Cayeron mis alas y yo no me rendí por eso ven aquí… brindemos que hoy es siempre todavía…

Quedan pocos ángeles. La mayoría de ellos hace tiempo que desistió en su empeño y los pocos que quedan procuran no llamar mucho la atención. Viven ajenos a todo, ausentes, casi níveos. El mundo ya no es para ellos.

Siempre había creido en un futuro mejor. Por eso se le había visto una y otra vez remontando el vuelo después de cada caída, volviendo a levantarse del suelo para alzar las alas una vez más. No importaba las veces que cayera, porque siempre había una nueva oportunidad para desplegar las alas y volar hacia el sol.

Esta vez es diferente. Su cara, pálida, queda desdibujada bajo el agua. Y con ella, quedan hundidas muchas esperanzas truncadas. Podría seguir así, sin importarle, quitarse el polvo de encima una vez más, sacudir sus lágrimas y remontar el vuelo. Sin embargo, no puede, hay algo que se lo impide.

Corta sus alas de un tajo, con un golpe limpio. No sangra, los ángeles nunca sangran, a no ser que quieran fingir que son mortales. Despega una pluma de ellas y la guarda con cuidado junto a su pecho. Con el resto de las alas hace una hoguera, visible desde muy lejos. Cuando el último rescombro se apaga, se levanta y se aleja sin mirar atrás.

Ahora, camina entre el resto de los mortales, igual que ellos, pero con una diferencia: dos tenues marcas en su espalda. Casi no se notan, no las siente, excepto esas noches de luna llena, cuando los ángeles se reúnen bajo las estrellas, nota un ligero cosquilleo y siente añoranza de sus alas, de cuando volaba libre, sin rumbo ni destino, sin preocuparse de si el sol le quemaba o el frío le helaba.

Traficando almas

-Quiero vender mi alma.

-Eso me han dicho.

-Pon las condiciones.

-Espera, no vayas tan rápido. Eres un caso curioso, déjame hacerte antes un par de preguntas.

-¿Caso curioso?

-Sí. Hasta ahora siempre había buscado personas avariciosas, egoístas, siquiera envidiosas. Pero en tí no consigo detectar ninguna de las tres cosas. ¿Por qué quieres vender tu alma?

-Quiero venderla a cambio de que todos sean felices.

-Una petición extraña… pero no me refería a eso. ¿Por qué quieres vender tu alma?

-No hay ningún dios dispuesto a hacernos felices. Y eres lo más cercano a dios que conozco.

-Pero habrás oido historias sobre la letra pequeña de mis contratos…

-No me importa lo que hagas con mi alma después. Tortúrame si quieres. Si es el precio estoy dispuesto.

-¿Sabes que tu alma sola vale más que todas las que poseo ahora mismo? Es un alma pura, intachable, un alma que nunca se ofrecería a un contrato… y mírate, estás aquí.

-¿Entonces trato hecho?

-Espera… No te precipites. Es un desperdicio vender tu alma y no conseguir tú un beneficio… ¿seguro que no quieres nada?

-Con lo que te pedí me basta.

-¿Y si te dijera que por el resto de la eternidad vas a estar sufriendo torturas infinitas?

-Incluso así. ¿Por qué no cierras ya el trato?

-Es una lástima que no esté a mi alcance cumplir lo que deseas. Tener tu alma sería para mi algo que no puedes ni imaginar. Pero tampoco cerraría el trato en ese caso.

-¿Por qué no?

-Soy negociante… pero no soy de hielo. Torturar tu alma por el resto de la eternidad sería una estupidez. Destrozar algo tan puro… No lo haría. Quizás te hiciera un trato especial.

-¿Especial?

-¿Por qué no? ¿Qué beneficio crees que saco yo torturando almas? ¿Placer? No… la mayoría de las leyendas que se murmuran sobre mi son falsas. Es cierto que compro almas pero no para malgastarlas en torturas. Prefiero que trabajen para mi.

-Entonces hubiera trabajado para ti…

-Probablemente. Pero no en el sentido en el que trabajan los demás. Porque tú serías incapaz de cumplir tus cometidos… Por eso hubiera sido tan importante comprar tu alma. Aunque desde el momento en que me pertenecieras ya no serías tú. Te hubieras corrompido. Y no, yo también os deseo lo mejor, no quisiera ser el culpable de la corrupción de tu alma.

-¿No firmas el contrato porque no puedes o porque no quieres?

-¿Cuál sería la diferencia?

A las puertas del cielo

-Creo que tu caso no tiene discusión. Estarás de acuerdo conmigo en que el infierno es tu única opción.

-No.

-Ah, ¿no?

-En absoluto.

-¿Entonces?

-Creo que deberías enviarnos a todos de vuelta a la Tierra.

-Una curiosa propuesta.

-¿Tuve culpa yo de no creer en ti? ¿Tuve culpa de que crearas el ateísmo y que yo resultase ser una de sus más fervientes expresiones?

-¿Me culpas a mi de tus errores?

-Pues, ¿quién si no es el causante último de los mismos? ¿Y pretendes castigarme por tus errores?

-¡Basta! Es la herejía más disparatada que haya oído jamás.

-Y sin embargo cierta. Cúlpame de que me crearas hereje e insolente. Hazme pagar por ello. Pero no sería justo.

-¡Vete de aquí! No ensucies con tu vípera lengua este inmaculado lugar.

-Aún no sé qué puerta me corresponde.

-¡La del infierno! ¡Y púdrete con todos los de tu calaña!

-Satanás nunca torturaría a alguien que pensara como él.

-No sabes lo que dices…

-Y sin embargo, no era una idea tan lejana a la realidad… pero después de toda la eternidad ejerciendo de Dios y cometiendo los mismos errores… ¿quién podría ahora rectificar?

Cochinillos

Todos esperábamos con impaciencia la llegada del camión. Procurábamos estar bien gorditos y relucientes para entonces. Un paseo al Paraíso… Yo aún era muy pequeño para subir, pero mi madre hacía unas cuantas lunas que había subido al camión. Se despidió de mi con un guiño y me susurró al oido que pronto me reuniría con ella, que no dejara de comer y que pusiera ojillos tiernos cuando se me acercara el Ángel.

Día tras día comía y comía para destacar entre los demás. Pero no es fácil alcanzar el cielo cuando todos a tu alrededor luchan y pelean por estar también gorditos y lustrosos. Dos veces llegó el camión y dos veces no fui elegido para ir al Paraíso. Pero yo no me desesperaba porque sabía que tarde o temprano llegaría mi momento…

Fue poco después del segundo camión cuando apareció él. Era un cerdo un poco mayor, flacucho y enfermizo. Siempre huía cada vez que aparecía el Ángel a traernos la comida y tardó poco en morir en un rincón del patio, alejado de todos.

Todas las madres cerdas impidieron que sus hijos se acercaran a él, temiendo que pudieran contagiarse. Pero yo, que mi madre ya había marchado al Paraíso, decidí acercarme a ayudarle. Pero se negó a tocar la comida. Finalmente me miró y asintió con la cabeza.

-Gracias, pero no quiero comer. No les daré ese triunfo.

-¿Darles el triunfo?

-Hijo – fijó sus tristes ojos en los mios -, sé que esto es duro de comprender, pero me pareces un buen cochino, mucho mejor que los demás que están aquí, y por eso te contaré un secreto: los camiones no nos llevan al Paraíso.

-¿Cómo?

-Yo estuve montado en uno de esos camiones. Ví lo que había al otro lado del camino. Un edificio viejo, lleno de cuchillos afilados, cuerpos de otros cerdos troceados,… los Ángeles no son más que sanguinarios asesinos.

-¿Y cómo es que estás aquí entonces?

-Hubo un fallo y tuvieron que devolvernos al establo. Un incendio, escuché. Allí ninguno quiso creerme y poco a poco todos fueron cayendo. Creían que había sido expulsado del Paraíso y se negaron a creerme. Desde entonces me niego a comer, no les daré el placer de destrozarme…

-¡Eso es imposible!

-A todos nos llegará la hora, hijo. No me creas, sigue cebándote… cuando veas que yo tenía razón ya será demasiado tarde. Ahora, me gustaria morir en paz. Ha sido un placer hablar contigo…

Me alejé de él. No quise contar lo que había pasado al resto de cerdos. Pero desde entonces no comía con tanto empeño… la duda me acorralaba. El cochino murió poco después y el Ángel llegó para recoger su cadaver. Por primera vez tuve miedo al verle. Ya no era nuestro cuidador y protector, ahora se había convertido en el cruel y sanguinario exterminador de cochinillos.

No entré en el siguiente camión. Mientras todos los cerdos se acercaban al Ángel yo me escondí bien lejos, evitándolo. Nadie pareció darse cuenta. Pero al segundo camión me pilló desprevenido, y antes de que pudiera esconderme, estaba dentro. Durante todo el camino iba repitiéndome que me tranquilizara, que todo saldría bien, que ese cerdo estaba loco… Ahora que se ha abierto la puerta y la luz me deslumbra, mi corazón golpea con fuerza. Ha llegado el momento de saber la verdad…