Detrás

Está ahí detrás. Lo sabe, lo huele, lo oye. No es una pared demasiado gruesa, si cierra los ojos puede casi verlo al otro lado. Pero la pared está ahí y no va a poder atravesarla. Lo siento, este no es el camino a la salida.

Aún se queda allí, respirando unos momentos. Quizás minutos, quizás horas. Quizás días. Es lo más cerca que ha estado y probablemente lo más cerca que estará nunca. Tan cerca y a la vez tan lejos… Pero no, este no es el camino. Debe dar la vuelta y caminar otra vez. Sea cual sea la forma de llegar, no es por aquí. Sus pies se arrastran despacio, paralelos a la pared. Con la mano izquierda va tocando la pared, como temiendo perder la orientación. Sonríe, no hay orientación ninguna. En cuanto siga su camino, olvidará cómo llegó hasta aquí. Lo más cerca que ha estado nunca del camino a la salida.

Sabe que hay un camino, claro que sí que lo hay. Este laberinto fue construido para que hubiera un camino hacia la salida. Hacia muchas salidas. Hay infinitas salidas, casi tantas como pasillos tiene el laberinto. Pero por más que camina no ha encontrado ninguna. Es como si siempre escogiera el giro adecuado para no tener que enfrentarse a la salida.

Sonríe otra vez. Claro que las ha encontrado. Hay infinitas salidas y se ha cruzado con más de una en su extraño peregrinaje. Pero estaban bloqueadas o daban a un vacío aún más aterrador que el laberinto en el que está perdida. Saber que hay lugares peores la hace sentir algo mejor. Al menos, mientras siga dando vueltas por el laberinto, estará a salvo. El laberinto será monótono, pero es seguro. Es la monotonía de la seguridad.

He dicho que no

-Hola, soy el universo. Ven aquí.
-No.
-Que sí. Ven aquí.
-No.
-Pero si está todo preparado, mira, justo como a ti te viene bien.
-No me apetece.
-Venga, no te resistas, ven por aquí. Si son sólo dos pasitos.
-Que no. Que yo quiero ir por allí.
-¿Por allí?
-Sí.
-Pero si eso no lleva a ninguna parte.
-Me da igual. Quiero ir allí.
-No puedes.
-Me da igual. Es lo que quiero.
-Eso no tiene sentido. Sé razonable. Esto está bien…
-¡Que no!
-Pero será cabezona… ¡ven aquí!
-Déjame en paz.
-Luego te arrepentirás.
-Pues vale.
-Que lo quitamos ¿eh?
-Pues quitadlo.
-Luego no vengas protestando porque allí no había nada.
-No lo haré. Ya sé que no hay nada. Dejadme en paz.
-Tú misma.

Abismo

Te habían prometido que estaba ahí. Dudaste un poco, pero te asomaste. Sin embargo, lo que encontraste no era lo que esperabas. Y aquella negrura tan densa y terrorífica te dejó paralizado, sin ser capaz de apartar los ojos. Intentas parpadear, pero no eres capaz, no puedes apartar la mirada de esa monstruosa imposiblidad. Pierdes la noción del tiempo y tu cuerpo está tan inmóvil que empieza a doler.

Una mano te agarra de la cintura y tira para atrás. Eso hace que rompas el contacto visual y caes hacia atrás, pudiendo cerrar los ojos fuertemente.

-Has debido mirar en el momento equivocado.

Te tapas los ojos queriendo borrar esa imagen, la luz te deslumbra y te sientes desorientado.

-Deberías tener más cuidado, no estaré siempre ahí para rescatarte.

Tanteas y apoyas una mano en su hombro, sonriendo.

-Gracias. Otra vez.

Huida

El corazón se le va a salir del pecho. No sabe cuanto tiempo lleva corriendo a ciegas, en la oscuridad, intentando no perder la orientación. Tiene los brazos y las piernas llenos de heridas de las múltiples caídas entre ramas y raíces. El tobillo derecho está inflamado y le duele al apoyarlo, seguir corriendo ha dejado de ser una opción. Al menos el bosque queda a su espalda y ya no escucha a sus perseguidores. Sabe que están ahí, buscando su rastro. Es inevitable.

Se deja caer a la orilla del río. Cada latido resuena en su cabeza como un latigazo que le hace perder la vista durante una fracción de segundo mientras un dolor insoportable interrumpe sus pensamientos. Se acerca al agua e intenta beber y lavarse las heridas mientras piensa un plan de acción. Cuando decidió escapar, sabía que la probabilidad de encontrar un barco era pequeña, casi insignificante, pero se había aferrado a esa posibilidad para encontrar fuerzas para la primera etapa. Ahora tocaba reconsiderar las opciones. No puede quedarse aquí, tiene que seguir adelante. Es sólo cuestión de tiempo que la encuentren.

El corazón vuelve a latir más despacio, ya puede pensar. Está claro que debe seguir por el río, es la única forma de ocultar su rastro, pero el río no es seguro. La corriente es fuerte y deberá luchar por llegar al otro lado. Quizás simplemente debería dejarse arrastrar un trecho y luego volver a la misma orilla.

Pero no, no es tiempo de elaborar un plan, deben estar cerca, tiene que seguir moviéndose, porque parar implica morir. Rueda y se deja caer en el agua. Está fría. Muy fría. Agradablemente fría, porque adormece su cuerpo dolorido. Casi podría cerrar los ojos y simplemente dejarse arrastrar. Puede que lo haga.

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

Ya he estado aquí antes

Esto me lo conozco. Sé a dónde lleva el camino. He estado aquí antes. En otro tiempo, con otras personas. En otras circunstancias. Pero ya he pasado por aquí. Reconozco cada curva, cada piedra. El olor sigue siendo el mismo. Y me invade la nostalgia recordando lo bien que lo pasamos, lo divertido que fue.

Y tengo miedo del camino.

La primera vez pudimos echarle la culpa a la inocencia, a la ignorancia. A no saber las consecuencias de nuestros actos. Porque si el camino parece bueno, ¿quién puede pensar que esconde una trampa detrás? Fuimos estúpidos de no saber preveer que el humano es egoísta y siempre lo será. Que nunca podremos llegar al final, porque no existe un final.

Ahora sabemos a dónde va a parar. No tenemos excusa.

Por eso hacemos un alto. Tenemos que detenernos y pensar en qué hacer a continuación. ¿Hacia delante o hacia detrás? Ambos caminos se ven bien iluminados. Nada te hace pensar que delante haya monstruos infernales.

Pero atrás ya hemos estado y no llevaba a ninguna parte.

Nos miramos en silencio, hemos comprendido que ha llegado el momento en que cada uno busque su propia fortuna. El primero de nosotros huye hacia delante, esperando encontrar algún desvío que le salve del peligro. El segundo de nosotros parte hacia atrás, pensando en asentarse en algún sitio conocido. Los otros tres se dirigen a la espesura, dejando el camino y construyendo su propio destino.

Yo aún sigo sentada, esperando, sin saber muy bien a dónde ir. Quizás simplemente me quede aquí.

Abrazos epistolares

A veces siento la necesidad de escribirme cartas. Quizás para recordarme algo, para darme ánimos en tiempos difíciles,… o quizás simplemente para mantenerme fiel a mi misma. Es una extraña ccostumbre la de esconder cartas en sitios recurrentes para encontrarlas en el futuro. A veces son tan simples como una moneda para comprarme un capricho.

Pero la carta que más deseo escribirme es la única carta que jamás podré enviarme. Una breve nota a mi yo del pasado, de mi más tierna infancia:

“Tienes razón. En todo lo que te están haciendo dudar. Sé fuerte.”

Todos los caminos llevan a ninguna parte

Entra dando un portazo. Llevo esperando este momento mucho tiempo. Supongo que lo llevo esperando desde aquel día de la catástrofe, cuando todo lo que conocíamos desapareció. Cuando tuve que hacerme cargo de aquel grupo de niños que no son capaces de recordar nada antes del incidente.

Está parado delante de mi, respirando agitadamente. Sé que los demás están esperando detrás de la puerta. Es sólo el portavoz. El que llevará el liderazgo cuando yo ya no esté al mando. El que cuando termine esta conversación saldrá ahí fuera a ser aclamado y respetado por los demás.

-Lo sabemos. Hicimos lo que nos dijiste de leer e informarnos sobre la vida antes del incidente. Coger todo lo bueno y reinventar lo malo. Y lo hemos averiguado todo.

Se ha convertido en un adolescente sorprendentemente grande, tanto que su presencia se impone allá donde va. Supongo que el trabajo duro, el tener que reconstruir la civilización desde cero les ha hecho a todos mucho más responsables de lo que ninguno de nosotros hubiera podido serlo jamás.

Por un extraño momento añoro aquellos comienzos, cuando sólo estaba yo, un adulto enmedio del apocalipsis, llevando de la mano a un pequeño grupo de lo que sería el futuro de la humanidad. Añoro esos momentos en los que la humanidad sólo era un lienzo en blanco donde yo sólo tenía que dibujar las pautas.

Para crear un golpe de efecto y liberar su furia, agarra el tintero que hay sobre la mesa y lo estampa en el suelo, manchándonos a los dos de azul.

-Nos mentiste, nos mentiste acerca de todo. No puedo creer que lo hicieras, eras nuestro guía, velabas por nosotros.  ¡Nos mentiste y no te importó! ¡Nos impusiste tus creencias! ¡Teníamos derecho a saber!

Nos dijiste que existía un dios, que él velaría de todos nosotros, que sólo teníamos que seguir sus instrucciones… Nos dijiste que no había nada más allá de la muerte. Nos dijiste que esto es todo lo que había, nos dijiste que…

-Tenía que tomar una decisión sobre vuestro futuro…

-No tenías derecho a ocultarnos algo tan importante. Si no hubiera encontrado esa librería, si no hubiera encontrado esos libros explicando la verdad…

-¡La vida era un caos antes del incidente! ¡Tenía que simplificaros la vida si queríamos sobrevivir!

-Pues elegiste mal. Y ahora nos toca elegir a nosotros. Estás desterrado.

Desterrado. Asiento con la cabeza y eso le desconcierta. Quizás lo que más le desconcierta es que esa palabra, ese concepto, el destierro, no es algo que yo les haya enseñado. Y sin embargo lo acepto sin réplica. Supongo que no esperaba que estuviera esperando este momento.

Supongo que en el fondo no importaba. Cualquiera de mis decisiones hubiera sido errónea. Puede que nunca lleguen a entenderlo, pero hice lo mejor para ellos. Sonrío y le tiendo la mano. La estrecha, como indeciso. Luego da media vuelta y sale de la habitación para reunirse con los demás.

Lo harán bien. Tienen que hacerlo bien. Son los últimos supervivientes de la raza humana. Más les vale hacerlo bien.

Mirar hacia delante y no hacia atrás

El tiempo no perdona y cada vez son más los momentos que se van perdiendo en la línea temporal.

Frío, inalterable, inútil y perdido como las lágrimas en la lluvia de un ser sin alma pero con corazón.

Lo importante es mirar siempre hacia delante, porque mirar atrás duele. No duele porque sea triste, duele porque quedó atrás, en esa dimensión inalcanzable llamada pasado. Y se congela así, de esa forma, inalterable para siempre.

Si quieres dejar una huella bonita, cuida el presente, porque será lo que veas en un futuro al mirar atrás.