Restless warrior

Se agacha para desabrocharse las botas. Está dolorida, cansada y sudada. Sólo puede pensar en darse un baño y meterse en la cama. La espada resbala de la mesa y cae al suelo, sobresaltándola. Después de unos segundos, se deja caer en la cama y cierra los ojos. ¿Sigue mereciendo la pena? Día a día, la guerra parece que no avanza. O si avanza, es muy lentamente. Y luego llegan noticias de algún otro frente que ha caído. Es una guerra que se lucha en el día a día, en las pequeñas cosas. Y no deja descanso.

Unas horas después, despierta. Sigue dolorida y sudada, pero al menos ya no está tan cansada. Termina de sacarse las botas y se acerca a la bañera, ahora ya con el agua completamente fría. Pero no le importa. El frío la ayudará a que duela menos.

Cuando empezó esta guerra no sabía que duraría toda la vida. Sólo sabía que no podía permitirse seguir como estaba. Si tenía que partirse la cara para llegar al otro lado, se la partiría. Si tenía que partirse la cara para que otras no tuvieran que partírsela, lo haría. Pero su determinación no impide que día a día, cada vez esté más cansada y el final lo vea más lejos.

Quizás sería más fácil rendirse y agachar la cabeza. Pero sabe que eso no va con ella. No podría soportarlo. Así que sale de la bañera y vuelve a ponerse la misma ropa de ayer. La misma ropa de mañana. La ropa de batalla, la que la protege cada día. Coge la espada y vuelve a salir. Ni un solo día de descanso.

Némesis

-¿Sabes que Némesis no significa antagonista? Es más bien como un castigo o venganza igualitaria. Una justicia kármica.

-¿Eso significa que soy tu karma?

-Y tú el mio. O algo así.

-Nuestras fuerzas de oponen. Somos dos versiones opuestas de una misma cosa.

-Elementos negativos.

-Opuestos. Fuerzas opuestas.

– En un sistema estable, la suma de todas las fuerzas da cero.

-Por eso nuestra unión da paz, nirvana, tranquilidad.

-Pero yo no quiero tranquilidad. Quiero vivir. Quiero ser más. No quiero anularme.

-Y por eso ahora toca separarnos.

-Si algún día…

-Claro. Siempre.

-Siempre.

Allí al lado

La primera vez que vi a uno de ellos me pareció bastante feo, la verdad. Se consideran superiores y es posible que sean una civilización más avanzada. Pero a mi me pareció feo. Quizás en otro multiverso exista un equivalente a su especie que sea más hermosa. Da igual, son ellos los que lo han conseguido.

Dicen que llevan ya muchos siglos saltando de multiverso a multiverso. Nunca nos quieren contar todo el proceso, como si no quisieran compartir esa parte de su ciencia. Pero parece ser que de un multiverso puede saltarse a un número infinito de multiversos, todos iguales al multiverso original pero con una pequeña variación. Y de este segundo multiverso se puede a su vez saltar a otro número infinito de multiversos.

Y así, poco a poco, han ido expandiéndose. Nuestro multiverso está a miles de saltos como ese, lo que hace que por ejemplo su especie sea como una especie diferente de humano. Más inteligente al parecer, pero más fea según lo veo yo. A nivel genético ni siquiera somos compatibles.

Nunca nos han contado el por qué lo hacen. Algunos piensan que es por pura curiosidad. Otros opinan que hicieron algo terrible en su multiverso y tuvieron que huir de la destrucción. Unos pocos susurran que son delincuentes huyendo de su justicia. En cualquier caso, se dedican a observarnos y saltar una y otra vez, cada vez más lejos, cada vez más separados de su origen.

Yo tengo mi propia teoría. Dicen venir siempre de forma pacífica, pero yo les he visto de cerca y no son pacíficos. Estoy bastante seguro de que están explorando todos los multiversos buscando a posibles civilizaciones que pudieran ser una amenaza para acabar con ellos antese de que ellos tengan la tecnología para destruirles. ¿Estaré loco? ¿O es simplemente que es lo que nosotros haríamos si tuviéramos ese poder?

Otro día

Estoy cansada. Cansada de las promesas rotas y los sueños naufragados.

Sólo quería un mundo tranquilo, justo. Sólo quería que el karma fuera la única ley, que los buenos ganasen la partida. Puse todo lo que pude de mi parte por conseguirlo, pero una y otra vez la realidad se empeñaba en aplastar mis intentos. ¿O no era la realidad sino el egoísmo humano?

A veces parece que hay que enfangarse en el barro para poder hacerlo. El medio ensucia el fin.

 

Otra frontera

Cae la noche y con ella llega el frío. Tú sabías que si queríamos llegar, debíamos acelerar el paso y seguir durante toda la noche. Pero cuando viste al grupo, cansado y sediento, decidiste dar un alto. Con una sola mirada me indicaste que querías hablar conmigo y nos apartamos un poco del resto, que estaba montando el campamento.

“No vamos a llegar.” me dijiste “A este paso es imposible que lo consigamos. No hay más atajos entre las montañas, necesitaremos un milagro para poder llegar.”

“¿Y si vamos a buscar más agua?” dije sin mucha esperanza” Agua y comida, podríamos intentar caminar un par de días más. Aunque vayamos más lentos.”

“No es suficiente, ya lo sabes.” ni siquiera eras capaz de mirarme a la cara “En este maldito desierto no hay nada que podamos hacer.”

Abatido, volviste con el resto del grupo y ayudaste a encender la hoguera. Compartimos los últimos restos de comida y establecimos los turnos de vigilancia. El desaliento se palpaba en el ambiente, no hubo risas ni canciones aquella noche. Nos fuimos a dormir en silencio.

Al alba ya estábamos desmontando el campamento. Había sido una noche dura, donde los estómagos competían con los grillos en un concierto sin fin. No sé de dónde sacaste aquella sonrisa ni aquella sopa aguada con la que rellenamos el vacío que teníamos dentro. El día iba a ser duro.

Pronto tuvimos que empezar a apoyarnos los unos en los otros para poder seguir caminando. Un sol abrasador contrastando con la fría noche anterior que iba calentando poco a poco nuestro cerebro. Aún así, seguimos avanzando, sin descanso. Si queríamos volver a comer debíamos llegar a nuestro destino.

Al mediodía sufrimos el primer desmayo. Era una niña, o al menos con aquella tostada delgadez lo parecía. La cogiste entre tus brazos y nos obligaste a seguir andando. Sólo fue la primera de muchas otras. Con paciencia, fuimos arrastrando a los más débiles a través de la arena, obligándonos una y otra vez a dar el siguiente paso.

Cuando cayó la noche, nos obligamos a seguir andando unas horas más. El frío y la oscuridad parecía que nos había dado nuevas fuerzas. Acabamos durmiendo sin ni siquiera levantar el campamento, cansados y hambrientos.

Nos despertaron unos cuervos que graznaban en lo alto de una duna no muy lejana. Recuerdo tu sorprendente alegría cuando los viste. “Ahora sí podremos llegar” me dijiste. Entonces, lentamente, cogiste el objeto más contundente que tenías a mano y te deslizaste sobre la arena, acercandote a ellos.

La carne de cuervo estaba dura y reseca, pero a esas alturas, cualquier desayuno hubiera sido bien recibido. A duras penas nos tocó un trozo a cada uno y algunos tragos de sangre espesa, pero fue suficiente para darnos las fuerzas necesarias para volver a caminar. Fue como si le hubiéramos ganado una batalla a la muerte. Pero la guerra aún estaba por decidir.

El agua se acabó por la tarde. Paramos y montamos el campamento, para protegernos del calor. Te dirijiste a nosotros y con una voz seca y áspera nos comentaste que estábamos muy cerca. Que sabías que era duro, pero que partiríamos antes del alba, con el frescor, y que antes de que cayera la siguiente noche habríamos llegado a la ciudad. Aunque sedientos, hambrientos y cansados, pudimos dormir tranquilos, sabiendo que la agonía llegaba a su fin.

A lo lejos aparecieron las murallas de la ciudad. Fue como el último empujón que necesitábamos para liberar nuestra energía. Con gritos de alegría y esperanza, aceleramos el paso hacia la ciudad, viendo cómo cada paso nos iba acercando más y más hacia el fin del suplicio. Creo que fue uno de los momentos más felices de nuestra vida. Aunque sólo durara un momento.

Tú no corriste, parecía que sabías lo que iba a pasar. O quizás es que ya no te quedaban fuerzas. En cualquier caso, en cuanto asomaron las primeras cabezas sobre el muro, les hiciste señas con la sábana blanca que habíamos preparado mientras todos corríamos hacia las puertas, esperando que se abrieran.

Los disparos rompieron el silencio.

Miré hacia atrás y te vi sonriendo, aún aguantando la sábana blanca. Manchando la sábana con tu sangre. Al parecer, les habías parecido el más peligroso. O quizás es que la sábana les llamó la atención. Quién sabe, tampoco podré preguntarles.

Uno a uno, fueron abatiéndonos a todos. Los gritos de desesperación por pedir clemencia no fueron escuchados. ¿Quizás no hablaban nuestro idioma? Me agaché a tu lado e intenté que respondieras, pero estabas ya muerto. Te abracé y me quedé esperando el disparo que no tardó en llegar. Cerca del omóplato derecho. No importa. Hemos llegado.

Grandes desconocidos

El arpa de Orfeo calla, y el crepitar de las llamas llena la noche. Embelesados por el relato que les acaba de contar, se sienten menos solos. Después de unos minutos de reflexión, Calisto mira al siguiente orador, que aún tarda un poco en comenzar su historia:

La conocí cuando me destinaron en una trinchera cercana a la frontera. Utilizaba la identidad de su difunto marido, el cual había muerto entre sus brazos. Contaba que se sintió incapaz de seguir adelante con su vida sabiendo que los culpables estaban vivos en alguna parte. Pero en la trinchera era difícil disimular su verdadera identidad.

Desde el principio hubo algo especial entre los dos, una conexión fantasma. Nos sincronizábamos y entendíamos como si fuéramos uno solo. Sabíamos que ahí fuera había dolor y muerte y que la guerra continuaba al otro lado del muro. Pero vivíamos en una burbuja, donde nada importaba salvo que estábamos juntos. Fueron los días más felices de mi vida y no los cambiaría por nada.

Pero tuvo que llegar el día en que el enemigo consiguió ganarnos terreno hasta llegar a las manos. Saltaban dentro de la trinchera como si fuesen bestias salvajes, obligándonos a defendernos en un mano a mano sin piedad. En mitad de la lucha, y tras una aventurada maniobra de distracción, tuvimos unos segundos para escapar. Ella se escurrió por un túnel y no volvió a mirar atrás. Yo corrí, agazapándome como pude, hacia el lado contrario, esperando encontrar algún refugio.

Por desgracia, pronto me capturaron. En mis largos días de tortura, sólo un pensamiento me mantenía con vida: ella no estaba entre los prisioneros. No podía preguntar por su destino, pues si seguía escondida al otro lado de aquel túnel estaría descubriéndola y poniéndola en peligro. Pero algo dentro de mi me decía que lo había conseguido.

Aún hoy quiero creer que consiguió escapar y que se ha olvidado de mí. Que rehizo su vida, que encontró a otro hombre, que no piensa en mi. Pero, en el fondo, sé que eso es imposible. Sé que esté donde esté, seguirá pensando en mi igual que yo sigo pensando en ella.

Baja la mirada y traza un círculo en el suelo, esperando que el siguiente comience su historia. No puede disimular la lágrima que cae por su mejilla. Tampoco le importa.

Si vives lo bastante, verás pasar a tus enemigos…

No importa cómo comenzó todo. Hay quienes se hacen amigos y hay quienes se convierten en enemigos. Nosotros fuimos enemigos.

Yo soy el más fuerte e inteligente, por eso ideé un plan para acorralarle, para obligarle a salir de su escondite y asestarle el golpe mortal. Fui minucioso y concienzudo, pues saborear la venganza, que es el plato más delicioso, siempre ha sido uno de mis mayores placeres.

Mientras tejía mi telaraña alrededor suya, él parecía no inmutarse. Alguna vez le ví llorar en algún hombro, pero yo sabía que hacerse la víctima no le serviría de nada. Mi plan era perfecto, meticuloso. No dejé que su indiferencia mellara mi odio, sabía que eso era lo que él pretendía: volverme débil y vulnerable, despreocupado. No iba a conseguirlo.

Durante mucho tiempo trabaje en mi plan, haciéndolo evolucionar según las circunstancias. Era a la vez, un plan sencillo y maléfico, con las dosis justas de dolor y compasión.

Llegó el momento final, pero en mi triunfo, él seguía sonriendo. Los demás, jueces de la situación, nos miraban expectantes. La batalla final se estaba librando, pero no parecía importarle. Y, como si de un as en la manga se tratase, sonrió mientras pronunciaba aquellas fatales palabras:

“Te has centrado tanto en mi, que has descuidado tu alrededor. Las miradas ya no son las mismas, te has quedado solo.”

Todo parece desvanecerse a mi alrededor, mientras las miradas se convierten en penetrantes focos de luz cegadores, que giran y giran cada vez más rápido, mientras las campanas de mi funeral resuenan a lo lejos.

…la humanidad tendrá que hacerle frente…

“¡Era un puto hombre! ¡La bestia era un puto hombre!”

La puerta golpea contra la pared con violencia, pero eso no parece alterar al hombre que la mira al otro lado de la mesa.

“Dijiste que matara a una bestia, no a un hombre.”

“Sientate.”

Se deja caer en la silla y suspira. El trabajo se está complicando más de lo previsto.

“¿Es un problema de dinero?”

“¿Cómo?”

“Te pagaremos cuatro veces más, si eso es lo que necesitas. Tu tarea es de vital importancia para la supervivencia de la humanidad así que el dinero no es un problema ahora, al menos no para nosotros.”

“Pero el trabajo era…”

“Has matado a hombres antes, ¿verdad? No debería ser un problema para tí.”

“Necesito…” traga con dificultad, buscando las palabras “necesito saber qué era exactamente.”

El hombre la mira durante unos segundos, meditativo. Luego asiente con la cabeza.

“Es normal. Te contaré todo lo que sabemos:”

El hombre se reclina en su silla y mira al techo.

“En algún momento, ocurrieron una serie de mutaciones genéticas en algunos humanos que les convirtieron en eso que has visto. Seres humanos con capacidad para transformarse en bestias. Bestias peligrosas, poderosas, descontroladas. Aún no sabemos si estas mutaciones ocurrieron por algún fenómeno artificial o de forma natural. Pero eran unas mutaciones muy agresivas, que fueron extendiéndose entre la población. Para poder controlar a las bestias, los seres humanos tuvimos que desarrollar tecnología a gran velocidad y hacerles frente. El mundo se dividió en dos: el mundo salvaje de las bestias y el mundo civilizado de los hombres.

Pero la tecnología no es suficiente, son más rápidos, más listos. Son terriblemente sanguinarios. La batalla está igualada, con un poco de ventaja por nuestra parte, pero todas las vidas perdidas por culpa de esas bestias… todas esas vidas no podemos olvidarlas. Por eso desarrollamos la máquina del tiempo, para poder volver aquí y buscar el origen de las bestias. Después de mucho investigar, descubrimos que, en algún punto de esta década, aparecieron las primeras bestias.

Por eso te hemos contratado, para que acabes con las primeras bestias. Si las exterminamos, su mutación no se expandirá, no habrá guerra, no habrá muerte. Por eso es tan importante tu labor. Cada bestia que mates será una gran ventaja en el futuro.”

“¿Venís del… futuro?”

El hombre la mira paternalmente y sonríe.

“Así es. Te daría los números de la lotería de este año, pero tardaríamos demasiado en convencerte. Por eso te ofrecemos el dinero y la inmunidad. Haces tu trabajo, nosotros te pagamos. Creas o no la historia, tu decisión debería estar clara.”

Y el hombre se transformará en bestia…

Y el hombre se transformará en bestia,

la humanidad tendrá que hacerle frente y comenzará la era final,

donde nada volverá a ser lo que era.

-El Libro Dorado de los Dioses, IV D

“El trabajo es muy sencillo: te daremos una serie de localizaciones y tú vigilarás. Cuando aparezca una de estas bestias, acabas con ellas.”

“¿De dónde han salido?”

“Eso no importa. Son bestias que hay que exterminar por el bien de la humanidad. Nosotros te pagamos y tú te encargas de ellas.”

“Correcto”

“Cada vez que liquides a alguna, traes un trofeo y te daremos el dinero.”

“Y cuando termine tendré…”

“Tendrás inmunidad total y podrás retirarte en paz.”

“Hecho.”

Era un aparcamiento de las afueras, silencioso y vacío. Apenas un par de coches abandonados y mucha basura. Apoyada contra una farola, espera impaciente. Es un trabajo que parece sencillo, pero tiene prisa por acabarlo. En cuanto consiga la inmunidad podrá llevar una vida normal de ciudadana dentro de la ley. Se acabó el perseguir criminales y las cazas furtivas. Buscará cualquier trabajo sencillo y se comprará la casita en las afueras, como cualquier mujer de su edad.

Ahí estaba, igual que en la fotografía. Una especie de tigre anarajado de seis patas, poco más bajo que un caballo. Al mover la escopeta para apuntar, la mira atentamente y empieza a moverse a toda velocidad, sin apartar sus ojos de ella. El cabrón se mueve rápido, esquivando las balas, pero tampoco tiene dónde esconderse.

La bestia apoya su frente en el cañón y la mira. La ha pillado por sorpresa acercándose tanto, pero eso no importa, ahora el tiro es imposible de esquivar. Sin embargo…

“Sabía que te encontraría aquí.”

A veces me canso de ser fuerte

A veces me canso de ser fuerte. De ser a quien todos miran cuando hay un problema. De ser el hombro en el que lloran los demás, el que siempre encuentra la solución al problema. Me canso de tener que soportar todo este peso sobre mis hombros, de no poder descansar, de saber que si yo me derrumbo, todo lo demás acabará por caer.

Sé que yo me lo he buscado, que esta confianza y esta responsabilidad la he ido labrando con mis propias manos, sabiendo a dónde me encaminaba. Lo que nunca pude adivinar en aquel entonces era lo cansado que podría llegar a ser. No puedo dejarlo de un día para otro. No puedo decir basta y soltar el peso que llevo encima. Necesitaría que alguien ocupase mi lugar. Pero, ¿cómo podría encargarle a nadie, sabiendo lo que es y lo que significa, que cargue con toda esta responsabilidad? ¿Cómo podría hacerlo?

En parte por eso es por lo que he acabado aquí. No podría dejar a nadie al cargo, no hubiera sido justo. Aunque, ¿era justo para mí? ¿Acaso era justo que yo tuviera que sacrificarme de esta forma? ¿Por qué nadie viene a ayudarme? ¿Por qué nadie se ofrece a sostener la carga por un tiempo, mientras mis hombros descansan? ¿Por qué nadie entiende que yo también necesito un hombro sobre el que llorar, unos ojos a los que mirar buscando una solución? ¿Por qué todos dan por hecho que soy fuerte, que no necesito a nadie? ¿Por qué nadie viene a protegerme?

Llorar es de nenazas. Sé que si pido ayuda, no lo entenderían. Si yo soy fuerte, no necesito ayuda de nadie. Sería casi insultarme. Pero estoy cansado de ser fuerte. No quiero seguir siendo fuerte. Quiero que me protejan, que me cuiden. Necesito que alguien vele por mi. Quiero sentir unos brazos rodeándome y diciendome que todo estará bien, que no me preocupe. Que alguien se hizo cargo del problema. Que sólo tengo que esperar y todo estará solucionado.

Pero no hay unos brazos esperándome. Sólo me esperan estas miradas interrogantes, esperando que tome una decisión. No quiero ser fuerte, ya no soy fuerte, pero tengo que aparentarlo. Porque ellos no pueden ser fuertes. Me necesitan. Y no puedo abandonarles. No puedo abandonarme. Tengo que seguir siendo fuerte. Aunque ya no lo sea.