Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

Monstruos

Tengo miedo de los monstruos.

Sí, parece mentira, una mujer hecha y derecha como yo, con miedo de los monstruos. Mirando bajo la cama, o peor aún, sin atreverse a mirar bajo la cama con la certeza de que un ser peludo y babeante de colmillos sangrientos me está esperando.

Siempre me han dado miedo. Momias, vampiros, aliens, Espinete, gnomos, trolls, brujas, ogros, fraggles, … Seres salidos de la imaginación de alguien que cobran vida cuando apagas la luz. Visitas inesperadas que hacen crujir las cañerías cuando todo el mundo duerme. Nuestros eternos acosadores nocturnos.

Llegó un momento en mi vida en que necesité encontrar una salida a mi miedo. No puedo temerles. Así que intenté razonar. Los monstruos parten con una ventaja sobre nosotros: no sabemos nada de ellos. No sabemos qué piensan, no sabemos qué intenciones tienen. Tampoco sabemos sus armas y sus habilidades. Sólo sabemos que esperan a que nos demos la vuelta para atacar. Paradójicamente, este es el único pensamiento que me tranquiliza: como no sabemos cómo defendernos de ellos, no podemos hacerlo. Así que, por qué preocuparse. Un bonito proverbio chino nos acompaña este pensamiento: “Si tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene, ¿para qué te preocupas?”

En todos estos años, los monstruos no han dado señales de vida. No parecen interesados en mí. No parecen saber que les tengo miedo. Y aunque estuvieran interesados en mí, ¿qué podría yo aportarles? No soy nadie, no tengo ningún poder. No soy interesante. El único objetivo que podrían tener sería para matarme. Pero si es sólo eso, matarme… entonces, ¿por qué me preocupo? No seré yo quien tenga que limpiarlo todo después. ¿Quizás quieran convertirme en uno de ellos? Bueno, en ese caso también adquiriría sus poderes, y podría luchar contra ellos para erradicarlos definitivamente. No suena tan mal.

A pesar de todo, cuando llega el momento de ir a dormir, cuando todo está en silencio y tengo que alargar la mano fuera de la sábana para apagar el interruptor, no puedo evitar pensar… pensar que están acechando.

Frío

Se acurruca un poco más intentando buscar el calor, pero la manta está fría y tiesa y le raspa la piel. Podría intentar huir de allí, pero acabaría congelado antes de llegar a ninguna parte. El frío que hay fuera es aún más terrible que el que le rodea aquí dentro. Nota como su corazón palpita con fuerza, pero la sangre no consigue llegar más allá de su pecho. Siente los labios amoratados y los pies dormidos. Intenta llorar pero no puede. Nunca ha sabido llorar. Se le queda la garganta cogida y los ojos se le nublan, pero no es capaz de romper a llorar. Vuelve a revolverse intentando buscar una postura más cómoda, pero siente que se ahoga cada vez más y más.

Al fin, venganza

Ahora ha llegado mi turno. Es el momento de cobrar infortunios pasados. El momento de saciar mi sed de venganza. El momento de demostrar que yo también soy alguien a quien respetar. El momento de que todo el mundo conozca mi poder.

He pasado demasiado tiempo esperando este instante. Esperando que llegara la hora en que alguien inclinase su cabeza ante mi. Que los débiles y los desamparados tiemblaran al verme aparecer. Que los poderosos me miren y no por encima del hombro. Quiero descargar mi venganza acumulada todos estos años. Quiero que se me respete, que se me odie y admire a partes iguales. Que se me envidie. Quiero que aquellos que creían estar por encima de mi no tengan más remedio que reconocer que ahora estoy a su altura. O mejor aún, que les supero.

Por fin podré devolver todos los golpes que he ido recibiendo en todos estos años. Puede que quienes los reciban no sean los que me golpearon a mi, ¿pero qué importa eso? Ha llegado la hora de mi reinado, por fin yo seré quien manda aquí. Nadie hará un gesto sin que yo quiera. Nadie se atreverá a rechistarme. Nadie me mirará directamente a los ojos. Nadie osará llevarme la contraria. Nadie. Sólo un gesto, el primer golpe, y lo habré conseguido.

¿Por qué tiembla mi mano? Debe aprender al igual que aprendí yo. Debe sufrir lo mismo que sufrí yo. Debe comprender, al igual que yo comprendí, a crecer a base de dolor. Es la única forma.

¿Realmente lo es?

No me mires a los ojos. No me mires a los ojos. No me mires con esos ojos. No conseguirás recordarme la primera vez que yo recibí un golpe. No conseguirás que me sienta identificado contigo. No conseguirás transmitirme tus esperanzas. Si ese es tu propósito, estás equivocado. Soy de piedra, soy inalcanzable. Soy alguien que está fuera de tus posibilidades. Jamás podrías conmoverme. No voy a perdonarte. Eres mi único medio para alcanzar la cumbre. Si no te doy este golpe, ambos estaremos perdidos. Mi autoridad quedará reducida a cenizas y ni siquiera yo sería capaz de protegerte. Voy a golpearte. Es la única salida.

Porque tienes que aprender, lo comprendes, ¿verdad? ¿Lo comprendes? Necesitas saber lo que es el dolor y yo necesito demostrar mi poder. ¿Por qué no lo comprendes?

Deja de mirarme. Deja de llorar. No tiembles. No me hagas retrasarme más. No me hagas dudar.

No me hagas perdonarte.

Puede que no sea la primera vez que alguien hace este gesto. Puede que sea un gesto que nadie más vaya a repetir. Pero prometo que yo no crearé más engendros como en el que me quisieron convertir. Prometo que no volveré a volcar mi odio y mis frustraciones sobre los demás. Prometo que, si está en mi mano, evitaré que nadie más cometa ese error. Y sobre todo, prometo que nunca jamás te harán el mismo daño que me hicieron a mi.

¿Esperanza?

Todo comenzó una mañana de verano tardío. No, miento. Todo comenzó mucho antes. Fue un movimiento lento, suave, casi imperceptible. Incluso aquellos de los más pesimistas tardaron en darse cuenta de que algo estaba sucediendo. Se fue fraguando durante años, décadas incluso. Hay quien piensa que siglos. Realmente es algo que no puede definirse con exactitud. Tampoco es algo que tenga importancia ahora.

Lo que si es cierto es que aquella mañana hubo un cambio radical. O mejor dicho: fue el momento en que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Aquel atentado fue un duro golpe para la democracia. Sí, en aquellos entonces aún teníamos democracia.

No, no me mires así. Puede que no fuera el mejor sistema de gobierno. Pero ¿sabes? si uno realmente tenía interés podía llegar a ser alguien. Y sobre todo, teníamos libertad. Esto que te cuento podría haberse gritado enmedio de una plaza multitudinaria y nadie te hubiera mirado mal. ¿Más inseguridad? Depende de como lo mires. Existía siempre esa pequeña posibilidad de que te robaran en un callejón oscuro… pero ¿crees que ahora no sigue ocurriendo?

El caso es, que aquella mañana empezó a derrumbarse visiblemente algo que nosotros habíamos creído hasta entonces fuerte e inamovible. En pro de la seguridad y la defensa, empezaron a recortar nuestros derechos. Sí, es posible que ahora estuviéramos más seguros. Pero ¿a qué precio? ¿Y realmente estábamos más seguros? No lo sé. Pero sé que teníamos más miedo. Mucho más miedo.

No fue sólo aquel atentado lo que cambió nuestra forma de vida. Hubo cambios mucho más sutiles, sólo visibles para aquellos ojos preparados para ver. Eternas reformas educativas que sólo conseguían que cada generación fuese un poco más ignorante que la anterior. Bueno, ignorante en cuanto a ciencias, porque el ocultismo, los fanatismos religiosos y la brujería volvieron a tomar protagonismo en la vida diaria. Las diversas sectas religiosas empezaron a ejercer más abiertamente sus influencias.

Sí, sectas. ¿Te extraña que las llame así? Un escalofrío recorre tu espalda porque sabes que, aunque hayan intentado ocultar su auténtica forma, es lo que son. Ahora también sientes el miedo, empiezas a comprender que lo que creías una sociedad avanzada no es más que la antesala de la próxima Edad Oscura. Una nueva Edad Media donde cualquiera puede ser acusado de brujería y quemado en la plaza del pueblo.

Chocheo, ?verdad? Desvarío, estoy loca. Esto no era lo que te habían dicho en la clase de Historia. Sí, es muy probable que no. Recuerdo una clase de Historia que tuve yo también a tu edad, justo por la época en que todo empezó a derrumbarse. Hubo dos frases que me llamaron la atención: “La Historia es un ciclo que siempre se repite.” Siempre. Si los Antiguos Griegos fueron una Edad de Oro, los Romanos fueron su Decadencia. Es un ciclo que siempre se repite. Cada vez llegamos más alto. Pero a más alto llegamos y más avanzados estamos, más dura es la caída. La otra frase que me llamó la atención fue que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. Por eso tuvieron tanto interés en destrozar la educación. Por eso quisieron con tanto empeño que nadie supiera la verdad. Ni siquiera tú, hoy en día, te das cuenta de lo que hicieron.

Salíamos a la calle sin miedo, se respiraba la libertad. Podíamos tener una vida lo más extraña y compleja que quisiéramos, nadie leía nuestros correos, nadie nos observaba minuciosamente, nadie, desde ahi arriba, iba guardando en una enorme base de datos todos nuestros movimientos, esperando que algún día, cuando empezáramos a tener nuestras propias ideas, pudieran utilizar nuestras propias palabras contra nosotros mismos.

Si entrabas en un hospital, nadie te preguntaba el nombre, ni el número de cuenta bancaria. Simplemente te atendían. ?Te extraña? Todos teníamos derecho a vivir, a tener un médico a nuestro lado, fuésemos quienes fuésemos. Nuestros impuestos eran devueltos en forma de carreteras gratuitas, pensiones para la tercera edad, asistencia médica, transportes urbanos, … Claro, claro que había mendigos por las calles… No como ahora, que los matan directamente. Oh, pero tú creíste la mentira de que no había pobres. Ingenuo. ?Cómo van a mantener sus propiedades si no es a costa de exprimirnos a las clases más bajas?

Clases bajas… Esa es otra cosa que me sorprende. Nosotros no teníamos ese tipo de distinciones. La nobleza no era más que un título que se anteponía al nombre en los actos oficiales. No era más que una marioneta de manos de la prensa rosa. Sí, algunos países tenían monarquía, pero la mayoría era una monarquía sin poder real, simplemente estaba ahi por tradición, por un falso sentimiento de seguridad. Por capricho.

Sí, sí, es cierto que te dicen que ahora estamos más avanzados y nuestra sociedad es más moderna aún. Pero te lo dice alguien que ha probado las dos etapas. Puede que mis ojos estén ya ciegos y mis manos tiemblen, pero mi razón y mi memoria siguen tan atentas como siempre. Escucha lo que esta vieja anciana quiere contarte. Porque puede que sea la única manera de llegar a la verdad y entenderla. Y de volver a colocarla en su sitio. Porque, ?sabes? puede que ahora os sintáis todos más seguros. Pero yo tengo miedo.

Correspondencia

Lo único de lo que está segura es de un nombre y una dirección. O menos aún, porque el nombre podría ser inventado. Una dirección, eso es de todo de lo que está segura. El resto lo sabe por lo que ha leído en sus cartas. No quiere conocerlo en persona, ¿para qué? Las relaciones en persona siempre acaban mal. Así, ella puede imaginar que él es el galante héroe que la vendrá a buscar una tarde de primavera para rescatarla de las garras de la monotonía. Y él podrá imaginar que ella es la hermosa amazona que le guiará para salir de la selva urbana. No necesitan más.

Todo empezó con una confusión de lo más tonta. El cartero, que dejó en el buzón de él una carta dirigida a ella. Y él se la reenvió. Ella le contestó dándole las gracias y a partir de ahi, fueron enviándose cada vez más cartas, hasta llegar a lo que han llegado. Ella espera impaciente cada tres días su carta y espera que él haga lo mismo. Por lo menos eso parece, porque le contesta nada más recibir y leer la carta que ella le envía. A veces el servicio de correo tarda y eso la pone muy nerviosa. Interroga al cartero, que nunca parece saber nada, hasta que una mañana deposita en su buzón la carta de él y ella se tranquiliza.

Él piensa que ella tiene una letra muy bonita, cuidada, redonda. Ella piensa que él tiene un don con las palabras, siempre sabe terminar las frases de la mejor manera. Se lo imagina, escribiendo a la luz de una vela (aunque sabe que seguramente escribirá bajo la luz de una lámpara, pero ella siempre se lo imagina así), con la cara apoyada en una mano y escribiendole hasta que se le acaban los folios. Porque las ideas no, las ideas nunca se le acaban. Él en cambio la imagina leyendo su carta en un porche de una casa, sentada en una mecedora (aunque sabe que ella vive enmedio de la ciudad, pero él siempre se la imagina así), con los pies descalzos rozando un césped recién cortado.

Al principio se sentía extraña de contarle sus intimidades a un completo desconocido, pero harta de que sus hijos la eviten cuando les cuenta sus preocupaciones, pronto se volcó en la escritura de estas cartas, liberándola del peso que siente cada mañana, cuando piensa que la vida la podría haber llevado de otra manera, casándose con un hombre del que no se divorciara, esperando a tener más edad para tener a sus hijos.

Cuando lee sus cartas, él siente que tiene que protegerla, que le necesita. Y le gusta sentirse así de protector. No puede evitar sonreir a todas las mujeres con las que se cruza en su camino, pensando que quizás alguna de ellas es ella y que así la libra por un momento de su soledad. Muy pocas de ellas le devuelven la sonrisa y a veces se siente tentado de preguntarle en sus cartas si la mujer que se cruzó aquella mañana en la frutería y le sonrió con esos ojos tan hermosos era ella. A veces se pregunta qué hubiera pasado si en vez de convertirse en un solterón, hubiera encontrado una mujer como aquella.

Alguna vez, sobre todo al pricipio, se sentía tentada de ir a buscarle a su dirección. Pero después de hablarlo ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería seguir manteniendo el anonimato físico, aunque sólo fuera para seguir alimentando el cuento. Eso no impide, sin embargo, que ella se pare a observar a todos los hombres con los que se cruza, queriendo reconocer el rostro, que sólo ha visto en sueños, que le escribe esas cartas.

Lo guardan como si fuera un secreto. Saben que nadie más les entendería. Sólo son un par de calles más abajo, podrían verse cuanto quisieran y hablar en persona, sin necesidad de esperar los tres días (como mínimo) que tarda el correo. Seguramente se han cruzado más de una vez ya, pero total, prefieren no saberlo. A ellos les gusta así. Siempre fueron mentes soñadoras. Lo que ellos no se dan cuenta es de que quizás un día se termine la correspondencia. Quizás porque uno de los dos se canse y se mude o porque alguna desgracia ocurra. Y que entonces sí que echaran de menos el poder haber visto al menos una vez en persona al otro. Porque el encanto podría romperse, es cierto, pero la sensación de vacío de no haber compartido jamás una caricia, eso jamás desaparecerá.

Monstruos bajo la cama

Soy horrible.

Huí de casa a corta edad para no tener que soportar el dolor de mis padres cada vez que alguien me insultaba o se reía de mi y ver que no podían defenderme. Desde entonces he ido recorriendo miles de lugares, buscando algún sitio donde poder quedarme sin molestar a nadie. Pero cada vez que me acercaba a algún lugar habitado, todo el mundo reaccionaba igual. Se asustaban, no escuchaban lo que trataba de decirles. Y todos, al final, acababan atacándome. Al final dejas de saludar y de preguntar, aprendes a atacar primero, antes de que siquiera sepan que estás ahi.Y aprendes a odiarlos. Los odias tanto que no te limitas a matarlos para que te dejen en paz. Te recreas en su muerte, haciéndoles pagar lo que ellos te hicieron pagar a ti primero.

Busqué refugio en diversos lugares, pero siempre acababan descubriéndome y tenia que huir más lejos. Y fue al final cuando descubrí este bosque. Es lo suficientemente denso como para poder ocultarme en él y lo suficientemente grande como para poder habitar sin encontrarme con nadie. Existen poblaciones más allá de sus lindes, pero le tienen miedo al bosque. Creen que soy una criatura maligna que habita en este bosque y no se atreven a visitarme. Mejor. Mejor para ellos y para mi. No quiero seguir soportándolos.

Nadie

¿Dónde estoy? Debe ser el vacío intemporal, si es que eso existe. Diría que he muerto porque he visto pasar mi vida delante de mí como si fuera una película. Pero a la vez no era mi vida porque yo no existía. Era la vida que hubiera tenido si yo no hubiera estado allí. Así que no puedo decir que haya muerto. Porque no he estado viva. Nunca he nacido. En vez de eso, mis padres tuvieron otro hijo, tres años después de mi no nacimiento. Así, mi hermano tuvo el compañero de juegos que yo no fui. Él fue en algunos aspectos mejor hijo de lo que hubiera sido yo aunque mi madre siempre quedó triste por no haber podido tener la hija que yo podía haber sido.

En el colegio, mi mejor amiga se sentó al lado de otra niña, que se convirtió en su fiel compañera. Compañera que la traicionó como yo nunca la habría traicionado y le terminó quitando el novio que nunca hubiera tenido de haber estado a su lado. El verano que recibí mi primer beso tampoco fue un verano especial. El chico tuvo que esperar año y medio más para aprender lo que era estar con una chica que de haber estado yo jamás habría conocido. Chica que cinco años después terminó por ser su novia y a quien engañaría con la novia que hubiera tenido de haberme conocido.

Tampoco ocurrió aquel aparatoso accidente, porque el motorista no estuvo ocupado sonriéndome y pudo ver el camión que se le venía encima. Nadie le acompañó en la ambulancia suspirando culpable. Y nadie le destrozaría el corazón dos años después. En vez de eso llegaría al lugar de su cita, con la novia que no abandonará y con la que terminará yéndose a vivir.

El perro abandonado lo recoge un agente de la perrera municipal y no podrá salvar a aquel niño de morir ahogado. En vez de eso, lo rescatará el equipo de salvamento media hora después, sin ninguna consecuencia grave para el chico. Pero mi no hermano nunca tendrá una mascota, que tampoco la necesita, porque ahora tiene un hermano que juega con él.

A mi novio nadie le animará a intentar estudiar una carrera. Es camarero y dueño propietario de un bar donde reparte bebidas y sonrisas. El negocio le va bien, es el camarero más codiciado de la ciudad y conoce a muchas chicas con las que comparte algo más que una agradable conversación. Pero aún no ha encontrado a nadie que le llene como yo hubiera podido llenarle. No es que tampoco le importe, es joven y ha triunfado en la vida. Pero a veces le gusta quedarse mirando las estrellas intentando pensar en cómo sería la chica ideal. Y su chica ideal no se parece en nada a lo que yo hubiera podido ser.

Mientras veo esto no siento pena u odio. No puedo sentir porque realmente no soy nadie y para sentir hay que ser alguien. Tampoco seré capaz de llorar cuando vea que en donde yo hubiera vivido se instala una feliz pareja de jubilados que sueñan con dar la vuelta al mundo. Ni cuando mis amigos se reunan sin mi para celebrar alguna fiesta. Tampoco sentiré tristeza cuando vea que todos aquellos chicos con los que estuve rehicieron sus vidas de una manera parecida a como hubieran vivido si me hubieran conocido. No siento nada al pensar que nadie me recuerda, que nadie sabe que existo, que soy menos que un cadáver en una fosa común y que hasta el más mísero grano de arena deja más huella que yo. No soy nadie y nada soy.

Quizás haya sentido una punzada al comprobar que aunque hubiera estado viva no habría cambiado nada. No hubiera sido más que una pieza en un enorme tablero, un pequeño tornillo, un engranaje minúsculo, que en nada habría evitado que la vida continuara. El resto del mundo habría sido feliz, habría sufrido, habría sido el mismo estando yo o no estando. Por eso tampoco importa que yo no estuviera. Pero son imaginaciones mías. No puedo sentir porque no soy.

Pero entonces ¿qué hago aquí?