Uno, dos…

Uno, dos… golpe seco. Uno, dos… golpe seco.

Sabe que tarde o temprano le llegará su turno. Lo ha visto venir, lo sabe, pero no puede evitar tener una leve esperanza de que se olviden de él. No ha intentado escapar, porque sabe que sería mucho peor. Los que intentan escapar pasan antes.

Esto es solo un pequeño respiro. Casi que preferiría que todo terminara ya, porque… no. Prefiere que no termine. No es miedo, es instinto de supervivencia.

Dicen que no duele, pero es dificil saberlo, porque los que realmente lo saben ya no pueden contarlo. Lo que es seguro es que es rápido. Si te relajas, es mucho más suave. O eso dicen. A pesar de que pronto terminará todo, ya no le tiemblan las piernas. El estómago dejó de dolerle hace un rato, y las frías cadenas ya no le parecen tan frías. Hasta agradece esa sensación.

La guillotina sube, chirriando dos veces. Y luego cae con un golpe seco. A cada golpe que escucha, está más cerca de que le llegue su turno. No sabe cuantos tiene por delante suya, pero sabe que el verdugo vendrá a por él, tarde o temprano.

Uno, dos… golpe seco. Uno, dos… golpe seco. Ya vienen.

Carga

-Suéltalo.

-No.

-Suéltalo te he dicho.

-No puedo.

-Claro que puedes, sólo tienes que dejarlo caer.

-Pero entonces… caerá.

-Eso no es asunto tuyo.

-Yo puedo sostenerlo.

-Puedes sostenerlo ahora, pero ¿por cuánto tiempo más?

-Sólo un poco más.

-Es un peso muerto.

-¡¡No!!

-No seas tonta y suéltalo. ¡Vamos!

-Si lo suelto entonces ya no tendrá remedio.

-Tú no puedes sacarlo de ahi tú sola.

-Ayúdame tú.

-No voy a ayudarte y lo sabes. Es un caso perdido. Si quiere salir de ese pozo tendrá que hacerlo por sus propios medios.

-Si le ayudo a sostenerse…

-…entonces caeréis los dos irremediablemente al precipicio. Suéltalo. Va a darte más problemas que otra cosa. No es asunto tuyo.

-Yo sólo quería ayudar…

-No puedes ayudar. Hace mucho que ya es un caso perdido.

*Suelta*

Sangre V

Pero como todo, se acaba. La rutina, la costumbre, el estar siempre mirando la misma cara, todo se vuelve aburrido. Al principio nuestras separaciones eran breves, el tiempo de ir a buscar sangre fresca mientras el otro recogía la casa o estar en esquinas opuestas de una misma fiesta conociendo a gente diferente. Poco a poco se fueron alargando: ambos empezamos a viajar a lugares diferentes por tiempo indefinido. Sentí que la soledad que antes me oprimía era casi acogedora. Necesitaba estar conmigo misma, volver a mezclarme entre los mortales con esa sensación de superioridad que da el saber que eres diferente a ellos. Que velas por ellos. Que eres alguien en el mundo.

Fue casi casualidad que lo descubrí. Era una joven bonita, segura de sí misma. Ambas coincidimos en la misma fiesta y pronto se convirtió en el objeto de atención de casi todos. Eligió a un chico sumamente atractivo y desaparecieron tras la puerta de una pequeña terraza. Al cabo de un rato ella volvió, más feliz y exhuberante si cabe. El chico tardaba en regresar así que decidí acercarme por si le hubiera ocurrido algo. Aún no estoy segura de qué me hizo salir a aquella terraza. Quizás fue el brillo de triunfo en los ojos de ella que tan bien conocía, o la manera que tenía de moverse, como si fuera superior al resto. El caso es que salí a la terraza. Y encontré al joven extrañamente apoyado en la barandilla. Con una marca en el cuello.
No tardé en localizar a Kite. Estaba furiosa, terriblemente furiosa, pero mantuve el autocontrol y durante un buen rato estuve preguntándole banalmente sobre su vida ahora. Hacía unos meses que no le veía y fingí estar interesada. Naturalmente, no me contó nada relevante. Luego, como de manera casual, le pregunté si había probado la sangre humana. Me miró entre extrañado y asustado y me lo negó. Entonces fue cuando le conté lo que había visto en la fiesta, omitiendo a la joven.

Sólo entonces me confesó, terriblemente avergonzado, que al separarse de mí se había sentido terriblemente solo y había terminado por fundarse un grupo de amigos vampiros. Al igual que yo le había ocultado a él cómo se mataba a un vampiro, me contó que él les había ocultado cómo se convertía un vampiro, por miedo a que se les escapara de las manos. Les emborrachaba hasta volverlos casi inconscientes y cuando despertaban de la resaca, ya estaba todo hecho. Eran catorce por el momento. Al principio pensó que sólo fuesen cuatro o cinco, pero con el tiempo esos cinco se distanciaron y tuvo que ir renovando las amistades.

Tranquilamente le fui escuchando. Sabía que no me contaba toda la verdad, pero por el momento me bastaba. Le dije que no se preocupara, que le comprendía. Que no era tan mala idea y que después de esto quizás podríamos retomar nuestra relación. Que habíamos entrado en otra etapa. Melosa y tierna fui ablandandolo y sacando todo lo que quería oir. Me confesó entonces que en realidad había pensado retomar la idea de Drácula de fundar una clase dominante vampira, eligiendo cuidadosamente a sus miembros, siendo él la máxima autoridad, teniendo él solo el poder de convertir a vampiro. Pero que algo había fallado y que, al tiempo de convertirse en vampiros, habían empezado a desobedecerle. Él podría tener el poder para crearlos y eso les obligaba a permanecer, al menos al principio, en deuda. Pero no tenía poder para obligarles a permanecer a su lado.

Fui comprensiva y le hice prometer que los traería a todos a mi presencia, para que los viera, y a cambio le perdonaría. Él quedó tranquilo con esto, al menos por el momento, y yo sentí que todo estaba de nuevo bajo mi control. Aún no estaba segura de qué podría hacer pero sabía que si dejaba que esto continuase acabaría por haber de nuevo vampiros asesinos en el mundo.

Continúa

Sangre III

A partir de entonces, nuestra vida fue mucho más interesante. Descubrí que Lafftia no había sido la loca que todos me habían hecho creer. Muy al contrario, había llevado a cabo su personal campaña en contra de los vampiros. Hija de uno de sus mayores enemigos en épocas, la convirtieron a vampiresa como venganza siguiendo aquel dicho de tener cerca a tus amigos pero más cerca aún a tus enemigos. Pero en cuanto ella se vió con el poder para acabar con los vampiros, comenzó a exterminarlos. Pronto la descubrieron y ataron con cadenas, terminando así con su cometido. Al yo liberarla de nuevo, había abierto la caja de Pandora, volviendo a poner en vigente a la mayor asesina de vampiros jamás conocida.

Sabíamos que dos vampiresas solas en el mundo pronto serían sospechosas, de manera que nos acercamos a la colonia de vampiros más cercana a la nuestra, pidiendo auxilio. Les contamos que algún desgraciado había liberado al vampiro loco de nuestro sótano y que nosotras habíamos logrado escapar milagrosamente de la carnicería. Que teníamos miedo de las represalias de dicho vampiro y que esperábamos ser acogidas cariñosamente. Y así fue. Organizaron varias redadas para intentar cazar al vampiro asesino y encontraron los cuerpos inertes de nuestra antigua colonia. Como nada demostraba que fuéramos culpables, nos aceptaron gustosos y durante unos meses vivimos en paz.

Pero tanto Lafftia como yo teníamos muy claro que no queríamos vivir entre vampiros, así que aprovechando que los vampiros dormían, volvimos a silenciarlos eternamente. Fue la primera vez que probé la sangre de vampiro y le noté un sabor diferente, casi místico. Al beber la sangre de otro vampiro no sentía lo mismo que al beber sangre normal. Sentía como si nuevas fuerzas y poderes se introdujeran en mi cuerpo, me sentía superior. Y a más sangre de vampiro bebiera, más borracha de superioridad me volvía.

A las posteriores colonias de vampiros que visitamos contábamos la misma historia que en la primera. Por increíble que parezca, no nos creían culpables, sino todo lo contrario. Pobres víctimas de un vampiro loco. Nunca nos rechazaron, su sentido de la complicidad vampírica es enorme. Un vampiro ha de ayudar siempre a otro vampiro. Y pronto estalló la guerra.

Vampiros contra vampiros, todos contra todos. Nadie se sentía seguro. Los vampiros dejaron de alimentarse de sangre mortal para alimentarse exclusivamente de sangre de vampiro. Y la misma sensación de borrachera de superioridad que yo había experimentado los llenó completamente, necesitaban de más y más sangre de vampiro. Tenían que demostrar que eran los mejores, que eran los vampiros más fuertes y los únicos que merecían vivir. Por tanto había que matar al resto de vampiros. La Edad Media había terminado.

En un último intento por hacerse con el control, hubo una reunión de vampiros. Todo aquel vampiro que no acudiese sería considerado traidor, y por tanto el resto de vampiros iría a matarle. Pero todos acudieron, esperando poder ser aclamados el verdadero rey vampiro. Fue una jugada interesante de Lafftia. Hasta entonces habíamos estado ocultas regocijándonos viendo cómo los vampiros se peleaban entre ellos haciendo nuestro trabajo. Pero había llegado la hora de la verdad. Allí estábamos todos. No seríamos más de un centenar los allí reunidos. Lafftia comenzó a hablar de paz, de volver a empezar desde cero, de montar la colonia orígen del resto de colonias. De formar una sociedad vampírica perfecta. Todos la aplaudieron calurosamente, fingiendo querer acabar con todo esto.

Pero pronto empezaron las discusiones acerca de quién debía llevar el mando. Nadie planteó siquiera una sociedad igualitaria, todos estaban demasiado ebrios de poder. Ni siquiera se planteó que cada uno formara una colonia diferente. Todos querían poder absoluto. La reunión comenzó a alargarse y el hambre empezó a hacer efecto. Tres vampiros llegaron a las manos y dos de ellos se abalanzaron a morder a su rival. Se hizo el caos en la sala. Hasta entonces nadie había mordido a otro vampiro en presencia de nadie y todos negaban haber bebido sangre de vampiro. Caído ya este velo, dejaron de fingir querer la paz y corrió la sangre.

Lafftia y yo nos ocultamos en un lugar acordado previamente. La pelea duró escasamente una hora. Salimos de allí sabiendo lo que nos encontraríamos. Un único vampiro gordo de sangre y felicidad, buscando un lugar para reposar la digestión. Cuando nos vio se quedó paralizado, momento en el que aprovechamos para abalanzarnos sobre él y acabar con su vida. Murió con sus dientes clavados en mi hombro. Esa herida tardó en cicatrizar varios días en los que me apliqué vendajes protectores y temí por mi muerte. Pero no tardo tanto en cicatrizar como el hecho de encontrar que le había dado tiempo a morder antes a Lafftia. De darme cuenta de que, contrariamente a lo que yo había imaginado jamás, era la última de mi especie. La última vampira.

Ahora pienso que ojalá hubiera dejado sangrar esa herida de mi hombro y hubiera terminado de una vez con todo esto. Pero mi estúpido instinto de supervivencia y mi borrachera de superioridad me hizo pensar que podría servir de algún bien a la humanidad. Así que quemé todos los cuerpos, enterré dignamente a Lafftia, y me dispuse a reorganizar mi vida, ahora como última vampiresa en activo.

Continúa

El regalo

Fue el regalo más bonito que un hermano jamás regaló. El Universo por aquel entonces era pequeño y ellos eran jovenes. Le regaló el mundo, que había tallado piedra a piedra con todo el cariño que entonces le tenía. Para completar su obra, le propuso que entre ambos diseñasen los seres que habitarían en él. Y les llamaron sus hijos.

Pero hubo un día en que los dos hermanos se pelearon. Él la repudió. Ella le dijo que no quería volver a verle. Él le retiró la palabra. Ella cerró las puertas de su mundo y se encerró en él. Él se coló por una puerta trasera que había manenido en secreto y se instaló allí. Era su mundo, su creación, era su vida.

Ella tardó algún tiempo en descubrir su escondite. Se acercó una noche, mientras dormía, para teñirle sus alas de negro. Él despertó sobresaltado para ver cómo se deslizaba fuera de su alcance. Al marchitarse sus alas, perdió la felicidad que un día había tenido. Pero eso no disminuyó el amor que aún profesaba al pequeño mundo y siguió ayudándolo a evolucionar.

Se dice que, en secreto, planeó su venganza para derrocarla y desterrarla por siempre jamás. Pero al mirar a su alrededor y recordar todo el cariño con el que habían construido su mundo, su rencor y su odio caían al suelo para desintegrarse en un cristalino suspiro.

Cuando regresó a su palacio de marfil después de llevar a cabo tan cruel venganza, Ella sintió que el frío de la tristeza también la invadía y, ante sus atónitos ojos, sus alas fueron también lentamente oscurenciéndose. Ordenó a todos los seres que se alejasen de Él y le dejasen vivir en paz allá donde Él había decidido. Luego, cerró las puertas de su castillo y nunca más volvió a saberse de Ella.

Cuentan que un día se reencontrarán y pedirán perdón por los daños que se hicieron mutuamente. Hasta entonces, el mundo seguirá siendo huérfano, en espera de que las alas que un día lo protegió del mal vuelvan a volar juntas, deslumbrando al sol con su blancura.

Ahogándose en su propia existencia

Hijas bastardas de Poseidón con sus amantes, repudiadas y perseguidas, deformes, híbridas estériles condenadas a vivir inmortalmente navegando las aguas. Pocas penas hay mayores que la de ser una sirena. Hubo un tiempo en el que fuimos perseguidas por los marineros y jugábamos con ellos a los amores imposibles. Pero cuando algunas de nosotras fueron capturadas para no volver nunca más decidimos ocultarnos del mundo y vivir aisladas, como nuestro padre nos ordenó en su día.

Desengañadas, tras unos siglos de solitaria existencia, algunas de nosotras decidieron dejarse secar en alguna roca para no tener que continuar cargando con su propia vida. Pero es una muerte lenta y dolorosa, y la tentación de dejarse caer de nuevo al agua es demasiado apetecible. Hace falta una gran fuerza de voluntad para conseguirlo. A pesar de todo, hay rocas aisladas enmedio del oceáno que guardan los restos de algunas de nuestras hermanas, rodeadas con las joyas y los adornos que un día las hicieron felices. Eternas novias del mar.

Solas, eternamente solas, alejadas de todo por la medida del tiempo. Aquellos mozos marineros que paraban su barco por unas horas para aliviar mi soledad no son ya ni polvo, todo lo que un día creí conocer ha desaparecido. Los únicos que permanecemos somos el mar y las sirenas. Las sirenas, eternamente atadas al mar.

Las más aventureras y decididas de nosotras hace tiempo que se alejaron, bien para irse a vivir a tierra, bien para dejarse secar. Sólo quedamos unas pocas, silenciosas, tristes, acosadas por nuestros recuerdos, viejas y cansadas de nuestras vidas, temerosas de nuestro propio futuro. Solitarias sirenas.

Dicen algunas que llegará el día en que se nos otorgue el poder de transformarnos en mujeres completas y nos mezclaremos entre los mortales. Pero yo dudo que eso cure este vacío que llevo dentro. Este vacío que me acompaña desde que alguien me prometió una vez volver para llevarme a su reino y nunca más regresó. No quiero más mortales con sus falsas promesas. Sólo quiero que esto termine.

Aún podrás volar en sueños

Las alas desplegadas le dan un aire majestuoso que el resto de su figura, descuidadamente apoyada en el muro, no parece acompañar. A pesar de ser una estampa extraña, el hombre no parece inmutarse y sigue caminando hacia delante.

-A ellos puedes engañarles pero no podrás confundirme a mi.

El hombre detiene su paso y mueve la cabeza lentamente hasta mirarle. El ángel se impulsa con una pierna sobre el muro para ponerse de pie y se le acerca.

-No tienes por qué mentirme. Los demás creen que estás loco pero yo te conozco lo bastante como para saber que tomaste la decisión por una razón convincente.

El hombre continúa mirándole sin hablar. Durante unos instantes se miran a los ojos en silencio hasta que el ángel vuelve a abrir la boca.

-Sin embargo, cortarse las alas es la decisión más radical que puede tomar un ángel. Tuvo que ser una razón muy fuerte para que lo hicieras.

El hombre levanta la mirada y observa las estrellas mientras suena su voz ronca.

-Tú no podrías comprenderlo. No eres uno de ellos.

-Tú tampoco. Puede que te hayas cortado las alas pero no eres mortal. Sigues siendo un ángel.

-Puedo leer sus pensamientos y comprenderlos mejor.

-Entonces explícame. ¿Por qué lo hiciste?

-Era ella… es… difícil de explicar.

-Te dijimos que acabaría mal, que no merecía la pena ser su ángel de la guarda. Hay cosas que no podemos cambiar. Y ella era una. Sabías que acabaría mal y que ello te afectaría. A pesar de todo…

-Sólo quise darle una oportunidad.

-Voy a serte sincero. Los demás creen que estás loco y eso que no saben lo que yo sé…

-¿Y qué es lo que tú sabes?

-Puede que tú leas mentes, pero yo veo a distancia. Y ví cómo murió.

-Entonces no sé por qué preguntas. Ya lo sabes todo.

-No, hay algo que no entiendo. Tú no querías que muriera.

-No.

-Pero murió ahogada.

-Sí.

-Y tú la ayudaste…

-Era lo que ella quería.

-Aún así. Has visto muchas muertes. ¿Por qué te afectó tanto? Cortarte las alas… es duro.

-Ya dije que no podrías comprenderlo.

Cayeron mis alas y yo no me rendí por eso ven aquí… brindemos que hoy es siempre todavía…

Quedan pocos ángeles. La mayoría de ellos hace tiempo que desistió en su empeño y los pocos que quedan procuran no llamar mucho la atención. Viven ajenos a todo, ausentes, casi níveos. El mundo ya no es para ellos.

Siempre había creido en un futuro mejor. Por eso se le había visto una y otra vez remontando el vuelo después de cada caída, volviendo a levantarse del suelo para alzar las alas una vez más. No importaba las veces que cayera, porque siempre había una nueva oportunidad para desplegar las alas y volar hacia el sol.

Esta vez es diferente. Su cara, pálida, queda desdibujada bajo el agua. Y con ella, quedan hundidas muchas esperanzas truncadas. Podría seguir así, sin importarle, quitarse el polvo de encima una vez más, sacudir sus lágrimas y remontar el vuelo. Sin embargo, no puede, hay algo que se lo impide.

Corta sus alas de un tajo, con un golpe limpio. No sangra, los ángeles nunca sangran, a no ser que quieran fingir que son mortales. Despega una pluma de ellas y la guarda con cuidado junto a su pecho. Con el resto de las alas hace una hoguera, visible desde muy lejos. Cuando el último rescombro se apaga, se levanta y se aleja sin mirar atrás.

Ahora, camina entre el resto de los mortales, igual que ellos, pero con una diferencia: dos tenues marcas en su espalda. Casi no se notan, no las siente, excepto esas noches de luna llena, cuando los ángeles se reúnen bajo las estrellas, nota un ligero cosquilleo y siente añoranza de sus alas, de cuando volaba libre, sin rumbo ni destino, sin preocuparse de si el sol le quemaba o el frío le helaba.

Ángeles y Dioses

-¿Dónde estoy?

-Has vuelto a casa.

-¿Quién eres?

-¿No sabes quién soy? Soy tu peor enemigo, tu pesadilla, tu dios, tu odio eterno. El que te ha hecho sufrir toda tu vida. Todas tus vidas.

-No lo entiendo…

-Déjame abrir tu memoria y enseñarte tus propios recuerdos. Dime, ¿tampoco recuerdas quién eres?

-¿Quién soy?

-Fuiste un ángel en la corte celestial. El único ángel que nunca se dignó a reconocer la superioridad de su dios. El único ángel capaz de hacerle frente. El ángel a quien más amaba. El único que no se doblegó ante el poder supremo.

-¿Ese fui?

-Pero aun siendo el ángel más poderoso, no fuiste lo suficiente como para hacerme frente. Y al rechazarme, tuve que imponerte un castigo.

-¿Qué castigo?

-Te maldije, maldije tu condición de inmortal y te hice reencarnarte por el resto de los tiempos en seres mortales que vivieran en la Tierra. Maldije tu poder angelical y te condené a vagar inútil por la Tierra. Maldije tu felicidad y te separé del amor. Toda persona que te importase en vida sería desterrada de tu lado, sería alejada de tí. Y si eso no bastaba, en su interior crecería el mismo odio que me tenías a mi, hasta que no pudieras aguantarlo más y tú mismo te alejaras de ellos. Te condené a la soledad, a la oscuridad, al dolor. Porque con tu dolor el mio se mitigaba. Mi despecho sería menor al verte a ti despechado.

-¿Por qué?

-Te ofrecí ser mi mano derecha, te regalé poderes que nunca hubieras podido soñar, quise compartir mi mundo contigo… Pero nunca quisiste reconocer que yo tenía el control. Que todo estaba bajo mi mando. Tenía que demostrarlo.

-Sufrí… sufrí en todas esas vidas y no te importó. No quisiste pararlo. ¿Cuántas veces te suplicaría porque terminara el suplicio? Pero detrás de esa vida había otra y otra y todas igual de tristes.

-Tengo que pedirte perdón por algo.

-¿Por mi dolor?

-Por algo más que tu dolor. Tengo que pedirte perdón porque en el fondo tenías razón. No era el más poderoso. No soy omnisciente. No soy omnipotente. Soy un dios cautivo de sus propios deseos. Mi propio poder es una jaula que se cierra sobre mi y me inmoviliza, me ata.

-Pero eres dios… todo lo puedes.

-Hay algo que no puedo. Algo de lo que me arrepentí, pero no puedo dar marcha atrás. No puedo quitarte las maldiciones, no puedo deshacer lo que hice, no puedo frenar tu dolor…

De las Ruinas

La rescató de las ruinas del castillo en que había vivido toda su vida. Estaba gravemente herida y apenas respiraba. Pero él la cogió delicadamente en sus brazos y la trasladó a su refugio. Allí le fue curando sus heridas y la distrajo de sus penas, haciendo la noche más cálida con sus relatos. Poco a poco ella fue recobrando sus fuerzas y juntos pasearon por el bosque. Sólo una vez sus pasos los llevaron hasta las ruinas de su antiguo hogar, el castillo que la había oprimido y protegido desde niña. Nunca más quiso volver a verlo.

Él le enseñó a sobrevivir salvaje, en el bosque. Le enseñó a disfrutar de la libertad, de la naturaleza, de lo que era vivir sin más ley que la de la supervivencia. Durante un tiempo fueron felices, contando estrellas sentados en las ramas de los árboles.

Pero él sabía que ella algún día se lo pediría. Y por eso quiso adelantarse y mostrarle él mismo el camino hacia el pueblo. Antes de llegar ella le prometió que sólo sería una visita corta y que no le abandonaría nunca, porque a su lado era feliz. No contestó nada, asintió con la cabeza y llegaron. Ella quedó maravillada y en sus ojos se pudo ver brillar los recuerdos felices de su infancia, cuando vivía enmedio de la civilización. Aquella noche ella estuvo callada.

Pasaron unos meses en los que parecía que nada había cambiado. Incluso él pensó que quizás no quisiera regresar al pueblo. Pero lo inevitable tenía que ocurrir y ella le confesó que quería bajar a vivir con el resto de la sociedad. Durante un tiempo él se planteó seriamente si cambiar su vida y vivir con ella en el pueblo, como le había pedido. Incluso mientras la veía alejarse, con la promesa en el aire de volver a verle en breve, tuvo que reprimirse para no salir corriendo detrás suya. Él era una criatura de bosque, ni siquiera su compañía podría hacerle sobrevivir en el pueblo.

-¿Por qué me cuentas esto?

-Porque necesito que comprendas que los cuentos de campesinos y princesas nunca terminan bien. Que los finales felices no existen. Y por eso debes marcharte y vivir en el pueblo. La vida en el bosque es triste y solitaria.

-Dime… ¿volvió a visitarte?

-Sólo una vez. Para invitarme a su boda. Dicen que fue feliz el resto de su vida.