Egoísta

No, no voy a hablarte de lo feliz que hubieras sido conmigo. No voy a contarte todo lo que hubieras disfrutado de mi compañía. No voy a recordarte que no es tan fácil alcanzar este nivel de nirvana.

No voy a decirte nada de eso, porque eso ya lo sabes.

Hoy seré egoísta y hablaré de mi. De lo feliz que hubieras podido hacerme. De todo lo que hubieras podido hacer por mi, por mejorar mi vida. Porque, ¿sabes? eras justo lo que necesitaba en ese momento, lo que me hubiera venido bien.

Y como siempre, tarde. Puedes agarrar el reloj de bolsillo y correr por el bosque gritando que llegas tarde, que no encuentras el agujero que te llevará al País de las Maravillas, que llegas terriblemente tarde. No te servirá de nada, porque el pasaje ya cerró.

Detrás

Está ahí detrás. Lo sabe, lo huele, lo oye. No es una pared demasiado gruesa, si cierra los ojos puede casi verlo al otro lado. Pero la pared está ahí y no va a poder atravesarla. Lo siento, este no es el camino a la salida.

Aún se queda allí, respirando unos momentos. Quizás minutos, quizás horas. Quizás días. Es lo más cerca que ha estado y probablemente lo más cerca que estará nunca. Tan cerca y a la vez tan lejos… Pero no, este no es el camino. Debe dar la vuelta y caminar otra vez. Sea cual sea la forma de llegar, no es por aquí. Sus pies se arrastran despacio, paralelos a la pared. Con la mano izquierda va tocando la pared, como temiendo perder la orientación. Sonríe, no hay orientación ninguna. En cuanto siga su camino, olvidará cómo llegó hasta aquí. Lo más cerca que ha estado nunca del camino a la salida.

Sabe que hay un camino, claro que sí que lo hay. Este laberinto fue construido para que hubiera un camino hacia la salida. Hacia muchas salidas. Hay infinitas salidas, casi tantas como pasillos tiene el laberinto. Pero por más que camina no ha encontrado ninguna. Es como si siempre escogiera el giro adecuado para no tener que enfrentarse a la salida.

Sonríe otra vez. Claro que las ha encontrado. Hay infinitas salidas y se ha cruzado con más de una en su extraño peregrinaje. Pero estaban bloqueadas o daban a un vacío aún más aterrador que el laberinto en el que está perdida. Saber que hay lugares peores la hace sentir algo mejor. Al menos, mientras siga dando vueltas por el laberinto, estará a salvo. El laberinto será monótono, pero es seguro. Es la monotonía de la seguridad.

El día que el sueño termina

-No lo entiendo, ¿por qué?

-No hay un por qué. Simplemente es asi.

Me trajiste hasta aquí. ¿Por qué?

-Eras necesaria en el engranaje. Así es como funciona. Mañana será otro día.

-No tiene sentido. Tanto esfuerzo para nada.

-Somos criaturas del inframundo. No podemos permitirnos encontrarle un sentido a todo lo que tenemos que hacer.

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

Añoranza

A veces vuelvo a lugares donde ya no estoy, y siento una extraña añoranza de aquellos tiempos que en su momento no parecieron tan buenos. Pero visto desde lejos, te das cuenta de que una parte de tí se forjó en aquel sitio, mientras estabas ocupando con otros asuntos.

Veo cómo otras personas ocupan el lugar que yo antes ocupé y se me reblandecen los ojos pensando en que quizás a mi también me observaron desde el pasado, recordando lo que ellos ya no podían alcanzar. Y entonces miro atrás, pero no encuentro a nadie observándome. Y me pregunto si es porque este es el final del camino.

Qué importa, porque estamos hechos de nuestras acciones. De nosotros depende si somos buenas o malas personas, porque somos la suma de todo lo bueno y lo malo que hemos hecho. Mientras, el mundo sigue girando, y te arrastra a otro lugar.

Frío

La luz de la linterna corta la niebla hexagonalmente. Apenas ve unos pasos más allá de su nariz, que duele congelada por el frío. La fina lluvia que se cuela por sus botas va calando también en sus manos, cubiertas por guantes de lana. Ahora es cuando recuerda por qué compro unos guantes de cuero el año pasado. Tarde.

Sabe que tiene que estar cerca, porque ha ido contando los pasos. Nunca son exactos, a veces camina a pasos cortos y otras veces va dando alegres zancadas. Hoy camina a pasos cortos. Por eso sabe que, aunque el número de pasos sea el correcto, aún tiene que avanzar un poco más, para llegar a su destino.

La lámpara parpadea un momento. Debió cambiarle las pilas antes de salir. La golpea y sigue adelante. El viento le susurra algo al oído y la lluvia para un instante, para volver a los pocos minutos aún con más fuerza. Se estremece debajo del abrigo y sacude las botas. Para para escuchar. Pero sólo el viento le contesta.

Algo no marcha bien y lo sabe. Hace tiempo que debería haber llegado. No puede haberse desviado mucho del camino porque ha tenido cuidado de ir poniendo un pie detrás del otro. Como le enseñaron cuando llegó allí. Recuerda el escalofrío que le recorrió la espalda el primer día de niebla. Creyó que nunca saldría vivo de allí. Pero salió, igual que saldrá esta vez.

Le duelen los pies, pero vuelve a caminar con paso firme. Lanza un grito, que suena como el graznido de un pato, pero no le contesta ni el eco. Todos deben estar dentro de sus casas, cerca de la chimenea. Pronto llegará y encenderá un buen fuego, piensa, y podrá quitarse las botas y calentarse los pies. Malditos pies, duelen como demonios.

La tierra ha cambiado, tiene un color diferente. Se ha desviado demasiado. Para y da media vuelta. A lo peor, piensa, volverá atrás y podrá empezar de nuevo el camino. Aún podrá darle tiempo a encender esa chimenea y calentarse los pies, antes de prepararse la cena. Corre un rato a grandes zancadas, el frío se está colando en todas partes.

La lluvia ha parado y la niebla parece disiparse un poco. Sigue sin reconocer dónde está. De pronto, una pared de piedra se alza ante él. Es una piedra negra y fría, completamente lisa y vertical. Comienza a bordearla, esperando encontrar algo que reconozca. No puede estar tan lejos. De pronto, una voz, o quizás un viento caprichoso, le llama a su derecha. No reconoce el idioma, pero avanza hacia la voz, esperando ver un fuego.

Una enorme puerta de una gruta se abre en la pared de piedra. Las voces, ahora casi distinguibles, vienen de dentro. Tras meditarlo unos segundos, se adentra en la cueva. La linterna termina de apagarse, pero una luz viene del fondo, bailando sobre las paredes. Ya empieza a notar el calor. Sigue sin entender las palabras, pero ahora son claramente voces humanas.

Llega a una sala enorme, de altos techos, con una hoguera en el centro. Junto al fuego, hay un grupo de escuálidos hombres que le sonríen ofreciéndole comida. Uno de ellos, se acerca y le ayuda a quitarse el abrigo y las botas, mientras le ofrece una manta seca. Hablan un idioma extraño, que sigue sin comprender, pero tiene demasiada hambre para preocuparse por ello.

Con el estómago rebosante de comida caliente, vuelve a observar a su alrededor. Los hombres le siguen sonriendo y hablando en esa lengua extraña. Intenta hacerse comprender, pero ellos sólo sonríen. Tampoco le entienden. No importa, piensa, mañana cuando se despeje la niebla volveré y les traeré algo para compensarles.

Se va quedando dormido al arrullo de ese idioma extraño. Tiene sueños agitados, que le impiden descansar. Despierta en mitad de la noche sin saber muy bien dónde se encuentra. Aquellos hombres siguen hablando, pero ahora empieza a entender su idioma. Cuentan historias de caminantes perdidos en la niebla que nunca pudieron regresar a su hogar.

Poco a poco va comprendiendo dónde está. Como la luz de la linterna abriéndose camino en la niebla, se va dando cuenta de que esos hombres, como él, se perdieron un día en la niebla. Esa eterna niebla que aún no les dejó regresar. Que nunca les dejará regresar.

Ahora entiende por qué estaba tan bien pagado.

El perfume de la Dama de Noche

Ella nunca había destacado ni por su belleza ni por su inteligencia, siempre había sido una chica más del montón. Pero había algo en ella especial, algo que la hacía diferente al resto: su perfume.

Todas las noches, vestida con sus mejores trajes, salía a pasear ligeramente perfumada. Era un olor tan sutil, tan sugerente, tan delicioso, que nadie podía evitar mirarla al pasar. Se sabía que llegaba a una fiesta por el perfume que la precedía y siempre que abandonaba un lugar quedaba ese ligero toque que hacía que los que estaban allí tardaran en olvidarse de su presencia.

Cuentan que este olor no era algo natural. Se rumoreaba que había hecho un pacto con el diablo para conseguir estar tan bellamente perfumada. Pero lo cierto es que era un perfume que ella misma fabricaba con una planta que crecía en la parte trasera de su casa.

Fue una noche de principios de primavera, cuando conoció a su prometido. Él era un apuesto joven de la alta sociedad, exquisito hasta lo absurdo. Bastaron dos cruces de miradas para saber que estaban hechos el uno para el otro.

El idilio duró lo que duró el verano. Todos coincidían en que hacían una pareja bellísima, tan enamorados, tan hermosos los dos, tan maravillosos, tan correctos. Acudían juntos a las fiestas en toda la ciudad, paseando eternamente por las calles, llenas de envidiosos.

Jamás deberían haberse metido en aquel callejón. Algunos comentaron después que fue un momento en el que la lujuria les pudo, otros simplemente dijeron que todo fue culpa de la envidia que despertaban. Pasó rápido, apenas hubo tiempo de reaccionar. Nadie vió la navaja ni el atacante, simplemente una sombra que se abalanzó a robar la cartera y el sollozo posterior de la Dama de Noche.

Durante muchos años no volvió a saberse nada de ella, siempre hundida en el recuerdo perdido de su amado, encerrada en su casa. Una visita de sus antiguos compañeros de fiestas la encontraron sentada en la hamaca sin vida, vieja y sola, fría.

Hoy en día, en algunas noches de verano tardío, aún puede olerse el rastro de la Dama de Noche, que siempre acude a las mejores fiestas de la ciudad.

Traición

Por eso te extrañó tanto verla aparecer otra vez. Habíais decidido conservar la amistad tal y como fue alguna vez, pero sabíais que era imposible fingir que nada había sucedido. Una traición nunca es fácil de olvidar, y más cuando sabes que había sido premeditada y con alevosía. Y que a sabiendas de que aquello os estaba envenenando, había decidido continuar traicionando.

Al principio cuesta desentenderse de todo y seguir caminando. Tus sentimientos intentan cegarte para autoconvencerte de que no pudo ser así, que tus sentidos te engañan, que el mundo entero se puso de acuerdo para que creyeras que todo sucedió así. Pero cuando a una simple pregunta ella duda y sus ojos dejan de fijarse en los tuyos, cuando las manos tiemblan y la voz se entrecorta, sabes que no importa lo que te conteste. Sabes que era cierto.

Así que decidiste alejarte. No dejaste que viera tus lágrimas, fuiste fuerte y seguiste caminando hacia delante. Ella podría creer que sus mentiras seguían vigentes, podría engañarse si quisiera. Pero tú sabes que no vas a seguirle el juego. No más, ¿por qué? ¿por qué seguir confiando que las cosas cambiarán otra vez para volver a ser lo que eran? Ya jugaste a los dados más veces y está claro que estaban trucados.

Es entonces cuando empieza el proceso más doloroso: el de sacarla de tu vida. Es difícil demostrarte a tí mismo que alguien que considerabas imprescindible en tu vida no lo necesitabas para nada y que la vida continúa, con traición o sin ella. Pero más difícil es, una vez que te demuestras que no la necesitas, encontrarte con que vuelve para continuar con algo que hace tiempo que estaba envenenado.

Nunca podría volver a ser lo mismo. ¿Cómo? Lo bonito era que podías confiar porque nunca te había traicionado. Lo bonito era que sabías que pasara lo que pasara, ella estaría allí. Pero ya te demostró que ella tenía otra idea de lo que era vuestra relación. No importa que la cicatriz te impida volver a confiar nunca más en nadie, lo importante es que ya nunca más podrán volver a hacerte daño. Lo importante, es que has crecido y has descubierto que el mundo en el que te gustaba jugar y divertirte no era más que una ilusión. Lo importante es que ahora eres un adulto más, y cuando tú a tu vez traiciones, nadie podrá reprocharte nada, sólo estarás evitando que te apuñalen a tí primero. Lo importante, es que perdiste la inocencia.

Soñando sueños

Hoy he vuelto a soñar con el mismo parque de siempre. Nunca lo he visto en la realidad, pero en sueños vuelvo una y otra vez, de niña, para pasear por él. Los árboles estaban tan amarillos como siempre y las hojas crujían al pasar. Los toboganes, viejos y gastados, estaban donde siempre. Fríos, casi amenazadores. No se escucha ningún pájaro, el silencio lo invade todo. Pero esta vez no fue como las otras veces. Esta vez no estaba sola.

Había un niño sentado en el columpio que otras veces balanceaba el viento. Tenía la mirada perdida, como pensativo. Su cara, aunque completamente desconocida, me recordaba algo. Al principio la timidez me vencía y no quería molestarlo. Pero luego me fui acercando lentamente. Creí que estaba sordo hasta que me miró. No me miraba a mi, miraba las hojas que movía con el pie. Tardé un poco en darme cuenta que no podía verme. Que al igual que yo siempre había creído que el columpio lo movía el viento, él creía que las hojas se mecían bajo la brisa.

Quise abrazarle y preguntarle quién era, por qué estaba en mi sueño. Cómo había entrado en un lugar tan sagrado. Sin permiso. Sin avisar. Pero desperté frustrada. Porque por mucho que yo le viera, él jamás me vería a mi.