Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

Schrödinger

Tiene miedo de abrir la caja porque sabe que dependiendo del momento en el que lo haga, el gato podría estar vivo o muerto. También sabe que es una función hiperbólica, y que esperar es bueno, pero esperar demasiado hará que el gato se asfixie de todas formas. Así que observa la caja desde fuera, la toca, con cuidado. Acerca el oído a ver si consigue oir algo.

Y el tiempo pasa.

Lleva años buscando la caja. Desde aquel día en el que no se atrevió a decir nada y se cerró, cuando cayó al mar y desapareció. Y cuando ya había dejado de buscar, la casualidad, este mundo que es un pañuelo, volvió a traerla a su puerta.

Y ahora la caja está delante suya.

Podría abrirla, pero tiene miedo. Tiene miedo de que el gato ya esté muerto. Pero tiene aún más miedo de que esté vivo.

De momento prefiere aferrarse a la posiblidad de que todo salga bien. No se atreve a abrirla y que la probabilidad se convierta en certeza.

Ecos

A veces tengo contacto con mi yo de otro tiempo. Me invade una sensación ajena a lo que debería estar sintiendo y siento que se abre una conexión entre mi yo presente y mi yo de otro instante. Normalmente la comunicación es solo hacia delante y no puedo advertirme de nada. Otras veces la comunicación es débil y confusa.

Pero los mensajes desde el pasado hacia el futuro, estos siempre llegan bien. Son un constante recuerdo de quien soy, de dónde vengo y por qué tome las decisiones qué tomé.

Me ayudan a no arrepentirme y a entenderme.

Pero, yo del futuro, no entiendo el mensaje que intentas mandarme ahora. Hay interferencias desde el pasado, me llega otro mensaje contradictorio desde atrás y me impide entender lo que estás intentando decirme. ¿Quieres decirme que estaba equivocada o que debo seguir a mi yo del pasado en su decisión?

¿O quizás es que el mensaje no va destinado a mi yo de ahora, que es sólo un error?

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

Añoranza

A veces vuelvo a lugares donde ya no estoy, y siento una extraña añoranza de aquellos tiempos que en su momento no parecieron tan buenos. Pero visto desde lejos, te das cuenta de que una parte de tí se forjó en aquel sitio, mientras estabas ocupando con otros asuntos.

Veo cómo otras personas ocupan el lugar que yo antes ocupé y se me reblandecen los ojos pensando en que quizás a mi también me observaron desde el pasado, recordando lo que ellos ya no podían alcanzar. Y entonces miro atrás, pero no encuentro a nadie observándome. Y me pregunto si es porque este es el final del camino.

Qué importa, porque estamos hechos de nuestras acciones. De nosotros depende si somos buenas o malas personas, porque somos la suma de todo lo bueno y lo malo que hemos hecho. Mientras, el mundo sigue girando, y te arrastra a otro lugar.

Abrazos epistolares

A veces siento la necesidad de escribirme cartas. Quizás para recordarme algo, para darme ánimos en tiempos difíciles,… o quizás simplemente para mantenerme fiel a mi misma. Es una extraña ccostumbre la de esconder cartas en sitios recurrentes para encontrarlas en el futuro. A veces son tan simples como una moneda para comprarme un capricho.

Pero la carta que más deseo escribirme es la única carta que jamás podré enviarme. Una breve nota a mi yo del pasado, de mi más tierna infancia:

“Tienes razón. En todo lo que te están haciendo dudar. Sé fuerte.”

Mirar hacia delante y no hacia atrás

El tiempo no perdona y cada vez son más los momentos que se van perdiendo en la línea temporal.

Frío, inalterable, inútil y perdido como las lágrimas en la lluvia de un ser sin alma pero con corazón.

Lo importante es mirar siempre hacia delante, porque mirar atrás duele. No duele porque sea triste, duele porque quedó atrás, en esa dimensión inalcanzable llamada pasado. Y se congela así, de esa forma, inalterable para siempre.

Si quieres dejar una huella bonita, cuida el presente, porque será lo que veas en un futuro al mirar atrás.

…donde nada volverá a ser lo que era

Cincuenta pares de ojos inquisidores la observan mientras se acerca el micrófono a la boca. No era esta la forma en la que quería dar la noticia, pero sabe que es lo más sensato. La mayoría han escuchado ya el rumor, pero necesitan confirmarlo. Nadie hubiera esperado un giro así.

“Compañeros… ”

Sólo han pasado algunos meses desde que comenzó esta locura pero le parecen años. Mira a aquel hombre que entró en su piso ocho meses atrás para contarle que ella era la elegida. Él asiente y le sonríe. Es el momento.

“Compañeros, está confirmado, en cinco meses nacerá el primero.”

El resto de sus palabras se ven ahogadas por los gritos y las botellas descorchándose para celebrar la noticia. Ahora ya saben cual es el origen, saben de dónde vienen, y, lo que es más importante, saben que el futuro está asegurado. La máquina del tiempo estuvo planeada desde el principio, no es ningún impedimento para su expansión. No ocurrirá ninguna desgracia.

Ahora tendrá que buscar un lugar donde esconderse. Sabe que ellos la ayudarán, sabe que no estará sola. Y sabe que del hijo que espera, el primer Homo Futuris, dependerá el futuro de la humanidad.

Quién hubiera pensado que la mutación aparecería de esta forma. Quién hubiera podido imaginar que acabaría enamorándose de una de aquellas bestias, que serían los que traerían la mutación al presente. Quién le hubiera dicho a aquellos dictadores que sería su propia tecnología de viajes en el tiempo la que les quitaría el poder para devolvérselo al pueblo. Nadie hubiera podido predecirlo.

Pueden adelantarse al futuro. Sólo tienen que cambiar la historia, empezar bien desde el principio, dejar bien claro que son humanos, que son pacíficos y que sólo pueden traer el bien. No dejar que los déspotas se aprovechen del miedo a lo desconocido. La mutación es buena, es un avance en la evolución. Seres humanos más fuertes, más ágiles, más inteligentes. Y, sobre todo, más aptos para la supervivencia.

¿O quizás no puedan? ¿Y si está todo predestinado? ¿Quizás estuvo planeado así el destino? ¿Deberán volver a esconderse, a sabiendas de que tarde o temprano serán unos poscritos perseguidos? ¿Deberán las leyendas tener que olvidar el orígen para que puedan encontrarse de nuevo en el pasado y poder comenzar todo? ¿Qué pasará si la máquina del tiempo nunca llega a desarrollarse?

Y mientras mira al padre de su hijo, un remoto descendiente suyo, el viajero en el tiempo que hizo posible el milagro, no puede sino pensar en que, después de todo, no es decisión suya. Serán los hijos de sus hijos quienes elijan el camino. Como ya lo eligieron antes.

Recuerdo

Ayer te vi, como siempre, delante de la puerta del instituto. Al principio no me sorprendió, me pareció tan natural que sentí que el tiempo no había pasado, que no había ocurrido nada desde entonces. Y es curioso porque tenías exactamente la misma cara, a pesar de haber pasado tantos años. Me miraste, quizás porque yo te miraba, y me pareció ver que detrás de esa mirada, algo se encendía, no sé, quizás un recuerdo. Pero no dijiste nada, ningún gesto, y yo tampoco podía estar segura. No podías ser tú, era imposible. Y sin embargo lo eras.

Por un momento pensé en cruzar la calle y saludarte, con un poco de miedo de que fueras tan sólo una alucinación o un fantasma. Era imposible que estuvieras allí, como si el tiempo hubiera dado marcha atrás. Como si hubieras estado esperándome todo este tiempo.

Luego, un segundo antes de que nuestras miradas dejaran de cruzarse, lo comprendí. No eras tú, era tu hermano pequeño. Ese renacuajo que corría a tus pies mientras hablábamos de cosas importantes. Ahora ha crecido y es igual que tú entonces, yendo al mismo instituto, con el mismo porte y la misma mirada. Hablando de cosas importantes con chicas a las que no verá en mucho tiempo.

Ha sido bonito volverte a ver, aunque no fueras tú. ¿Qué habrá sido de tu vida?

El mundo en un momento

Por si no lo sabías, el universo acaba de ser creado. Todo lo que tú consideras que son tus recuerdos, no son más que implantes que se te han colocado para que creas que llevas viviendo toda tu vida. Pero no es cierto. Acabas de ser creado, junto con el universo.

Es que el dios que nos ha tocado es un dios con un sentido del humor un tanto extraño. Le resultaba incómodo eso de tener que estar mirando durante millones de años cómo unos microorganismos interactuaban entre sí antes de poder empezar a observar a seres más o menos complejos. Así que decidió saltarse todo el proceso y empezar directamente con nosotros. Es como el niño que rebusca en su casa los juguetes que le van a regalar. Impaciente, egoísta y caprichoso.

Pero lo peor aún no te lo he contado: le hemos caído mal. Le hemos caído tan mal, que nuestro universo no durará más de cinco minutos. Está harto de nuestras estupideces, así que pronto apagará todo. Así que sólo tendremos cinco minutos de vida. Eso será todo. Cinco minutos de gloria y fama, y luego nada. Para una oportunidad que teníamos de intentarlo, y vamos y la estropeamos. Quizás no nos la merecíamos. Quizás no sea culpa nuestra, sino de quien nos creó así. Es igual, tampoco podemos decidir.

Eres patético y lo sabes. Para cinco minutos de vida que tienes, y vas y los gastas en leer esta entrada. Bueno, consuélate pensando que tampoco podías elegir. Es el destino que te ha tocado.