incluso mientras la veía alejarse, con la promesa en el aire de volver a verle en breve, tuvo que reprimirse para no salir corriendo detrás suya. Él era una criatura de bosque, ni siquiera su compañía podría hacerle sobrevivir en el pueblo.

-¿Por qué me cuentas esto?

-Porque necesito que comprendas que los cuentos de campesinos y princesas nunca terminan bien. Que los finales felices no existen. Y por eso debes marcharte y vivir en el pueblo. La vida en el bosque es triste y solitaria.

-Dime… ¿volvió a visitarte?

-Sólo una vez. Para invitarme a su boda. Dicen que fue feliz el resto de su vida.