Palabras y más palabras

A veces las palabras se derraman por la página en blanco. Se golpean unas con otras en un torrente desordenado, en una orgía sin control. Se pisan, se sobreponen, se interrumpen unas a otras sin descanso. Pero igual que un río furioso, donde las gotas de agua se mezclan y chocan, al final acaban encontrando la forma de fluir y  formar un texto con sentido. Y, aunque sigue siendo un torrente caótico y violento, inexplicablemente acaban por encajar y enlazarse para que, visto con perspectiva, el paisaje sea sereno y apacible. Al final, las palabras que originalmente se rebelaban contra toda estructura lógica, acaban por dar la impresión de formar un párrafo bien planificado y organizado desde el principio, engañando al espectador y aparentando sosiego.

Caos

-Céntrate, intenta que concentrarte en un único hilo, tienes que acallar las demás voces.

¿Recuerdas? Fue aquí mismo. Maullidos. Maullidos que desgarran la noche. Seguro que el día de mañana se acordará de este momento y sonreirá. Apenas se conocían cuando todo empezó. No me abandones, tienes que volver.¿Te has parado alguna vez a observar cómo rompen las olas?Me están volviendo loca. No me creen, dicen que no eres real.

-No puedo, no puedo concentrarme, son demasiados. Se están matando entre ellos.

¡Idiota! ¡Idiota! Sabías que no debías hacerlo.Violentas, suaves, de todo tipo.Se eriza, sacando las garras, mientras mira fijamente a su oponente. ¿Dios? ¿Estás ahi? ¿Siquiera existes?¡Ayudame! No tienes ningún derecho, ¿me oyes? ¡Ninguno!¿Eso es sangre? ¿Sangre de verdad? ¿Por qué estás cubierto de sangre?Me has dejado sola, ¿por qué? ¿Acaso hice algo mal? Pero es que nadie dijo que fuera justo. Y si alguien te lo dijo, te mintió. Las cosas no son así. Me das asco. Tú y tu manera de hacer las cosas.

-Puedes hacerlo, tienes que dejar que las historias se desarrollen. Tienes que dejarles sitio, conseguir que maduren para poder escribirlas y librarte de ellas.

-Me rindo, no puedo. Me han ganado la batalla.

-Tranquila, respira. Céntrate en un punto. Saboreala, letra a letra.

Rugen sin descanso, día y noche. Hubo un tiempo que creyó que estaba dedicado a ella, pero aquello queda ya muy lejano. Sabe que para Poseidón, o como quiera que se llame, nunca fue realmente especial. Sólo fue una, de tantas otras.Una, que pronto fue sustituida.

-Eso es, tranquila, deja que fluya…

Pinturas

No, no puede explicarlo. Son imagenes, situaciones que surgen dentro de su mente. Al principio son difusas: una palabra, un gesto. Pero luego van tomando forma y, como la fruta madura, llega un momento en que pesa demasiado. Y hay que dejarlas ir.

Entonces es cuando transforma la idea en colores y deja que el pincel haga su trabajo. No es él quien maneja el pincel, es una entidad superior que va formando las figuras y los colores hasta que por fin, agotado, da un paso atrás y mira la obra. Entonces, esa idea que había estado atormentándole queda atrapada en el lienzo, dejándole al fin descansar. Aunque sólo hasta que la siguiente idea le atrape.

No pinta para los demás. No pinta por ocio. Tampoco pinta por hacerse el interesante. Pinta porque necesita pintar, porque es la única vía de escape que conoce para todas esas ideas que se empeñan en dar vueltas en su cabeza. Pinta para ser libre. El hecho de que los cuadros acaben en una pequeña exposición es sólo circunstancial.

El terror

Una hoja en blanco ante sus ojos. Un bolígrafo sin capuchón en su mano. Miles de ideas y ninguna manera de expresarlas. No es que sienta miedo ante la hoja en blanco, simplemente siente terror. Sabe, porque lo ha vivido ya muchas veces, que en cuanto empiece a escribir las palabras fluirán solas por el papel, a veces incluso adelantándose a su propio pensamiento. Pero ahora mismo no es capaz. No hay manera de comenzar todo lo que tiene que decir, no sabe por dónde atacar. Sin embargo tiene que hacerlo, no puede marcharse sin más, necesita hacerlo, necesita este escape para poder volver a salir a la luz del sol. Y no puede. Cierra los ojos un momento, como intentando eludir la situación. Cuando los abre la hoja sigue ahi, con un blanco casi cegador. Le gustaría poder cambiar el color, escribir sobre negro, seguro que así le sale más fácil. Pero no puede, lo único que tiene es una hoja en blanco y un bolígrafo de color indefinido (aún no lo ha probado) y ganas de escribir. Sabe que en cuanto se aleje del folio un millón de ideas volarán por su cabeza luchando por salir, pero que cuando se sienta para dejarles paso, desaparecen. Siempre hacen lo mismo, como si tuviesen miedo de salir a la luz.

Sin querer ha apoyado el bolígrafo sobre el papel, dejando una mancha azul en la blancura. Automáticamente, como si eso fuese lo que había estado esperando, se abre el grifo y comienza a escribir frenéticamente.

Y seguir escribiendo…

Estaba tirada en la cama, con el cuaderno entre sus manos. Pasaba las hojas lentamente, sopesando cuidadosamente lo que estaba escrito. No había salido una historia mala. Al contrario, aunque mientras la escribía había llegado a pensar que era extraordinariamente vulgar y aburrida, tenía esos pequeños detalles que hacían que mereciera la pena. Leyendo algunos pasajes se había puesto nostálgica, pensando que podría haberlos escrito de alguna otra manera. Con otros, en cambio, se dio cuenta de que la historia no podría haber ido por mejor camino.

Al fin llegó a la última página escrita. Aún quedaban muchas hojas en blanco a la derecha, sin escribir. Sin embargo no estaba segura de si continuaría la historia. Si no volviera a escribir, esos últimos párrafos quedarían como el final feliz que siempre quiso escribir. Si seguía escribiendo corría el peligro de volver a torcer el argumento y no poder arreglarlo satisfactoriamente después.

Debió ser su espíritu aventurero el que le hizo volver a empuñar el bolígrafo, y después de meditar un poco, empezar un nuevo capítulo en la historia. Puede que estuviera sacrificando a sus personajes, pero dejar de escribir no significa en absoluto que después del final no ocurran cosas. Simplemente, que no se cuentan.

🙂

😛