Paz

Se sienta en la puerta. Le gusta ver cómo el sol se esconde al final del día detrás de las montañas, la hace sentirse tranquila, llena de paz. Respira profundamente y se acaricia el tobillo. Aún le quedan algunas cicatrices, pero es cuestión de tiempo que desaparezcan.

Es una cueva pequeña, pero no necesita más espacio. Ha aprendido a cazar y tiene un pequeño huerto a la derecha, donde la tierra es más fácil de arar. Ha aprendido a vivir sola. Y eso está bien.

Respira hondo, observa los últimos rayos rosados del sol y cierra los ojos. Ya no tiene prisa. Ya no tiene que correr. No hay camino que andar, porque no hay ningún sitio mejor en el que descansar.

En la vida, estamos solos

Recuerdo que mi profesor de literatura del instituto nos contó una vez que la soledad sería algo que nos acompañaría toda la vida. Cada persona es un universo, y ni cien vidas podrían darte tiempo para explorar completamente a esa persona. ¿Quién podría curar entonces tu soledad? Cuando dos amantes se abrazan fuertemente, cuando hasta sus cuerpos están impidiendo que se unan, incluso ese momento, es sólo una ilusión. En verdad sigues estando a años luz de esa persona.

Podíamos tener amigos, nos dijo, podíamos tener amantes, pareja, pero nunca podríamos llegar realmente a dejar de estar solos. Hollywood nos presentaría el momento cumbre en una relación de pareja como el instante en el que ambos alcanzan el orgasmo. Falso, nos negaba con una sonrisa, incluso cuando estás en un momento tan íntimo, lo único que ocupa tu cabeza en ese momento es tu propio placer. Es una terrible realidad, nos corroboraba, algo que probablemente ahora no me creáis, pero que ya comprobaréis.

Por aquel entonces yo era una adolescente romántica con muchas ilusiones y simplemente creía que era un hombre que no había tenido suerte en su vida. Pero conforme van pasando los años me voy dando cuenta de toda la verdad que encerraban sus palabras. Tenía que haber cogido apuntes en clase, nunca se sabe qué espera detrás de la esquina.

Recuerda…

En recuerdo de todas aquellas personas que ya no pueden recordar.

Se está tan bien en esta butaca, aquí, cerca del fuego, amamantando a esta pequeña criatura que acaba de nacer. Es tan joven y frágil que da miedo hasta cogerla, parece como si se fuera a romper. Pero no se romperá, la agarro con fuerza, es mi pequeña, mi tercera hija, la niña de mis ojos…

No debería haberme quedado dormida. Podría haberseme caído… ¿y mi hija? No está. Oh, dios mio, se me ha caido y ahora ni siquiera la encuentro. No puede haber gateado es una recién nacida.

-¡Inmaculada! ¡Inmaculada! – tonta de mí, es un bebé, no sabe ni siquiera su nombre. La tenía en mis manos y ahora… ¡¡mis manos!! ¿que me ocurre? Están pálidas, arrugadas. ¿Qué me ocurre?

-¿Pasa algo?

-Mi niña, se me ha perdido la niña. Sofía, tienes que ayudarme a encontrar a la pequeña.

-No soy Sofía, abuela, soy Inmaculada. Tu nieta Inma, ¿recuerdas?

-¿Inma? – me cuesta trabajo pensar. Ahora que lo dice no, se parece a Sofía pero no es ella. Además, es más jovencita. ¿Qué…? ¿Quién es ese joven que se asoma a la puerta?

-¿Qué pasa?

-Nada, que la abuela cree que ha perdido alguna niña.

¿Por qué me miran todos con esa cara de lástima? ¿Por qué… abuela?

-Yo no soy tu abuela.

Más lástima, odio que me miren con lástima. Intento levantarme pero me lo impiden. Son más fuertes que yo.

-Tranquila, abuela, tranquila, estamos aquí. La niña está en el cuarto, durmiendo. Acabo de acostarla.

Al menos el chico parece comprenderme. Intercambia unas miradas con la chica. Ella no parece segura pero yo me tranquilizo. Él parece un buen hombre. Intento levantarme otra vez pero me lo vuelven a impedir.

-Quiero ver a Inma

-Inma soy yo, abuela, estoy bien, aquí contigo.

-Yo no soy tu abuela. ¡¡Suéltame!! Quiero que alguien me lo explique. Quiero a mi niña. ¿Qué le habéis hecho? ¡¡Sofía!! ¡¡Sofía!!

-Abuela… – el chico me llama también abuela. Ahora es cuando un escalofrío empieza a recorrerme. ¿Por qué me confunden? – ¿No recuerdas nada?

-¿Recordar? ¿El que?

Suspiros, más suspiros. Intercambian las miradas. La chica parece al borde de las lágrimas y levanta

-Explícaselo tú, yo no puedo más.

-Abuela, sufriste un accidente hace unos años y ahora te cuesta trabajo recordar. Tienes 78 años y somos tus nietos. Yo soy Antonio. Ella era Inma. Somos hijos de Sofía. No te preocupes, está todo bajo control.

-¿78 años? No… yo tengo 27. 27 años. Acabo de tener a Inma, quiero verla. ¿Qué le habéis hecho? ¿Qué me…? -mis manos… manos de vieja. Tengo 78 años. Me han robado mi vida. Y dentro de un rato ni siquiera recordaré que ya no soy capaz de recordar.

Llanto

Hay muchas clases de llanto. Cuando un niño llora, sus lágrimas van acompañadas de gritos para llamar la atención. También hay lloros acompañados de sollozos y suspiros que van liberando al alma de sus pesares.

Pero el llanto más estremecedor es aquel que va solo. Las lágrimas van resbalando por el rostro sin que el más leve estremecimiento las haga temblar. Los ojos se vuelven huidizos, o se fijan en un punto, pero no transmiten nada realmente. O quizás lo transmiten todo.

Esa sensación que te va llenando de impotencia, de desesperación, de no poder hacer nada por evitarlo. Ni siquiera hay una mano que evite que las lágrimas mojen la cara. Es un llanto que termina tal y como empieza, no ha arreglado nada, no ha liberado a su propietario de ningún pesar. Sólo lo ha mostrado por el tiempo que dura. Pero cuando el llanto termina y las lágrimas dejan de salir, la pena sigue ahí.

Suele ser una pena tan grande la que causa este llanto, que no es posible sacarla con una sencilla llorera. Son penas clavadas en el corazón, como astillas, que provocan dolor pero no grito, que hacen llorar pero no se desprenden.

A veces este llanto va acompañado del orgullo. Barbilla alta, ojos decididos y lágrimas corriendo. Una dura decisión donde en la batalla entre la razón y el corazón han perdido los sentimientos. Donde nada ni nadie puede evitar el destino elegido.

Correspondencia

Lo único de lo que está segura es de un nombre y una dirección. O menos aún, porque el nombre podría ser inventado. Una dirección, eso es de todo de lo que está segura. El resto lo sabe por lo que ha leído en sus cartas. No quiere conocerlo en persona, ¿para qué? Las relaciones en persona siempre acaban mal. Así, ella puede imaginar que él es el galante héroe que la vendrá a buscar una tarde de primavera para rescatarla de las garras de la monotonía. Y él podrá imaginar que ella es la hermosa amazona que le guiará para salir de la selva urbana. No necesitan más.

Todo empezó con una confusión de lo más tonta. El cartero, que dejó en el buzón de él una carta dirigida a ella. Y él se la reenvió. Ella le contestó dándole las gracias y a partir de ahi, fueron enviándose cada vez más cartas, hasta llegar a lo que han llegado. Ella espera impaciente cada tres días su carta y espera que él haga lo mismo. Por lo menos eso parece, porque le contesta nada más recibir y leer la carta que ella le envía. A veces el servicio de correo tarda y eso la pone muy nerviosa. Interroga al cartero, que nunca parece saber nada, hasta que una mañana deposita en su buzón la carta de él y ella se tranquiliza.

Él piensa que ella tiene una letra muy bonita, cuidada, redonda. Ella piensa que él tiene un don con las palabras, siempre sabe terminar las frases de la mejor manera. Se lo imagina, escribiendo a la luz de una vela (aunque sabe que seguramente escribirá bajo la luz de una lámpara, pero ella siempre se lo imagina así), con la cara apoyada en una mano y escribiendole hasta que se le acaban los folios. Porque las ideas no, las ideas nunca se le acaban. Él en cambio la imagina leyendo su carta en un porche de una casa, sentada en una mecedora (aunque sabe que ella vive enmedio de la ciudad, pero él siempre se la imagina así), con los pies descalzos rozando un césped recién cortado.

Al principio se sentía extraña de contarle sus intimidades a un completo desconocido, pero harta de que sus hijos la eviten cuando les cuenta sus preocupaciones, pronto se volcó en la escritura de estas cartas, liberándola del peso que siente cada mañana, cuando piensa que la vida la podría haber llevado de otra manera, casándose con un hombre del que no se divorciara, esperando a tener más edad para tener a sus hijos.

Cuando lee sus cartas, él siente que tiene que protegerla, que le necesita. Y le gusta sentirse así de protector. No puede evitar sonreir a todas las mujeres con las que se cruza en su camino, pensando que quizás alguna de ellas es ella y que así la libra por un momento de su soledad. Muy pocas de ellas le devuelven la sonrisa y a veces se siente tentado de preguntarle en sus cartas si la mujer que se cruzó aquella mañana en la frutería y le sonrió con esos ojos tan hermosos era ella. A veces se pregunta qué hubiera pasado si en vez de convertirse en un solterón, hubiera encontrado una mujer como aquella.

Alguna vez, sobre todo al pricipio, se sentía tentada de ir a buscarle a su dirección. Pero después de hablarlo ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería seguir manteniendo el anonimato físico, aunque sólo fuera para seguir alimentando el cuento. Eso no impide, sin embargo, que ella se pare a observar a todos los hombres con los que se cruza, queriendo reconocer el rostro, que sólo ha visto en sueños, que le escribe esas cartas.

Lo guardan como si fuera un secreto. Saben que nadie más les entendería. Sólo son un par de calles más abajo, podrían verse cuanto quisieran y hablar en persona, sin necesidad de esperar los tres días (como mínimo) que tarda el correo. Seguramente se han cruzado más de una vez ya, pero total, prefieren no saberlo. A ellos les gusta así. Siempre fueron mentes soñadoras. Lo que ellos no se dan cuenta es de que quizás un día se termine la correspondencia. Quizás porque uno de los dos se canse y se mude o porque alguna desgracia ocurra. Y que entonces sí que echaran de menos el poder haber visto al menos una vez en persona al otro. Porque el encanto podría romperse, es cierto, pero la sensación de vacío de no haber compartido jamás una caricia, eso jamás desaparecerá.

Sangre V

Pero como todo, se acaba. La rutina, la costumbre, el estar siempre mirando la misma cara, todo se vuelve aburrido. Al principio nuestras separaciones eran breves, el tiempo de ir a buscar sangre fresca mientras el otro recogía la casa o estar en esquinas opuestas de una misma fiesta conociendo a gente diferente. Poco a poco se fueron alargando: ambos empezamos a viajar a lugares diferentes por tiempo indefinido. Sentí que la soledad que antes me oprimía era casi acogedora. Necesitaba estar conmigo misma, volver a mezclarme entre los mortales con esa sensación de superioridad que da el saber que eres diferente a ellos. Que velas por ellos. Que eres alguien en el mundo.

Fue casi casualidad que lo descubrí. Era una joven bonita, segura de sí misma. Ambas coincidimos en la misma fiesta y pronto se convirtió en el objeto de atención de casi todos. Eligió a un chico sumamente atractivo y desaparecieron tras la puerta de una pequeña terraza. Al cabo de un rato ella volvió, más feliz y exhuberante si cabe. El chico tardaba en regresar así que decidí acercarme por si le hubiera ocurrido algo. Aún no estoy segura de qué me hizo salir a aquella terraza. Quizás fue el brillo de triunfo en los ojos de ella que tan bien conocía, o la manera que tenía de moverse, como si fuera superior al resto. El caso es que salí a la terraza. Y encontré al joven extrañamente apoyado en la barandilla. Con una marca en el cuello.
No tardé en localizar a Kite. Estaba furiosa, terriblemente furiosa, pero mantuve el autocontrol y durante un buen rato estuve preguntándole banalmente sobre su vida ahora. Hacía unos meses que no le veía y fingí estar interesada. Naturalmente, no me contó nada relevante. Luego, como de manera casual, le pregunté si había probado la sangre humana. Me miró entre extrañado y asustado y me lo negó. Entonces fue cuando le conté lo que había visto en la fiesta, omitiendo a la joven.

Sólo entonces me confesó, terriblemente avergonzado, que al separarse de mí se había sentido terriblemente solo y había terminado por fundarse un grupo de amigos vampiros. Al igual que yo le había ocultado a él cómo se mataba a un vampiro, me contó que él les había ocultado cómo se convertía un vampiro, por miedo a que se les escapara de las manos. Les emborrachaba hasta volverlos casi inconscientes y cuando despertaban de la resaca, ya estaba todo hecho. Eran catorce por el momento. Al principio pensó que sólo fuesen cuatro o cinco, pero con el tiempo esos cinco se distanciaron y tuvo que ir renovando las amistades.

Tranquilamente le fui escuchando. Sabía que no me contaba toda la verdad, pero por el momento me bastaba. Le dije que no se preocupara, que le comprendía. Que no era tan mala idea y que después de esto quizás podríamos retomar nuestra relación. Que habíamos entrado en otra etapa. Melosa y tierna fui ablandandolo y sacando todo lo que quería oir. Me confesó entonces que en realidad había pensado retomar la idea de Drácula de fundar una clase dominante vampira, eligiendo cuidadosamente a sus miembros, siendo él la máxima autoridad, teniendo él solo el poder de convertir a vampiro. Pero que algo había fallado y que, al tiempo de convertirse en vampiros, habían empezado a desobedecerle. Él podría tener el poder para crearlos y eso les obligaba a permanecer, al menos al principio, en deuda. Pero no tenía poder para obligarles a permanecer a su lado.

Fui comprensiva y le hice prometer que los traería a todos a mi presencia, para que los viera, y a cambio le perdonaría. Él quedó tranquilo con esto, al menos por el momento, y yo sentí que todo estaba de nuevo bajo mi control. Aún no estaba segura de qué podría hacer pero sabía que si dejaba que esto continuase acabaría por haber de nuevo vampiros asesinos en el mundo.

Continúa

Sangre II

Pronto me acostumbré a mi nueva vida como Selen de Mandrat. Salíamos todas las noches a buscar comida y luego volvíamos a encerrarnos en el castillo. Tardé meses en recorrerlo entero. Hoy en día, aún no estoy segura de conocerlo en todos sus rincones. Pero tampoco tardé demasiado en encontrarla.

Estaba en un sótano, agarrada con pesados grilletes, abandonada completamente. Pocas veces recibía ninguna visita, era demasiado vergonzoso como para ir a visitarla. Una vampira que se había rebelado y había matado a unos cuantos de los nuestros. No la habían matado para que sufriera una tortura aún peor y sirviese de ejemplo a futuros rebeldes. O quizás fuese porque nadie se había atrevido a matarla.

Lo peor que puede ocurrirle a un vampiro es dejarle sin comer. No puede morir de hambre, pero sufre el mayor tormento que el hombre pueda siquiera imaginar. El hambre lo ciega y enloquece hasta llegar a morderse él mismo para alimentarse de su propia sangre, algo que no hace sino aumentar la locura que lo posee. La falta de comida hace que su cuerpo envejezca de una manera inevitable. Ella estaba en este estado, bien amarrada para evitar que se autoinflingiera heridas. Nadie recordaba cuánto tiempo (siglos quizá) llevaba allí atada.

No se por qué me gustaba estar cerca suya. Supongo que porque yo tampoco encajaba del todo allí. Las dos éramos extrañas en el castillo. Los vampiros son seres independientes, ajenos a todo, egoístas y fríos, que sólo buscan el placer propio e inmediato. Algunos dicen que es el hecho de tener que matar a otros humanos para vivir lo que los hace tan inhumanos. Yo creo que es la falta de confianza de unos en otros lo que los hace tan inaccesibles. Una promesa puede durar toda la vida, pero no toda la eternidad.

A los pocos meses dejó de ser violenta ante mi presencia, parecía que se había acostumbrado a mi. Fue un día de éstos cuando se me ocurrió darle de beber sangre por primera vez. No sé si fue por sus ojos hambrientos al ver el corderillo que había cogido aquella noche o si fue que al verla se me quitó el hambre. El caso es que le lancé el cordero y terminó de comerlo. Después de ver aquello, todas las noches acudía con toda la sangre que podía para alimentarla. No es que notara ningún cambio radical en ella, pero comencé a darme cuenta de que poco a poco, la nube que tenía en los ojos se iba disipando. Ya no contemplaba las cadenas con horror, sino con interés, como queriendo averiguar dónde estaría la llave que las abriera.

Fue una locura, lo reconozco. Pero un vampiro no puede suicidarse fácilmente y yo ya estaba harta de tener que vivir así. La única alegría que tenía al día era ver los ojos agradecidos de aquella extraña al terminar su cena. Una noche, después de una fiesta en el castillo, decidí que había llegado el momento. Todos dormían en la sala principal bajo los efectos de un gran festín sangriento cuando bajé al sótano.

Me acerqué a ella y la liberé de sus cadenas. Para mi sorpresa en ningún momento hizo ademán de querer mi sangre, a pesar de que estaba segura de que el hambre aún la estaría acechando violentamente. En cuanto se vio libre, salió corriendo escaleras arriba perdiéndose de mi vista. Más lentamente la seguí hasta llegar a la sala principal, donde una sangrienta matanza se había llevado a cabo.

Al principio no la reconocí, era una hermosa joven de raídas vestimentas manchada de sangre. Al verme se arrodilló ante mi y me dijo:

-Lafftia a tu servicio.

-Lafftia de Selen, a partir de ahora. – le contesté sonriendo

Continúa

Ahogándose en su propia existencia

Hijas bastardas de Poseidón con sus amantes, repudiadas y perseguidas, deformes, híbridas estériles condenadas a vivir inmortalmente navegando las aguas. Pocas penas hay mayores que la de ser una sirena. Hubo un tiempo en el que fuimos perseguidas por los marineros y jugábamos con ellos a los amores imposibles. Pero cuando algunas de nosotras fueron capturadas para no volver nunca más decidimos ocultarnos del mundo y vivir aisladas, como nuestro padre nos ordenó en su día.

Desengañadas, tras unos siglos de solitaria existencia, algunas de nosotras decidieron dejarse secar en alguna roca para no tener que continuar cargando con su propia vida. Pero es una muerte lenta y dolorosa, y la tentación de dejarse caer de nuevo al agua es demasiado apetecible. Hace falta una gran fuerza de voluntad para conseguirlo. A pesar de todo, hay rocas aisladas enmedio del oceáno que guardan los restos de algunas de nuestras hermanas, rodeadas con las joyas y los adornos que un día las hicieron felices. Eternas novias del mar.

Solas, eternamente solas, alejadas de todo por la medida del tiempo. Aquellos mozos marineros que paraban su barco por unas horas para aliviar mi soledad no son ya ni polvo, todo lo que un día creí conocer ha desaparecido. Los únicos que permanecemos somos el mar y las sirenas. Las sirenas, eternamente atadas al mar.

Las más aventureras y decididas de nosotras hace tiempo que se alejaron, bien para irse a vivir a tierra, bien para dejarse secar. Sólo quedamos unas pocas, silenciosas, tristes, acosadas por nuestros recuerdos, viejas y cansadas de nuestras vidas, temerosas de nuestro propio futuro. Solitarias sirenas.

Dicen algunas que llegará el día en que se nos otorgue el poder de transformarnos en mujeres completas y nos mezclaremos entre los mortales. Pero yo dudo que eso cure este vacío que llevo dentro. Este vacío que me acompaña desde que alguien me prometió una vez volver para llevarme a su reino y nunca más regresó. No quiero más mortales con sus falsas promesas. Sólo quiero que esto termine.

Farol de esquina

Se la puede ver, noche tras noche, bajo la titilante luz del farol. Ya casi pasa desapercibida, no suele llamar la atención de los rápidos transeúntes que pasan, ignorándola, o quizás lanzándole algún piropo. Pero eso a ella no le importa, porque espera, espera con toda la paciencia que los años le han enseñado a hilar en su multitudinaria soledad.

Día tras día, va buscando unos labios que no encuentra, se refugia en los abrazos de desconocidos, que alimentan su ilusión y su estómago, para poder seguir buscando más tarde. La decepción que siente cuando descubre que él no era éste tampoco, sólo es superada con la ilusión de poder encontrarle en la siguiente mirada, en el siguiente gesto, en la siguiente caricia.

La memoria ha ido borrando los recuerdos amargos, ella nunca quiere recordar que le regaló su cuerpo y su corazón y que él la revendió para realquilarla más tarde. Sólo recuerda cuando era feliz, cuando se sentía segura entre sus brazos, cuando una sola mirada le hacía sentir protegida. Por eso le sigue buscando, entre los rostros desconocidos, entre los fríos besos anónimos que nunca deja de recibir. En las voces que la llaman con diferentes nombres para no acordarse de ella después. Porque, aún después de la traición, ella no olvida que sigue amando.