Ciclos

Los carteles de SE VENDE, amarillos y descoloridos, caen al suelo, sin esperanza ya de encontrar un comprador. Tras la exhuberante primavera inmobiliaria y el verano de recogida de beneficios, las cigarras esperan con miedo el duro invierno que no tardará en llegar. Pero aquellas hormigas que sobrevivan podrán ver de nuevo cómo llega la primavera y cómo durante el verano, todos olvidarán que, tras el otoño, volverá el invierno.

Después de

Detiene los caballos y mira a su alrededor. Delante suya se alza la ciudad. Han sido muchos días de camino, tantos que dejó de contarlos. También había sido un camino dificultoso, las carreteras estaban rotas en muchos sitios. Incluso en algunas partes la vegetación había crecido tanto que había recorrido yardas enteras sin saber bien si se había desviado del camino. Pero al fin había llegado.

Avanza lentamente bajo un sol caluroso. Con el mapa en la mano va caminando al lado de los caballos y se adentra en las calles desiertas. Está todo en silencio, excepto el viento que se cuela por los cristales rotos y gime sin descanso. Sabe que las ratas y las cucarachas deben estar observándole desde alguna rendija, pero no le dan miedo. Sabe que por unas horas, le observarán sin saber qué hacer. Es el primer ser humano que ven en muchas generaciones. Ha visto alguna sombra esconderse bajo las piedras y se ha sorprendido al comprobar que son más pequeñas y delgadas que en el pueblo. Debe ser por la falta de comida.

Las casas son mucho más altas aquí. Ya le habían contado que la mayoría sobrepasaba las diez plantas, pero a pesar de todo se siente impresionado. Siguen en pie, como esperando que algún día alguien las habite de nuevo. En la parte inferior de algunas de ellas hay un pequeño parquecito donde algunos columpios y otros especímenes esperan unos niños que ya no volverán. La vegetación ha ido conquistando la mayor parte de la calle.

Finalmente llega a su destino. Un pequeño parquecito rodeado de edificios. Y en el centro, un pequeño edificio de dos plantas con un letrero donde aún puede leerse “BIBLIOTECA”. Es mucho más impresionante de lo que le habían contado. Según tenía entendido, antes de la Gran Caída, estos edificios habían sido un centro de conocimiento a donde iban muchas personas para aprender. Probablemente sería una burla del destino, pero de todos los edificios que tenía a su alrededor, el campus universitario parecía ser el que mejor había sobrevivido.

Cuando cruza la puerta siente un silencio majestuoso que le va rodeando. Hay un olor acogedor, que no es capaz de identificar, pero que le va guiando detrás de un par de puertas más que lo que le guían los carteles. Va dejando huellas en el polvo del suelo mientras avanza, le sigue el eco de sus pasos. La madera cruje al pisar en algunas partes.

Al fin llega. Estanterías por todas partes. Llenas de libros. Por un momento queda paralizado, luego se apresura a la estantería más cercana y coge un libro. No nota el polvo mientras lo abre con delicadeza por una página al azar e intenta descifrar lo que pone. Reconoce algunas palabras, pero no es capaz de comprender su significado. Deja el libro otra vez en su sitio y abre el siguiente. De nuevo más palabras incomprensibles.

Suspira. Se lo habían advertido, probablemente este viaje fuera en vano. Pero no se desanima, al quinto libro que abre es capaz de comprender un párrafo. Entiende que hablan de conceptos que no conoce, pero lo comprende en su globalidad. Sabe que con un poco de esfuerzo podrá leerlo y aprender.

Le cuesta decidirse qué libros se lleva y cuáles coge. Finalmente termina por cargar el carro con unos gruesos volúmenes que no termina de comprender. Las cucarachas han vuelto y ahora los cascos de los caballos crujen al pisarlas. Con grandes dificultades atraviesan las calles antes vacías, intentando evitar que los insectos se suban por las roídas hojas de los libros.

Mientras se aleja de la ciudad piensa que habrá que volver otra vez a por más libros. Podría organizar una excursión cada año, intentaría traerse algún ayudante y un carro más grande. Tanto saber no debe perderse. Aunque la humanidad se lo mereciera.

¿Esperanza?

Todo comenzó una mañana de verano tardío. No, miento. Todo comenzó mucho antes. Fue un movimiento lento, suave, casi imperceptible. Incluso aquellos de los más pesimistas tardaron en darse cuenta de que algo estaba sucediendo. Se fue fraguando durante años, décadas incluso. Hay quien piensa que siglos. Realmente es algo que no puede definirse con exactitud. Tampoco es algo que tenga importancia ahora.

Lo que si es cierto es que aquella mañana hubo un cambio radical. O mejor dicho: fue el momento en que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Aquel atentado fue un duro golpe para la democracia. Sí, en aquellos entonces aún teníamos democracia.

No, no me mires así. Puede que no fuera el mejor sistema de gobierno. Pero ¿sabes? si uno realmente tenía interés podía llegar a ser alguien. Y sobre todo, teníamos libertad. Esto que te cuento podría haberse gritado enmedio de una plaza multitudinaria y nadie te hubiera mirado mal. ¿Más inseguridad? Depende de como lo mires. Existía siempre esa pequeña posibilidad de que te robaran en un callejón oscuro… pero ¿crees que ahora no sigue ocurriendo?

El caso es, que aquella mañana empezó a derrumbarse visiblemente algo que nosotros habíamos creído hasta entonces fuerte e inamovible. En pro de la seguridad y la defensa, empezaron a recortar nuestros derechos. Sí, es posible que ahora estuviéramos más seguros. Pero ¿a qué precio? ¿Y realmente estábamos más seguros? No lo sé. Pero sé que teníamos más miedo. Mucho más miedo.

No fue sólo aquel atentado lo que cambió nuestra forma de vida. Hubo cambios mucho más sutiles, sólo visibles para aquellos ojos preparados para ver. Eternas reformas educativas que sólo conseguían que cada generación fuese un poco más ignorante que la anterior. Bueno, ignorante en cuanto a ciencias, porque el ocultismo, los fanatismos religiosos y la brujería volvieron a tomar protagonismo en la vida diaria. Las diversas sectas religiosas empezaron a ejercer más abiertamente sus influencias.

Sí, sectas. ¿Te extraña que las llame así? Un escalofrío recorre tu espalda porque sabes que, aunque hayan intentado ocultar su auténtica forma, es lo que son. Ahora también sientes el miedo, empiezas a comprender que lo que creías una sociedad avanzada no es más que la antesala de la próxima Edad Oscura. Una nueva Edad Media donde cualquiera puede ser acusado de brujería y quemado en la plaza del pueblo.

Chocheo, ?verdad? Desvarío, estoy loca. Esto no era lo que te habían dicho en la clase de Historia. Sí, es muy probable que no. Recuerdo una clase de Historia que tuve yo también a tu edad, justo por la época en que todo empezó a derrumbarse. Hubo dos frases que me llamaron la atención: “La Historia es un ciclo que siempre se repite.” Siempre. Si los Antiguos Griegos fueron una Edad de Oro, los Romanos fueron su Decadencia. Es un ciclo que siempre se repite. Cada vez llegamos más alto. Pero a más alto llegamos y más avanzados estamos, más dura es la caída. La otra frase que me llamó la atención fue que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. Por eso tuvieron tanto interés en destrozar la educación. Por eso quisieron con tanto empeño que nadie supiera la verdad. Ni siquiera tú, hoy en día, te das cuenta de lo que hicieron.

Salíamos a la calle sin miedo, se respiraba la libertad. Podíamos tener una vida lo más extraña y compleja que quisiéramos, nadie leía nuestros correos, nadie nos observaba minuciosamente, nadie, desde ahi arriba, iba guardando en una enorme base de datos todos nuestros movimientos, esperando que algún día, cuando empezáramos a tener nuestras propias ideas, pudieran utilizar nuestras propias palabras contra nosotros mismos.

Si entrabas en un hospital, nadie te preguntaba el nombre, ni el número de cuenta bancaria. Simplemente te atendían. ?Te extraña? Todos teníamos derecho a vivir, a tener un médico a nuestro lado, fuésemos quienes fuésemos. Nuestros impuestos eran devueltos en forma de carreteras gratuitas, pensiones para la tercera edad, asistencia médica, transportes urbanos, … Claro, claro que había mendigos por las calles… No como ahora, que los matan directamente. Oh, pero tú creíste la mentira de que no había pobres. Ingenuo. ?Cómo van a mantener sus propiedades si no es a costa de exprimirnos a las clases más bajas?

Clases bajas… Esa es otra cosa que me sorprende. Nosotros no teníamos ese tipo de distinciones. La nobleza no era más que un título que se anteponía al nombre en los actos oficiales. No era más que una marioneta de manos de la prensa rosa. Sí, algunos países tenían monarquía, pero la mayoría era una monarquía sin poder real, simplemente estaba ahi por tradición, por un falso sentimiento de seguridad. Por capricho.

Sí, sí, es cierto que te dicen que ahora estamos más avanzados y nuestra sociedad es más moderna aún. Pero te lo dice alguien que ha probado las dos etapas. Puede que mis ojos estén ya ciegos y mis manos tiemblen, pero mi razón y mi memoria siguen tan atentas como siempre. Escucha lo que esta vieja anciana quiere contarte. Porque puede que sea la única manera de llegar a la verdad y entenderla. Y de volver a colocarla en su sitio. Porque, ?sabes? puede que ahora os sintáis todos más seguros. Pero yo tengo miedo.

RyJ

Perdóname Padre, haz que me perdone. He pecado y no sé cómo arreglarlo.

Supongo que habrá oido la desgracia que ha ocurrido recientemente en Verona. Tantas muertes de tantos jovenes inocentes… y yo, sólo yo tengo la culpa. Lo sabía, podría haberlo evitado. Pero en mi afán por intentar arreglar las cosas a mi manera no hice sino empeorar la situación. Yo, máxima autoridad eclesiástica en Verona, soy un asesino.

Déjeme explicarle cómo sucedió todo. Empezó cuando la pequeña Julieta vino a mi, desesperada, pidiendo mi ayuda. Había pecado, padre, y había quedado preñada de su amante. Cuando él se había enterado de la noticia, en lugar de casarse con ella para enmendar el pecado, la despreció, abandonándola a su suerte. Ahi la tenía yo, desamparada, pidiéndome que intercediera por ella ante Dios y ante sus padres.

Entonces fue cuando se me ocurrió la fatídica idea de arreglar los dos problemas en uno: si conseguía casar en secreto a la hija de los Capuleto con el hijo de los Montesco, podría traer la paz y el sosiego a Verona. Así que le propuse que conquistara al hijo de los Montesco y yo arreglaría rápidamente una boda discreta. Más calmada, regresó a su casa.

A continuación fui a buscar a Romeo. Lo encontré junto a su amigo Mercutio, que se mofaba de él por haber perdido a su amante Rosalía a la puerta de un convento. Cuando me vió, se excusó rápidamente y nos dejó solos. Comencé alabando su fé y su buen corazón y terminé proponiéndole mi plan: si aceptaba casarse con Julieta, además de demostrar a Mercutio que él también era un gran amante, ganaría una hermosa esposa y terminaría la guerra entre Capuletos y Montescos, con una gran victoria para los Montesco. Para mi contento, Romeo estaba tan desesperado que aceptó mi plan, comunicándome que esa misma noche habría una fiesta en casa de los Capuleto, y que iría a conquistar a su joven hija.

Por desgracia, señor, mi plan funcionó perfectamente. ¡Perdóname, Dios mio, ten piedad de este pobre siervo! Sólo pretendía traer la paz y la tranquilidad a mi amada Verona. Aquella misma noche, Romeo y Julieta se prometieron amor eterno y a la mañana siguiente ya estaba concertada la boda. Con la complicidad del ama de Julieta, aquella que contó esta historia para beneficiarse a sí misma, los casamos en secreto y juntos yacieron una noche como marido y mujer.

La desgracia siempre se ceba en los más débiles, y el rumor corrió por toda Verona de que Julieta ya no era virgen y que un amante había pasado la noche en su alcoba. Poco tuvieron que investigar sus padres para averiguar que el, hasta hacía escasos días, amante de Julieta era Mercutio. Enterado de esto, su primo Tybalt decidió vengar el honor de su familia, encontrando a Mercutio en la calle y retándolo a un duelo.

Enterado Romeo de que su amigo había fallecido a manos de Tybalt, no hizo sino correr a vengar su muerte, resultando así castigado al destierro que vos mismo conocéis. Dios me castigó por intentar un plan tan descabellado, a mi, que sólo intentaba actuar de buena fé.

Al enterarse Julieta de que su amado Mercutio había muerto y que su boda con Paris se había adelantado para disimular su estado, quedó tan trastornada que vino a mi a pedirme ayuda espiritual. Me juró y perjuró que si yo mismo no le daba muerte, se haría con algún veneno para acabar con su vida. Intentando apaciguarla, le di cierta poción que una vez ingerida, la haría dormir 72 horas seguidas, fingiendo la muerte, esperando que para entonces hubiera conseguido traer de vuelta a Romeo y deshacer el entuerto. Ella, creyendo que era el veneno que me había pedido, corrió a su casa. Yo, de mientras, fui a avisar a Romeo de que regresara.

Aciagos son los caminos, que mi mensajero cuando llegó no encontró a Romeo donde debiera de estar. Agobiado, sabiendo que Julieta despertaría sin encontrar a mano una solución a su situación, confié en su prometido Paris para que fuese a despertarla y le prometiese casarse con ella de todas formas, cuidándola y amándola a pesar de todo. ¡¡Ruín destino!! que no quiso que ninguno de mis planes finalizara con éxito, pues Paris se encontró en la puerta de la tumba de Julieta con Romeo.

Sabido ya de los amores de su futura esposa con éste, y sabiendo que mientras Romeo continuase vivo no podría formar parte de la familia Capuleto, Paris le retó a un duelo de honor. Romeo, por su parte, creyendo que Paris era el causante de la precipitación de la muerte de Julieta, su único salvoconducto para regresar a Verona con los suyos, aceptó el duelo sin más preguntas. Aciago, muy aciago día aquel en que Romeo se sobrepuso con la espada a Paris.

Cuando Romeo entró en la tumba y descubrió lo que creyó el cadaver sin vida de Julieta y enloqueció, pues sabía que su matrimonio con Julieta era el único motivo que podría aliviar su destierro. Viéndose perdido, sin esperanza, recurrió a un veneno que había traído consigo y falleció en el acto.

Julieta, por su parte, cuando despertó de su sueño, encontró a su marido y a su prometido muertos a sus pies, sin comprender bien por qué seguía viva y viendo que sus posibilidades de matrimonio para cubrir su vergonzoso estado eran nulas, decidió acabar su vida con la punta de un puñal que Romeo llevaba consigo.

Y ésta, y no otra, es la verdadera historia de Romeo y Julieta, mal contada por la traidora ama de Julieta en otra ocasión. Una historia de honor y poder. Una historia donde el poco amor y respeto que se respiraba en Verona acabó con la vida de tantos hermosos jovenes. Una historia que jamás hubiera ocurrido si yo no hubiera intrigado.

Señor, haz que me perdone, yo sólo quise el bien.

Última batalla

-Sólo vine a despedirme.

-¿Despedirte?

-Mi cometido aquí terminó.

-No puedes abandonarnos ahora.

-¿Por qué no? Tú mismo me dijiste hace tiempo que no había esperanza. Que la guerra estaba perdida.

-Y me convenciste de que no era cierto. Y nos demostraste que podíamos vencer. Sin ti volveríamos al fango del que salimos. El ejército te necesita.

-Sólo necesita alguien que les guíe. Tú mismo puedes hacerlo. El truco está en aparentar confianza en el futuro. Aunque seas el que más tiemble al pensarlo.

-Entonces… ¿no era cierto lo que me dijiste? ?No hay esperanza?

-Habrá esperanza siempre que haya alguien para levantarla.

-¿Y lo de que ayudabas porque querías ganar esta guerra? ¿Perdiste el interés por nosotros? ¿Es que te pagan mejor en otro sitio? Ahora sí, ahora tenemos territorios, podemos pagarte, si es lo que quieres. Títulos, riquezas, tierras,…

-No busco poder ni fama.

-Quedate… por favor…

-No puedo. Ya no. Sé el general que se merecen tus tropas. Guíalas hasta la victoria. The show must go on…

¿De qué sirve?

-No me malinterpretes, no te estoy echando.

-Lo sé.

-Sin ti no hubiéramos conseguido vencer. Llegaste en el momento justo.

-Llegué cuando me enteré.

-Pero ¿de qué sirve ganar una batalla cuando la guerra está perdida?

-¿Quién dijo que estuviera perdida?
-Mira a tu alrededor… no hay esperanza. Lo único que podemos esperar es un trato del enemigo. Y el enemigo sabe que estamos débiles.

-Pero seguís resistiendo.

-Gracias a tu ayuda. Deberíamos estar todos muertos ya.

-Estoy aquí y eso es lo importante.

-No podemos pagarte. No tenemos nada que ofrecerte. Incluso en una hipotética victoria…

-Saber que ayudo es suficiente pago.

-¿Por qué?

-¿Por qué?

-Sí, ¿por qué nos ayudas?

-Podría decirte que espero recompensa pero ya sabes que no. ¿Lealtad? ¿Amistad? ¿Una promesa? Quizás es que me vi reflejado en ti. No lo sé. Pero aquí me quedo. Con vosotros.

-Gracias.

-No tienes por qué darlas. Tampoco tengo ningún otro sitio al que ir.
-Hay otras batallas de las que podrías sacar más provecho.

-Pero es esta la guerra que quiero ganar.

-Esta guerra está perdida.

-De momento.

Hasta siempre

Caes al suelo. Intentas frenar la caida con tus manos, pero tus brazos flaquean y tu rostro golpea el suelo. No entiendo por qué no siento nada en este momento. Sé que debería sentir alguna emoción. Pero el verte vencido me paraliza, me bloquea.

Hace un momento aún tenías alguna esperanza, pensabas que quizás pudieras vencer. En tus ojos brillaba esa luz que siempre te acompaña cuando manejabas la espada. Tus movimientos, tan ligeros, tan suaves, pero siempre tan peligrosos. Parecía que más que pelear, bailabas alrededor de tu contrincante. Adoro esa manera que tienes de deslizarte a un lado y otro sin perder nunca de vista tu objetivo.

Me gustaba verte pelear. Tenías un estilo propio. Pero ahora ya nada queda de todo eso. Aún respiras, los últimos estertores de la muerte. Tu mano aún sigue aferrada a tu espada, inútilmente, con los nudillos blancos.

Me acerco a ti. No sé si me reconoces. Pero me miras fijamente. Tu boca tiembla, quizás quieras decirme algo antes de lo inevitable. Acerco mi mano a tu rostro, para intentar apartar la tierra que lo mancha. Ese flequillo rebelde cae sin gracia una vez más por delante de tus ojos. Me sonríes. Es entonces cuando sé que me reconociste, a pesar de todo. Tu última despedida va dedicada a mi. Qué cruel es el destino.

Y ya no respiras. Te doy la vuelta con cuidado, para comprobar que, realmente, tu corazón ya no late. No me importa si alrededor mia continúa o no la batalla. Ahora, lo único que me importa es si aún te queda alguna esperanza. Pero aún antes de quitarte la armadura sé que es inútil. El soplo de vida que te quedaba hace tiempo que te abandonó.

Me elevan por encima de la muchedumbre. Me aclaman, me adoran. Hemos vencido. Ya están preparando la fiesta para celebrarlo. Pero no consigo alegrarme. Sus gritos me parecen estridentes, intento zafarme de la multitud, pero una avalancha de brazos me tapa el camino.

Creo que yo también dejaré pronto de existir. Mi vida ya no tiene sentido sin ti. Mi amado enemigo.

Lógicamente…

Y llegaron las hordas de tautologías y se pusieron frente a las contradicciones. Un contingente escondido en un lejano tablero semántico presenciaba el combate. Las cláusulas vacías volaban a uno y otro lado del campo de batalla sin piedad.

“RAA” gritaban las contradicciones

“LEM” vociferaban las tautologías.

Fue una lucha sin cuartel hasta que la noche estuvo bien entrada. Una bandera con el escudo de Herbrand ardía triste sobre los escombros. El contingente sólo se atrevió a salir cuando todo la calma invadía el campo de batalla. Tropezó y calló sobre un escudo decorado con el emblema de Skolem manchado de refutaciones. Lentamente paseó sobre los literales que habían quedado en el suelo. Una proposición agonizante intentó hacer un modus ponem, pero murió antes de terminarlo. El contingente cogió un cuantificador existencial y se preguntó si habría pertenecido a una contradicción o a una tautología. Era imposible saberlo.

“Esto no es lógico…”