Todos los caminos llevan a ninguna parte

Entra dando un portazo. Llevo esperando este momento mucho tiempo. Supongo que lo llevo esperando desde aquel día de la catástrofe, cuando todo lo que conocíamos desapareció. Cuando tuve que hacerme cargo de aquel grupo de niños que no son capaces de recordar nada antes del incidente.

Está parado delante de mi, respirando agitadamente. Sé que los demás están esperando detrás de la puerta. Es sólo el portavoz. El que llevará el liderazgo cuando yo ya no esté al mando. El que cuando termine esta conversación saldrá ahí fuera a ser aclamado y respetado por los demás.

-Lo sabemos. Hicimos lo que nos dijiste de leer e informarnos sobre la vida antes del incidente. Coger todo lo bueno y reinventar lo malo. Y lo hemos averiguado todo.

Se ha convertido en un adolescente sorprendentemente grande, tanto que su presencia se impone allá donde va. Supongo que el trabajo duro, el tener que reconstruir la civilización desde cero les ha hecho a todos mucho más responsables de lo que ninguno de nosotros hubiera podido serlo jamás.

Por un extraño momento añoro aquellos comienzos, cuando sólo estaba yo, un adulto enmedio del apocalipsis, llevando de la mano a un pequeño grupo de lo que sería el futuro de la humanidad. Añoro esos momentos en los que la humanidad sólo era un lienzo en blanco donde yo sólo tenía que dibujar las pautas.

Para crear un golpe de efecto y liberar su furia, agarra el tintero que hay sobre la mesa y lo estampa en el suelo, manchándonos a los dos de azul.

-Nos mentiste, nos mentiste acerca de todo. No puedo creer que lo hicieras, eras nuestro guía, velabas por nosotros.  ¡Nos mentiste y no te importó! ¡Nos impusiste tus creencias! ¡Teníamos derecho a saber!

Nos dijiste que existía un dios, que él velaría de todos nosotros, que sólo teníamos que seguir sus instrucciones… Nos dijiste que no había nada más allá de la muerte. Nos dijiste que esto es todo lo que había, nos dijiste que…

-Tenía que tomar una decisión sobre vuestro futuro…

-No tenías derecho a ocultarnos algo tan importante. Si no hubiera encontrado esa librería, si no hubiera encontrado esos libros explicando la verdad…

-¡La vida era un caos antes del incidente! ¡Tenía que simplificaros la vida si queríamos sobrevivir!

-Pues elegiste mal. Y ahora nos toca elegir a nosotros. Estás desterrado.

Desterrado. Asiento con la cabeza y eso le desconcierta. Quizás lo que más le desconcierta es que esa palabra, ese concepto, el destierro, no es algo que yo les haya enseñado. Y sin embargo lo acepto sin réplica. Supongo que no esperaba que estuviera esperando este momento.

Supongo que en el fondo no importaba. Cualquiera de mis decisiones hubiera sido errónea. Puede que nunca lleguen a entenderlo, pero hice lo mejor para ellos. Sonrío y le tiendo la mano. La estrecha, como indeciso. Luego da media vuelta y sale de la habitación para reunirse con los demás.

Lo harán bien. Tienen que hacerlo bien. Son los últimos supervivientes de la raza humana. Más les vale hacerlo bien.

El mundo en un momento

Por si no lo sabías, el universo acaba de ser creado. Todo lo que tú consideras que son tus recuerdos, no son más que implantes que se te han colocado para que creas que llevas viviendo toda tu vida. Pero no es cierto. Acabas de ser creado, junto con el universo.

Es que el dios que nos ha tocado es un dios con un sentido del humor un tanto extraño. Le resultaba incómodo eso de tener que estar mirando durante millones de años cómo unos microorganismos interactuaban entre sí antes de poder empezar a observar a seres más o menos complejos. Así que decidió saltarse todo el proceso y empezar directamente con nosotros. Es como el niño que rebusca en su casa los juguetes que le van a regalar. Impaciente, egoísta y caprichoso.

Pero lo peor aún no te lo he contado: le hemos caído mal. Le hemos caído tan mal, que nuestro universo no durará más de cinco minutos. Está harto de nuestras estupideces, así que pronto apagará todo. Así que sólo tendremos cinco minutos de vida. Eso será todo. Cinco minutos de gloria y fama, y luego nada. Para una oportunidad que teníamos de intentarlo, y vamos y la estropeamos. Quizás no nos la merecíamos. Quizás no sea culpa nuestra, sino de quien nos creó así. Es igual, tampoco podemos decidir.

Eres patético y lo sabes. Para cinco minutos de vida que tienes, y vas y los gastas en leer esta entrada. Bueno, consuélate pensando que tampoco podías elegir. Es el destino que te ha tocado.

El problema de ser atea

El problema es muy sencillo: un día descubres que la vida no tiene sentido.

Sería bonito que existiera un destino que cumplir, unos objetos, unas metas. Pero la verdad es que no hay más meta que la que te autoimpongas tú mismo. Estaría bien poder decir que tienes algo que hacer, pero es que no hay nada que realmente tengas que hacer. La vida no tiene sentido ni valor, al menos no más que el valor con el que tú quieras especular.

No venimos de ninguna parte, no vamos en ninguna dirección. Lo que hay es lo que ves, una serie de (des)afortunadas coincidencias. Eres un producto del caos, igual que podrías haber sido una cucaracha o no haber sido nada. El hecho de que estés aquí leyendo esto no significa nada.

Lo bueno es que una vez que descubres que la vida no tiene sentido, también deja de tener sentido temer por tu vida. Ya no hay nada que pueda frenarte, porque no hay nada que puedas perder. Al menos, nada realmente importante.

Y entonces es cuando descubres el verdadero valor de la vida.

Donde hubo fuego

Son incapaces de articular más que algunos sonidos básicos para comunicarse entre ellos. No saben, tampoco necesitan saber. Son felices en su mundo de luces y sombras donde poco entienden de lo que sucede.

A veces hay tormenta. Odian y aman la tormenta tanto como odian y aman la luz y la oscuridad. Y, a veces, hay rayos. Esos rayos pueden alcanzar una montaña, un arbusto, un árbol. Y prende un fuego que les iluminará el resto de la noche. Algunos atrevidos se acercan al fuego y se calientan con él. Otros sencillamente se acurrucan aún más en las sombras, esperando que esa luz que les ciega se termine de una vez para poder continuar con sus vidas.

Poco a poco van aprendiendo a mantener vivo ese fuego que les calienta y les cobija, que les espanta a las bestias. Saben que si le dedican unos pocos minutos al día, ese fuego les puede durar y proteger toda la vida. Curiosamente, a pesar de ello, algunos van olvidando cuidar el fuego y van dejando que se apague lentamente. También hay veces que otra tormenta enciende otro fuego cerca de ellos y deciden moverse. Pero puede ocurrir que cuando lleguen a esa nueva hoguera, otros ya hayan ocupado los mejores puestos, y no les dejen calentarse. Y cuando miran atrás, los débiles escombros de lo que fue su anterior hoguera les miran como con burla, haciéndoles comprender que si su hoguera no era tan apetecible como la otra fue porque no les dedicaron bastante atención.

Algunos de ellos han aprendido a hacer fuego. Es un proceso lento, costoso, pero al final acaba surgiendo. Son ellos los más afortunados, porque aunque su hoguera se apague, son capaces de hacer surgir otra.

Pero la mayoría piensa que están locos con sus hogueras artificiales.

Ángel

Ella se sienta a su lado y juguetea con los botones de su camisa durante un rato. Él la mira subyugado.

-Eres como un ángel.-su risa resuena limpia y un escalofrío cálido le recorre todo el cuerpo.

-Puede que lo sea.

-¿Y qué haría un ángel aquí conmigo?

-¿Por qué no podría un ángel estar aquí contigo?

-Porque si yo fuese dios y todos los ángeles fuesen la mitad de bellos que tú, no querría que se separasen de mi ni un solo instante.

-¿Y si los ángeles no quisieran estar con dios?

-Les obligaría a querer estar conmigo. ¡Soy dios!

Ella ha parado de jugar con los botones y le mira serio. Sigue siendo bella, pero ahora hay algo que ha cambiado en su mirada.

-No puedes obligar a nadie a quererte. Ni siquiera si eres dios.- ella levanta la mirada y sigue hablando

Te contaré una historia que ocurrió no hace tanto tiempo, aunque si lo contamos en vidas humanas, fue hace mucho tiempo.

Esto ocurrió en el Paraíso, cuando el mundo de los humanos aún ni siquiera estaba formado. Dios tenía muchas ideas en la cabeza y empezó a esculpir ángeles dando forma a aquellas ideas. Cada idea le inspiraba un ángel y cuando el ángel cobraba vida, él le concedía el don de aquella idea. De esta forma nacieron muchos de los ángeles que hay hoy en día: Generosidad, Esperanza, Alegría, Satisfacción, Gula, Amabilidad,… todos ellos eran buenos ángeles, y Dios estaba contento con todos ellos. Le querían, le admiraban y le hacían sentirse orgulloso. Algunas veces invitaba a alguno a sus estancias para pasar el rato y ellos eran felices con aquellos momentos de exclusividad.

Pero Dios estaba tan ocupado con sus creaciones que no se percató de que entre ellos empezó a surgir la rivalidad. Dios no podía estar con todos a la vez, y algunos empezaron a sentirse desplazados. Cuando una de sus creaciones se rebeló contra su idea y adoptó el don de la envidia, Dios supo que tenía que hacer algo para distraer a sus ángeles y creó a Lujuria.

Lujuria era un ángel hermoso y atractivo, casi tanto como Dios. Era agradable y pronto supo entretener al resto de los ángeles mientras Dios se dedicaba a sus creaciones. En aquella época nacieron ángeles como Belleza y Ociosidad, que ayudaron muchas veces a Lujuria a entretener a los ángeles. Pero incluso de esto se acabaron cansando los ángeles y Dios supo que no era suficiente. Entonces fue cuando creó el mundo de los humanos, esperando así poder entretenerlos eternamente. Todos los ángeles contribuyeron a la creación de este mundo y Dios pudo al fin descansar. Los ángeles eran felices y él era feliz con sus creaciones.

Hasta entonces, Envidia había permanecido en sus estancias, apartado del resto de los ángeles. Y Envidia no era feliz. Quería ser uno más, quería poder participar también en el mundo de los humanos y participar en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios comprendió que no era culpa de Envidia el tener aquel don, que era culpa de él mismo por no haberse percatado de lo que ocurría. Así que creó a un ángel capaz de contrarrestar a Envidia y que pudiera mantener a todos los ángeles unidos de una vez por todas. Fue entonces cuando nació Amor.

Amor fue su mayor creación, o eso dicen. Caminó de la mano con Envidia por todo el Paraíso y parte de la Tierra. Juntos participaron en la creación del mundo de los humanos y en las orgías de Lujuria, Belleza y Ociosidad. Dios estaba contento.

Pero había dos ángeles que pronto empezaron a apartarse del resto. Lujuria encontró en Amor una comprensión y un cariño que el resto de los ángeles no eran capaces de darle. Y Amor encontró en Lujuria la chuspa que le faltaba a su don. Todos sabían de su romance menos Dios, que seguía encerrado en su Torre de Marfil, creando nuevos ángeles. Lujuria dejó de atender las orgías y Amor dejó de unir a sus hermanos.

Desde el principio, Dios les había prohibido procrear entre ellos, para evitar que el libre albedrío que poseían destruyera el frágil equilibrio sobre el que se sustentaba el universo. Pero Lujuria y Amor no quisieron evitar tener descendencia, que adoptó el don de la Mentira. Para ocultarlo a los ojos de Dios, llevaron a Mentira al mundo de los humanos y durante muchos años, nadie se dió cuenta de su existencia. Pero Envidia, solo en el Paraíso, unió a algunos ángeles empezaron a recelar de aquella relación. Un día, Dios llamó a Lujuria para que acudiera a su presencia. Pero éste yacía en aquel momento con Amor y no quiso acudir. Dios quiso averigüar qué era aquello más importante que él mismo y Envidia y Belleza acudieron y le contaron toda la historia. Consternado, Dios reunió a sus ángeles en las puertas de su morada y les obligó a confesar.

Lujuria y Amor negaron todo lo ocurrido, pero a Dios le bastó una mirada a Amor para saber que llevaba un hijo dentro de sí y miró más allá y descubrió a Mentira en el mundo de los humanos y enfureció. Maldijo aquel retoño y ordenó a Lujuria que abandonara para siempre el Paraíso. Su misión en la Tierra sería cuidar de Mentira y evitar que se esparciese aún más entre los humanos. Ordenó encerrar a Envidia bajo setenta y siete puertas blindadas, pero Envidia huyó al mundo de los humanos, donde sabía que Dios no podría alcanzarle.

Cuando nació el hijo de Amor y Envidia, adoptó el don del Dolor. Amor, temerosa de que Dios también quisiera encerrarlo, lo envió al mundo de los humanos para que buscase a su hermana Mentira y a su padre Lujuria para que ellos le cuidasen. Luego, intentó hablar con Dios para despertar en él el amor que debía sentir por todos sus ángeles. Cuando Dios se enteró de aquello, maldijo a Amor a estar siempre rodeada de Mentira y Dolor cuando Lujuria estuviera cerca y le cerró las puertas del Paraíso. Sólo podría regresar una vez al año para unir a sus hermanos en amor y cariño.

Amor vagó durante muchos años regresando siempre en aquella fecha para unir a sus hermanos, a quienes también quería. Cada vez que se encontraba con Lujuria, Mentira y Dolor aparecían, obligándoles a separarse una y otra vez. Envidia siempre siguió a Amor de cerca en secreto, siempre intentando separarla de Lujuria, pero no pudo evitar que yaciesen juntos otra vez, entre Dolor y Mentira, quedando Amor una vez más preñada.

Belleza había quedado envenenada por la envidia y decidió acudir a buscar a Lujuria, pues no podía permitir que Amor viviera con él. Cuando Amor vió a Lujuria y a Belleza juntos, sintió también a Envidia y nunca más quiso volver a saber nada más de Lujuria. Culpó a Envidia y cuando nació su hija, adoptó el don de la Tristeza. Abandonado por Amor, Lujuria se apoyó en Belleza y juntos recorren el mundo de los humanos.

Sabiendo esto, en uno de sus viajes al Paraíso, Dios le concedió en secreto a Amor el don de la Comprensión, siendo así Amor el único ángel con dos dones. Le presentó a Compasión, un ángel de creación reciente que le ayudaría en su destierro. Por eso Amor siempre va acompañado de Compasión y es capaz de comprender situaciones que otros muchos ángeles no entenderían.

A pesar de todo, aún hoy, cuando Lujuria tropieza con Amor, aparecen Mentira, Dolor, Tristeza y Envidia para separarles.

-Es cruel.

-Dios se deshizo de sus dos ángeles más hermosos porque no podía soportar que quisieran estar antes juntos que con él.

-¿Y nunca más fueron felices Amor y Lujuria?

-Amor ya sabe que Envidia le sigue y sabe que Lujuria sólo está con Belleza porque Amor no está con él. Pero siente compasión y prefiere dejar a Lujuria con Belleza y que Dolor, Tristeza y Mentira estén lejos, a que Lujuria sufra. Y perdona a Dios, porque sabe que en el fondo, siente vacío al no tener Amor con él.

-¿Y cómo sabes tú eso?

-Ya te dije, que quizás yo fuese un ángel.

Una llama en la oscuridad

Después de interminables intentos, consigo volver a encender la luz. A mi alrededor veo unas pocas caras asustadas que se apresuran a acercarse. Poco a poco se van relajando y tranquilizando y consigo mantener la llama constante. A lo lejos algunas figuras hacen gestos que no puedo reconocer. Pero sé que no tengo que hacerles caso.

Tuve suerte de conseguir que alguien me enseñase a encender hogueras. No sé cómo hubiera soportado tanta oscuridad a mi alrededor. Sobre todo en estos tiempos, que hay más gente que busca la luz que gente que puede obtenerla.

Hay gente que está en contra de que haya luz. Prefieren la oscuridad y asustan a todo el que pueden para convencerlos de que la luz es mala. Lo peor es que la mayoría de las veces lo consiguen. Son esas figuras que hacen aspavientos en los bordes del círculo que marca la hoguera. Los mismos que cuando se apaga, intentan por todos los medios que no pueda volver a encenderla. Pero ya me conozco sus tretas, conmigo no lo tendrán fácil.

Existen lugares donde jamás se ha encendido la luz. Allí es donde mejor reinan estos reyes de sombra, angustiando y asustando al resto de la población, haciéndoles creer que sólo ellos pueden protegerlos. Saben que si llega la luz a donde ellos están, dejarían de tener el poder. No están dispuestos a ceder. Aunque eso venga incluso en detrimento de su propia calidad de vida. El poder les ciega.

Hay quien dice que algún día todo el mundo estará cubierto de luz, que no tendremos nada que temer. Pero aún hay gente que sigue luchando por apagar los pocos focos de luz que podemos encender. De momento llevamos muchos siglos ya luchando contra la oscuridad y no hemos conseguido nada. La ignorancia es un arma poderosa.

¿Esperanza?

Todo comenzó una mañana de verano tardío. No, miento. Todo comenzó mucho antes. Fue un movimiento lento, suave, casi imperceptible. Incluso aquellos de los más pesimistas tardaron en darse cuenta de que algo estaba sucediendo. Se fue fraguando durante años, décadas incluso. Hay quien piensa que siglos. Realmente es algo que no puede definirse con exactitud. Tampoco es algo que tenga importancia ahora.

Lo que si es cierto es que aquella mañana hubo un cambio radical. O mejor dicho: fue el momento en que la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de que algo estaba cambiando. Aquel atentado fue un duro golpe para la democracia. Sí, en aquellos entonces aún teníamos democracia.

No, no me mires así. Puede que no fuera el mejor sistema de gobierno. Pero ¿sabes? si uno realmente tenía interés podía llegar a ser alguien. Y sobre todo, teníamos libertad. Esto que te cuento podría haberse gritado enmedio de una plaza multitudinaria y nadie te hubiera mirado mal. ¿Más inseguridad? Depende de como lo mires. Existía siempre esa pequeña posibilidad de que te robaran en un callejón oscuro… pero ¿crees que ahora no sigue ocurriendo?

El caso es, que aquella mañana empezó a derrumbarse visiblemente algo que nosotros habíamos creído hasta entonces fuerte e inamovible. En pro de la seguridad y la defensa, empezaron a recortar nuestros derechos. Sí, es posible que ahora estuviéramos más seguros. Pero ¿a qué precio? ¿Y realmente estábamos más seguros? No lo sé. Pero sé que teníamos más miedo. Mucho más miedo.

No fue sólo aquel atentado lo que cambió nuestra forma de vida. Hubo cambios mucho más sutiles, sólo visibles para aquellos ojos preparados para ver. Eternas reformas educativas que sólo conseguían que cada generación fuese un poco más ignorante que la anterior. Bueno, ignorante en cuanto a ciencias, porque el ocultismo, los fanatismos religiosos y la brujería volvieron a tomar protagonismo en la vida diaria. Las diversas sectas religiosas empezaron a ejercer más abiertamente sus influencias.

Sí, sectas. ¿Te extraña que las llame así? Un escalofrío recorre tu espalda porque sabes que, aunque hayan intentado ocultar su auténtica forma, es lo que son. Ahora también sientes el miedo, empiezas a comprender que lo que creías una sociedad avanzada no es más que la antesala de la próxima Edad Oscura. Una nueva Edad Media donde cualquiera puede ser acusado de brujería y quemado en la plaza del pueblo.

Chocheo, ?verdad? Desvarío, estoy loca. Esto no era lo que te habían dicho en la clase de Historia. Sí, es muy probable que no. Recuerdo una clase de Historia que tuve yo también a tu edad, justo por la época en que todo empezó a derrumbarse. Hubo dos frases que me llamaron la atención: “La Historia es un ciclo que siempre se repite.” Siempre. Si los Antiguos Griegos fueron una Edad de Oro, los Romanos fueron su Decadencia. Es un ciclo que siempre se repite. Cada vez llegamos más alto. Pero a más alto llegamos y más avanzados estamos, más dura es la caída. La otra frase que me llamó la atención fue que los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo. Por eso tuvieron tanto interés en destrozar la educación. Por eso quisieron con tanto empeño que nadie supiera la verdad. Ni siquiera tú, hoy en día, te das cuenta de lo que hicieron.

Salíamos a la calle sin miedo, se respiraba la libertad. Podíamos tener una vida lo más extraña y compleja que quisiéramos, nadie leía nuestros correos, nadie nos observaba minuciosamente, nadie, desde ahi arriba, iba guardando en una enorme base de datos todos nuestros movimientos, esperando que algún día, cuando empezáramos a tener nuestras propias ideas, pudieran utilizar nuestras propias palabras contra nosotros mismos.

Si entrabas en un hospital, nadie te preguntaba el nombre, ni el número de cuenta bancaria. Simplemente te atendían. ?Te extraña? Todos teníamos derecho a vivir, a tener un médico a nuestro lado, fuésemos quienes fuésemos. Nuestros impuestos eran devueltos en forma de carreteras gratuitas, pensiones para la tercera edad, asistencia médica, transportes urbanos, … Claro, claro que había mendigos por las calles… No como ahora, que los matan directamente. Oh, pero tú creíste la mentira de que no había pobres. Ingenuo. ?Cómo van a mantener sus propiedades si no es a costa de exprimirnos a las clases más bajas?

Clases bajas… Esa es otra cosa que me sorprende. Nosotros no teníamos ese tipo de distinciones. La nobleza no era más que un título que se anteponía al nombre en los actos oficiales. No era más que una marioneta de manos de la prensa rosa. Sí, algunos países tenían monarquía, pero la mayoría era una monarquía sin poder real, simplemente estaba ahi por tradición, por un falso sentimiento de seguridad. Por capricho.

Sí, sí, es cierto que te dicen que ahora estamos más avanzados y nuestra sociedad es más moderna aún. Pero te lo dice alguien que ha probado las dos etapas. Puede que mis ojos estén ya ciegos y mis manos tiemblen, pero mi razón y mi memoria siguen tan atentas como siempre. Escucha lo que esta vieja anciana quiere contarte. Porque puede que sea la única manera de llegar a la verdad y entenderla. Y de volver a colocarla en su sitio. Porque, ?sabes? puede que ahora os sintáis todos más seguros. Pero yo tengo miedo.

Allí, donde la luz se funde en las tinieblas

Cuando crees que ya te has acostumbrado al dolor, viene otra ráfaga que te quita todo sentido, sólo eres capaz de seguir sintiendo dolor y más dolor. Casi no tienes tiempo de pensar qué ha ocurrido. Lo último que recuerdas es morir, morir una y otra vez. Sientes que hay alguien ahi fuera que juega contigo, con tu dolor, pero no eres capaz de reconocerlo.

¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto? ¿No ves que estoy sufriendo? ¿No crees que ya tuviste bastante conmigo? No, sigues, sigues empujándome hacia este abismo. Y cuando el dolor consigue matarme, renazco otra vez para volver a sentir más dolor aún.

Abres los ojos y le ves. Está ahi, riendo. Riendo con tu desgracia. Te observa y se divierte viendo cómo sufres, cómo sientes cada vez más y más dolor.

¡Haz algo! ¡Ayudame! ¡Sácame de aquí! ¿No ves que sufro? ¿No oyes mi dolor? No te quedes mirándome como si esto no tuviera nada que ver contigo. ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué no haces nada?

Porque estás a mi merced. Eres mío. Tu infierno no es más que mi paraíso. Yo vendí mi cuerpo y mi alma por disfrutar por toda la eternidad viendo cómo pagabas por el dolor que me causaste. Y cada vez que te rindes y te dejas morir, lo único que haces es atravesar un infierno más, todos ideados por mí, para que puedas sentir aún más dolor.

¿Quién eres? Déjame en paz. Déjame morir del todo. Déjame. Fuera lo que fuera lo que te hice alguna vez no puede ser comparable al dolor que siento.

¡¡Qué sabrás tú de mi dolor!! Pagarás, pagarás con intereses. Ése era el trato. Vendí mi alma a cambio de la tuya. Tú elegiste morir y yo elegí ser un siervo del infierno. ¡¡Y SUFRIRÁS!!

Muerte. Dolor muerte y más dolor. Es un ciclo sin fin del que sabes que no puedes escapar. Y eso es quizás lo que te causa más dolor. Saber que, hagas lo que hagas, estás perdido sin remedio. Perdido para toda la eternidad.

Dime al menos quién eres. Dime qué te hice para merecer esto. Dime por qué me odias tanto. Cuéntame que fué lo que hice mal. Sal a la luz para que pueda ver tu rostro. Déjame saber quién eres. Aunque ya no pueda arreglarlo, dime, que fue lo que te hizo obsesionarte conmigo de esta manera.

Aún cuando estuvieras en plena posesión de tu razón no serías capaz de reconocerme, sólo verías el más horrible terror que hayas alcanzado jamás a imaginar. ¿De qué te servirá saber quién soy? Yo nunca signifiqué nada para tí. Por más que luché por subir a lo más alto nunca reconociste mi gloria.

¡No! ¡Espera! No me dejes así. Escúchame. ¿De qué sirve que me cobres con dolor? ¿Acaso esto apacigua tu alma? Fuera lo que fuera lo que hice en la otra vida, perdóname porque no sabía lo que hacía.

Hablas de perdón y sin embargo nunca tuviste piedad conmigo.

Mueres.

Una eternidad más sufriendo. ¿Qué más dará? Llega un momento en que olvidas todo pasado y el dolor te envuelve. Llega a ser casi el cálido manto que te protege del frío ser que se mueve alrededor tuya, observándote.

Una lágrima…

Mueres otra vez.

 

Silencio. Luz. ¿Dónde estoy? Hace un momento estaba en el infierno. ¿Habrá sido todo una pesadilla? ¿Estaré muerto ya? No reconozco nada y sin embargo me siento en casa. Una figura a mi lado, tendida. No puede ser. Y sin embargo, es.

Perdóname…

El perdón será mi venganza.

Aún podrás volar en sueños

Las alas desplegadas le dan un aire majestuoso que el resto de su figura, descuidadamente apoyada en el muro, no parece acompañar. A pesar de ser una estampa extraña, el hombre no parece inmutarse y sigue caminando hacia delante.

-A ellos puedes engañarles pero no podrás confundirme a mi.

El hombre detiene su paso y mueve la cabeza lentamente hasta mirarle. El ángel se impulsa con una pierna sobre el muro para ponerse de pie y se le acerca.

-No tienes por qué mentirme. Los demás creen que estás loco pero yo te conozco lo bastante como para saber que tomaste la decisión por una razón convincente.

El hombre continúa mirándole sin hablar. Durante unos instantes se miran a los ojos en silencio hasta que el ángel vuelve a abrir la boca.

-Sin embargo, cortarse las alas es la decisión más radical que puede tomar un ángel. Tuvo que ser una razón muy fuerte para que lo hicieras.

El hombre levanta la mirada y observa las estrellas mientras suena su voz ronca.

-Tú no podrías comprenderlo. No eres uno de ellos.

-Tú tampoco. Puede que te hayas cortado las alas pero no eres mortal. Sigues siendo un ángel.

-Puedo leer sus pensamientos y comprenderlos mejor.

-Entonces explícame. ¿Por qué lo hiciste?

-Era ella… es… difícil de explicar.

-Te dijimos que acabaría mal, que no merecía la pena ser su ángel de la guarda. Hay cosas que no podemos cambiar. Y ella era una. Sabías que acabaría mal y que ello te afectaría. A pesar de todo…

-Sólo quise darle una oportunidad.

-Voy a serte sincero. Los demás creen que estás loco y eso que no saben lo que yo sé…

-¿Y qué es lo que tú sabes?

-Puede que tú leas mentes, pero yo veo a distancia. Y ví cómo murió.

-Entonces no sé por qué preguntas. Ya lo sabes todo.

-No, hay algo que no entiendo. Tú no querías que muriera.

-No.

-Pero murió ahogada.

-Sí.

-Y tú la ayudaste…

-Era lo que ella quería.

-Aún así. Has visto muchas muertes. ¿Por qué te afectó tanto? Cortarte las alas… es duro.

-Ya dije que no podrías comprenderlo.