Lucidez

Siempre ocurre de la misma forma. Estamos hablando, probablemente hay más gente alrededor participando en la conversación. Pero todos callan cuando por fin me doy cuenta de cual es el problema que lleva un rato molestándome.

La miro a los ojos. Ella me mira, tranquila, sonriente. Sabe lo que voy a decir a continuación.

-Esto no es posible.

Asiente. A nuestro alrededor todo está en silencio. Incluso los objetos a nuestro alrededor parece que empiezan a desvanecerse. Pero yo sigo centrada en sus ojos.

-Tú estás muerta.

-Lo sé.

-Entonces esto debe ser un sueño. No eres real.

-Esto es un sueño y yo no soy real porque estoy muerta. Pero es la única forma que te queda de poder hablar conmigo.

Entonces empieza el sueño lúcido.

Un día

Sé que llegará un día en que mis ojos se cansen de mirar, me pesen los párpados y me duela la luz. Mis manos se agrietarán, me dolerán los huesos y no alcanzaré a atarme mis propios zapatos. El espejo me devolverá una cara arrugada y marchita, sobre un cuerpo flácido de pechos vacíos.

Sé también que empezaré a olvidar cosas. Primero cosas poco importantes, como apagar la luz al salir del baño o un número de teléfono. Poco a poco iré olvidando más cosas, pero es algo que iré asumiendo, igual que asumiré que mis dedos no me alcancen a rascarme el omóplato o que no pueda correr y saltar tras una cucaracha. Si todo se torna complejo, buscaré ayuda y acabaré siendo dependiente hasta que mis días se apaguen. Es el ciclo de la vida, no podemos vivir eternamente. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa.

Lo peor es perder los recuerdos importantes. Porque también empezaré a olvidarte. A ti, a los momentos que hemos pasado juntos. Los recuerdos empezarán a difuminarse y no estaré segura de cual fue nuestro primer beso o dónde solíamos quedar al salir de clase.

Olvidaré tus dedos acariciando mi espalda. El tacto de mis labios sobre tu hombro. Tu voz susurrando en el estruendo del día a día. Olvidaré tu calor en las noches frías. Olvidaré incluso tu olor, tu nariz en mi cuello, el mordisco en tu oreja y los dedos entrelazados.

Y no puedo soportarlo. No puedo soportar olvidarte. Me aferro a tu recuerdo como un náufrago al último trozo de madera quemada, clavándome las astillas de los recuerdos dolorosos para no perderlos ni siquiera a ellos. El mundo se hace pequeño y siento vértigo al pensar que podría llegar el día en que mirase tu foto y ni siquiera recordase tu nombre. Que me diera por pensar quién hubiera tenido la suerte de compartir su vida con ese chico tan guapo de la foto.

O peor aún. Porque podría ser que quien olvidase fueses tú.

Entonces me doy cuenta de un detalle, algo que llevo pensando desde que empecé a escribir este post y que ahora me grita en silencio desde sus letras. Y es que aún queda mucho tiempo hasta que llegue ese momento. Pero quiero aprovecharlo. Quiero estar contigo. Así que cierro y corro a buscarte.

El problema de ser atea

El problema es muy sencillo: un día descubres que la vida no tiene sentido.

Sería bonito que existiera un destino que cumplir, unos objetos, unas metas. Pero la verdad es que no hay más meta que la que te autoimpongas tú mismo. Estaría bien poder decir que tienes algo que hacer, pero es que no hay nada que realmente tengas que hacer. La vida no tiene sentido ni valor, al menos no más que el valor con el que tú quieras especular.

No venimos de ninguna parte, no vamos en ninguna dirección. Lo que hay es lo que ves, una serie de (des)afortunadas coincidencias. Eres un producto del caos, igual que podrías haber sido una cucaracha o no haber sido nada. El hecho de que estés aquí leyendo esto no significa nada.

Lo bueno es que una vez que descubres que la vida no tiene sentido, también deja de tener sentido temer por tu vida. Ya no hay nada que pueda frenarte, porque no hay nada que puedas perder. Al menos, nada realmente importante.

Y entonces es cuando descubres el verdadero valor de la vida.

¿Te reconoces?

Se deja caer en el sofá, cansado tras un largo día de trabajo. No se molesta en poner la televisión, ni tampoco en coger un libro. Hoy no tiene ganas de nada. Pone los pies encima de la mesa y cierra los ojos.

¿Por qué no consigo sentirme a gusto? ¿No lo tengo todo? La vida me ha tratado bien, casi como si realmente hubiera ahi arriba alguien que me cuidase. Un trabajo agradable, un grupo de amigos que me sacan de la rutina, una familia que me quiere,… ¿Qué estoy intentando pedirle a la vida?

No hay peor soledad que la que sufres rodeado de gente. No es que sean malas personas, es que sencillamente no encajas con ellos. A veces, cuando me miro al espejo, siento que la persona que me mira al otro lado es la única que podría comprenderme. Por mucho que compartas con alguien, nunca puedes llegar a conocerle tan bien como te conoces a tí mismo. Nadie podría leerte el pensamiento tan bien.

Vamos, ¿quien no ha soñado con viajar en el tiempo para poder encontrarse consigo mismo? Poder darse un abrazo, prometer algo que sabes que vas a cumplir, porque ¿cómo podrías defraudarte jamás a tí mismo? Eres la única persona en la que realmente puedes confiar y, en todo caso, si te traicionases estarías perdonándote a tí mismo, porque serías la única persona que realmente te comprendería. Te amarías en los momentos más duros y te reprenderías cuando te pottases mal. Nunca podrías enfadarte. Sería perfecto.

Bah, las paradojas temporales harían imposible esta idea. Lo más cercano que se puede conseguir, es a clonarse uno mismo. Pero eso no garantizaría nada. La personalidad no va sólo en los genes. El ambiente, las experiencias personales,… habría que reproducir paso a paso, detalle a detalle, toda la vida de uno mismo hasta llegar al punto en el que está lo bastante maduro como para el encuentro. Ríe con la idea. Es sencillamente absurda.

Llaman a la puerta. No espera a nadie, pero se levanta mientras sigue pensando en la idea. Quizás se podría montar una empresa para llevar a cabo esta idea. Una sola persona no podría encargarse de todo esto, sobre todo porque no podría hacerlo personalmente, ya que modificaría el entorno en el que crecería el clon. Harían falta muchos medios para poder llevarlo a cabo. Y siempre quedaría el azar, que podría hacer fracasar el proyecto.

Al otro lado de la puerta hay un hombre de mediana edad. Parece nervioso y tiene los ojos brillantes y húmedos. Hace como un gesto de saludo pero luego para, suspira, y se decide a hablar.

-Hola. Soy tú, dentro de 25 años.

Aferrados a la nada

-Está loco, no os acerquéis a él.

-No entiendo cómo no se cae. Si yo me soltara, caería sin remedio.

-Porque está loco, por eso. En cualquier momento caerá.

-Se le ve tan feliz, tan despreocupado.

-No, seguro que tiene un pacto con el Diablo. No puede ser bueno. Mejor ir bien agarrado.

-¡Miradlo, está saltando!

-¡Madre del Amor Hermoso! ¿No tiene sentido común!

-Pero sigue ahí, no se cae. No lo entiendo.

-Es imposible.

-Es un milagro.

-No llames milagro a lo que el diablo lleva entre manos.

-Es fascinante.

-No puedo mirar, no puedo mirar, no puedo mirar,…

-Me dan náuseas sólo de pensarlo.

-¿Pero qué decís? Si parece hasta que se lo pasa bien.

-¿Que? ¿Te gustaría ir como él?

-Pues me lo pienso… jaja, no pongas esa cara, ni loco me quitaría esta seguridad.

-Esta juventud acabará mal.

-Por mucho que te santigües no conseguirás que se coloque las agarraderas.

-Pero evitaré que otros le sigan.

Pero él seguía andando sonriente, ajeno a las críticas. Porque sabía que no caería. Aunque los demás pensaran que necesitaban de los arneses para no caerse. Él caminaba libre y sin agarrarse. ¿Cómo iba a caer? ¿A dónde iba a caer, al cielo? Qué estupidez. La Tierra seguiría agarrándolo para mantenerlo en el suelo.

Lógicamente…

Y llegaron las hordas de tautologías y se pusieron frente a las contradicciones. Un contingente escondido en un lejano tablero semántico presenciaba el combate. Las cláusulas vacías volaban a uno y otro lado del campo de batalla sin piedad.

“RAA” gritaban las contradicciones

“LEM” vociferaban las tautologías.

Fue una lucha sin cuartel hasta que la noche estuvo bien entrada. Una bandera con el escudo de Herbrand ardía triste sobre los escombros. El contingente sólo se atrevió a salir cuando todo la calma invadía el campo de batalla. Tropezó y calló sobre un escudo decorado con el emblema de Skolem manchado de refutaciones. Lentamente paseó sobre los literales que habían quedado en el suelo. Una proposición agonizante intentó hacer un modus ponem, pero murió antes de terminarlo. El contingente cogió un cuantificador existencial y se preguntó si habría pertenecido a una contradicción o a una tautología. Era imposible saberlo.

“Esto no es lógico…”