Carga

-Suéltalo.

-No.

-Suéltalo te he dicho.

-No puedo.

-Claro que puedes, sólo tienes que dejarlo caer.

-Pero entonces… caerá.

-Eso no es asunto tuyo.

-Yo puedo sostenerlo.

-Puedes sostenerlo ahora, pero ¿por cuánto tiempo más?

-Sólo un poco más.

-Es un peso muerto.

-¡¡No!!

-No seas tonta y suéltalo. ¡Vamos!

-Si lo suelto entonces ya no tendrá remedio.

-Tú no puedes sacarlo de ahi tú sola.

-Ayúdame tú.

-No voy a ayudarte y lo sabes. Es un caso perdido. Si quiere salir de ese pozo tendrá que hacerlo por sus propios medios.

-Si le ayudo a sostenerse…

-…entonces caeréis los dos irremediablemente al precipicio. Suéltalo. Va a darte más problemas que otra cosa. No es asunto tuyo.

-Yo sólo quería ayudar…

-No puedes ayudar. Hace mucho que ya es un caso perdido.

*Suelta*

Escalera

A lo mejor es que es cíclica. Eso ya lo ha pensado muchas veces. Una escalera redonda, que da la vuelta. Intenta dejar alguna señal pero es incapaz de hacer marcas en el frío hierro. Alguna vez ha conseguido hacerse una herida e intentar pintarla. Pero la sangre seca también se escama y cae sin remedio. Así que abandona la idea y sigue adelante.

Pero ¿qué es adelante? ¿Arriba o abajo? No lo sabe.

A veces decide que la salida sólo puede estar arriba. Una escalera como esta suele estar construida para subir a alguna parte. Las escaleras están para alcanzar alturas que no se alcanzarían de otra manera. Así que sube.

Otras veces llega a la conclusión de que la escalera deberá estar apoyada en el suelo de alguna manera. Hay escaleras que no van a ninguna parte hacia arriba, sólo son para ganar altura pero no para ir a ningún sitio. Así que baja.

Pero últimamente no sigue ninguno de estos razonamientos. Porque da igual si es arriba o abajo. Lo importante es avanzar siempre en la misma dirección. Si a veces sube y a veces baja, al final es como si no se moviera. Y el quiere moverse para salir de ahi. Así que decide bajar. Por decidir algo. Porque es más cómodo.

A veces se deja caer. Se suelta, se separa de la escalera y cierra los ojos. Siente como cae, nota la gravedad que tira de él hacia abajo. Y deja pasar el tiempo. Pero el golpe final nunca llega. Después de un tiempo indefinido, vuelve a agarrarse a la escalera para seguir adelante.

¿Y si su objetivo en la escalera también estuviera moviéndose? No sabe cuál es su objetivo. Una persona, un animal, una salida, una meta al fin y al cabo. Pero ¿y si también se mueve? ¿Si es una escalera cíclica y se mueve? Entonces para encontrarlo lo mejor sería quedarse quieto. Porque si se mueven en la misma dirección jamás se encontrarán. Pero si su objetivo está quieto, jamás lo alcanzará. Así que al final sigue hacia delante.

Cae…

¿Sabes lo que es ver a alguien que te importa caer?

Lo ves caminando como sonámbulo hacia el precipicio, quizás no demasiado deprisa, pero sabes que tarde o temprano acabará cayendo al vacío si nadie lo impide. Así que intentas interponerte en su camino. Al principio intentas hacerle comprender que delante suya no hay más que un estúpido precipicio. Que debe pararse o cambiar el rumbo.

Pero no sirve de nada. Puedes gritarle, discutirle, intentar convencerle, argumentarle,… son todo palabras inútilmente gastadas. Quizás te conteste o quizás no. Pero seguirá caminando hacia delante. Cuando ves que las palabras no surten efecto, empiezas a desesperarte. Cada vez está más cerca y sabes que no va a parar.

Así que te colocas enmedio de su camino, esperando poder cortarlo. Forcejeas, luchas, terminas por hacerle daño para pararle. Pero se deshace de tí. Es una voluntad superior a todo lo que le empuja. No quiere escucharte. No quiere seguirte. Ahora te convertiste en su enemigo.

Al final, rendido, ves que tus esfuerzos no han servido de nada. Si acaso, quizás, para acelerarle el paso. Y por último, ves cuando da el salto al vacío. Quizás en ese momento comprenda y mire hacia detrás. Pero ya es tarde. Cae, cae sin remedio.

Y lo has perdido para siempre.

Sangre V

Pero como todo, se acaba. La rutina, la costumbre, el estar siempre mirando la misma cara, todo se vuelve aburrido. Al principio nuestras separaciones eran breves, el tiempo de ir a buscar sangre fresca mientras el otro recogía la casa o estar en esquinas opuestas de una misma fiesta conociendo a gente diferente. Poco a poco se fueron alargando: ambos empezamos a viajar a lugares diferentes por tiempo indefinido. Sentí que la soledad que antes me oprimía era casi acogedora. Necesitaba estar conmigo misma, volver a mezclarme entre los mortales con esa sensación de superioridad que da el saber que eres diferente a ellos. Que velas por ellos. Que eres alguien en el mundo.

Fue casi casualidad que lo descubrí. Era una joven bonita, segura de sí misma. Ambas coincidimos en la misma fiesta y pronto se convirtió en el objeto de atención de casi todos. Eligió a un chico sumamente atractivo y desaparecieron tras la puerta de una pequeña terraza. Al cabo de un rato ella volvió, más feliz y exhuberante si cabe. El chico tardaba en regresar así que decidí acercarme por si le hubiera ocurrido algo. Aún no estoy segura de qué me hizo salir a aquella terraza. Quizás fue el brillo de triunfo en los ojos de ella que tan bien conocía, o la manera que tenía de moverse, como si fuera superior al resto. El caso es que salí a la terraza. Y encontré al joven extrañamente apoyado en la barandilla. Con una marca en el cuello.
No tardé en localizar a Kite. Estaba furiosa, terriblemente furiosa, pero mantuve el autocontrol y durante un buen rato estuve preguntándole banalmente sobre su vida ahora. Hacía unos meses que no le veía y fingí estar interesada. Naturalmente, no me contó nada relevante. Luego, como de manera casual, le pregunté si había probado la sangre humana. Me miró entre extrañado y asustado y me lo negó. Entonces fue cuando le conté lo que había visto en la fiesta, omitiendo a la joven.

Sólo entonces me confesó, terriblemente avergonzado, que al separarse de mí se había sentido terriblemente solo y había terminado por fundarse un grupo de amigos vampiros. Al igual que yo le había ocultado a él cómo se mataba a un vampiro, me contó que él les había ocultado cómo se convertía un vampiro, por miedo a que se les escapara de las manos. Les emborrachaba hasta volverlos casi inconscientes y cuando despertaban de la resaca, ya estaba todo hecho. Eran catorce por el momento. Al principio pensó que sólo fuesen cuatro o cinco, pero con el tiempo esos cinco se distanciaron y tuvo que ir renovando las amistades.

Tranquilamente le fui escuchando. Sabía que no me contaba toda la verdad, pero por el momento me bastaba. Le dije que no se preocupara, que le comprendía. Que no era tan mala idea y que después de esto quizás podríamos retomar nuestra relación. Que habíamos entrado en otra etapa. Melosa y tierna fui ablandandolo y sacando todo lo que quería oir. Me confesó entonces que en realidad había pensado retomar la idea de Drácula de fundar una clase dominante vampira, eligiendo cuidadosamente a sus miembros, siendo él la máxima autoridad, teniendo él solo el poder de convertir a vampiro. Pero que algo había fallado y que, al tiempo de convertirse en vampiros, habían empezado a desobedecerle. Él podría tener el poder para crearlos y eso les obligaba a permanecer, al menos al principio, en deuda. Pero no tenía poder para obligarles a permanecer a su lado.

Fui comprensiva y le hice prometer que los traería a todos a mi presencia, para que los viera, y a cambio le perdonaría. Él quedó tranquilo con esto, al menos por el momento, y yo sentí que todo estaba de nuevo bajo mi control. Aún no estaba segura de qué podría hacer pero sabía que si dejaba que esto continuase acabaría por haber de nuevo vampiros asesinos en el mundo.

Continúa

Traición

Por eso te extrañó tanto verla aparecer otra vez. Habíais decidido conservar la amistad tal y como fue alguna vez, pero sabíais que era imposible fingir que nada había sucedido. Una traición nunca es fácil de olvidar, y más cuando sabes que había sido premeditada y con alevosía. Y que a sabiendas de que aquello os estaba envenenando, había decidido continuar traicionando.

Al principio cuesta desentenderse de todo y seguir caminando. Tus sentimientos intentan cegarte para autoconvencerte de que no pudo ser así, que tus sentidos te engañan, que el mundo entero se puso de acuerdo para que creyeras que todo sucedió así. Pero cuando a una simple pregunta ella duda y sus ojos dejan de fijarse en los tuyos, cuando las manos tiemblan y la voz se entrecorta, sabes que no importa lo que te conteste. Sabes que era cierto.

Así que decidiste alejarte. No dejaste que viera tus lágrimas, fuiste fuerte y seguiste caminando hacia delante. Ella podría creer que sus mentiras seguían vigentes, podría engañarse si quisiera. Pero tú sabes que no vas a seguirle el juego. No más, ¿por qué? ¿por qué seguir confiando que las cosas cambiarán otra vez para volver a ser lo que eran? Ya jugaste a los dados más veces y está claro que estaban trucados.

Es entonces cuando empieza el proceso más doloroso: el de sacarla de tu vida. Es difícil demostrarte a tí mismo que alguien que considerabas imprescindible en tu vida no lo necesitabas para nada y que la vida continúa, con traición o sin ella. Pero más difícil es, una vez que te demuestras que no la necesitas, encontrarte con que vuelve para continuar con algo que hace tiempo que estaba envenenado.

Nunca podría volver a ser lo mismo. ¿Cómo? Lo bonito era que podías confiar porque nunca te había traicionado. Lo bonito era que sabías que pasara lo que pasara, ella estaría allí. Pero ya te demostró que ella tenía otra idea de lo que era vuestra relación. No importa que la cicatriz te impida volver a confiar nunca más en nadie, lo importante es que ya nunca más podrán volver a hacerte daño. Lo importante, es que has crecido y has descubierto que el mundo en el que te gustaba jugar y divertirte no era más que una ilusión. Lo importante es que ahora eres un adulto más, y cuando tú a tu vez traiciones, nadie podrá reprocharte nada, sólo estarás evitando que te apuñalen a tí primero. Lo importante, es que perdiste la inocencia.

Alcanzar, al fin, todas las metas

Apenas acababa de recuperar el aliento cuando se paró a observar a su alrededor. Era curiosa esta sensación, la de haber llegado y sin embargo, no haberse movido.

Llevaba toda su vida yendo de un lado para otro, imparable, inmutable, siempre buscando, siempre corriendo para llegar a no sabía dónde. Lo único de lo que estaba seguro era de que cuando llegara allí ya no tendría que seguir buscando, porque allí estarían todas las respuestas. Por eso seguía corriendo, seguía buscando, necesitaba salir del laberinto, encontrar la luz, ser capaz de ir más allá y comprender lo que nadie le había sabido explicar.

Había sufrido mil desengaños durante el camino, los pesares no habían conseguido frenarlo y, si alguna vez su esperanza había flaqueado, volvía a recordar aquel sueño ya casi olvidado en el que paseaba por su particular paraíso, donde encontraba las fuerzas para seguir luchando.

Y había llegado. Lo que no alcanzaba a comprender aún del todo era por qué, si había llegado, estaba en el mismo sitio donde comenzó.

Sin Amiwitos

¿La ves? Es ésa, la que está apoyada en la barra. La del vestido azul oscuro. Yo la conocí hace ya algunos años, antes de convertirse en lo que es ahora. Pero ella nunca hace ademán de reconocerme. Prefiere vivir ajena a todo. Es como la canción ésta de Ismael Serrano, la de Cien Días, la vas viendo apagarse lentamente.

Recuerdo cuando íbamos juntos a la Universidad. ¡Dios! No había muchacha más alegre que ella. A su alrededor siempre ocurrían cosas, siempre había algo de lo que estar pendiente. Era un sorpresa contínua. Su mundo era un mundo alegre y todos los que estaban a su alrededor no tenían más remedio que odiarla o amarla. No podías permanecer indiferente.

Pero un día todo cambió. Fue así, radical. Enmudeció. Era como ver a una rosa que han cortado y se va marchitando poco a poco en su jarrón. A veces conseguíamos arrancarle una sonrisa, incluso un día apareció siendo tal y como era antes. Pero aquello eran solamente los ecos que se van apagando.

Yo no había tenido mucho trato con ella. Siempre había sido amable y simpática conmigo, pero nunca estuve enterado de los pormenores de su vida. Sin embargo su ausencia se notaba. Era extraño verla sentada en un rincón, con los ojos mirando al vacío, en vez de gritando y corriendo por los pasillos. Pero incluso a eso nos acostumbramos.

Fue varios años después, que la ví en este bar, cuando me interesé por su historia. Ella no me reconoció, o quizás no quiso reconocerme, y tampoco me contó nada. Pero yo ya estaba intrigado y rescaté de mi agenda de teléfonos a antiguos compañeros para averiguar qué fue lo que pasó. Los pocos que se acordaban me hicieron vacío así que un día decidí acercarme a ella y preguntarle. Al principio ni siquiera me miró y cuando ya iba a marcharme, sonrió. Sus ojos se encontraron con los mios y tuve una sensación extraña. Sé que no pronunció una palabra, pero fui capaz de comprender muchas cosas en esa mirada.

Desde entonces no hay día que no venga a observarla. Es tan frágil que tengo miedo de que se rompa. Sé que no hay quien pueda sacarla de ahi, pero cuando decida salir… quiero estar presente.

Aún podrás volar en sueños

Las alas desplegadas le dan un aire majestuoso que el resto de su figura, descuidadamente apoyada en el muro, no parece acompañar. A pesar de ser una estampa extraña, el hombre no parece inmutarse y sigue caminando hacia delante.

-A ellos puedes engañarles pero no podrás confundirme a mi.

El hombre detiene su paso y mueve la cabeza lentamente hasta mirarle. El ángel se impulsa con una pierna sobre el muro para ponerse de pie y se le acerca.

-No tienes por qué mentirme. Los demás creen que estás loco pero yo te conozco lo bastante como para saber que tomaste la decisión por una razón convincente.

El hombre continúa mirándole sin hablar. Durante unos instantes se miran a los ojos en silencio hasta que el ángel vuelve a abrir la boca.

-Sin embargo, cortarse las alas es la decisión más radical que puede tomar un ángel. Tuvo que ser una razón muy fuerte para que lo hicieras.

El hombre levanta la mirada y observa las estrellas mientras suena su voz ronca.

-Tú no podrías comprenderlo. No eres uno de ellos.

-Tú tampoco. Puede que te hayas cortado las alas pero no eres mortal. Sigues siendo un ángel.

-Puedo leer sus pensamientos y comprenderlos mejor.

-Entonces explícame. ¿Por qué lo hiciste?

-Era ella… es… difícil de explicar.

-Te dijimos que acabaría mal, que no merecía la pena ser su ángel de la guarda. Hay cosas que no podemos cambiar. Y ella era una. Sabías que acabaría mal y que ello te afectaría. A pesar de todo…

-Sólo quise darle una oportunidad.

-Voy a serte sincero. Los demás creen que estás loco y eso que no saben lo que yo sé…

-¿Y qué es lo que tú sabes?

-Puede que tú leas mentes, pero yo veo a distancia. Y ví cómo murió.

-Entonces no sé por qué preguntas. Ya lo sabes todo.

-No, hay algo que no entiendo. Tú no querías que muriera.

-No.

-Pero murió ahogada.

-Sí.

-Y tú la ayudaste…

-Era lo que ella quería.

-Aún así. Has visto muchas muertes. ¿Por qué te afectó tanto? Cortarte las alas… es duro.

-Ya dije que no podrías comprenderlo.

Todo final siempre es un comienzo…

Recuerdo el día que me contaron la historia de aquel rey que cuando construyó su castillo ordenó colocar un nido de termitas debajo de la primera piedra. Nadie supo dar una explicación a por qué decidió darle un final desde el principio a su historia, ni por qué quiso morir un día cualquiera, sin avisar, cuando su castillo se derrumbó sobre su cabeza. Ahora, creo que empiezo a entenderlo.

Sé que hoy vendrá a visitarme un agente. Su verdadera identidad no he querido averiguarla, ya me enteraré cuando le vea, porque pienso esperarle despierto. Dejaré que entre y haga su cometido. Él estará deseándolo y yo también. Aunque antes me gustaría mirarle a los ojos.

Yo creía que todo lo que había hecho estaba bien. Que la humanidad siempre me recordaría como lo que siempre quise ser, el liberador, el que se sacrificó por hacer que el mundo girase de una vez sobre sus ejes. Ahora me doy cuenta que al final sólo seré uno más en una larga lista de dictadores y que cuando muera, todo se reorganizará de manera justamente contraria a lo que defendí siempre.

Desde el principio luché por llevar adelante mis ideales. Tenía todo muy claro y una labia que me abrió muchos caminos. Pero como en todo, había gente que aún razonando no quería ser convencida. A esos no hubo más remedio que convencerlos con la fuerza monetaria o la fuerza bruta. Era necesario, las voces discordantes, por muy equivocadas que estuviesen, impedirían la realización de los planes a largo plazo.

Derroqué a dictadores y genocidas y en su lugar puse a gente buena y de confianza, que nunca se aprovecharían de nadie. Pero para poder mantenerlos en su lugar, tuve que emplear métodos poco ortodoxos, combatir contra los poderes que querían recuperar su liderazgo.

Esta noche todo habrá terminado y tras mi muerte acaerá otra revolución, con otros soñadores que querrán limpiar el mundo. Pero eso ya no estará en mi mano. Esta es la única manera que tengo para limpiar mi historia. Si cambiara contradiría todo lo que he sido hasta ahora. ¿Y cómo hacerles comprender que ahora entiendo que era imposible?

Esperando el tren y 4

El niño ha vuelto a despertar y ahora se entretiene jugando con la joven estudiante a los acertijos. La madre se ha recostado sobre el asiento y observa pasar las moscas una y otra vez por delante suya. El ejecutivo los observa con curiosidad, casi con ternura, mientras el hombre mayor pasea arriba y abajo, al lado de las vias del tren, intentando escudriñar el horizonte, sin conseguir ver nada nuevo.

-¿Y usted a qué va?

La vieja, que ahora parecía haber despertado y los miraba con curiosidad, tardó un poco en darse por aludida. Hablaba lentamente, como si le costara trabajo unir las frases. Tenía una voz ronca y pastosa y sus ojos se fueron desenfocando a medida que hablaba.

-Yo voy a ver a mi madre. Es una gran mujer, una luchadura, un ejemplo viviente a seguir. No la veo desde los cinco años, cuando vine al pueblo a vivir con mis abuelos. Ella quería estudiar una carrera, y cuando mi padre murió fue a la ciudad para intentarlo. Siempre me mandaba una caja de bombones por mi cumpleaños. La echo mucho de menos. Me gustaba cuando me cogía entre sus brazos y me levantaba alto, muy alto. Me hacía sentir casi adulta. Mas ya no creo que pueda verla, el tren se retrasa, no creo que llegue a cogerlo nunca. Íbamos a buscarnos un autobus, algo distinto para llegar a la ciudad, aunque fuera más lento. Pero no hay manera de salir de la estación. Estuvimos buscando la puerta, preguntadle a mi tía, ella vino conmigo a coger el tren. La encontraréis detrás de esa caseta, descansando. Hace tiempo fue a dormirse allí, a la sombra, estaba agotada… Allí, donde las moscas se acumulan…