Mudanzas

Al fin descubrió de dónde provenía el ruído: era otro gato, que se había colado debajo de su cama. No lo había visto nunca, pero eso no importaba. Sabía que si lo dejaba ahí pronto llegaría otro. Y luego otro más. Hasta que tomaran el control de su casa. Nadie había sido capaz de explicarle el porqué.

Así que coge la maleta y comienza a llenarla una vez más. Lo hace ya de forma casi automática, esta demasiado acostumbrada. No importa cuánto de lejos huya, ni cómo se esconda, siempre la acaban encontrando. Las primeras veces había intentado echarlos de diversas maneras, incluso recurrió a una empresa de desinfección de plagas, que nunca llegaron a entender del todo lo que ocurría. Al final no le quedaba más remedio que aceptarlo: los gatos habían decidido vivir con ella. Así que ella tendría que o convivir con ellos o marcharse. Y decidió marcharse.

Cuando estaba a punto de cerrar la maleta, notó que el gato se acurrucaba a sus pies. Hasta ahora siempre los había tratado con dureza, se colaban en su casa sin avisar, invadían su terreno hasta hacer su vida insoportable. Pero esta vez el gato la miró con unos ojos casi humanos. Parecía comprender exactamente lo que pasaba por su cabeza y había decidido restregarse contra sus pies para impedirle la huida. Se agachó para acariciarlo y el gato ronroneó.

A la mañana siguiente amaneció con un coro de maullidos y suave pelaje que la acariciaba para despertarla. Sonrió y se dispuso a preparar el desayuno. Hoy serían unos cuantos más en la mesa.

Sin Amiwitos

¿La ves? Es ésa, la que está apoyada en la barra. La del vestido azul oscuro. Yo la conocí hace ya algunos años, antes de convertirse en lo que es ahora. Pero ella nunca hace ademán de reconocerme. Prefiere vivir ajena a todo. Es como la canción ésta de Ismael Serrano, la de Cien Días, la vas viendo apagarse lentamente.

Recuerdo cuando íbamos juntos a la Universidad. ¡Dios! No había muchacha más alegre que ella. A su alrededor siempre ocurrían cosas, siempre había algo de lo que estar pendiente. Era un sorpresa contínua. Su mundo era un mundo alegre y todos los que estaban a su alrededor no tenían más remedio que odiarla o amarla. No podías permanecer indiferente.

Pero un día todo cambió. Fue así, radical. Enmudeció. Era como ver a una rosa que han cortado y se va marchitando poco a poco en su jarrón. A veces conseguíamos arrancarle una sonrisa, incluso un día apareció siendo tal y como era antes. Pero aquello eran solamente los ecos que se van apagando.

Yo no había tenido mucho trato con ella. Siempre había sido amable y simpática conmigo, pero nunca estuve enterado de los pormenores de su vida. Sin embargo su ausencia se notaba. Era extraño verla sentada en un rincón, con los ojos mirando al vacío, en vez de gritando y corriendo por los pasillos. Pero incluso a eso nos acostumbramos.

Fue varios años después, que la ví en este bar, cuando me interesé por su historia. Ella no me reconoció, o quizás no quiso reconocerme, y tampoco me contó nada. Pero yo ya estaba intrigado y rescaté de mi agenda de teléfonos a antiguos compañeros para averiguar qué fue lo que pasó. Los pocos que se acordaban me hicieron vacío así que un día decidí acercarme a ella y preguntarle. Al principio ni siquiera me miró y cuando ya iba a marcharme, sonrió. Sus ojos se encontraron con los mios y tuve una sensación extraña. Sé que no pronunció una palabra, pero fui capaz de comprender muchas cosas en esa mirada.

Desde entonces no hay día que no venga a observarla. Es tan frágil que tengo miedo de que se rompa. Sé que no hay quien pueda sacarla de ahi, pero cuando decida salir… quiero estar presente.

¿Feliz? Navidad

Sigue abrazando el cuerpo ya inerte del gato. Quiere transmitirle su calor, protegerlo de la persistente nieve que se empeña en seguir cayendo, aún cuando ya lo ha ocultado todo bajo una capa blanca. A veces ve cómo pasan apresurados transeúntes delante suya. Algunos ni siquiera la miran. Otros, se paran a compadecerla. Incluso uno le ofreció que si quería entrar en su casa hasta que pasara la tormenta. Pero ella se abraza a su gato con más fuerza aún, no quiere soltarlo, es el único que le ha acompañado en su soledad todo este tiempo. Su pequeño cuerpo de niña tirita e intenta refugiarse un poco más en su abrigo lleno de agujeros. Ya deja de nevar, pero ahora es el frío de la noche el que la amenaza. Es Nochebuena y todas las casas están iluminadas, sabe que si llamara a cualquier puerta, la dejarían pasar. Incluso es posible que le dieran algo caliente de comer. Pero no quiere dejar solo a su gato. Poco a poco, sus ojillos se van cerrando.

Todo final siempre es un comienzo…

Recuerdo el día que me contaron la historia de aquel rey que cuando construyó su castillo ordenó colocar un nido de termitas debajo de la primera piedra. Nadie supo dar una explicación a por qué decidió darle un final desde el principio a su historia, ni por qué quiso morir un día cualquiera, sin avisar, cuando su castillo se derrumbó sobre su cabeza. Ahora, creo que empiezo a entenderlo.

Sé que hoy vendrá a visitarme un agente. Su verdadera identidad no he querido averiguarla, ya me enteraré cuando le vea, porque pienso esperarle despierto. Dejaré que entre y haga su cometido. Él estará deseándolo y yo también. Aunque antes me gustaría mirarle a los ojos.

Yo creía que todo lo que había hecho estaba bien. Que la humanidad siempre me recordaría como lo que siempre quise ser, el liberador, el que se sacrificó por hacer que el mundo girase de una vez sobre sus ejes. Ahora me doy cuenta que al final sólo seré uno más en una larga lista de dictadores y que cuando muera, todo se reorganizará de manera justamente contraria a lo que defendí siempre.

Desde el principio luché por llevar adelante mis ideales. Tenía todo muy claro y una labia que me abrió muchos caminos. Pero como en todo, había gente que aún razonando no quería ser convencida. A esos no hubo más remedio que convencerlos con la fuerza monetaria o la fuerza bruta. Era necesario, las voces discordantes, por muy equivocadas que estuviesen, impedirían la realización de los planes a largo plazo.

Derroqué a dictadores y genocidas y en su lugar puse a gente buena y de confianza, que nunca se aprovecharían de nadie. Pero para poder mantenerlos en su lugar, tuve que emplear métodos poco ortodoxos, combatir contra los poderes que querían recuperar su liderazgo.

Esta noche todo habrá terminado y tras mi muerte acaerá otra revolución, con otros soñadores que querrán limpiar el mundo. Pero eso ya no estará en mi mano. Esta es la única manera que tengo para limpiar mi historia. Si cambiara contradiría todo lo que he sido hasta ahora. ¿Y cómo hacerles comprender que ahora entiendo que era imposible?

Último suspiro

No fue tan difícil como creía. Llevo semanas, meses preparándolo todo. Eligiendo la fecha, la hora, el lugar. Hasta el vestido que llevo puesto. Y ahora, ha llegado el momento. No tengo miedo. Una paz y una serenidad que no experimentaba desde hace años me invade completamente. Al fin puedo elegir.

Los últimos días fueron los más extraños. Preparando cartas para enviar. Mis últimas palabras. Retocando cada detalle. Colocando todo en su sitio. Cuidando que todo marchase puntual como un reloj. Me sentía, por primera vez, dueña de mi propio destino. Era libre.

Respiro hondo. Es un bonito lugar el que he escogido. Espero que por mi culpa no se vuelva maldito y nadie quiera volver a disfrutarlo. No, quizás sea mejor así. Le daré el toque misterioso que le faltaba. Quizás hasta me convierta en leyenda urbana. Sería casi una ofensa que pasase desapercibida. Una pequeña nota en un periódico. Sería muy triste.

El sol me calienta lentamente. La hora se acerca. Cojo con suavidad la jeringuilla. Ni necesito veneno. El aire mismo que ahora llena de vida mis pulmones será mortal dentro de mis venas. Un pequeño pinchazo y seré libre…