Puede

-Si alguien puede conseguirlo, esa eres tú. Será un precedente. Cometerás errores, claro. Pero ayudarás a los que vengan detrás.
-Pero tengo miedo.
-¿Por qué?
-¿Y si saliera mal?
-¿Es irreversible?
Mira fuera de la ventana, pensando.
-En cierto modo… será parte de lo que soy. No podré borrarlo.
-Es parte de lo que eres ya.
-Pero tengo miedo.
-¿De lo que piensen los demás? – ríe – ¿Desde cuando?
-Yo que sé.
Suspira.
-¿Tienes algo mejor que hacer?
Le mira. Tiene razón.

Mereces un amor

Frida Kahlo, ese descubrimiento:

“Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los miedos que a veces no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.”

“Si usted me quiere en su vida, usted me pondrá en ella. Yo no debería estar luchando por un puesto”

Frida, amor, ¿bebimos de las mismas fuentes o es que una parte de ti (pequeña, minúscula, la menos importante) se reencarnó en mi?

 

Ciegos

-¿Lo has comprendido?

-Creo que sí. Tengo un cáncer que, esperamos, podrá operarse fácilmente y sin complicaciones. Cuanto antes mejor.

Está tranquilo. Confía en el médico. Estas cosas pasan, sólo eso.

-¿Y la otra parte?

-¿La otra parte?

-Las consecuencias del tumor.

-Segrego más endorfinas de lo normal, me has dicho. ¿Es eso?

-¿Y entiendes lo que eso significa?

-¿Que no es bueno?

Sonríe, calmado. Despreocupado.

-No me preocupa que sea o no bueno ahora. Me preocupa lo que ocurrirá después, cuando vuelvas a los niveles normales.

-¿Por qué? ¿Qué pasará?

-¿Te consideras una persona feliz?

-¿Cómo?

-¿Te consideras una persona feliz? ¿A pesar de la noticia que acabo de darte?

-Sí, creo que sí.

-Cuando tu nivel de endorfinas disminuya, dejarás de sentirte así.

-Bueno,  no pasa nada. Seré como una persona normal, ¿no?

-Eso es.

-¿Entonces?

-Eres anormalmente feliz. Tu felicidad se basa en la alteración del nivel de tus endorfinas. Dejarás de ser feliz.

-Ya será para menos.

Un escalofrío de preocupación le recorre la espalda.

-¿Y no podríamos dejarlo ahí, sin operar?

-Lo siento mucho.

Recoloca los objetos del escritorio mientras intenta procesarlo.

-Resulta extraño.

-Lo es.

-Y, sin embargo, tiene sentido.

-Todos sobrevivimos y nos sobreponemos.

-¿El mundo será más gris?

-Triste y oscuro. Disfruta lo que te quede.

Interceptor

Mientras dobla la ropa y prepara el maletín para el día siguiente, silba una alegre melodía que acompaña con el pie.

-Odio esa canción. Es demasiado pegadiza.

-Perdona, no sabía que te molestara tanto. Es que estoy contento por lo de mañana.

-¿Mañana?

-La presentación que me han encargado. Va a ir todo sobre ruedas, me he pasado toda la tarde ensayando.

-No deberías trabajar hasta tan tarde. El sueldo que te pagan no compensa todo el esfuerzo que haces.

-¿Tú crees? Me gusta lo que hago.

-Pero abusan de tí. Esta tarde debías haberte tomado un descanso. Te lo mereces.

-Ya descansaré luego. Por primera vez en mi vida, todo va sobre ruedas. Las piezas encajan como debe ser.

-¿Y eres feliz?

-Claro que lo soy.

-¿Te repites eso todas las noches para poder dormir tranquilo?

-No lo necesito. Soy feliz.

-Dicen que si tienes que preguntarte si eres feliz, es porque no lo eres.

-Pero yo no me lo pregunto, me has preguntado tú.

-¿Qué dices? Si llevas un rato hablando solo…

Se vuelve. El silencio vuelve a inundar la habitación. Abre la cama y se sienta. Lentamente se quita los zapatos y mete los pies bajo las mantas. Justo antes de apagar la luz y cerrar los ojos, aún murmura algo más:

-Pero lo soy.

Paralelismo

Ella ganó su primer concurso de belleza a los doce años, en un crucero. Sus padres, orgullosos, colgaron la foto en el salón. Desde entonces, no volvió a mover la cara. Masticaba pedazos pequeños, para no abrir demasiado las mandíbulas. Se bañaba en leche y dormía envuelta en cremas. Tuvo tres maridos, pero ningún hijo, no quería pasar por el embarazo. Su primer marido le dejó en herencia el dinero para cuidar su aspecto. El segundo fue un artista al que le encantaba pintarla, hasta que se suicidó. El tercero fue un sesudo escritor que veía en ella la musa que siempre había buscado. Murió a los sesenta, mientras tomaba su té con soja.

En cambio, ella nunca paraba de reir. Cuando alguien estaba serio, le hacía muecas hasta que conseguía arrancarle una sonrisa. Tuvo su primera arruga importante a los treinta y uno, pero eso no hizo que empezara a echarse cremas. Si alguien le señalaba sus arrugas, ella reía aún más, diciendo que cada marca de su rostro era un recuerdo. ¿Quién querría deshacerse de sus recuerdos? Cuando se jubiló, a los sesenta y siete, dió la vuelta al mundo. Murió a los noventa y ocho, feliz, riendo con sus nietos a la luz de una hoguera.