Egoísta

No, no voy a hablarte de lo feliz que hubieras sido conmigo. No voy a contarte todo lo que hubieras disfrutado de mi compañía. No voy a recordarte que no es tan fácil alcanzar este nivel de nirvana.

No voy a decirte nada de eso, porque eso ya lo sabes.

Hoy seré egoísta y hablaré de mi. De lo feliz que hubieras podido hacerme. De todo lo que hubieras podido hacer por mi, por mejorar mi vida. Porque, ¿sabes? eras justo lo que necesitaba en ese momento, lo que me hubiera venido bien.

Y como siempre, tarde. Puedes agarrar el reloj de bolsillo y correr por el bosque gritando que llegas tarde, que no encuentras el agujero que te llevará al País de las Maravillas, que llegas terriblemente tarde. No te servirá de nada, porque el pasaje ya cerró.

Aquel castillo

Llevaba varias semanas de camino. Había conseguido atravesar el Pantano de la Desesperación y había logrado rodear el Lago de las Lamentaciones. Ahora, a través del Desierto Interminable era todo más relajado. Había sido un camino duro, pero esta última etapa le permitía recuperar fuerzas. El paisaje podía ser monótono, pero al menos era predecible.

Era una estampa brillante, le gustaba el contraste de su caballo negro con sus ropajes blancos. Ahora un poco más amarillentos, por toda la suciedad del viaje, pero seguían siendo un cuadro digno de ser pintado. Y ella lo sabía. Era una princesa guerrera, valiente y osada. Se escribirían historias sobre sus aventuras mucho después de su muerte.

Tras varios días de camino, allí estaba. Finalmente. El dragón custodiando el castillo. La última prueba antes de poder liberarle. Azuzó a su corcel y desenvainó la espada. No le costó mucho conseguir hacer huir al dragón. Seguramente él también había oído hablar de sus hazañas. O quizás simplemente le asustó la fiereza sin miedo con la que corrió a su encuentro. El caso es que huyó, dejando el camino libre.

Ella llamó a la puerta y entró. Él parecía que la estaba esperando, vestido como un digno príncipe azul. Alto, guapo, desgarbado.

Ambos se miraron.

Él sonrió, con esa sonrisa suya que le conseguía todo lo que se proponía.

Ella le devolvió la sonrisa, con esa sonrisa que desarmaba a todos.

Durante unos segundos, se miraron en silencio. Ella, finalmente, rompió el silencio con su suave voz aterciopelada:

-Lo siento, tu princesa está en otro castillo.

Y se fue, dando media vuelta y dejando la puerta abierta, por si él quería irse.

Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

Alguien

Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre, le despertaría. Pero viéndolo tan tranquilo en su cama le da hasta vergüenza pedirle que le acerque a casa.

No es la primera vez que despierta en casa de un desconocido, claro está. Pero si es la primera vez que se levanta y no sabe volver a casa. Tampoco es que sea exactamente un desconocido, es amigo de aquel rubio que compra en su misma panadería. Pero para el caso es lo mismo, necesita que la acerque a algún sitio desde el que pueda volver a casa. Pediría un taxi, pero los seis euros y cincuenta y cinco céntimos que le quedan en la cartera no la llevarían muy lejos y no tiene ni idea de dónde puede haber un autobus. Ya despertará. Prefiere el corte de tener que esperarle y pedirle que la lleve.

El cigarro se acaba y él no parece despertar. Quizás si preparase un café, el olor le haría reaccionar. Mientras busca la cocina, se para delante de una estantería. Parece alguien interesante, tiene la colección entera de Asimov y algún que otro libro de Wyndham. Anoche ni siquiera se planteó que fuese más interesante que para una noche de compañía, quizás debería haber hablado con él un poco más. Pero no, como él, podría encontrar cosas en común con prácticamente la mitad de los que estaban allí aquella noche. Esto no significa nada, sacude la cabeza y entra en la cocina.

Mientras abre y cierra puertas buscando una cafetera y un cartón de leche, se replantea si de verdad mereció la pena. Indudablemente se lo pasó bien, eso no es discutible. Algunas amigas suyas opinan que debería sentar la cabeza. En vez de tener de vez en cuando una noche con alguien, podría tener algún amante, incluso algún novio, que le daría lo mismo, además de poder llevarle a fiestas y poder aparentar que ha sentado la cabeza. Pero ella no quiere eso. ¿De qué le serviría? Sería como un parche, una máscara que lo único que haría sería espantar a alguien que fuese realmente interesante.

Se levanta de golpe y le mira. Está ahi, en la puerta, con el pelo enmarañado y los ojos aún legañosos. Se rasca una oreja y la llama otra vez por su nombre. Le mira otra vez, ¿cómo puede acordarse de cómo se llama? Mientras él le quita de las manos la cafetera y prepara el café, ella le mira atentamente, intentando adivinar de qué le suena tanto su cara. Esos ojos le están diciendo algo. No es que se acuerde de anoche, es algo más profundo, le conoce de antes, se han visto antes. No, no sólo se han visto, se conocían, eran amigos, eran… ¿amantes? Sonriente, le ofrece una taza de café y entonces lo comprende.

La luz entra por la ventana y la deslumbra. Acaba de soñar algo importante, pero no puede recordar el qué, aunque siente que es algo que debe solucionar antes de marcharse. Aparta el brazo que la rodea y se levanta de la cama, bostezando. Se asoma a la ventana pero no reconoce el barrio, probablemente sea de las afueras. Se viste, recogiendo sus pertenencias desperdigadas por toda la habitación. Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre…

En la vida, estamos solos

Recuerdo que mi profesor de literatura del instituto nos contó una vez que la soledad sería algo que nos acompañaría toda la vida. Cada persona es un universo, y ni cien vidas podrían darte tiempo para explorar completamente a esa persona. ¿Quién podría curar entonces tu soledad? Cuando dos amantes se abrazan fuertemente, cuando hasta sus cuerpos están impidiendo que se unan, incluso ese momento, es sólo una ilusión. En verdad sigues estando a años luz de esa persona.

Podíamos tener amigos, nos dijo, podíamos tener amantes, pareja, pero nunca podríamos llegar realmente a dejar de estar solos. Hollywood nos presentaría el momento cumbre en una relación de pareja como el instante en el que ambos alcanzan el orgasmo. Falso, nos negaba con una sonrisa, incluso cuando estás en un momento tan íntimo, lo único que ocupa tu cabeza en ese momento es tu propio placer. Es una terrible realidad, nos corroboraba, algo que probablemente ahora no me creáis, pero que ya comprobaréis.

Por aquel entonces yo era una adolescente romántica con muchas ilusiones y simplemente creía que era un hombre que no había tenido suerte en su vida. Pero conforme van pasando los años me voy dando cuenta de toda la verdad que encerraban sus palabras. Tenía que haber cogido apuntes en clase, nunca se sabe qué espera detrás de la esquina.

Ángel

Ella se sienta a su lado y juguetea con los botones de su camisa durante un rato. Él la mira subyugado.

-Eres como un ángel.-su risa resuena limpia y un escalofrío cálido le recorre todo el cuerpo.

-Puede que lo sea.

-¿Y qué haría un ángel aquí conmigo?

-¿Por qué no podría un ángel estar aquí contigo?

-Porque si yo fuese dios y todos los ángeles fuesen la mitad de bellos que tú, no querría que se separasen de mi ni un solo instante.

-¿Y si los ángeles no quisieran estar con dios?

-Les obligaría a querer estar conmigo. ¡Soy dios!

Ella ha parado de jugar con los botones y le mira serio. Sigue siendo bella, pero ahora hay algo que ha cambiado en su mirada.

-No puedes obligar a nadie a quererte. Ni siquiera si eres dios.- ella levanta la mirada y sigue hablando

Te contaré una historia que ocurrió no hace tanto tiempo, aunque si lo contamos en vidas humanas, fue hace mucho tiempo.

Esto ocurrió en el Paraíso, cuando el mundo de los humanos aún ni siquiera estaba formado. Dios tenía muchas ideas en la cabeza y empezó a esculpir ángeles dando forma a aquellas ideas. Cada idea le inspiraba un ángel y cuando el ángel cobraba vida, él le concedía el don de aquella idea. De esta forma nacieron muchos de los ángeles que hay hoy en día: Generosidad, Esperanza, Alegría, Satisfacción, Gula, Amabilidad,… todos ellos eran buenos ángeles, y Dios estaba contento con todos ellos. Le querían, le admiraban y le hacían sentirse orgulloso. Algunas veces invitaba a alguno a sus estancias para pasar el rato y ellos eran felices con aquellos momentos de exclusividad.

Pero Dios estaba tan ocupado con sus creaciones que no se percató de que entre ellos empezó a surgir la rivalidad. Dios no podía estar con todos a la vez, y algunos empezaron a sentirse desplazados. Cuando una de sus creaciones se rebeló contra su idea y adoptó el don de la envidia, Dios supo que tenía que hacer algo para distraer a sus ángeles y creó a Lujuria.

Lujuria era un ángel hermoso y atractivo, casi tanto como Dios. Era agradable y pronto supo entretener al resto de los ángeles mientras Dios se dedicaba a sus creaciones. En aquella época nacieron ángeles como Belleza y Ociosidad, que ayudaron muchas veces a Lujuria a entretener a los ángeles. Pero incluso de esto se acabaron cansando los ángeles y Dios supo que no era suficiente. Entonces fue cuando creó el mundo de los humanos, esperando así poder entretenerlos eternamente. Todos los ángeles contribuyeron a la creación de este mundo y Dios pudo al fin descansar. Los ángeles eran felices y él era feliz con sus creaciones.

Hasta entonces, Envidia había permanecido en sus estancias, apartado del resto de los ángeles. Y Envidia no era feliz. Quería ser uno más, quería poder participar también en el mundo de los humanos y participar en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios comprendió que no era culpa de Envidia el tener aquel don, que era culpa de él mismo por no haberse percatado de lo que ocurría. Así que creó a un ángel capaz de contrarrestar a Envidia y que pudiera mantener a todos los ángeles unidos de una vez por todas. Fue entonces cuando nació Amor.

Amor fue su mayor creación, o eso dicen. Caminó de la mano con Envidia por todo el Paraíso y parte de la Tierra. Juntos participaron en la creación del mundo de los humanos y en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios estaba contento.

Pero había dos ángeles que pronto empezaron a apartarse del resto. Lujuria encontró en Amor una comprensión y un cariño que el resto de los ángeles no eran capaces de darle. Y Amor encontró en Lujuria la chuspa que le faltaba a su don. Todos sabían de su romance menos Dios, que seguía encerrado en su Torre de Marfil, creando nuevos ángeles. Lujuria dejó de atender las orgías y Amor dejó de unir a sus hermanos.

Desde el principio, Dios les había prohibido procrear entre ellos, para evitar que el libre albedrío que poseían destruyera el frágil equilibrio sobre el que se sustentaba el universo. Pero Lujuria y Amor no quisieron evitar tener descendencia, que adoptó el don de la Mentira. Para ocultarlo a los ojos de Dios, llevaron a Mentira al mundo de los humanos y durante muchos años, nadie se dió cuenta de su existencia. Pero Envidia, solo en el Paraíso, unió a algunos ángeles empezaron a recelar de aquella relación. Un día, Dios llamó a Lujuria para que acudiera a su presencia. Pero éste yacía en aquel momento con Amor y no quiso acudir. Dios quiso averigüar qué era aquello más importante que él mismo y Envidia y Belleza acudieron y le contaron toda la historia. Consternado, Dios reunió a sus ángeles en las puertas de su morada y les obligó a confesar.

Lujuria y Amor negaron todo lo ocurrido, pero a Dios le bastó una mirada a Amor para saber que llevaba un hijo dentro de sí y miró más allá y descubrió a Mentira en el mundo de los humanos y enfureció. Maldijo aquel retoño y ordenó a Lujuria que abandonara para siempre el Paraíso. Su misión en la Tierra sería cuidar de Mentira y evitar que se esparciese aún más entre los humanos. Ordenó encerrar a Envidia bajo setenta y siete puertas blindadas, pero Envidia huyó al mundo de los humanos, donde sabía que Dios no podría alcanzarle.

Cuando nació el hijo de Amor y Envidia, adoptó el don del Dolor. Amor, temerosa de que Dios también quisiera encerrarlo, lo envió al mundo de los humanos para que buscase a su hermana Mentira y a su padre Lujuria para que ellos le cuidasen. Luego, intentó hablar con Dios para despertar en él el amor que debía sentir por todos sus ángeles. Cuando Dios se enteró de aquello, maldijo a Amor a estar siempre rodeada de Mentira y Dolor cuando Lujuria estuviera cerca y le cerró las puertas del Paraíso. Sólo podría regresar una vez al año para unir a sus hermanos en amor y cariño.

Amor vagó durante muchos años regresando siempre en aquella fecha para unir a sus hermanos, a quienes también quería. Cada vez que se encontraba con Lujuria, Mentira y Dolor aparecían, obligándoles a separarse una y otra vez. Envidia siempre siguió a Amor de cerca en secreto, siempre intentando separarla de Lujuria, pero no pudo evitar que yaciesen juntos otra vez, entre Dolor y Mentira, quedando Amor una vez más preñada.

Belleza había quedado envenenada por la envidia y decidió acudir a buscar a Lujuria, pues no podía permitir que Amor viviera con él. Cuando Amor vió a Lujuria y a Belleza juntos, sintió también a Envidia y nunca más quiso volver a saber nada más de Lujuria. Culpó a Envidia y cuando nació su hija, adoptó el don de la Tristeza. Abandonado por Amor, Lujuria se apoyó en Belleza y juntos recorren el mundo de los humanos.

Sabiendo esto, en uno de sus viajes al Paraíso, Dios le concedió en secreto a Amor el don de la Comprensión, siendo así Amor el único ángel con dos dones. Le presentó a Compasión, un ángel de creación reciente que le ayudaría en su destierro. Por eso Amor siempre va acompañado de Compasión y es capaz de comprender situaciones que otros muchos ángeles no entenderían.

A pesar de todo, aún hoy, cuando Lujuria tropieza con Amor, aparecen Mentira, Dolor, Tristeza y Envidia para separarles.

-Es cruel.

-Dios se deshizo de sus dos ángeles más hermosos porque no podía soportar que quisieran estar antes juntos que con él.

-¿Y nunca más fueron felices Amor y Lujuria?

-Amor ya sabe que Envidia le sigue y sabe que Lujuria sólo está con Belleza porque Amor no está con él. Pero siente compasión y prefiere dejar a Lujuria con Belleza y que Dolor, Tristeza y Mentira estén lejos, a que Lujuria sufra. Y perdona a Dios, porque sabe que en el fondo, siente vacío al no tener Amor con él.

-¿Y cómo sabes tú eso?

-Ya te dije, que quizás yo fuese un ángel.

Una no historia con un final tampoco triste

Es como sentir un disparo. Al principio te quedas paralizado, estúpido, mirando un agujero que ahora adorna tu pecho y del que emana la sangre fresca. El dolor aún no ha llegado hasta tu cerebro cuando con dos dedos temblorosos tocas el redondo agujero que ha dejado el proyectil. Lo miras sin comprender, o quizás sin querer comprender. No es hasta el segundo disparo que tomas verdadera conciencia de lo que ocurre. La primera vez que te hacen daño no es culpa tuya. La segunda vez deberías haberlo evitado.

La uña y el dedo se protegen mutuamente. El dedo cuida de que la uña no se parta y la uña asegura que nada golpee violenta y directamente al dedo. Es una relación de conveniencia, dirán algunos. Pero también es una relación de amistad. Saben que necesitan estar juntas, uña y carne, saben que se necesitan. Por eso están ahi. Para ayudarse mutuamente.

Pero a veces llegan elementos externos que las separan. Puede ser de un golpe brusco, con el que la uña se separe violentamente del dedo, partiéndose por el camino. O también puede ser de un movimiento más suave. Éste es el más doloroso, porque vas sintiendo cómo la uña se va separando del dedo y la parte donde se pierde en la carne se va incrustando más y más. Y duele. Como toda relación íntima cuando se termina. Duele.

Y de pronto un día os cruzáis y os miráis. Te saluda efusivamente y es indudable que espera que tú a su vez, también respondas igual de efusivo. Pero no puedes. Ves sus ojos y ves que, uña que fue, parece que no sintió el dolor al separarse de tí. Porque no ves en el fondo de sus ojos ninguna herida parecida a las cicatrices que sabes que guardas dentro. Te paras a pensar y te das cuenta que ya ha pasado mucho tiempo. Semanas, meses,… algún año quizás. Y te das cuenta que hay personas de corta memoria. O quizás es que no quieren recordar. Quizás se avergüenzan de su pasado.

LLegas a palacio y ves el trono vacío de un rey decapitado. Es cierto que ya no quedan las manchas de sangre que provocó su muerte. Han sido cuidadosamente limpiadas y el lugar correctamente rehabilitado. Pero hay algo que te impide nombrar un nuevo rey para ese trono. Sabes que hay gente que lo merece, la misma gente que te ayudó a coser tus heridas cuando aún sangrabas. No es por respeto al rey caído. Ese rey fue un tirano que no quiso acordarse de su pueblo cuando la avaricia lo cegaba. No es por respeto, no. Es por miedo. Por miedo a que el nuevo rey también utilice su poder contra el pueblo. Por eso abandonasteis la Monarquía para establecer una República. Si el Presidente de la República gobierna bien, se mantendrá para siempre en su puesto. Si falla, no hará falta decapitarlo. Las elecciones lo apartarán de forma rápida.

Es porque tienes que expulsar lo que llevas dentro. Es la única manera. Así que te quitas la máscara por unos instantes y dejas que la luz del sol penetre hasta el último rincón de tu cuerpo. Ahora eres vulnerable, pueden hacerte daño. Pero no te importa, necesitas que el aire llegue a tus pulmones sin viciar, necesitas sentir el cálido abrazo del mundo sin tener cortinas que os separen. Por una vez, quieres volver a ser libre e inocente, descalzarte para correr por la hierba, tirarte de cabeza al río y dejar tu mochila apoyada en el árbol sin pensar que puedan robártela. Quieres vivir. Aunque esto dure pocos instantes y enseguida vuelvas a ponerte la máscara. Es mentira, no eras inocente ni habías dejado de tener miedo. Pero por un momento, pudiste creer que sí.

La Historia los pondrá a todos en su sitio, dicen. Pero eso a ti ya no te importa. ¿Qué más te dará? Cuando eso ocurra tú ya no estarás aquí. Lo que te molesta, lo que te duele, lo que algunas noches aún te arranca lágrimas es saber que tú también fuiste a la guerra. Y que en una guerra, todos somos víctimas. Víctimas que arrastran heridas.

¿Por qué todo lo que escribes termina mal? Es el estúpido destino que te ha maltratado tantas veces. Ojalá pudieras tenerlo delante para golpearle hasta morir. Matar al destino, tiene gracia. Pero no, eres tú el mismo que golpea las teclas escribiendo las historias. Eres tú el que decide el destino. Entonces, ¿por qué termina siempre mal?

Porque ese frío que sientes ahora no viene de fuera, está dentro de tí. Cuando recompusiste y pegaste los trozos que saltaron de tu corazón se te olvidó volver a encender un fuego dentro y ahora estás pagando las consecuencias. Pero ¿quién hubiera podido juntar los trozos si dentro latía una llama cegadora? Era la única manera de arreglarlo. Suerte que a tu alrededor todo sea cálido y la música te ayude a evadirte de tus problemas. Suerte que tienes gente que te quiere y te comprende y te ayuda a olvidar el frío. Cuando dejen de cantar y la bebida se haya terminado, te acercarás para susurrarles si conocen la manera de volver a encender el fuego. Estás seguro de que sí, sabes que alguno ya lo ha hecho. Por eso esperas, se está agradable aquí… a pesar de todo.