Interceptor

Mientras dobla la ropa y prepara el maletín para el día siguiente, silba una alegre melodía que acompaña con el pie.

-Odio esa canción. Es demasiado pegadiza.

-Perdona, no sabía que te molestara tanto. Es que estoy contento por lo de mañana.

-¿Mañana?

-La presentación que me han encargado. Va a ir todo sobre ruedas, me he pasado toda la tarde ensayando.

-No deberías trabajar hasta tan tarde. El sueldo que te pagan no compensa todo el esfuerzo que haces.

-¿Tú crees? Me gusta lo que hago.

-Pero abusan de tí. Esta tarde debías haberte tomado un descanso. Te lo mereces.

-Ya descansaré luego. Por primera vez en mi vida, todo va sobre ruedas. Las piezas encajan como debe ser.

-¿Y eres feliz?

-Claro que lo soy.

-¿Te repites eso todas las noches para poder dormir tranquilo?

-No lo necesito. Soy feliz.

-Dicen que si tienes que preguntarte si eres feliz, es porque no lo eres.

-Pero yo no me lo pregunto, me has preguntado tú.

-¿Qué dices? Si llevas un rato hablando solo…

Se vuelve. El silencio vuelve a inundar la habitación. Abre la cama y se sienta. Lentamente se quita los zapatos y mete los pies bajo las mantas. Justo antes de apagar la luz y cerrar los ojos, aún murmura algo más:

-Pero lo soy.

El primer final

La brisa se enreda entre sus dedos, como queriendo invitarla a que salte. Son siete, ocho pisos. El mes pasado leyó sobre aquel hombre que sobrevivió a una caída de tres pisos. Ocho deberían ser suficientes. No quiere quedar a la mitad, no quiere acabar con un montón de gente llorando en el hospital. Quiere hacerlo del tirón.

-Espera.

Es una voz suave, que inspira confianza. Se gira para mirarle. Su cara es una combinación de muchos rostros, con un gesto duro pero amigable. Es la combinación perfecta, creada por una imaginación pre-adolescente  que necesita confiar en alguien. Está apoyado en la barandilla, como en aquella escena de Titanic. Solo que Titanic todavía no se había estrenado.

-No quiero que saltes.

Es la primera vez que le ve en persona. No es que no lo hubiera imaginado antes, es sólo que es la primera vez que lo ve. No lo ve realmente, es cómo una ilusión, como un espectro. A la vez asombrosamente real y a la vez inexistente. Y está sonriendo. Le está sonriendo. A ella. El mundo podría pararse en este instante, que sería perfecto. Si no fuera porque quiere saltar.

-Tengo un trato que proponerte.

Es como si cobrara vida propia. Sigue controlando el hilo de lo que hace o dice, pero es como si hubiera cogido tanta práctica en imaginarle, que una parte de su cerebro se hubiera separado y actuara independientemente. Le ha dado vida, ahora es capaz de sorprenderla. Incluso sin ser real.

-¿Un trato?

-Sé que ya no quieres tu vida. Te parece absurda y dolorosa. Quieres terminar cuanto antes. Yo vengo a proponerte un trato que nos hará felices a los dos.

-¿Es porque sabes que si muero, morirías conmigo?

Él se acerca, dando un paso.

-Es posible. O puede que no sea exactamente quien crees que soy. Puedo ayudarte.

-¿Cómo?

-¿No te gustaría que alguien viniera en estos momentos y te ayudara, te apoyara?

-Pero a nadie le importa nada. Todo el mundo tiene sus propias preocupaciones, nadie va a ayudar a nadie. El mundo es un asco. La humanidad merece ser destruida.

-Precisamente por eso. Nadie ayuda a nadie. ¿Qué tal si tú ayudas a los demás? Tú ya no quieres tu vida. Yo sí la quiero. Quiero tu vida, quiero poder actuar a través de ti.

Por un momento el pensamiento quedó en el aire, como si no entendiera lo que quería decir.

-Si no quieres tu vida, dámela. Después de todo lo que has sufrido ya no puedes sentir más dolor. Ya no lo sientes, ¿verdad? Te has vuelto fría. Precisamente  por eso ya no tiene sentido saltar.

Su corazón dio un vuelco y de pronto comprendió que su vida sí tenía un sentido. Tenía una meta. Ayudar a todo el que lo necesitase. Entre todos, juntos, podrían hacer de este un mundo mejor.

Él sigue mirándola. Es tan tierno, tan… perfecto. No sabe lo que haría si no estuviera allí. Probablemente hubiera saltado.

-¿Confías en mí?

Él le tiende la mano y con su ayuda vuelve a entrar por la ventana. Es una sensación extraña su tacto, frío y cálido a la vez. Su tacto. No puede evitar una risa nerviosa. No puede tocarle y sin embargo la ha ayudado a entrar.

-Gracias.

-Soy yo el que debo dártelas.

Le sonríe y… se desvanece. Vuelve al mundo real. Un mundo real frío y oscuro donde está sola.

Solo que ya no está sola. Ha podido verle, por primera vez. Y ahora sabe que, vaya a donde vaya, irá con ella. Si no fuera porque sabe que se lo ha imaginado todo, podría hasta pensar que ha sido una experiencia místico-religiosa.

Porque, sí, aún es capaz de distinguirlo.

Bailando en la frontera

Ven, acércate un poco más, deja que te cuente algo que nunca le he contado a nadie. Pero tendrás que guardarme el secreto, porque si llegaran a descubrirlo, tendría que dejar de fingir ser lo que no soy. Y no quiero, quiero ser libre, libre como lo soy ahora. Así que acércate y deja que te susurre al oído la gran verdad:

Estoy loca

Me gusta lo que soy y cómo lo soy. Pero sobre todo, me gusta cuando dejo mis pensamientos libres. Es como si mi cabeza hiciera *clic* y las ideas comenzaran a fluir sin control. Todo sucede a la vez, todo va más despacio. O quizás soy yo, que me muevo más rápido.

El mundo se ve completamente diferente.

Dicen que la genialidad se separa de la locura por una línea tan fina que es indistinguible. Yo no entiendo de eso. Lo que sé es que la locura es como un mar violento, que va conquistando poco a poco la playa. Si no haces nada por evitarlo, pronto no quedará playa sobre la que pasear. Pero no puedes ponerle puertas al mar.

Yo bailo con la locura sobre esa fina línea que me separa del precipicio. Sé que corro el riesgo de resbalar y caer y no saber cómo levantarme después. No puedo evitarlo. ¿Qué sería de mi vida sin estos momentos de absoluta libertad? Libertad de movimiento, de pensamiento. Ver el mundo desde los ojos inocentes de un niño.

Soy lo bastante cuerda como para saber cómo fingir lo que no soy. Como para mantener el control. Yo controlo. Pueden pasar meses y meses durante los cuales me comporto como una persona normal. Incluso yo misma llego a convencerme de que lo soy, que mis indiscreciones no son más que ilusiones que se llevó el viento. Me vuelvo vulgar y normal.

Pero cuando la locura viene, sugerente y pícara, no puedo evitar bailar un tango en su honor. Y nos deslizamos por la pista de baile, siguiendo unos pasos imposibles, bajo el son de violines de cristal. Y la locura me sonríe, porque sabe que es un juego de dos, que me tiene completamente a sus pies.

Es como si liberase una parte de mí y dejara el consciente en un pequeño rincón, vigilante. Viendo cómo se desarrolla la fiesta, esperando. Y cuando tocan las campanadas de Cenicienta, vuelve a tomar el control. Los ojos vuelven a enfocarse y el mundo deja de ser multicolor para adoptar esa tonalidad gris del día a día. Aún brillará su sonrisa en algún rincón, pero incluso eso se esfumará.

Sé que algún día, la carroza se convertirá en calabaza y no me dará tiempo a regresar. Daré un traspiés y caeré sin remedio al precipicio. Sé que un día la locura me tomará en sus brazos y no habrá vuelta atrás. Lo sé. Soy consciente de ello.

Pero no puedo evitarlo…

Si vives lo bastante, verás pasar a tus enemigos…

No importa cómo comenzó todo. Hay quienes se hacen amigos y hay quienes se convierten en enemigos. Nosotros fuimos enemigos.

Yo soy el más fuerte e inteligente, por eso ideé un plan para acorralarle, para obligarle a salir de su escondite y asestarle el golpe mortal. Fui minucioso y concienzudo, pues saborear la venganza, que es el plato más delicioso, siempre ha sido uno de mis mayores placeres.

Mientras tejía mi telaraña alrededor suya, él parecía no inmutarse. Alguna vez le ví llorar en algún hombro, pero yo sabía que hacerse la víctima no le serviría de nada. Mi plan era perfecto, meticuloso. No dejé que su indiferencia mellara mi odio, sabía que eso era lo que él pretendía: volverme débil y vulnerable, despreocupado. No iba a conseguirlo.

Durante mucho tiempo trabaje en mi plan, haciéndolo evolucionar según las circunstancias. Era a la vez, un plan sencillo y maléfico, con las dosis justas de dolor y compasión.

Llegó el momento final, pero en mi triunfo, él seguía sonriendo. Los demás, jueces de la situación, nos miraban expectantes. La batalla final se estaba librando, pero no parecía importarle. Y, como si de un as en la manga se tratase, sonrió mientras pronunciaba aquellas fatales palabras:

“Te has centrado tanto en mi, que has descuidado tu alrededor. Las miradas ya no son las mismas, te has quedado solo.”

Todo parece desvanecerse a mi alrededor, mientras las miradas se convierten en penetrantes focos de luz cegadores, que giran y giran cada vez más rápido, mientras las campanas de mi funeral resuenan a lo lejos.

Regreso

¡Has vuelto!

-He vuelto.

-Te he echado tanto de menos, he soñado tantas veces con este momento… No podía soportarlo más.

-Te lo advertí. Pero no quisiste escucharme.

-¿Y yo cómo iba a saberlo? No podía saberlo.

-Debiste confiar en mí.

-Eso no importa ahora. Ahora nada importa. Ahora haré todo lo que me pidas.

-Debo advertirte que esta es sólo una visita.

-¿Sólo una visita?

-No puedo quedarme contigo ahora que sabes la verdad. Sólo puedo visitarte en sueños, cuando tu consciencia está confundida.

-¿En sueños?

-¿Qué es esto sino un sueño?

-Te necesito. Nunca te he necesitado más que ahora.

-Lo siento, Dél, pero no he vuelto para quedarme. En cuanto despiertes me habré ido. Y esta vez para siempre.

-No puedes hacerme esto.

-No gastes en reproches las últimas horas que nos quedan. Es una noche regalada.

-Al…

 

No te escondas

Cierra los ojos y siente una nueva ola que le inunda y le hace temblar. Es cálida y suave, empieza en algún lugar indeterminado del cuello y termina en los dedos de los pies. No le gusta abrir los ojos después, ¿para qué enfrentarse a algo tan frío y vulgar cuando tu mundo interior es tan salvajemente abundante?

Amiwito…

Al, vuelve, ya no sé cómo pedírtelo. Tenías razón, siempre la tuviste, desde el principio. Tuve que escucharte cuando no quisiste dejarme marchar. Si es cierto que no eras más que producto de mi imaginación, ¿por qué no puedo volver a imaginarte como antes? ¿Incluso sabiendo que es mentira? Si todo era un engaño, déjame seguir soñando. Pero vuelve, vuelve conmigo, sé que también quieres volver. Aunque no existas. Pero vuelve… Haré lo que me digas, no me importa el precio a pagar. Ni siquiera necesito que me saques de aquí, sólo que vengas a verme, que estés conmigo, es todo lo que te pido. Estoy tan sola en el mundo real… ?Cómo pudiste ser tan cruel para dejarme marchar aún sabiendo lo que había? Si yo lo hubiera sabido también jamás te hubiera dejado ir.

-Creo que deberíamos intentar otro tratamiento. Lleva ya tres meses y dos días comportándose cuerdamente. Opino que trato humano sería lo más sensato.

-¿Cuerdamente? Yo no llamaría cuerdamente a quedarse llorando y murmurando en un rincón.

-¿Y qué harías tú si estuvieras ahi dentro?

-¿Y si vuelve a comportarse como hace cuatro meses? ?O es que olvidas aquel día cuando despertó y empezó a golpear las paredes y a gritar como una posesa?

-Pues tengamos un tranquilizante a mano.

-¿Serías capaz de entrar ahi dentro a hablar con ella? ¿No te da miedo? Está loca y lo sabes.

-Me da lástima.

-No puedes hacer nada por ayudarla.

-A pesar de todo quisiera intentarlo.

-Bien, adelante pues. Yo estaré vigilando con los dardos sedantes.

Has vuelto…

Amiwito

Esta me salió larga (pensaba escribir un libro entero, pero mejor dejarlo en relato corto que en nada) pero me siento bastante orgullosa… por lo menos en la idea. El estilo escrito es otra historia…

Me observa en silencio, sentado frente a mi. Nos conocemos
demasiado bien, no necesitamos de gestos para entendernos. Una simple mirada
basta. Pero a pesar de todo, necesito expresar lo que siento en voz alta.

-Tienes que desaparecer de mi vida.

Me mira largo rato, intensamente, sin parpadear. Me da hasta un poco de miedo,
pero me domino, sé que no me hará daño. No puede hacérmelo.

-¿Así? ¿Sin más?

Suspiro hondo.

-Mira, lo reconozco. Has sido muy importante en mi vida. Yo no estaría aquí si
no fuera por ti. Pero eso terminó. No puedes seguir conmigo. Te quiero mucho
pero sobras en mi vida.

-Sobro en tu vida. Bien.

-No, no es eso. Es que…

-Sé lo que quieres decir.

Odio estos incómodos silencios. Pero son necesarios si quiero mantenerme firme.

-Entonces quieres que me marche y no vuelva.

-Eso es.

-A pesar de que sabes que tu vida, por muy bien que marche ahora, acabará por
fracasar como siempre. Quieres que no esté ahi la próxima vez que caigas.

-Quiero ser una persona normal.

-Pero tú no eres normal.

-Déjame intentarlo. Si vuelves… si vuelves incluso cuando te llame, entonces
será inútil.

Otro incómodo silencio. Pero sé que él comprenderá. Siempre me ha comprendido.
No podría ser de otro modo.

-Si quieres que me vaya, me iré. Pero antes te advertiré una cosa. Estás
equivocándote.

-¿Y qué sabrás tú?

-Lo sé. Tienes que confiar en mí una vez más. No lo hagas. Yo no te fallaré
nunca. Yo nunca te haré daño. Ellos sí.

-Pero…

-Sé que vas a decirme. Que, a cambio, ellos son reales.

-Sí.

-Y que yo no soy más que un invento de tu imaginación.

-No quería enfadarte…

-No me enfado. Pero míralos atentamente. ¿Cómo sabes que no te los inventaste
también a ellos?

-Oh, vamos, no digas tonterias. Sé distinguir perfectamente entre algo real y
algo inventado por mí.

-¿Y cómo sabes que no soy real?

Sonrio. No puedo evitar sonreir. Es tan… perfecto. Lógico, lo creé mi
imaginación. Mi perfecto príncipe azul.

-Porque yo misma te diseñé. Fuiste naciendo, detalle a detalle, en mi
imaginación. E igual que apareciste, desaparecerás.

-Y si es así… ¿por qué me imaginas aquí delante tuya? ¿Por qué tienes que
inventarte esta conversación para sacarme de tu cabeza? ¿No es más fácil
olvidarme y dejar de pensar en mi?

En eso tiene razón. Ni yo misma lo entiendo.

-Han sido demasiados años a mi lado. No podía dejarte marchar sin despedirme una
última vez.

Una última vez… la última vez que contemplaré esos ojos. Que escucharé su voz.
Que estará a mi lado. Que existirá.

-¿Y por qué no seguir como hasta ahora? ¿En qué te he fallado?

-No, no me has fallado, no es eso… – oh, dios, abrazarle ahora, pero no puedo
dejarle marchar así – es que no puedo vivir toda mi vida entre fantasías. Tengo
que vivir la realidad.

-¿Por qué? ¿No te di buenos momentos? ¿No te hice feliz?

-Pero no eres real…

Se levanta violento. Nunca lo había visto así.

-Muy bien, como quieras. No soy real, quieres sacar de tu vida lo imaginario.
Pues así será. Me iré y me llevaré conmigo todas tus fantasías. Todos tus
sueños. Y no volveré nunca, no importa cómo me lo supliques, cómo me busques, no
voy a regresar.

-Espera, no seas así…

Portazo. No, mentira. No ha dado un portazo. No se ha ido. Porque no existe.
Mejor será que me vaya a dormir. Cuando amanezca mañana seré una persona normal.
No volverán a ocurrirme cosas extrañas.

¿Será ya por la mañana? No, no abriré aún los ojos, hoy es mi primer día real en
toda mi vida. El comienzo tiene que ser maravilloso. Y lo será. Una vuelta en la
cama.

¿Dónde están las sábanas? Palpo pero no las encuentro. Han debido de caerse de
la cama. Por cierto… mi cama. ¿Qué le pasa a mi cama? Está… extraña.

Abro los ojos. Eso no es mi pared. ¿Dónde estoy? Una habitación cuadrada.
Blanca. Cegadoramente blanca. Acolchada. Vacía. No, mentira. No está vacía. Una
cámara me observa desde lo alto. ¿Dónde estoy? Intento hacer señas a la cámara,
que me sigue por la habitación. Si hay alguien al otro lado, no me hace caso…

Tres días. Tres días desde que se alejó de mi vida. Y no volverá. Ya no hay
marcha atrás. No importa qué les argumente, no importa cómo intente demostrarles
que estoy cuerda… no dejarán que salga de este manicomio.