Siempre apunta a la Luna

Al otro lado de la mesa se sienta una mujer. Lee el formulario de solicitud y sonríe amablemente.
-Enhorabuena, te han concedido tus deseos.
Deja escapar un suspiro de alivio y devuelve la sonrisa.
-Gracias. Han sido muchos años trabajando duro, pero al fin he conseguido ahorrar suficiente karma.
-Antes de continuar, tengo que hacer algunas preguntas para asegurarme de que ha entendido los términos y condiciones. ¿Es la vida descrita en este contrato la que desea vivir?
-Así es.
-Mientras viva esta vida, ¿se compromete a mantener el karma en el nivel mínimo estipulado?
-Sí.
-En caso de cansarse de esta vida, ¿se compromete a realizar todo el proceso de cancelación a través de nuestras oficinas para que podamos cancelarla?
-Eso no pasará.
-Por favor, conteste sí o no.
-Sí.
-Muy bien, pues ya sólo queda concretar cuando realizará el pago de la fianza.
-¿Fianza?
-Sí, mire bien el punto tres, necesita realizar un sacrificio para consolidar su compromiso con nosotros.
-¿Un sacrificio?
Relee las condiciones. Ahí está, un sacrificio. Un sacrificio que le costará mucho más karma del que jamás ha gastado. Un sacrificio injusto.
-No lo entiendo. Creí que su labor era hacer feliz a la gente. Si hago esto que me están pidiendo, estaré fastidiando la vida de mucha gente.
Con la sonrisa inmutable, la mujer extrae unos diagramas que le muestra sin mirar.
-El universo tiene que mantener el equilibrio. Nosotros hacemos felices a la gente que merece ser feliz, claro. Pero esto tiene un coste. Recuerde que el paraíso de unos es el infierno de otros. No podemos crear una utopía perfecta en su vida sin retocar la vida de los que están a su alrededor. Este pago sólo es uno de los muchos pasos que tenemos que dar para poder mantener los paraísos de la gente que se los merece.
-Pero si hago esto… dejaría de merecer el paraíso.
-No sea tan duro consigo mismo. El paraíso ya lo tiene ganado. Esto es sólo un pequeño precio a pagar.
-¿Significa esto que si hago este sacrificio que me pedís… tendré mi paraíso utópico?
-Ḿientras pague el tributo, mantendrá su paraíso.
-El tributo…
-El tributo son sacrificios menores que tendrá que realizar periódicamente. Nada comparable con la fianza, por supuesto. Y recuerde que todas estas acciones quedarán fuera del cómputo de su karma. No hay nada de lo que preocuparse.
-¿Cómo no va a haber nada…?
Mira de nuevo el contrato. Maldita sea. Lo tenía ahí, al alcance de la mano. Casi podía saborearlo… y ahora…
-Lo siento, no puedo aceptar.
-Esta es una oferta limitada, si más adelante quisiera optar a un paraíso, tendría que volver a realizar todo el proceso desde cero. Y optar por el mismo deseo restará puntos en el cómputo final.
Todo lo que siempre había querido. Todo. Pero así no. Si este es el precio a pagar, no lo quiere. Se sentiría sucio, artificial, mentira. Sería un deseo del que no podría disfrutar. Relee las condiciones una vez más. No, no puede hacerlo. No es justo, no se sentiría bien.
-Me habéis estropeado mi deseo.
-Oh, vamos, ¿en serio?
-Mi deseo era puro, sencillo. Lo habéis mancillado.
-Tu deseo era un deseo como los demás. Igual de sucio e irracional. Puedes haberlo adornado mentalmente, pero sólo era una capa para tapar la verdad: que seguimos siendo animales irracionales que queremos todo sin esfuerzo.
Se levanta. Da unos pasos hacia la salida y se vuelve.
-¿Quiere decir que todos los ganadores son unos farsantes?
Su sonrisa sigue ahí, inmutable. Horrible.
-Todos pagamos un precio por lo que tenemos. Todas nuestras vidas son imperfectas. El equilibrio del universo…
No deja que termina la frase. Sale corriendo mientras intenta evitar un llanto que le sube del estómago. Así no. Así no.

Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

No quiero ser fuerte

Es esa extraña sensación de que todo se está derrumbando a tu alrededor mientras la vida sigue y nadie parece notarlo. El mundo, tal y como lo conocemos, está a punto de dar un vuelco. Pero parece que a nadie le importa. Todos siguen sonriendo, ajenos a la desgracia, todos siguen adelante con sus vidas. Pero ¿cómo podría seguir yo?

Ya no es cansancio. Ni siquiera es soledad. Es desesperación. La desesperación que te sube la adrenalina para poder seguir dando un paso más. Aunque desde ya sabes que no llegarás al final del camino. Sabes que no tienes fuerzas para llegar hasta allí.

Pero aunque llegaras, sabes que no hay nada esperándote allí. Es sólo otra etapa más de un camino que ya no tienes claro a dónde va. Simplemente sigues hacia delante porque no te queda otra opción. Simplemente sigues. Hasta que tu cuerpo ya no aguante más y, con el último aliento, tropiece para no volver a levantarse.

No importa cuánto te prepararas para este momento. De nada sirve que haya un búnker de paredes infranqueables si no hay víveres para sobrevivir dentro. No podrías refugiarte allí ni aunque encontraras un motivo para hacerlo. La existencia se tambalea y da vueltas hasta marearte, mientras te aferras a lo poco que te queda.

Y la vida sigue. Sin tí.

Un tarro de cristal

Agita suavemente el tarro de cristal mientras observa cómo la sustancia opaca y casi grisácea que contiene se balancea entre sus paredes. Ya queda poca. Demasiado poca. ¿Cómo ha podido ocurrir? Tenía que haber sido más previsor. Se lo advirtieron. Todavía recuerda el discurso que le dieron cuando le entregaron el tarro, hace muchos muchos años:

“Úsalo con cautela porque al final siempre te parecerá poco. Recuerda que para conseguir cosas en esta vida, tendrás que dar parte del contenido. Escoge con cuidado tus objetivos porque no podrás comprarlos todos.”

Ahora ya no importa, piensa. Cuando se lo dieron era tan blanco y puro, tan brillante. Un enorme tarro lleno hasta arriba de inocencia. En manos de un niño que tenía todas las posibilidades a sus pies. “Hay suficiente”, pensaba, “esto es sólo el principio, un poquito para probar cosas.”

Y un poquito llevó a otro poquito. Y cuando quiso darse cuenta, tenía el tarro medio vacío. Ya entonces se asustó y decidió moderar su uso. Pero la vida seguía dando bandazos y hubo oportunidades que no supo rechazar.

Así que ahora lo usa con cautela, abriéndolo sólo para las ocasiones especiales. Porque cuando su inocencia se acabe, cuando gaste la última gota que contiene el tarro, entonces la vida se volverá fría y opaca. Entonces, ya nada podrá sorprenderle. Y habrá llegado el final.

Al fin, venganza

Ahora ha llegado mi turno. Es el momento de cobrar infortunios pasados. El momento de saciar mi sed de venganza. El momento de demostrar que yo también soy alguien a quien respetar. El momento de que todo el mundo conozca mi poder.

He pasado demasiado tiempo esperando este instante. Esperando que llegara la hora en que alguien inclinase su cabeza ante mi. Que los débiles y los desamparados tiemblaran al verme aparecer. Que los poderosos me miren y no por encima del hombro. Quiero descargar mi venganza acumulada todos estos años. Quiero que se me respete, que se me odie y admire a partes iguales. Que se me envidie. Quiero que aquellos que creían estar por encima de mi no tengan más remedio que reconocer que ahora estoy a su altura. O mejor aún, que les supero.

Por fin podré devolver todos los golpes que he ido recibiendo en todos estos años. Puede que quienes los reciban no sean los que me golpearon a mi, ¿pero qué importa eso? Ha llegado la hora de mi reinado, por fin yo seré quien manda aquí. Nadie hará un gesto sin que yo quiera. Nadie se atreverá a rechistarme. Nadie me mirará directamente a los ojos. Nadie osará llevarme la contraria. Nadie. Sólo un gesto, el primer golpe, y lo habré conseguido.

¿Por qué tiembla mi mano? Debe aprender al igual que aprendí yo. Debe sufrir lo mismo que sufrí yo. Debe comprender, al igual que yo comprendí, a crecer a base de dolor. Es la única forma.

¿Realmente lo es?

No me mires a los ojos. No me mires a los ojos. No me mires con esos ojos. No conseguirás recordarme la primera vez que yo recibí un golpe. No conseguirás que me sienta identificado contigo. No conseguirás transmitirme tus esperanzas. Si ese es tu propósito, estás equivocado. Soy de piedra, soy inalcanzable. Soy alguien que está fuera de tus posibilidades. Jamás podrías conmoverme. No voy a perdonarte. Eres mi único medio para alcanzar la cumbre. Si no te doy este golpe, ambos estaremos perdidos. Mi autoridad quedará reducida a cenizas y ni siquiera yo sería capaz de protegerte. Voy a golpearte. Es la única salida.

Porque tienes que aprender, lo comprendes, ¿verdad? ¿Lo comprendes? Necesitas saber lo que es el dolor y yo necesito demostrar mi poder. ¿Por qué no lo comprendes?

Deja de mirarme. Deja de llorar. No tiembles. No me hagas retrasarme más. No me hagas dudar.

No me hagas perdonarte.

Puede que no sea la primera vez que alguien hace este gesto. Puede que sea un gesto que nadie más vaya a repetir. Pero prometo que yo no crearé más engendros como en el que me quisieron convertir. Prometo que no volveré a volcar mi odio y mis frustraciones sobre los demás. Prometo que, si está en mi mano, evitaré que nadie más cometa ese error. Y sobre todo, prometo que nunca jamás te harán el mismo daño que me hicieron a mi.

¿Esperanza?

Todo comenzó una mañana de verano tardío. No, miento. Todo comenzó mucho antes. Fue un movimiento lento, suave, casi imperceptible. Incluso aquellos de los más pesimistas tardaron en darse cuenta de que algo estaba sucediendo. Se fue fraguando durante años, décadas incluso. Hay quien piensa que siglos. Realmente es algo que no puede definirse con exactitud. Tampoco es algo que tenga importancia ahora.

Lo que si es cierto es que aquella mañana hubo un cambio radical. O mejor dicho: fue el momento en que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Aquel atentado fue un duro golpe para la democracia. Sí, en aquellos entonces aún teníamos democracia.

No, no me mires así. Puede que no fuera el mejor sistema de gobierno. Pero ¿sabes? si uno realmente tenía interés podía llegar a ser alguien. Y sobre todo, teníamos libertad. Esto que te cuento podría haberse gritado enmedio de una plaza multitudinaria y nadie te hubiera mirado mal. ¿Más inseguridad? Depende de como lo mires. Existía siempre esa pequeña posibilidad de que te robaran en un callejón oscuro… pero ¿crees que ahora no sigue ocurriendo?

El caso es, que aquella mañana empezó a derrumbarse visiblemente algo que nosotros habíamos creído hasta entonces fuerte e inamovible. En pro de la seguridad y la defensa, empezaron a recortar nuestros derechos. Sí, es posible que ahora estuviéramos más seguros. Pero ¿a qué precio? ¿Y realmente estábamos más seguros? No lo sé. Pero sé que teníamos más miedo. Mucho más miedo.

No fue sólo aquel atentado lo que cambió nuestra forma de vida. Hubo cambios mucho más sutiles, sólo visibles para aquellos ojos preparados para ver. Eternas reformas educativas que sólo conseguían que cada generación fuese un poco más ignorante que la anterior. Bueno, ignorante en cuanto a ciencias, porque el ocultismo, los fanatismos religiosos y la brujería volvieron a tomar protagonismo en la vida diaria. Las diversas sectas religiosas empezaron a ejercer más abiertamente sus influencias.

Sí, sectas. ¿Te extraña que las llame así? Un escalofrío recorre tu espalda porque sabes que, aunque hayan intentado ocultar su auténtica forma, es lo que son. Ahora también sientes el miedo, empiezas a comprender que lo que creías una sociedad avanzada no es más que la antesala de la próxima Edad Oscura. Una nueva Edad Media donde cualquiera puede ser acusado de brujería y quemado en la plaza del pueblo.

Chocheo, ?verdad? Desvarío, estoy loca. Esto no era lo que te habían dicho en la clase de Historia. Sí, es muy probable que no. Recuerdo una clase de Historia que tuve yo también a tu edad, justo por la época en que todo empezó a derrumbarse. Hubo dos frases que me llamaron la atención: “La Historia es un ciclo que siempre se repite.” Siempre. Si los Antiguos Griegos fueron una Edad de Oro, los Romanos fueron su Decadencia. Es un ciclo que siempre se repite. Cada vez llegamos más alto. Pero a más alto llegamos y más avanzados estamos, más dura es la caída. La otra frase que me llamó la atención fue que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. Por eso tuvieron tanto interés en destrozar la educación. Por eso quisieron con tanto empeño que nadie supiera la verdad. Ni siquiera tú, hoy en día, te das cuenta de lo que hicieron.

Salíamos a la calle sin miedo, se respiraba la libertad. Podíamos tener una vida lo más extraña y compleja que quisiéramos, nadie leía nuestros correos, nadie nos observaba minuciosamente, nadie, desde ahi arriba, iba guardando en una enorme base de datos todos nuestros movimientos, esperando que algún día, cuando empezáramos a tener nuestras propias ideas, pudieran utilizar nuestras propias palabras contra nosotros mismos.

Si entrabas en un hospital, nadie te preguntaba el nombre, ni el número de cuenta bancaria. Simplemente te atendían. ?Te extraña? Todos teníamos derecho a vivir, a tener un médico a nuestro lado, fuésemos quienes fuésemos. Nuestros impuestos eran devueltos en forma de carreteras gratuitas, pensiones para la tercera edad, asistencia médica, transportes urbanos, … Claro, claro que había mendigos por las calles… No como ahora, que los matan directamente. Oh, pero tú creíste la mentira de que no había pobres. Ingenuo. ?Cómo van a mantener sus propiedades si no es a costa de exprimirnos a las clases más bajas?

Clases bajas… Esa es otra cosa que me sorprende. Nosotros no teníamos ese tipo de distinciones. La nobleza no era más que un título que se anteponía al nombre en los actos oficiales. No era más que una marioneta de manos de la prensa rosa. Sí, algunos países tenían monarquía, pero la mayoría era una monarquía sin poder real, simplemente estaba ahi por tradición, por un falso sentimiento de seguridad. Por capricho.

Sí, sí, es cierto que te dicen que ahora estamos más avanzados y nuestra sociedad es más moderna aún. Pero te lo dice alguien que ha probado las dos etapas. Puede que mis ojos estén ya ciegos y mis manos tiemblen, pero mi razón y mi memoria siguen tan atentas como siempre. Escucha lo que esta vieja anciana quiere contarte. Porque puede que sea la única manera de llegar a la verdad y entenderla. Y de volver a colocarla en su sitio. Porque, ?sabes? puede que ahora os sintáis todos más seguros. Pero yo tengo miedo.

Gracias

Gracias por todo

Gracias por abrirme los ojos

Gracias por hacerme ver la realidad

Gracias por enseñarme que las puñaladas que más duelen son las que vienen de más cerca

Gracias por dejar que la luz me cegara

Gracias por demostrarme que la amistad es sólo una palabra

Gracias por violar mi inocencia

Gracias por hacerme comprender que no se puede confiar en nadie

Gracias por arrancarme la ilusión

Gracias por plantarme la semilla de la desconfianza

Gracias por destrozar algo que yo creía sagrado

Gracias por congelar el fuego

Gracias por tu indiferencia

Gracias por disipar mis sueños

Gracias por demostrarme que las utopías jamás son reales

Gracias por hacerme ver lo imbécil que fuí al confiar en ti

Gracias por traicionar nuestras promesas

Gracias por conseguir que comprendiera que por mucho que te esfuerces, al final te acaban haciendo daño

Gracias por ser tan egoísta

Gracias por no pensar en las consecuencias de tus actos

Gracias por haberme fallado

Gracias por haberme vuelto a fallar

Gracias por haber cogido la última oportunidad que te dí para fallarme otra vez

Gracias por jugar conmigo

Gracias… o eso creo

Gracias por nada

Allí, donde la luz se funde en las tinieblas

Cuando crees que ya te has acostumbrado al dolor, viene otra ráfaga que te quita todo sentido, sólo eres capaz de seguir sintiendo dolor y más dolor. Casi no tienes tiempo de pensar qué ha ocurrido. Lo último que recuerdas es morir, morir una y otra vez. Sientes que hay alguien ahi fuera que juega contigo, con tu dolor, pero no eres capaz de reconocerlo.

¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto? ¿No ves que estoy sufriendo? ¿No crees que ya tuviste bastante conmigo? No, sigues, sigues empujándome hacia este abismo. Y cuando el dolor consigue matarme, renazco otra vez para volver a sentir más dolor aún.

Abres los ojos y le ves. Está ahi, riendo. Riendo con tu desgracia. Te observa y se divierte viendo cómo sufres, cómo sientes cada vez más y más dolor.

¡Haz algo! ¡Ayudame! ¡Sácame de aquí! ¿No ves que sufro? ¿No oyes mi dolor? No te quedes mirándome como si esto no tuviera nada que ver contigo. ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué no haces nada?

Porque estás a mi merced. Eres mío. Tu infierno no es más que mi paraíso. Yo vendí mi cuerpo y mi alma por disfrutar por toda la eternidad viendo cómo pagabas por el dolor que me causaste. Y cada vez que te rindes y te dejas morir, lo único que haces es atravesar un infierno más, todos ideados por mí, para que puedas sentir aún más dolor.

¿Quién eres? Déjame en paz. Déjame morir del todo. Déjame. Fuera lo que fuera lo que te hice alguna vez no puede ser comparable al dolor que siento.

¡¡Qué sabrás tú de mi dolor!! Pagarás, pagarás con intereses. Ése era el trato. Vendí mi alma a cambio de la tuya. Tú elegiste morir y yo elegí ser un siervo del infierno. ¡¡Y SUFRIRÁS!!

Muerte. Dolor muerte y más dolor. Es un ciclo sin fin del que sabes que no puedes escapar. Y eso es quizás lo que te causa más dolor. Saber que, hagas lo que hagas, estás perdido sin remedio. Perdido para toda la eternidad.

Dime al menos quién eres. Dime qué te hice para merecer esto. Dime por qué me odias tanto. Cuéntame que fué lo que hice mal. Sal a la luz para que pueda ver tu rostro. Déjame saber quién eres. Aunque ya no pueda arreglarlo, dime, que fue lo que te hizo obsesionarte conmigo de esta manera.

Aún cuando estuvieras en plena posesión de tu razón no serías capaz de reconocerme, sólo verías el más horrible terror que hayas alcanzado jamás a imaginar. ¿De qué te servirá saber quién soy? Yo nunca signifiqué nada para tí. Por más que luché por subir a lo más alto nunca reconociste mi gloria.

¡No! ¡Espera! No me dejes así. Escúchame. ¿De qué sirve que me cobres con dolor? ¿Acaso esto apacigua tu alma? Fuera lo que fuera lo que hice en la otra vida, perdóname porque no sabía lo que hacía.

Hablas de perdón y sin embargo nunca tuviste piedad conmigo.

Mueres.

Una eternidad más sufriendo. ¿Qué más dará? Llega un momento en que olvidas todo pasado y el dolor te envuelve. Llega a ser casi el cálido manto que te protege del frío ser que se mueve alrededor tuya, observándote.

Una lágrima…

Mueres otra vez.

 

Silencio. Luz. ¿Dónde estoy? Hace un momento estaba en el infierno. ¿Habrá sido todo una pesadilla? ¿Estaré muerto ya? No reconozco nada y sin embargo me siento en casa. Una figura a mi lado, tendida. No puede ser. Y sin embargo, es.

Perdóname…

El perdón será mi venganza.

RyJ

Perdóname Padre, haz que me perdone. He pecado y no sé cómo arreglarlo.

Supongo que habrá oido la desgracia que ha ocurrido recientemente en Verona. Tantas muertes de tantos jovenes inocentes… y yo, sólo yo tengo la culpa. Lo sabía, podría haberlo evitado. Pero en mi afán por intentar arreglar las cosas a mi manera no hice sino empeorar la situación. Yo, máxima autoridad eclesiástica en Verona, soy un asesino.

Déjeme explicarle cómo sucedió todo. Empezó cuando la pequeña Julieta vino a mi, desesperada, pidiendo mi ayuda. Había pecado, padre, y había quedado preñada de su amante. Cuando él se había enterado de la noticia, en lugar de casarse con ella para enmendar el pecado, la despreció, abandonándola a su suerte. Ahi la tenía yo, desamparada, pidiéndome que intercediera por ella ante Dios y ante sus padres.

Entonces fue cuando se me ocurrió la fatídica idea de arreglar los dos problemas en uno: si conseguía casar en secreto a la hija de los Capuleto con el hijo de los Montesco, podría traer la paz y el sosiego a Verona. Así que le propuse que conquistara al hijo de los Montesco y yo arreglaría rápidamente una boda discreta. Más calmada, regresó a su casa.

A continuación fui a buscar a Romeo. Lo encontré junto a su amigo Mercutio, que se mofaba de él por haber perdido a su amante Rosalía a la puerta de un convento. Cuando me vió, se excusó rápidamente y nos dejó solos. Comencé alabando su fé y su buen corazón y terminé proponiéndole mi plan: si aceptaba casarse con Julieta, además de demostrar a Mercutio que él también era un gran amante, ganaría una hermosa esposa y terminaría la guerra entre Capuletos y Montescos, con una gran victoria para los Montesco. Para mi contento, Romeo estaba tan desesperado que aceptó mi plan, comunicándome que esa misma noche habría una fiesta en casa de los Capuleto, y que iría a conquistar a su joven hija.

Por desgracia, señor, mi plan funcionó perfectamente. ¡Perdóname, Dios mio, ten piedad de este pobre siervo! Sólo pretendía traer la paz y la tranquilidad a mi amada Verona. Aquella misma noche, Romeo y Julieta se prometieron amor eterno y a la mañana siguiente ya estaba concertada la boda. Con la complicidad del ama de Julieta, aquella que contó esta historia para beneficiarse a sí misma, los casamos en secreto y juntos yacieron una noche como marido y mujer.

La desgracia siempre se ceba en los más débiles, y el rumor corrió por toda Verona de que Julieta ya no era virgen y que un amante había pasado la noche en su alcoba. Poco tuvieron que investigar sus padres para averiguar que el, hasta hacía escasos días, amante de Julieta era Mercutio. Enterado de esto, su primo Tybalt decidió vengar el honor de su familia, encontrando a Mercutio en la calle y retándolo a un duelo.

Enterado Romeo de que su amigo había fallecido a manos de Tybalt, no hizo sino correr a vengar su muerte, resultando así castigado al destierro que vos mismo conocéis. Dios me castigó por intentar un plan tan descabellado, a mi, que sólo intentaba actuar de buena fé.

Al enterarse Julieta de que su amado Mercutio había muerto y que su boda con Paris se había adelantado para disimular su estado, quedó tan trastornada que vino a mi a pedirme ayuda espiritual. Me juró y perjuró que si yo mismo no le daba muerte, se haría con algún veneno para acabar con su vida. Intentando apaciguarla, le di cierta poción que una vez ingerida, la haría dormir 72 horas seguidas, fingiendo la muerte, esperando que para entonces hubiera conseguido traer de vuelta a Romeo y deshacer el entuerto. Ella, creyendo que era el veneno que me había pedido, corrió a su casa. Yo, de mientras, fui a avisar a Romeo de que regresara.

Aciagos son los caminos, que mi mensajero cuando llegó no encontró a Romeo donde debiera de estar. Agobiado, sabiendo que Julieta despertaría sin encontrar a mano una solución a su situación, confié en su prometido Paris para que fuese a despertarla y le prometiese casarse con ella de todas formas, cuidándola y amándola a pesar de todo. ¡¡Ruín destino!! que no quiso que ninguno de mis planes finalizara con éxito, pues Paris se encontró en la puerta de la tumba de Julieta con Romeo.

Sabido ya de los amores de su futura esposa con éste, y sabiendo que mientras Romeo continuase vivo no podría formar parte de la familia Capuleto, Paris le retó a un duelo de honor. Romeo, por su parte, creyendo que Paris era el causante de la precipitación de la muerte de Julieta, su único salvoconducto para regresar a Verona con los suyos, aceptó el duelo sin más preguntas. Aciago, muy aciago día aquel en que Romeo se sobrepuso con la espada a Paris.

Cuando Romeo entró en la tumba y descubrió lo que creyó el cadaver sin vida de Julieta y enloqueció, pues sabía que su matrimonio con Julieta era el único motivo que podría aliviar su destierro. Viéndose perdido, sin esperanza, recurrió a un veneno que había traído consigo y falleció en el acto.

Julieta, por su parte, cuando despertó de su sueño, encontró a su marido y a su prometido muertos a sus pies, sin comprender bien por qué seguía viva y viendo que sus posibilidades de matrimonio para cubrir su vergonzoso estado eran nulas, decidió acabar su vida con la punta de un puñal que Romeo llevaba consigo.

Y ésta, y no otra, es la verdadera historia de Romeo y Julieta, mal contada por la traidora ama de Julieta en otra ocasión. Una historia de honor y poder. Una historia donde el poco amor y respeto que se respiraba en Verona acabó con la vida de tantos hermosos jovenes. Una historia que jamás hubiera ocurrido si yo no hubiera intrigado.

Señor, haz que me perdone, yo sólo quise el bien.