Uno, dos…

Uno, dos… golpe seco. Uno, dos… golpe seco.

Sabe que tarde o temprano le llegará su turno. Lo ha visto venir, lo sabe, pero no puede evitar tener una leve esperanza de que se olviden de él. No ha intentado escapar, porque sabe que sería mucho peor. Los que intentan escapar pasan antes.

Esto es solo un pequeño respiro. Casi que preferiría que todo terminara ya, porque… no. Prefiere que no termine. No es miedo, es instinto de supervivencia.

Dicen que no duele, pero es dificil saberlo, porque los que realmente lo saben ya no pueden contarlo. Lo que es seguro es que es rápido. Si te relajas, es mucho más suave. O eso dicen. A pesar de que pronto terminará todo, ya no le tiemblan las piernas. El estómago dejó de dolerle hace un rato, y las frías cadenas ya no le parecen tan frías. Hasta agradece esa sensación.

La guillotina sube, chirriando dos veces. Y luego cae con un golpe seco. A cada golpe que escucha, está más cerca de que le llegue su turno. No sabe cuantos tiene por delante suya, pero sabe que el verdugo vendrá a por él, tarde o temprano.

Uno, dos… golpe seco. Uno, dos… golpe seco. Ya vienen.

El odio es el final

Sé que vas a odiarme por decir esto, pero está todo preparado. Siempre lo estuvo. Sé que me odian, se que tú también acabarás por odiarme, pero eso es lo que busco. Me odian sin saber que gracias a mi siguen con vida. Y no podrán evitarlo, porque yo quiero que me odien y haré todo lo posible para que lo hagan. Será un odio calculado al milímetro. Es la única forma.

Debes comprender que en los primeros experimentos para mantener la vida bajo tierra, siempre encontraban el mismo problema: todo el mundo acababa volviéndose loco, desesperado, matándose los unos a los otros. Entonces intentaron meter a los cómicos en las celdas. Su misión era mantener los espíritus altos, alegres, esperanzados. Pero por más que intentaron todos acabaron igual: muertos. Probaron todas las formas que se les ocurrieron: luces artificiales, música, sesiones con psicólogo, chocolate, drogas, televisión, cuadros paisajísticos, estancias recreativas, librerías, trabajadores del sexo, soledad, amor, crucigramas,… Pero lo único que parecía mantener unidos y cuerdos a aquellos hombres era un odio común. Cuando existía ese odio común, la situación se hacía soportable, la locura disminuía y la convivencia era posible. Y a tiempo que se descubrió, antes de la gran catástrofe sobre la superficie de la Tierra.

Aquí es donde entramos nosotros. Los primeros odiados fueron psicólogos que entraron discretamente en las cápsulas bajo tierra para controlar el odio. Cuando todo contacto con el mundo exterior tuvo que ser cortado, los odiados fueron pasando de generación en generación, enseñando discretamente sus conocimientos sobre el odio para poder seguir controlando la locura de estos habitantes. Las cápsulas donde el odiado no sabe controlar la situación, pronto son víctimas de masacres indescriptibles. Algunos de los odiados comienzan procurando amar a todos, intentando que sea el amor, y no el odio quien controle la cápsula. Pero siempre acaban en el odio. Yo mismo experimenté en mi juventud con el amor y la risa, pero a los pocos años supe que el esfuerzo invertido me estaba desgastando a tal velocidad que antes de que me diese cuenta sería odiado por todos con tal fuerza, que no podría evitar que acabasen conmigo.

Ahora mi tiempo se agota, me hago viejo, mis reacciones irán disminuyendo y poco a poco su odio hacia mí irá creciendo y no podré controlarlo. Llegará el momento en que me odien tanto que decidan acabar con mi vida. Y ahi es donde entras tú, donde tienes que tomar mi relevo. Odiame por dejarte este trabajo, odiame por obligarte a tomar tanta responsabilidad, pero si tú no lo haces, tú, que sabes la verdad, que puedes observar y aprender cómo lo hago, si tú que puedes no lo haces, nadie lo hará. Y entonces te odiarás a tí mismo por dejar que todos mueran.

Al fin, venganza

Ahora ha llegado mi turno. Es el momento de cobrar infortunios pasados. El momento de saciar mi sed de venganza. El momento de demostrar que yo también soy alguien a quien respetar. El momento de que todo el mundo conozca mi poder.

He pasado demasiado tiempo esperando este instante. Esperando que llegara la hora en que alguien inclinase su cabeza ante mi. Que los débiles y los desamparados tiemblaran al verme aparecer. Que los poderosos me miren y no por encima del hombro. Quiero descargar mi venganza acumulada todos estos años. Quiero que se me respete, que se me odie y admire a partes iguales. Que se me envidie. Quiero que aquellos que creían estar por encima de mi no tengan más remedio que reconocer que ahora estoy a su altura. O mejor aún, que les supero.

Por fin podré devolver todos los golpes que he ido recibiendo en todos estos años. Puede que quienes los reciban no sean los que me golpearon a mi, ¿pero qué importa eso? Ha llegado la hora de mi reinado, por fin yo seré quien manda aquí. Nadie hará un gesto sin que yo quiera. Nadie se atreverá a rechistarme. Nadie me mirará directamente a los ojos. Nadie osará llevarme la contraria. Nadie. Sólo un gesto, el primer golpe, y lo habré conseguido.

¿Por qué tiembla mi mano? Debe aprender al igual que aprendí yo. Debe sufrir lo mismo que sufrí yo. Debe comprender, al igual que yo comprendí, a crecer a base de dolor. Es la única forma.

¿Realmente lo es?

No me mires a los ojos. No me mires a los ojos. No me mires con esos ojos. No conseguirás recordarme la primera vez que yo recibí un golpe. No conseguirás que me sienta identificado contigo. No conseguirás transmitirme tus esperanzas. Si ese es tu propósito, estás equivocado. Soy de piedra, soy inalcanzable. Soy alguien que está fuera de tus posibilidades. Jamás podrías conmoverme. No voy a perdonarte. Eres mi único medio para alcanzar la cumbre. Si no te doy este golpe, ambos estaremos perdidos. Mi autoridad quedará reducida a cenizas y ni siquiera yo sería capaz de protegerte. Voy a golpearte. Es la única salida.

Porque tienes que aprender, lo comprendes, ¿verdad? ¿Lo comprendes? Necesitas saber lo que es el dolor y yo necesito demostrar mi poder. ¿Por qué no lo comprendes?

Deja de mirarme. Deja de llorar. No tiembles. No me hagas retrasarme más. No me hagas dudar.

No me hagas perdonarte.

Puede que no sea la primera vez que alguien hace este gesto. Puede que sea un gesto que nadie más vaya a repetir. Pero prometo que yo no crearé más engendros como en el que me quisieron convertir. Prometo que no volveré a volcar mi odio y mis frustraciones sobre los demás. Prometo que, si está en mi mano, evitaré que nadie más cometa ese error. Y sobre todo, prometo que nunca jamás te harán el mismo daño que me hicieron a mi.

¿Esperanza?

Todo comenzó una mañana de verano tardío. No, miento. Todo comenzó mucho antes. Fue un movimiento lento, suave, casi imperceptible. Incluso aquellos de los más pesimistas tardaron en darse cuenta de que algo estaba sucediendo. Se fue fraguando durante años, décadas incluso. Hay quien piensa que siglos. Realmente es algo que no puede definirse con exactitud. Tampoco es algo que tenga importancia ahora.

Lo que si es cierto es que aquella mañana hubo un cambio radical. O mejor dicho: fue el momento en que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Aquel atentado fue un duro golpe para la democracia. Sí, en aquellos entonces aún teníamos democracia.

No, no me mires así. Puede que no fuera el mejor sistema de gobierno. Pero ¿sabes? si uno realmente tenía interés podía llegar a ser alguien. Y sobre todo, teníamos libertad. Esto que te cuento podría haberse gritado enmedio de una plaza multitudinaria y nadie te hubiera mirado mal. ¿Más inseguridad? Depende de como lo mires. Existía siempre esa pequeña posibilidad de que te robaran en un callejón oscuro… pero ¿crees que ahora no sigue ocurriendo?

El caso es, que aquella mañana empezó a derrumbarse visiblemente algo que nosotros habíamos creído hasta entonces fuerte e inamovible. En pro de la seguridad y la defensa, empezaron a recortar nuestros derechos. Sí, es posible que ahora estuviéramos más seguros. Pero ¿a qué precio? ¿Y realmente estábamos más seguros? No lo sé. Pero sé que teníamos más miedo. Mucho más miedo.

No fue sólo aquel atentado lo que cambió nuestra forma de vida. Hubo cambios mucho más sutiles, sólo visibles para aquellos ojos preparados para ver. Eternas reformas educativas que sólo conseguían que cada generación fuese un poco más ignorante que la anterior. Bueno, ignorante en cuanto a ciencias, porque el ocultismo, los fanatismos religiosos y la brujería volvieron a tomar protagonismo en la vida diaria. Las diversas sectas religiosas empezaron a ejercer más abiertamente sus influencias.

Sí, sectas. ¿Te extraña que las llame así? Un escalofrío recorre tu espalda porque sabes que, aunque hayan intentado ocultar su auténtica forma, es lo que son. Ahora también sientes el miedo, empiezas a comprender que lo que creías una sociedad avanzada no es más que la antesala de la próxima Edad Oscura. Una nueva Edad Media donde cualquiera puede ser acusado de brujería y quemado en la plaza del pueblo.

Chocheo, ?verdad? Desvarío, estoy loca. Esto no era lo que te habían dicho en la clase de Historia. Sí, es muy probable que no. Recuerdo una clase de Historia que tuve yo también a tu edad, justo por la época en que todo empezó a derrumbarse. Hubo dos frases que me llamaron la atención: “La Historia es un ciclo que siempre se repite.” Siempre. Si los Antiguos Griegos fueron una Edad de Oro, los Romanos fueron su Decadencia. Es un ciclo que siempre se repite. Cada vez llegamos más alto. Pero a más alto llegamos y más avanzados estamos, más dura es la caída. La otra frase que me llamó la atención fue que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. Por eso tuvieron tanto interés en destrozar la educación. Por eso quisieron con tanto empeño que nadie supiera la verdad. Ni siquiera tú, hoy en día, te das cuenta de lo que hicieron.

Salíamos a la calle sin miedo, se respiraba la libertad. Podíamos tener una vida lo más extraña y compleja que quisiéramos, nadie leía nuestros correos, nadie nos observaba minuciosamente, nadie, desde ahi arriba, iba guardando en una enorme base de datos todos nuestros movimientos, esperando que algún día, cuando empezáramos a tener nuestras propias ideas, pudieran utilizar nuestras propias palabras contra nosotros mismos.

Si entrabas en un hospital, nadie te preguntaba el nombre, ni el número de cuenta bancaria. Simplemente te atendían. ?Te extraña? Todos teníamos derecho a vivir, a tener un médico a nuestro lado, fuésemos quienes fuésemos. Nuestros impuestos eran devueltos en forma de carreteras gratuitas, pensiones para la tercera edad, asistencia médica, transportes urbanos, … Claro, claro que había mendigos por las calles… No como ahora, que los matan directamente. Oh, pero tú creíste la mentira de que no había pobres. Ingenuo. ?Cómo van a mantener sus propiedades si no es a costa de exprimirnos a las clases más bajas?

Clases bajas… Esa es otra cosa que me sorprende. Nosotros no teníamos ese tipo de distinciones. La nobleza no era más que un título que se anteponía al nombre en los actos oficiales. No era más que una marioneta de manos de la prensa rosa. Sí, algunos países tenían monarquía, pero la mayoría era una monarquía sin poder real, simplemente estaba ahi por tradición, por un falso sentimiento de seguridad. Por capricho.

Sí, sí, es cierto que te dicen que ahora estamos más avanzados y nuestra sociedad es más moderna aún. Pero te lo dice alguien que ha probado las dos etapas. Puede que mis ojos estén ya ciegos y mis manos tiemblen, pero mi razón y mi memoria siguen tan atentas como siempre. Escucha lo que esta vieja anciana quiere contarte. Porque puede que sea la única manera de llegar a la verdad y entenderla. Y de volver a colocarla en su sitio. Porque, ?sabes? puede que ahora os sintáis todos más seguros. Pero yo tengo miedo.

Hasta siempre

Caes al suelo. Intentas frenar la caida con tus manos, pero tus brazos flaquean y tu rostro golpea el suelo. No entiendo por qué no siento nada en este momento. Sé que debería sentir alguna emoción. Pero el verte vencido me paraliza, me bloquea.

Hace un momento aún tenías alguna esperanza, pensabas que quizás pudieras vencer. En tus ojos brillaba esa luz que siempre te acompaña cuando manejabas la espada. Tus movimientos, tan ligeros, tan suaves, pero siempre tan peligrosos. Parecía que más que pelear, bailabas alrededor de tu contrincante. Adoro esa manera que tienes de deslizarte a un lado y otro sin perder nunca de vista tu objetivo.

Me gustaba verte pelear. Tenías un estilo propio. Pero ahora ya nada queda de todo eso. Aún respiras, los últimos estertores de la muerte. Tu mano aún sigue aferrada a tu espada, inútilmente, con los nudillos blancos.

Me acerco a ti. No sé si me reconoces. Pero me miras fijamente. Tu boca tiembla, quizás quieras decirme algo antes de lo inevitable. Acerco mi mano a tu rostro, para intentar apartar la tierra que lo mancha. Ese flequillo rebelde cae sin gracia una vez más por delante de tus ojos. Me sonríes. Es entonces cuando sé que me reconociste, a pesar de todo. Tu última despedida va dedicada a mi. Qué cruel es el destino.

Y ya no respiras. Te doy la vuelta con cuidado, para comprobar que, realmente, tu corazón ya no late. No me importa si alrededor mia continúa o no la batalla. Ahora, lo único que me importa es si aún te queda alguna esperanza. Pero aún antes de quitarte la armadura sé que es inútil. El soplo de vida que te quedaba hace tiempo que te abandonó.

Me elevan por encima de la muchedumbre. Me aclaman, me adoran. Hemos vencido. Ya están preparando la fiesta para celebrarlo. Pero no consigo alegrarme. Sus gritos me parecen estridentes, intento zafarme de la multitud, pero una avalancha de brazos me tapa el camino.

Creo que yo también dejaré pronto de existir. Mi vida ya no tiene sentido sin ti. Mi amado enemigo.

Ángeles y Dioses

-¿Dónde estoy?

-Has vuelto a casa.

-¿Quién eres?

-¿No sabes quién soy? Soy tu peor enemigo, tu pesadilla, tu dios, tu odio eterno. El que te ha hecho sufrir toda tu vida. Todas tus vidas.

-No lo entiendo…

-Déjame abrir tu memoria y enseñarte tus propios recuerdos. Dime, ¿tampoco recuerdas quién eres?

-¿Quién soy?

-Fuiste un ángel en la corte celestial. El único ángel que nunca se dignó a reconocer la superioridad de su dios. El único ángel capaz de hacerle frente. El ángel a quien más amaba. El único que no se doblegó ante el poder supremo.

-¿Ese fui?

-Pero aun siendo el ángel más poderoso, no fuiste lo suficiente como para hacerme frente. Y al rechazarme, tuve que imponerte un castigo.

-¿Qué castigo?

-Te maldije, maldije tu condición de inmortal y te hice reencarnarte por el resto de los tiempos en seres mortales que vivieran en la Tierra. Maldije tu poder angelical y te condené a vagar inútil por la Tierra. Maldije tu felicidad y te separé del amor. Toda persona que te importase en vida sería desterrada de tu lado, sería alejada de tí. Y si eso no bastaba, en su interior crecería el mismo odio que me tenías a mi, hasta que no pudieras aguantarlo más y tú mismo te alejaras de ellos. Te condené a la soledad, a la oscuridad, al dolor. Porque con tu dolor el mio se mitigaba. Mi despecho sería menor al verte a ti despechado.

-¿Por qué?

-Te ofrecí ser mi mano derecha, te regalé poderes que nunca hubieras podido soñar, quise compartir mi mundo contigo… Pero nunca quisiste reconocer que yo tenía el control. Que todo estaba bajo mi mando. Tenía que demostrarlo.

-Sufrí… sufrí en todas esas vidas y no te importó. No quisiste pararlo. ¿Cuántas veces te suplicaría porque terminara el suplicio? Pero detrás de esa vida había otra y otra y todas igual de tristes.

-Tengo que pedirte perdón por algo.

-¿Por mi dolor?

-Por algo más que tu dolor. Tengo que pedirte perdón porque en el fondo tenías razón. No era el más poderoso. No soy omnisciente. No soy omnipotente. Soy un dios cautivo de sus propios deseos. Mi propio poder es una jaula que se cierra sobre mi y me inmoviliza, me ata.

-Pero eres dios… todo lo puedes.

-Hay algo que no puedo. Algo de lo que me arrepentí, pero no puedo dar marcha atrás. No puedo quitarte las maldiciones, no puedo deshacer lo que hice, no puedo frenar tu dolor…