Restless warrior

Se agacha para desabrocharse las botas. Está dolorida, cansada y sudada. Sólo puede pensar en darse un baño y meterse en la cama. La espada resbala de la mesa y cae al suelo, sobresaltándola. Después de unos segundos, se deja caer en la cama y cierra los ojos. ¿Sigue mereciendo la pena? Día a día, la guerra parece que no avanza. O si avanza, es muy lentamente. Y luego llegan noticias de algún otro frente que ha caído. Es una guerra que se lucha en el día a día, en las pequeñas cosas. Y no deja descanso.

Unas horas después, despierta. Sigue dolorida y sudada, pero al menos ya no está tan cansada. Termina de sacarse las botas y se acerca a la bañera, ahora ya con el agua completamente fría. Pero no le importa. El frío la ayudará a que duela menos.

Cuando empezó esta guerra no sabía que duraría toda la vida. Sólo sabía que no podía permitirse seguir como estaba. Si tenía que partirse la cara para llegar al otro lado, se la partiría. Si tenía que partirse la cara para que otras no tuvieran que partírsela, lo haría. Pero su determinación no impide que día a día, cada vez esté más cansada y el final lo vea más lejos.

Quizás sería más fácil rendirse y agachar la cabeza. Pero sabe que eso no va con ella. No podría soportarlo. Así que sale de la bañera y vuelve a ponerse la misma ropa de ayer. La misma ropa de mañana. La ropa de batalla, la que la protege cada día. Coge la espada y vuelve a salir. Ni un solo día de descanso.

Siempre apunta a la Luna

Al otro lado de la mesa se sienta una mujer. Lee el formulario de solicitud y sonríe amablemente.
-Enhorabuena, te han concedido tus deseos.
Deja escapar un suspiro de alivio y devuelve la sonrisa.
-Gracias. Han sido muchos años trabajando duro, pero al fin he conseguido ahorrar suficiente karma.
-Antes de continuar, tengo que hacer algunas preguntas para asegurarme de que ha entendido los términos y condiciones. ¿Es la vida descrita en este contrato la que desea vivir?
-Así es.
-Mientras viva esta vida, ¿se compromete a mantener el karma en el nivel mínimo estipulado?
-Sí.
-En caso de cansarse de esta vida, ¿se compromete a realizar todo el proceso de cancelación a través de nuestras oficinas para que podamos cancelarla?
-Eso no pasará.
-Por favor, conteste sí o no.
-Sí.
-Muy bien, pues ya sólo queda concretar cuando realizará el pago de la fianza.
-¿Fianza?
-Sí, mire bien el punto tres, necesita realizar un sacrificio para consolidar su compromiso con nosotros.
-¿Un sacrificio?
Relee las condiciones. Ahí está, un sacrificio. Un sacrificio que le costará mucho más karma del que jamás ha gastado. Un sacrificio injusto.
-No lo entiendo. Creí que su labor era hacer feliz a la gente. Si hago esto que me están pidiendo, estaré fastidiando la vida de mucha gente.
Con la sonrisa inmutable, la mujer extrae unos diagramas que le muestra sin mirar.
-El universo tiene que mantener el equilibrio. Nosotros hacemos felices a la gente que merece ser feliz, claro. Pero esto tiene un coste. Recuerde que el paraíso de unos es el infierno de otros. No podemos crear una utopía perfecta en su vida sin retocar la vida de los que están a su alrededor. Este pago sólo es uno de los muchos pasos que tenemos que dar para poder mantener los paraísos de la gente que se los merece.
-Pero si hago esto… dejaría de merecer el paraíso.
-No sea tan duro consigo mismo. El paraíso ya lo tiene ganado. Esto es sólo un pequeño precio a pagar.
-¿Significa esto que si hago este sacrificio que me pedís… tendré mi paraíso utópico?
-Ḿientras pague el tributo, mantendrá su paraíso.
-El tributo…
-El tributo son sacrificios menores que tendrá que realizar periódicamente. Nada comparable con la fianza, por supuesto. Y recuerde que todas estas acciones quedarán fuera del cómputo de su karma. No hay nada de lo que preocuparse.
-¿Cómo no va a haber nada…?
Mira de nuevo el contrato. Maldita sea. Lo tenía ahí, al alcance de la mano. Casi podía saborearlo… y ahora…
-Lo siento, no puedo aceptar.
-Esta es una oferta limitada, si más adelante quisiera optar a un paraíso, tendría que volver a realizar todo el proceso desde cero. Y optar por el mismo deseo restará puntos en el cómputo final.
Todo lo que siempre había querido. Todo. Pero así no. Si este es el precio a pagar, no lo quiere. Se sentiría sucio, artificial, mentira. Sería un deseo del que no podría disfrutar. Relee las condiciones una vez más. No, no puede hacerlo. No es justo, no se sentiría bien.
-Me habéis estropeado mi deseo.
-Oh, vamos, ¿en serio?
-Mi deseo era puro, sencillo. Lo habéis mancillado.
-Tu deseo era un deseo como los demás. Igual de sucio e irracional. Puedes haberlo adornado mentalmente, pero sólo era una capa para tapar la verdad: que seguimos siendo animales irracionales que queremos todo sin esfuerzo.
Se levanta. Da unos pasos hacia la salida y se vuelve.
-¿Quiere decir que todos los ganadores son unos farsantes?
Su sonrisa sigue ahí, inmutable. Horrible.
-Todos pagamos un precio por lo que tenemos. Todas nuestras vidas son imperfectas. El equilibrio del universo…
No deja que termina la frase. Sale corriendo mientras intenta evitar un llanto que le sube del estómago. Así no. Así no.

Detrás

Está ahí detrás. Lo sabe, lo huele, lo oye. No es una pared demasiado gruesa, si cierra los ojos puede casi verlo al otro lado. Pero la pared está ahí y no va a poder atravesarla. Lo siento, este no es el camino a la salida.

Aún se queda allí, respirando unos momentos. Quizás minutos, quizás horas. Quizás días. Es lo más cerca que ha estado y probablemente lo más cerca que estará nunca. Tan cerca y a la vez tan lejos… Pero no, este no es el camino. Debe dar la vuelta y caminar otra vez. Sea cual sea la forma de llegar, no es por aquí. Sus pies se arrastran despacio, paralelos a la pared. Con la mano izquierda va tocando la pared, como temiendo perder la orientación. Sonríe, no hay orientación ninguna. En cuanto siga su camino, olvidará cómo llegó hasta aquí. Lo más cerca que ha estado nunca del camino a la salida.

Sabe que hay un camino, claro que sí que lo hay. Este laberinto fue construido para que hubiera un camino hacia la salida. Hacia muchas salidas. Hay infinitas salidas, casi tantas como pasillos tiene el laberinto. Pero por más que camina no ha encontrado ninguna. Es como si siempre escogiera el giro adecuado para no tener que enfrentarse a la salida.

Sonríe otra vez. Claro que las ha encontrado. Hay infinitas salidas y se ha cruzado con más de una en su extraño peregrinaje. Pero estaban bloqueadas o daban a un vacío aún más aterrador que el laberinto en el que está perdida. Saber que hay lugares peores la hace sentir algo mejor. Al menos, mientras siga dando vueltas por el laberinto, estará a salvo. El laberinto será monótono, pero es seguro. Es la monotonía de la seguridad.

Abismo

Te habían prometido que estaba ahí. Dudaste un poco, pero te asomaste. Sin embargo, lo que encontraste no era lo que esperabas. Y aquella negrura tan densa y terrorífica te dejó paralizado, sin ser capaz de apartar los ojos. Intentas parpadear, pero no eres capaz, no puedes apartar la mirada de esa monstruosa imposiblidad. Pierdes la noción del tiempo y tu cuerpo está tan inmóvil que empieza a doler.

Una mano te agarra de la cintura y tira para atrás. Eso hace que rompas el contacto visual y caes hacia atrás, pudiendo cerrar los ojos fuertemente.

-Has debido mirar en el momento equivocado.

Te tapas los ojos queriendo borrar esa imagen, la luz te deslumbra y te sientes desorientado.

-Deberías tener más cuidado, no estaré siempre ahí para rescatarte.

Tanteas y apoyas una mano en su hombro, sonriendo.

-Gracias. Otra vez.

Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

El día que el sueño termina

-No lo entiendo, ¿por qué?

-No hay un por qué. Simplemente es asi.

Me trajiste hasta aquí. ¿Por qué?

-Eras necesaria en el engranaje. Así es como funciona. Mañana será otro día.

-No tiene sentido. Tanto esfuerzo para nada.

-Somos criaturas del inframundo. No podemos permitirnos encontrarle un sentido a todo lo que tenemos que hacer.

Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

No quiero ser fuerte

Es esa extraña sensación de que todo se está derrumbando a tu alrededor mientras la vida sigue y nadie parece notarlo. El mundo, tal y como lo conocemos, está a punto de dar un vuelco. Pero parece que a nadie le importa. Todos siguen sonriendo, ajenos a la desgracia, todos siguen adelante con sus vidas. Pero ¿cómo podría seguir yo?

Ya no es cansancio. Ni siquiera es soledad. Es desesperación. La desesperación que te sube la adrenalina para poder seguir dando un paso más. Aunque desde ya sabes que no llegarás al final del camino. Sabes que no tienes fuerzas para llegar hasta allí.

Pero aunque llegaras, sabes que no hay nada esperándote allí. Es sólo otra etapa más de un camino que ya no tienes claro a dónde va. Simplemente sigues hacia delante porque no te queda otra opción. Simplemente sigues. Hasta que tu cuerpo ya no aguante más y, con el último aliento, tropiece para no volver a levantarse.

No importa cuánto te prepararas para este momento. De nada sirve que haya un búnker de paredes infranqueables si no hay víveres para sobrevivir dentro. No podrías refugiarte allí ni aunque encontraras un motivo para hacerlo. La existencia se tambalea y da vueltas hasta marearte, mientras te aferras a lo poco que te queda.

Y la vida sigue. Sin tí.

Tejiendo el destino

Camina por detrás del viejo, por un angosto pasillo lleno de humedades. No sabe bien de dónde viene la luz, pues no hay ventanas ni lámparas. Tras un tiempo indeterminado, el viejo para delante de una puerta de madera, en un sorprendente buen estado. Se gira y la mira, con sus cuencas vacías.

-Es aquí.

La habitación es grande, tan grande no se alcanza a ver el fondo. Un murmullo de miles de tejedoras resuenan por las paredes. Está lleno de mujeres, cada una tejiendo su propia tela. Las hay de todo tipo: jovenes, mayores, altas, pequeñas, delgadas, gruesas,… Todas perfectamente concentradas en su labor.

-¿Qué hacen?

El viejo la mira intensamente y ella se pregunta cómo puede sentir una mirada tan intensa si no tiene globos oculares.

-Tejen el destino.

Vuelven a caminar, ahora entre las afanosas tejedoras, hasta llegar a una silla vacía.

-Este es tu sitio.

Ella mira su nueva tejedora y los ovillos de lana que descansan en la cesta. Se sienta y mira a la mujer que tiene a su lado. La mujer ni se inmuta.

-No te esfuerces, son completamente ciegas.

El viejo se ríe con una sonora carcajada que tampoco parece alterar el ritmo de las mujeres. Le entra un escalofrío. Coge un ovillo y empieza a tejer. El viejo la observa unos minutos y luego se marcha, cerrando tras de sí la puerta. Ella sigue tejiendo, formando figuras entrelazadas que no comprende muy bien lo que significan. Pasado un tiempo, sus ojos van acostumbrandose a la oscuridad.

No me beses

No me beses, por favor, no lo hagas. Lo sé, sé que lo estás deseando tanto como yo, que estos labios tan suaves al tacto de mis dedos son un manjar exquisito. No hay nada en este mundo que desee más que besarte y que me beses. Morder tus labios y recorrerlos con mi lengua. Pero no puedo. No debo. No quiero querer.

Me avergüenza confesarlo, pero no sería justo si no lo supieras. Supongo que esto es el principio de un adios, pero prefiero despedirte así a despedirte cuando te haya hecho daño. Sufro una adicción al sexo. No puedo evitarlo. De momento puedo contenerme, pero si me besas…

Si me besas, todo cambiará. Me convertiré en otra persona, alguien con quien desearías estar, alguien con quien compartirás los momentos más increíbles que te puedas imaginar. Abrirás la caja de Pandora y este ardor que me consume por dentro nos quemará a los dos. Por un tiempo podrás satisfacerme y seremos felices. Creerás que has llegado al paraíso. Descubrirás un mundo que no creías que existiera. Pero llegará un día en que no pueda controlarme y me encontraré besando otros labios. Y todo habrá terminado. Porque podrás perdonarme una y otra vez, pero se irá estropeando todo, hasta que no tenga remedio.

No puedo evitarlo, es mi maldición particular. Si me besas dejaré de ser yo. No me lo hagas más dificil, lo he intentado antes. Pero siempre, cuando llega este momento, cuando la relación llega al punto del contacto físico, la bestia que hay dentro de mí se desata y lo estropea todo. Es mi vergüenza, esta maldita adicción que me destroza y destroza todas las relaciones que intento construir. Me controla, no importa la fuerza de mis sentimientos, controlará mis movimientos y mis decisiones hasta que no haya vuelta atrás. La única forma de seguir adelante es no dando este paso. No me beses. No me beses, por favor. No puedes cambiarlo, nadie puede. Lo he intentado, pero es superior a mi.

No soy lo bastante fuerte, no me tientes. Si de verdad sientes algo por mi, no me beses. Por favor…