Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Control

“Bien, vamos a la raíz. ¿Qué fue lo que te hizo empezar a consumir?”

“No sé si es fácil de entender. Yo siempre llevé una vida sana y jamás me lo había planteado. Pero en un momento de mi vida, todo empezó a desmoronarse y sentí que estaba perdiendo el control. Empezar a consumir me daba un motivo, una razón por la que yo no era capaz de controlarlo. Si no podía controlar mi vida, al menos controlaría el caos en el que se estaba convirtiendo. Si mi vida era un desastre sería porque yo lo había decidido así.”

“Pero entonces, según tú, desintoxicarte no te ayudará a recuperar tu vida porque no fue el motivo por el que perdiste lo que tenías. ¿Qué es lo que te motiva a hacerlo ahora?”

“Sé que nunca podré recuperar el control de mi vida. Con el tiempo he aprendido que, en el fondo, nadie controla su propia vida, que sólo somos víctimas de las circunstancias. Pero al menos, yo tendré excusa para que mi vida sea un desastre.”

Cuando no queda nada

No sabes cuando ocurrió. Pero un día, te levantaste y no tenías nada dentro. No sentías nada, sólo el frío que salía de tu interior. Quisiste taparlo, pensar que era sólo algo transitorio. Pero cuando pasan los días y sigues sin sentir nada, empiezas a recordar, que esto ha venido poco a poco. Gastaste toda tu energía y tu pasión en los demás y no dejaste nada para tí. Creíste que era infinito, que era algo que no podría acabarse nunca. Pero te equivocaste. Quieres sentir miedo, pero no puedes. Quieres escapar, pero el vacío te persigue. Se agarra con sus zarpas a tus entrañas, marcando su territorio.

Escuchas canciones que antes te emocionaban, y que ahora simplemente resuenan como un eco en tu interior. No sientes nada, no puedes sentirlo. Bueno, casi nada, porque a veces sientes esa pena que te llena por dentro y que te atraviesa la garganta, obligándote a parar. No sientes pena por lo que perdiste, no sientes pena por tí. Sientes pena porque ni siquiera eres capaz de sentir pena.

Dejas que las lágrimas caigan por tus mejillas, porque quieres agarrarte a sentir algo, aunque sea tristeza. Porque sabes que incluso esa tristeza desaparecerá un día, que dejarás de sentirla. Y eso te provoca otra oleada de tristeza. Quieres gritar, golpear, quieres que la furia te destroce para al menos sentir que todavía queda algo de chispa que prenda lo demás. Pero no puedes y la angustia te corroe, te paraliza. Y tú lo prefieres así, quieres hacerte daño porque ese daño al menos te hace sentir vivo. Hasta el día en el que ni siquiera seas capaz de sentirlo.

Te escondes, caminas con una careta, esperando que nadie note tu falta de humanidad. No quieres que nadie sepa el vacío que te llena, porque sabes que no podrán entenderlo. ¿Hasta cuando podrás seguir imitándote? Llegará el día en que incluso tú olvides como eras antes, te olvides de cómo fingir que aún te quedan sentimientos. Llegará el día en el que te conviertas en una parodia de tí mismo, sin medida y sin control. Y quedarás sólo tú. Tú, con el vacío que te come por dentro.

A veces me canso de ser fuerte

A veces me canso de ser fuerte. De ser a quien todos miran cuando hay un problema. De ser el hombro en el que lloran los demás, el que siempre encuentra la solución al problema. Me canso de tener que soportar todo este peso sobre mis hombros, de no poder descansar, de saber que si yo me derrumbo, todo lo demás acabará por caer.

Sé que yo me lo he buscado, que esta confianza y esta responsabilidad la he ido labrando con mis propias manos, sabiendo a dónde me encaminaba. Lo que nunca pude adivinar en aquel entonces era lo cansado que podría llegar a ser. No puedo dejarlo de un día para otro. No puedo decir basta y soltar el peso que llevo encima. Necesitaría que alguien ocupase mi lugar. Pero, ¿cómo podría encargarle a nadie, sabiendo lo que es y lo que significa, que cargue con toda esta responsabilidad? ¿Cómo podría hacerlo?

En parte por eso es por lo que he acabado aquí. No podría dejar a nadie al cargo, no hubiera sido justo. Aunque, ¿era justo para mí? ¿Acaso era justo que yo tuviera que sacrificarme de esta forma? ¿Por qué nadie viene a ayudarme? ¿Por qué nadie se ofrece a sostener la carga por un tiempo, mientras mis hombros descansan? ¿Por qué nadie entiende que yo también necesito un hombro sobre el que llorar, unos ojos a los que mirar buscando una solución? ¿Por qué todos dan por hecho que soy fuerte, que no necesito a nadie? ¿Por qué nadie viene a protegerme?

Llorar es de nenazas. Sé que si pido ayuda, no lo entenderían. Si yo soy fuerte, no necesito ayuda de nadie. Sería casi insultarme. Pero estoy cansado de ser fuerte. No quiero seguir siendo fuerte. Quiero que me protejan, que me cuiden. Necesito que alguien vele por mi. Quiero sentir unos brazos rodeándome y diciendome que todo estará bien, que no me preocupe. Que alguien se hizo cargo del problema. Que sólo tengo que esperar y todo estará solucionado.

Pero no hay unos brazos esperándome. Sólo me esperan estas miradas interrogantes, esperando que tome una decisión. No quiero ser fuerte, ya no soy fuerte, pero tengo que aparentarlo. Porque ellos no pueden ser fuertes. Me necesitan. Y no puedo abandonarles. No puedo abandonarme. Tengo que seguir siendo fuerte. Aunque ya no lo sea.

Frío

La luz de la linterna corta la niebla hexagonalmente. Apenas ve unos pasos más allá de su nariz, que duele congelada por el frío. La fina lluvia que se cuela por sus botas va calando también en sus manos, cubiertas por guantes de lana. Ahora es cuando recuerda por qué compro unos guantes de cuero el año pasado. Tarde.

Sabe que tiene que estar cerca, porque ha ido contando los pasos. Nunca son exactos, a veces camina a pasos cortos y otras veces va dando alegres zancadas. Hoy camina a pasos cortos. Por eso sabe que, aunque el número de pasos sea el correcto, aún tiene que avanzar un poco más, para llegar a su destino.

La lámpara parpadea un momento. Debió cambiarle las pilas antes de salir. La golpea y sigue adelante. El viento le susurra algo al oído y la lluvia para un instante, para volver a los pocos minutos aún con más fuerza. Se estremece debajo del abrigo y sacude las botas. Para para escuchar. Pero sólo el viento le contesta.

Algo no marcha bien y lo sabe. Hace tiempo que debería haber llegado. No puede haberse desviado mucho del camino porque ha tenido cuidado de ir poniendo un pie detrás del otro. Como le enseñaron cuando llegó allí. Recuerda el escalofrío que le recorrió la espalda el primer día de niebla. Creyó que nunca saldría vivo de allí. Pero salió, igual que saldrá esta vez.

Le duelen los pies, pero vuelve a caminar con paso firme. Lanza un grito, que suena como el graznido de un pato, pero no le contesta ni el eco. Todos deben estar dentro de sus casas, cerca de la chimenea. Pronto llegará y encenderá un buen fuego, piensa, y podrá quitarse las botas y calentarse los pies. Malditos pies, duelen como demonios.

La tierra ha cambiado, tiene un color diferente. Se ha desviado demasiado. Para y da media vuelta. A lo peor, piensa, volverá atrás y podrá empezar de nuevo el camino. Aún podrá darle tiempo a encender esa chimenea y calentarse los pies, antes de prepararse la cena. Corre un rato a grandes zancadas, el frío se está colando en todas partes.

La lluvia ha parado y la niebla parece disiparse un poco. Sigue sin reconocer dónde está. De pronto, una pared de piedra se alza ante él. Es una piedra negra y fría, completamente lisa y vertical. Comienza a bordearla, esperando encontrar algo que reconozca. No puede estar tan lejos. De pronto, una voz, o quizás un viento caprichoso, le llama a su derecha. No reconoce el idioma, pero avanza hacia la voz, esperando ver un fuego.

Una enorme puerta de una gruta se abre en la pared de piedra. Las voces, ahora casi distinguibles, vienen de dentro. Tras meditarlo unos segundos, se adentra en la cueva. La linterna termina de apagarse, pero una luz viene del fondo, bailando sobre las paredes. Ya empieza a notar el calor. Sigue sin entender las palabras, pero ahora son claramente voces humanas.

Llega a una sala enorme, de altos techos, con una hoguera en el centro. Junto al fuego, hay un grupo de escuálidos hombres que le sonríen ofreciéndole comida. Uno de ellos, se acerca y le ayuda a quitarse el abrigo y las botas, mientras le ofrece una manta seca. Hablan un idioma extraño, que sigue sin comprender, pero tiene demasiada hambre para preocuparse por ello.

Con el estómago rebosante de comida caliente, vuelve a observar a su alrededor. Los hombres le siguen sonriendo y hablando en esa lengua extraña. Intenta hacerse comprender, pero ellos sólo sonríen. Tampoco le entienden. No importa, piensa, mañana cuando se despeje la niebla volveré y les traeré algo para compensarles.

Se va quedando dormido al arrullo de ese idioma extraño. Tiene sueños agitados, que le impiden descansar. Despierta en mitad de la noche sin saber muy bien dónde se encuentra. Aquellos hombres siguen hablando, pero ahora empieza a entender su idioma. Cuentan historias de caminantes perdidos en la niebla que nunca pudieron regresar a su hogar.

Poco a poco va comprendiendo dónde está. Como la luz de la linterna abriéndose camino en la niebla, se va dando cuenta de que esos hombres, como él, se perdieron un día en la niebla. Esa eterna niebla que aún no les dejó regresar. Que nunca les dejará regresar.

Ahora entiende por qué estaba tan bien pagado.

Alguien

Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre, le despertaría. Pero viéndolo tan tranquilo en su cama le da hasta vergüenza pedirle que le acerque a casa.

No es la primera vez que despierta en casa de un desconocido, claro está. Pero si es la primera vez que se levanta y no sabe volver a casa. Tampoco es que sea exactamente un desconocido, es amigo de aquel rubio que compra en su misma panadería. Pero para el caso es lo mismo, necesita que la acerque a algún sitio desde el que pueda volver a casa. Pediría un taxi, pero los seis euros y cincuenta y cinco céntimos que le quedan en la cartera no la llevarían muy lejos y no tiene ni idea de dónde puede haber un autobus. Ya despertará. Prefiere el corte de tener que esperarle y pedirle que la lleve.

El cigarro se acaba y él no parece despertar. Quizás si preparase un café, el olor le haría reaccionar. Mientras busca la cocina, se para delante de una estantería. Parece alguien interesante, tiene la colección entera de Asimov y algún que otro libro de Wyndham. Anoche ni siquiera se planteó que fuese más interesante que para una noche de compañía, quizás debería haber hablado con él un poco más. Pero no, como él, podría encontrar cosas en común con prácticamente la mitad de los que estaban allí aquella noche. Esto no significa nada, sacude la cabeza y entra en la cocina.

Mientras abre y cierra puertas buscando una cafetera y un cartón de leche, se replantea si de verdad mereció la pena. Indudablemente se lo pasó bien, eso no es discutible. Algunas amigas suyas opinan que debería sentar la cabeza. En vez de tener de vez en cuando una noche con alguien, podría tener algún amante, incluso algún novio, que le daría lo mismo, además de poder llevarle a fiestas y poder aparentar que ha sentado la cabeza. Pero ella no quiere eso. ¿De qué le serviría? Sería como un parche, una máscara que lo único que haría sería espantar a alguien que fuese realmente interesante.

Se levanta de golpe y le mira. Está ahi, en la puerta, con el pelo enmarañado y los ojos aún legañosos. Se rasca una oreja y la llama otra vez por su nombre. Le mira otra vez, ¿cómo puede acordarse de cómo se llama? Mientras él le quita de las manos la cafetera y prepara el café, ella le mira atentamente, intentando adivinar de qué le suena tanto su cara. Esos ojos le están diciendo algo. No es que se acuerde de anoche, es algo más profundo, le conoce de antes, se han visto antes. No, no sólo se han visto, se conocían, eran amigos, eran… ¿amantes? Sonriente, le ofrece una taza de café y entonces lo comprende.

La luz entra por la ventana y la deslumbra. Acaba de soñar algo importante, pero no puede recordar el qué, aunque siente que es algo que debe solucionar antes de marcharse. Aparta el brazo que la rodea y se levanta de la cama, bostezando. Se asoma a la ventana pero no reconoce el barrio, probablemente sea de las afueras. Se viste, recogiendo sus pertenencias desperdigadas por toda la habitación. Se sienta en un sillón, enciende un cigarro y espera. La respiración suena pausada, sin ronquidos. Sus ojos están cerrados sin apretar, dejando simplemente que los párpados rodeen los ojos. No parece tener preocupaciones. Ni tampoco un despertador. Si al menos se acordase de su nombre…

Frío

Se acurruca un poco más intentando buscar el calor, pero la manta está fría y tiesa y le raspa la piel. Podría intentar huir de allí, pero acabaría congelado antes de llegar a ninguna parte. El frío que hay fuera es aún más terrible que el que le rodea aquí dentro. Nota como su corazón palpita con fuerza, pero la sangre no consigue llegar más allá de su pecho. Siente los labios amoratados y los pies dormidos. Intenta llorar pero no puede. Nunca ha sabido llorar. Se le queda la garganta cogida y los ojos se le nublan, pero no es capaz de romper a llorar. Vuelve a revolverse intentando buscar una postura más cómoda, pero siente que se ahoga cada vez más y más.

En la vida, estamos solos

Recuerdo que mi profesor de literatura del instituto nos contó una vez que la soledad sería algo que nos acompañaría toda la vida. Cada persona es un universo, y ni cien vidas podrían darte tiempo para explorar completamente a esa persona. ¿Quién podría curar entonces tu soledad? Cuando dos amantes se abrazan fuertemente, cuando hasta sus cuerpos están impidiendo que se unan, incluso ese momento, es sólo una ilusión. En verdad sigues estando a años luz de esa persona.

Podíamos tener amigos, nos dijo, podíamos tener amantes, pareja, pero nunca podríamos llegar realmente a dejar de estar solos. Hollywood nos presentaría el momento cumbre en una relación de pareja como el instante en el que ambos alcanzan el orgasmo. Falso, nos negaba con una sonrisa, incluso cuando estás en un momento tan íntimo, lo único que ocupa tu cabeza en ese momento es tu propio placer. Es una terrible realidad, nos corroboraba, algo que probablemente ahora no me creáis, pero que ya comprobaréis.

Por aquel entonces yo era una adolescente romántica con muchas ilusiones y simplemente creía que era un hombre que no había tenido suerte en su vida. Pero conforme van pasando los años me voy dando cuenta de toda la verdad que encerraban sus palabras. Tenía que haber cogido apuntes en clase, nunca se sabe qué espera detrás de la esquina.