Huida

El corazón se le va a salir del pecho. No sabe cuanto tiempo lleva corriendo a ciegas, en la oscuridad, intentando no perder la orientación. Tiene los brazos y las piernas llenos de heridas de las múltiples caídas entre ramas y raíces. El tobillo derecho está inflamado y le duele al apoyarlo, seguir corriendo ha dejado de ser una opción. Al menos el bosque queda a su espalda y ya no escucha a sus perseguidores. Sabe que están ahí, buscando su rastro. Es inevitable.

Se deja caer a la orilla del río. Cada latido resuena en su cabeza como un latigazo que le hace perder la vista durante una fracción de segundo mientras un dolor insoportable interrumpe sus pensamientos. Se acerca al agua e intenta beber y lavarse las heridas mientras piensa un plan de acción. Cuando decidió escapar, sabía que la probabilidad de encontrar un barco era pequeña, casi insignificante, pero se había aferrado a esa posibilidad para encontrar fuerzas para la primera etapa. Ahora tocaba reconsiderar las opciones. No puede quedarse aquí, tiene que seguir adelante. Es sólo cuestión de tiempo que la encuentren.

El corazón vuelve a latir más despacio, ya puede pensar. Está claro que debe seguir por el río, es la única forma de ocultar su rastro, pero el río no es seguro. La corriente es fuerte y deberá luchar por llegar al otro lado. Quizás simplemente debería dejarse arrastrar un trecho y luego volver a la misma orilla.

Pero no, no es tiempo de elaborar un plan, deben estar cerca, tiene que seguir moviéndose, porque parar implica morir. Rueda y se deja caer en el agua. Está fría. Muy fría. Agradablemente fría, porque adormece su cuerpo dolorido. Casi podría cerrar los ojos y simplemente dejarse arrastrar. Puede que lo haga.

Mereces un amor

Frida Kahlo, ese descubrimiento:

“Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los miedos que a veces no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.”

“Si usted me quiere en su vida, usted me pondrá en ella. Yo no debería estar luchando por un puesto”

Frida, amor, ¿bebimos de las mismas fuentes o es que una parte de ti (pequeña, minúscula, la menos importante) se reencarnó en mi?

 

No quiero ser fuerte

Es esa extraña sensación de que todo se está derrumbando a tu alrededor mientras la vida sigue y nadie parece notarlo. El mundo, tal y como lo conocemos, está a punto de dar un vuelco. Pero parece que a nadie le importa. Todos siguen sonriendo, ajenos a la desgracia, todos siguen adelante con sus vidas. Pero ¿cómo podría seguir yo?

Ya no es cansancio. Ni siquiera es soledad. Es desesperación. La desesperación que te sube la adrenalina para poder seguir dando un paso más. Aunque desde ya sabes que no llegarás al final del camino. Sabes que no tienes fuerzas para llegar hasta allí.

Pero aunque llegaras, sabes que no hay nada esperándote allí. Es sólo otra etapa más de un camino que ya no tienes claro a dónde va. Simplemente sigues hacia delante porque no te queda otra opción. Simplemente sigues. Hasta que tu cuerpo ya no aguante más y, con el último aliento, tropiece para no volver a levantarse.

No importa cuánto te prepararas para este momento. De nada sirve que haya un búnker de paredes infranqueables si no hay víveres para sobrevivir dentro. No podrías refugiarte allí ni aunque encontraras un motivo para hacerlo. La existencia se tambalea y da vueltas hasta marearte, mientras te aferras a lo poco que te queda.

Y la vida sigue. Sin tí.

Control

“Bien, vamos a la raíz. ¿Qué fue lo que te hizo empezar a consumir?”

“No sé si es fácil de entender. Yo siempre llevé una vida sana y jamás me lo había planteado. Pero en un momento de mi vida, todo empezó a desmoronarse y sentí que estaba perdiendo el control. Empezar a consumir me daba un motivo, una razón por la que yo no era capaz de controlarlo. Si no podía controlar mi vida, al menos controlaría el caos en el que se estaba convirtiendo. Si mi vida era un desastre sería porque yo lo había decidido así.”

“Pero entonces, según tú, desintoxicarte no te ayudará a recuperar tu vida porque no fue el motivo por el que perdiste lo que tenías. ¿Qué es lo que te motiva a hacerlo ahora?”

“Sé que nunca podré recuperar el control de mi vida. Con el tiempo he aprendido que, en el fondo, nadie controla su propia vida, que sólo somos víctimas de las circunstancias. Pero al menos, yo tendré excusa para que mi vida sea un desastre.”

Otro día

Estoy cansada. Cansada de las promesas rotas y los sueños naufragados.

Sólo quería un mundo tranquilo, justo. Sólo quería que el karma fuera la única ley, que los buenos ganasen la partida. Puse todo lo que pude de mi parte por conseguirlo, pero una y otra vez la realidad se empeñaba en aplastar mis intentos. ¿O no era la realidad sino el egoísmo humano?

A veces parece que hay que enfangarse en el barro para poder hacerlo. El medio ensucia el fin.

 

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

Otra frontera

Cae la noche y con ella llega el frío. Tú sabías que si queríamos llegar, debíamos acelerar el paso y seguir durante toda la noche. Pero cuando viste al grupo, cansado y sediento, decidiste dar un alto. Con una sola mirada me indicaste que querías hablar conmigo y nos apartamos un poco del resto, que estaba montando el campamento.

“No vamos a llegar.” me dijiste “A este paso es imposible que lo consigamos. No hay más atajos entre las montañas, necesitaremos un milagro para poder llegar.”

“¿Y si vamos a buscar más agua?” dije sin mucha esperanza” Agua y comida, podríamos intentar caminar un par de días más. Aunque vayamos más lentos.”

“No es suficiente, ya lo sabes.” ni siquiera eras capaz de mirarme a la cara “En este maldito desierto no hay nada que podamos hacer.”

Abatido, volviste con el resto del grupo y ayudaste a encender la hoguera. Compartimos los últimos restos de comida y establecimos los turnos de vigilancia. El desaliento se palpaba en el ambiente, no hubo risas ni canciones aquella noche. Nos fuimos a dormir en silencio.

Al alba ya estábamos desmontando el campamento. Había sido una noche dura, donde los estómagos competían con los grillos en un concierto sin fin. No sé de dónde sacaste aquella sonrisa ni aquella sopa aguada con la que rellenamos el vacío que teníamos dentro. El día iba a ser duro.

Pronto tuvimos que empezar a apoyarnos los unos en los otros para poder seguir caminando. Un sol abrasador contrastando con la fría noche anterior que iba calentando poco a poco nuestro cerebro. Aún así, seguimos avanzando, sin descanso. Si queríamos volver a comer debíamos llegar a nuestro destino.

Al mediodía sufrimos el primer desmayo. Era una niña, o al menos con aquella tostada delgadez lo parecía. La cogiste entre tus brazos y nos obligaste a seguir andando. Sólo fue la primera de muchas otras. Con paciencia, fuimos arrastrando a los más débiles a través de la arena, obligándonos una y otra vez a dar el siguiente paso.

Cuando cayó la noche, nos obligamos a seguir andando unas horas más. El frío y la oscuridad parecía que nos había dado nuevas fuerzas. Acabamos durmiendo sin ni siquiera levantar el campamento, cansados y hambrientos.

Nos despertaron unos cuervos que graznaban en lo alto de una duna no muy lejana. Recuerdo tu sorprendente alegría cuando los viste. “Ahora sí podremos llegar” me dijiste. Entonces, lentamente, cogiste el objeto más contundente que tenías a mano y te deslizaste sobre la arena, acercandote a ellos.

La carne de cuervo estaba dura y reseca, pero a esas alturas, cualquier desayuno hubiera sido bien recibido. A duras penas nos tocó un trozo a cada uno y algunos tragos de sangre espesa, pero fue suficiente para darnos las fuerzas necesarias para volver a caminar. Fue como si le hubiéramos ganado una batalla a la muerte. Pero la guerra aún estaba por decidir.

El agua se acabó por la tarde. Paramos y montamos el campamento, para protegernos del calor. Te dirijiste a nosotros y con una voz seca y áspera nos comentaste que estábamos muy cerca. Que sabías que era duro, pero que partiríamos antes del alba, con el frescor, y que antes de que cayera la siguiente noche habríamos llegado a la ciudad. Aunque sedientos, hambrientos y cansados, pudimos dormir tranquilos, sabiendo que la agonía llegaba a su fin.

A lo lejos aparecieron las murallas de la ciudad. Fue como el último empujón que necesitábamos para liberar nuestra energía. Con gritos de alegría y esperanza, aceleramos el paso hacia la ciudad, viendo cómo cada paso nos iba acercando más y más hacia el fin del suplicio. Creo que fue uno de los momentos más felices de nuestra vida. Aunque sólo durara un momento.

Tú no corriste, parecía que sabías lo que iba a pasar. O quizás es que ya no te quedaban fuerzas. En cualquier caso, en cuanto asomaron las primeras cabezas sobre el muro, les hiciste señas con la sábana blanca que habíamos preparado mientras todos corríamos hacia las puertas, esperando que se abrieran.

Los disparos rompieron el silencio.

Miré hacia atrás y te vi sonriendo, aún aguantando la sábana blanca. Manchando la sábana con tu sangre. Al parecer, les habías parecido el más peligroso. O quizás es que la sábana les llamó la atención. Quién sabe, tampoco podré preguntarles.

Uno a uno, fueron abatiéndonos a todos. Los gritos de desesperación por pedir clemencia no fueron escuchados. ¿Quizás no hablaban nuestro idioma? Me agaché a tu lado e intenté que respondieras, pero estabas ya muerto. Te abracé y me quedé esperando el disparo que no tardó en llegar. Cerca del omóplato derecho. No importa. Hemos llegado.

Bajo la lona

Hace más calor dentro de la lona que fuera, pero por lo menos aquí debajo no duele el sol. Mi compañero ronca suavemente en una postura imposible con el cuello hacia atrás. De pronto abre los ojos y me mira el brazo.

-Se te está cayendo el parche.

-Bah, de todas formas nunca conseguí dejar de fumar.

Termino de despegar el parche y lo tiro lejos. Demonios, maldito sudor, se te escurre por todo el cuerpo. Debo tener por lo menos un centímetro de esa masa pegajosa y viscosa. Hemos sudado tanto que ya ni huele mal. El placer de una ducha fría, daría mi brazo derecho por un chorro de agua.

Todavía recuerdo lo que nos reíamos de aquella sesión de preparación antes de subir al avión, donde aquel hombre de acento errático intentaba explicarnos lo que nos esperaba. “No podréis entenderlo” decía el instructor arrastrando las erres “No lo comprenderéis hasta que no estéis allí”. Y nos hablaba de las chilabas, de los turbantes, de lo importante que era no dejar que el calor atravesara la ropa. Tenía razón, era imposible imaginar este infierno.

-¿Qué hora será?

-Pues por como pica el sol, cerca de las doce.

Mi compañero se refresca la pegajosa boca con un trago de la cantimplora y se recuesta otra vez.

-Deberían haber vuelto hace horas para sustituirnos.

-Se habrán perdido, como siempre.

Es normal que tarden. Cuando no se encuentran con un grupo de insurgentes es porque les arrolla una tormenta de arena. Cualquier cosa con tal de estar el menor tiempo posible bajo la lona.

-¿Y si les han atacado y están todos muertos?

-Entonces pronto se acabará la pesadilla.

Río con una risa seca, histérica. Mi compañero se me une sin mucho entusiasmo y me lanza la cantimplora. El agua está casi más caliente que el aire, juraría que hasta noto las burbujas de ebullición mientras atraviesa mi garganta. No refresca, pero la garganta duele algo menos y ya no mastico arena. Remuevo la tierra bajo mis pies buscando algo más fresco y entierro los pies.

Es un puesto de avanzadilla sin radio. Estamos lejos hasta para eso. Al final de todo, al borde del infierno. Maldito infierno. Y lo que nos queda porque esto no ha hecho más que empezar..

Mientras tanto, en un universo paralelo…

-¿Qué haces?

-Te observaba.

-Estás loco.

-Me encanta observarte cuando estás dormida. Me llenas de paz. Tan tranquila, tan relajada, tan… feliz… Podría quedarme horas mirándote. Me haces volver a sentir, volver a vivir. Es como si me hubieran quitado diez años de golpe. Creo que nunca había estado tan completo. Es como si me volvieras a dar la energía que me faltaba. Eres… increíble.

-Huyamos juntos.

-¿Qué?

-Está claro que hay algo bueno aquí. Posiblemente lo mejor que nos haya pasado a los dos. ¿Por qué pararlo aquí?

-Tengo miedo, tengo mucho miedo. Tengo miedo de lo que me haces sentir, de lo que me haces… hacer. Me das miedo.

-¿Por qué tenemos que ser siempre tan cobardes? Yo también estoy muerta de miedo, pero quiero intentarlo. Nos comeremos el mundo… pero juntos. Te quiero.