Esperando el tren 3

La joven estudiante rompe el silencio tentativamente.

-Si lleva retraso, quizás no pare en la estación.

El ejecutivo se levanta nervioso y la mira frente a frente.

-Ah no, eso sí que no. El tren tiene que parar aquí. No puedo retrasarme más.

-Mi novia me está esperando en el altar. – añade el joven novio – Si el tren se retrasa y llego tarde, pensará que no quiero casarme con ella. Eso sería terrible – una mueca de dolor cruza su rostro.

-Llegará. – afirma, convencido, el hombre mayor. Pero el tiempo pasa y el tren no llega. La estudiante rompe de nuevo el silencio, como hablando a todos y a ninguno a la vez.

-Yo es la primera vez que cojo un tren. Voy a la Universidad – añade con una sonrisa -. Me dieron una beca para que pudiera estudiar. Pero si me retraso, quizás piensen que rechacé la beca.

-Si el tren se retrasa mucho más, no conseguiré ver a mi marido. – comenta la madre, que sigue con atenta mirada los movimientos de su hijo. – Lo destinarán a otro lugar y no lo veré más.

-Mis negocios… – murmura el ejecutivo – Si el tren se retrasa mucho más no habrá servido de nada todo lo que hice aquí. Todos mis negocios no valdrán nada. Estaré en la ruina.

-Es sólo un pequeño retraso.- el hombre mayor intenta calmar, conciliador. Pero ninguno le cree.

Último hombre

Luces.

Bienvenidos al Refugio. Soy el último hombre de la Tierra. Rey y dueño de todo. Pero condenado irremisiblemente a la tristeza y la soledad.

Esta grabación está preparada para activarse, si mis cálculos son correctos, cuando se abra la última puerta que da paso a esta sala, diseñado para que sólo un ser inteligente pueda llegar hasta aquí. Supongo que antes de llegar hasta este momento habréis estudiado algo de nuestro pasado y de nosotros mismos por nuestras ruinas y por los códices que hemos dejado en todo el planeta, así que no creo que vaya a decir nada que no sepáis. A vuestro alrededor hay sistemas para enseñaros todo lo que sabíamos, que perdurarán para siempre, alimentados por la energía de fisión que tanto nos costó domar.

Empezamos siendo unos simples animales más, sin pretensiones, que poco a poco fuimos conquistando territorios. Tuvimos civilizaciones grandiosas, hicimos cosas bellas y hermosas, pero todo eso reposa ahora muerto entre el polvo. Ni siquiera cuando nuestra desaparición fue inminente pudimos enseñar a nuestros herederos naturales y hermanos en la evolución para que aprovechasen los recursos que habíamos creado. Porque los simios fueron de los primeros en caer en nuestra extinción. Ni siquiera quedaron hembras para que pudiéramos intentar una última mezcla de razas por la supervivencia. Tampoco quedaron delfines, considerados los más inteligentes tras nosotros mismos, para poder dejarles en herencia nuestra sabiduría. Todo esfuerzo es ya inútil.

No puedo culpar a nuestros ancestros. Ellos sabían de las destrucciones que estaban llevando a cabo, pero no supieron, ni tampoco quisieron evitarlas. Tampoco tenían por qué preocuparse de un futuro remoto, nuestro presente. Esperaban con fe que la ciencia avanzara y fuera capaz de arreglarlo todo a tiempo, a última hora, como había hecho siempre. No pensaron que quizás algunos de sus pasos no tuvieran marcha atrás. Así que nos encaminamos a nuestra propia espiral de autodestrucción. Y aquí me encuentro, el rey del mundo, dueño de la Tierra y de mi destino, pero solo y condenado a arrastrar con mi muerte el recuerdo de lo que una vez fue la especie humana.

Aún mantengo la esperanza de que otra especie evolucione y conquiste el planeta. Y mantenga nuestro recuerdo vivo, aprendiendo de nuestros errores y perdurando para siempre. O quizás sea que la inteligencia se compensa, y quien es capaz de construir una civilización tendrá a su vez la estupidez para no saber mantenerla.

Quizás esa otra especie sea una evolución de lo que ahora puebla el mundo, y que con tanto esfuerzo hemos siempre intentado eliminar. Hormigas y cucarachas. Quizás ellas sean las herederas naturales de la Tierra. Igual que nosotros nos reíamos de la grandeza de los dinosaurios, que de poco les sirvió para sobrevivir, ellas se reirán de nuestra estatura y poderío, de que de una pisada nuestra podían morir miles de ellas. Y al igual que nosotros nos reíamos de la estupidez de aquellos grandes reptiles que no supieron sobrevivir, ellas nos mirarán por encima, y usarán nuestros cadáveres como fuente de energía. Espero que sepan entenderme y usen nuestros errores para no morir ellas también.

Poco tengo que decir en este último legado del ser humano. Cuando termine de grabar, me dirigiré a la urna donde reposará mi cuerpo al lado del de mis padres y mis abuelos. Allí esperaremos a que ejemplares de esta nueva especie inteligente nos miren y nos diseccionen para comprender cómo éramos. Es el único regalo que puede hacer esta vieja dinastía para ayudar a los nuevos emperadores. Que aprendan de nuestros errores. Y, espero, sean jovenes pero escuchen lo que esta especie, que tanto poder tuvo entre sus manos, a punto de extinguirse tiene que decir.

Oscuridad.

Último suspiro

No fue tan difícil como creía. Llevo semanas, meses preparándolo todo. Eligiendo la fecha, la hora, el lugar. Hasta el vestido que llevo puesto. Y ahora, ha llegado el momento. No tengo miedo. Una paz y una serenidad que no experimentaba desde hace años me invade completamente. Al fin puedo elegir.

Los últimos días fueron los más extraños. Preparando cartas para enviar. Mis últimas palabras. Retocando cada detalle. Colocando todo en su sitio. Cuidando que todo marchase puntual como un reloj. Me sentía, por primera vez, dueña de mi propio destino. Era libre.

Respiro hondo. Es un bonito lugar el que he escogido. Espero que por mi culpa no se vuelva maldito y nadie quiera volver a disfrutarlo. No, quizás sea mejor así. Le daré el toque misterioso que le faltaba. Quizás hasta me convierta en leyenda urbana. Sería casi una ofensa que pasase desapercibida. Una pequeña nota en un periódico. Sería muy triste.

El sol me calienta lentamente. La hora se acerca. Cojo con suavidad la jeringuilla. Ni necesito veneno. El aire mismo que ahora llena de vida mis pulmones será mortal dentro de mis venas. Un pequeño pinchazo y seré libre…

Una vez más…

Cierra la puerta y se apoya en ella, cansada, agotada. No tiene fuerzas. Ni siquiera enciende la luz, deja que la oscuridad crezca a su alrededor. Pero no es una oscuridad fría y tenebrosa, se siente protegida.

Por un instante el desaliento la invade. Cerrar un capítulo más en su vida sin saber si otro se abrirá no es fácil. Su cara no muestra la sonrisa que siempre la acompaña. Al contrario, en su rostro puede leerse la desesperanza. No es que esta vez esperase que fuera a salir bien. Nunca lo había esperado, realmente. Desde aquel primer intento tan desastroso había terminado por admitir que quizás esto no fuera para ella. Pero misteriosamente siempre terminaba por convencerse de que un último intento era necesario. Y hacía tiempo que había perdido la cuenta de cuántos últimos intentos había llevado a cabo.

El bolso ha caido de su mano pero ni siquiera lo ha notado. Como tampoco ha notado que dentro vibra un móvil, insistente. Poco a poco va resbalando hasta quedar sentada en el suelo. Oculta su cara tras las manos, pero no está llorando. Ni siquiera tiene ya fuerzas para llorar. Queda quieta, agazapada, apoyada contra la puerta. ¿Cuánto esfuerzo ha gastado inútilmente? Sí, es cierto, no puede negarlo: se ha divertido. Pero hubiera preferido conseguir algo más que las otras veces. Hubiera preferido que fuera distinto.

Quizás es que cometa algún error. Siempre fracasa al llegar al mismo punto. Pero ¿dónde está el error? Ha ido variando el método, la selección. Ha ido aprendiendo. ¿Por qué siempre tiene que chocar en el mismo punto? Haga lo que haga siempre fracasa igual. Quizás el fallo esté en ella misma, piensa. Quizás el fallo sea ajeno a mí. Quizás no haya fallo, sino que lo que considera triunfo es el fallo. Entonces… le gustaría fallar.

Sólo por una vez. Triunfar sólo por una vez. Conseguirlo. Saber lo que se siente. Sentir lo que es ser vencedora. Ya sabe lo que es perder. Ahora quiere saber lo que es ganar. Saborear las mieles del éxito. Intenta imaginar cómo sería. Pero no puede, nunca ha tenido nada cercano. Siempre se ha movido igual.

No, mentira. Una vez estuvo cerca. Sí, en el fondo siempre está rodeando el éxito sin tocarlo. Pero una vez estuvo a sus puertas. Y se asomó. Y aquello era maravilloso. No pudo entrar, le cerraron la puerta. Pero es ése recuerdo el que la hace seguir luchando. Sabe que existe. Lo que no sabe es dónde.

Finalmente parece notar que su bolso se mueve. Lentamente lo abre y saca el móvil. Queda un rato mirando la pantalla, como sopesando si contestar o no. Aprieta un botón y lo acerca a la oreja.

“Un fracaso, ¿verdad?”

“No importa…”

No, no es que no importe. Es sólo una vuelta más de esta rueda sin fin. Pero eso… ya se sabía.

Laberinto

Otra vez. Mira la pared gris que se eleva delante suya. La toca, primero con cuidado, casi con miedo, luego la golpea violentamente. “¿Por qué? ¿Por qué yo?” Se vuelve. Sólo hay un camino de salida a este callejón. El mismo por el que entró. Arrastra los pies lejos de la pared. Sigue el pasillo. A su lado se abren más pasillos. Aleatoriamente, va eligiendo uno u otro. Sabe que nunca podría llegar a recorrerlos todos. Son demasiados. Tiene que confiar en un golpe del destino que le lleve justo por el camino adecuado. El camino que le lleve a la salida de este laberinto interminable.

No recuerda cómo entró aquí. Ni siquiera está seguro de que exista un mundo más allá de este laberinto de callejones sin salida. Todo lo que puede recordar es caminar por él, una y otra vez, sin rumbo fijo, chocando contra las paredes, cansado, sin esperanza, pero con una fuerza que no sabe de dónde saca que le impulsa a seguir hacia delante. Es un día interminable. No conoce la noche. No conoce nada más que no sea este laberinto. No conoce a nadie más. Aunque imagina que debe de haber más personas. Quizás en este, quizás en otros laberintos paralelos. Quizás consiguieron salir. Pero no sabe nada de ellos. Lo único que sabe es que está aquí encerrado, que ha estado siempre aquí encerrado. Que tiene que salir. Aunque no sepa por dónde. Que está cansado de caminar. Pero no puede pararse. Sabe que cuando pare no volverá a levantarse. Sabe que entonces habrá llegado el fin.

Pero a veces ni siquiera eso le asusta. A veces espera ansiosamente que llegue ese fin. Que esto termine de una vez. No le importa si nunca más vuelve a levantarse. Quiere salir, pero cuando no hay salida, no se puede hacer nada. Porque eso es lo que piensa las pocas veces que se para. Piensa que quizás no haya salida. Que quizás esto sea todo. El mundo es un laberinto del que no se puede salir. Porque salir significa morirse. Y morirse es rendirse. Y él no va a rendirse. Así que vuelve a levantarse y caminar. Sin rumbo. Sin saber a dónde. Sin saber por qué.

A veces grita, grita con todas sus fuerzas, aunque sabe que nadie va a oirle. Grita y golpea las paredes hasta que sus nudillos chorrean de sangre. Y, a veces, entonces llora. Llora con la desesperación de aquél que es ignorado. De aquél que no importa. Pero nada cambia. Las paredes siguen ahí, impidiéndole el paso. Grises y frías. Tristes. Imperturbables.

Alguna vez le gustaría poder soñar. Soñar que ha salido del laberinto. Soñar que tiene una vida lejos de aquí, que todo esto forma parte del pasado. O más aún, que ni siquiera forma parte de su pasado. Pero no puede. Lo más que consigue cuando cierra los ojos es ver una y otra vez un pasillo interminable que acaba en un callejón sin salida. Es todo lo que puede imaginar. Y poco a poco el desamparo crece en su interior. Nada importa ya. Solo salir. Es lo único que pide.