Siempre apunta a la Luna

Al otro lado de la mesa se sienta una mujer. Lee el formulario de solicitud y sonríe amablemente.
-Enhorabuena, te han concedido tus deseos.
Deja escapar un suspiro de alivio y devuelve la sonrisa.
-Gracias. Han sido muchos años trabajando duro, pero al fin he conseguido ahorrar suficiente karma.
-Antes de continuar, tengo que hacer algunas preguntas para asegurarme de que ha entendido los términos y condiciones. ¿Es la vida descrita en este contrato la que desea vivir?
-Así es.
-Mientras viva esta vida, ¿se compromete a mantener el karma en el nivel mínimo estipulado?
-Sí.
-En caso de cansarse de esta vida, ¿se compromete a realizar todo el proceso de cancelación a través de nuestras oficinas para que podamos cancelarla?
-Eso no pasará.
-Por favor, conteste sí o no.
-Sí.
-Muy bien, pues ya sólo queda concretar cuando realizará el pago de la fianza.
-¿Fianza?
-Sí, mire bien el punto tres, necesita realizar un sacrificio para consolidar su compromiso con nosotros.
-¿Un sacrificio?
Relee las condiciones. Ahí está, un sacrificio. Un sacrificio que le costará mucho más karma del que jamás ha gastado. Un sacrificio injusto.
-No lo entiendo. Creí que su labor era hacer feliz a la gente. Si hago esto que me están pidiendo, estaré fastidiando la vida de mucha gente.
Con la sonrisa inmutable, la mujer extrae unos diagramas que le muestra sin mirar.
-El universo tiene que mantener el equilibrio. Nosotros hacemos felices a la gente que merece ser feliz, claro. Pero esto tiene un coste. Recuerde que el paraíso de unos es el infierno de otros. No podemos crear una utopía perfecta en su vida sin retocar la vida de los que están a su alrededor. Este pago sólo es uno de los muchos pasos que tenemos que dar para poder mantener los paraísos de la gente que se los merece.
-Pero si hago esto… dejaría de merecer el paraíso.
-No sea tan duro consigo mismo. El paraíso ya lo tiene ganado. Esto es sólo un pequeño precio a pagar.
-¿Significa esto que si hago este sacrificio que me pedís… tendré mi paraíso utópico?
-Ḿientras pague el tributo, mantendrá su paraíso.
-El tributo…
-El tributo son sacrificios menores que tendrá que realizar periódicamente. Nada comparable con la fianza, por supuesto. Y recuerde que todas estas acciones quedarán fuera del cómputo de su karma. No hay nada de lo que preocuparse.
-¿Cómo no va a haber nada…?
Mira de nuevo el contrato. Maldita sea. Lo tenía ahí, al alcance de la mano. Casi podía saborearlo… y ahora…
-Lo siento, no puedo aceptar.
-Esta es una oferta limitada, si más adelante quisiera optar a un paraíso, tendría que volver a realizar todo el proceso desde cero. Y optar por el mismo deseo restará puntos en el cómputo final.
Todo lo que siempre había querido. Todo. Pero así no. Si este es el precio a pagar, no lo quiere. Se sentiría sucio, artificial, mentira. Sería un deseo del que no podría disfrutar. Relee las condiciones una vez más. No, no puede hacerlo. No es justo, no se sentiría bien.
-Me habéis estropeado mi deseo.
-Oh, vamos, ¿en serio?
-Mi deseo era puro, sencillo. Lo habéis mancillado.
-Tu deseo era un deseo como los demás. Igual de sucio e irracional. Puedes haberlo adornado mentalmente, pero sólo era una capa para tapar la verdad: que seguimos siendo animales irracionales que queremos todo sin esfuerzo.
Se levanta. Da unos pasos hacia la salida y se vuelve.
-¿Quiere decir que todos los ganadores son unos farsantes?
Su sonrisa sigue ahí, inmutable. Horrible.
-Todos pagamos un precio por lo que tenemos. Todas nuestras vidas son imperfectas. El equilibrio del universo…
No deja que termina la frase. Sale corriendo mientras intenta evitar un llanto que le sube del estómago. Así no. Así no.

Detrás

Está ahí detrás. Lo sabe, lo huele, lo oye. No es una pared demasiado gruesa, si cierra los ojos puede casi verlo al otro lado. Pero la pared está ahí y no va a poder atravesarla. Lo siento, este no es el camino a la salida.

Aún se queda allí, respirando unos momentos. Quizás minutos, quizás horas. Quizás días. Es lo más cerca que ha estado y probablemente lo más cerca que estará nunca. Tan cerca y a la vez tan lejos… Pero no, este no es el camino. Debe dar la vuelta y caminar otra vez. Sea cual sea la forma de llegar, no es por aquí. Sus pies se arrastran despacio, paralelos a la pared. Con la mano izquierda va tocando la pared, como temiendo perder la orientación. Sonríe, no hay orientación ninguna. En cuanto siga su camino, olvidará cómo llegó hasta aquí. Lo más cerca que ha estado nunca del camino a la salida.

Sabe que hay un camino, claro que sí que lo hay. Este laberinto fue construido para que hubiera un camino hacia la salida. Hacia muchas salidas. Hay infinitas salidas, casi tantas como pasillos tiene el laberinto. Pero por más que camina no ha encontrado ninguna. Es como si siempre escogiera el giro adecuado para no tener que enfrentarse a la salida.

Sonríe otra vez. Claro que las ha encontrado. Hay infinitas salidas y se ha cruzado con más de una en su extraño peregrinaje. Pero estaban bloqueadas o daban a un vacío aún más aterrador que el laberinto en el que está perdida. Saber que hay lugares peores la hace sentir algo mejor. Al menos, mientras siga dando vueltas por el laberinto, estará a salvo. El laberinto será monótono, pero es seguro. Es la monotonía de la seguridad.

He dicho que no

-Hola, soy el universo. Ven aquí.
-No.
-Que sí. Ven aquí.
-No.
-Pero si está todo preparado, mira, justo como a ti te viene bien.
-No me apetece.
-Venga, no te resistas, ven por aquí. Si son sólo dos pasitos.
-Que no. Que yo quiero ir por allí.
-¿Por allí?
-Sí.
-Pero si eso no lleva a ninguna parte.
-Me da igual. Quiero ir allí.
-No puedes.
-Me da igual. Es lo que quiero.
-Eso no tiene sentido. Sé razonable. Esto está bien…
-¡Que no!
-Pero será cabezona… ¡ven aquí!
-Déjame en paz.
-Luego te arrepentirás.
-Pues vale.
-Que lo quitamos ¿eh?
-Pues quitadlo.
-Luego no vengas protestando porque allí no había nada.
-No lo haré. Ya sé que no hay nada. Dejadme en paz.
-Tú misma.

Puede

-Si alguien puede conseguirlo, esa eres tú. Será un precedente. Cometerás errores, claro. Pero ayudarás a los que vengan detrás.
-Pero tengo miedo.
-¿Por qué?
-¿Y si saliera mal?
-¿Es irreversible?
Mira fuera de la ventana, pensando.
-En cierto modo… será parte de lo que soy. No podré borrarlo.
-Es parte de lo que eres ya.
-Pero tengo miedo.
-¿De lo que piensen los demás? – ríe – ¿Desde cuando?
-Yo que sé.
Suspira.
-¿Tienes algo mejor que hacer?
Le mira. Tiene razón.

Paz

Se sienta en la puerta. Le gusta ver cómo el sol se esconde al final del día detrás de las montañas, la hace sentirse tranquila, llena de paz. Respira profundamente y se acaricia el tobillo. Aún le quedan algunas cicatrices, pero es cuestión de tiempo que desaparezcan.

Es una cueva pequeña, pero no necesita más espacio. Ha aprendido a cazar y tiene un pequeño huerto a la derecha, donde la tierra es más fácil de arar. Ha aprendido a vivir sola. Y eso está bien.

Respira hondo, observa los últimos rayos rosados del sol y cierra los ojos. Ya no tiene prisa. Ya no tiene que correr. No hay camino que andar, porque no hay ningún sitio mejor en el que descansar.

Allí al lado

La primera vez que vi a uno de ellos me pareció bastante feo, la verdad. Se consideran superiores y es posible que sean una civilización más avanzada. Pero a mi me pareció feo. Quizás en otro multiverso exista un equivalente a su especie que sea más hermosa. Da igual, son ellos los que lo han conseguido.

Dicen que llevan ya muchos siglos saltando de multiverso a multiverso. Nunca nos quieren contar todo el proceso, como si no quisieran compartir esa parte de su ciencia. Pero parece ser que de un multiverso puede saltarse a un número infinito de multiversos, todos iguales al multiverso original pero con una pequeña variación. Y de este segundo multiverso se puede a su vez saltar a otro número infinito de multiversos.

Y así, poco a poco, han ido expandiéndose. Nuestro multiverso está a miles de saltos como ese, lo que hace que por ejemplo su especie sea como una especie diferente de humano. Más inteligente al parecer, pero más fea según lo veo yo. A nivel genético ni siquiera somos compatibles.

Nunca nos han contado el por qué lo hacen. Algunos piensan que es por pura curiosidad. Otros opinan que hicieron algo terrible en su multiverso y tuvieron que huir de la destrucción. Unos pocos susurran que son delincuentes huyendo de su justicia. En cualquier caso, se dedican a observarnos y saltar una y otra vez, cada vez más lejos, cada vez más separados de su origen.

Yo tengo mi propia teoría. Dicen venir siempre de forma pacífica, pero yo les he visto de cerca y no son pacíficos. Estoy bastante seguro de que están explorando todos los multiversos buscando a posibles civilizaciones que pudieran ser una amenaza para acabar con ellos antese de que ellos tengan la tecnología para destruirles. ¿Estaré loco? ¿O es simplemente que es lo que nosotros haríamos si tuviéramos ese poder?

Abismo

Te habían prometido que estaba ahí. Dudaste un poco, pero te asomaste. Sin embargo, lo que encontraste no era lo que esperabas. Y aquella negrura tan densa y terrorífica te dejó paralizado, sin ser capaz de apartar los ojos. Intentas parpadear, pero no eres capaz, no puedes apartar la mirada de esa monstruosa imposiblidad. Pierdes la noción del tiempo y tu cuerpo está tan inmóvil que empieza a doler.

Una mano te agarra de la cintura y tira para atrás. Eso hace que rompas el contacto visual y caes hacia atrás, pudiendo cerrar los ojos fuertemente.

-Has debido mirar en el momento equivocado.

Te tapas los ojos queriendo borrar esa imagen, la luz te deslumbra y te sientes desorientado.

-Deberías tener más cuidado, no estaré siempre ahí para rescatarte.

Tanteas y apoyas una mano en su hombro, sonriendo.

-Gracias. Otra vez.

Ojos azules

-La vida no tiene sentido. – Se deja caer en la silla y me mira sonriendo – Y eso es lo que la hace tan extraordinaria.

Nunca sabes por dónde va a salir, pero hoy parece que se ha levantado de buen humor. Eso está bien.

-He mirado a la muerte a los ojos, ¿sabes?

A veces me cuesta seguir su hilo de pensamiento. Pero me gusta escucharla, suele darle un toque extraño a las reflexiones más sencillas. Está girando la cucharilla en el café, como queriendo hacer el círculo perfecto.

-La muerte me miró y yo la miré. Tenía los ojos azules.

-¿Azules?

-¿Te imaginas?

Vuelve a mirarme y sonríe. Está claro que está dando vueltas a algo que no sabe cómo arrancar así que ha soltado lo primero que se le ha venido a la cabeza. Ahora vendrá la revelación.

-He vuelto a verle.

Ahí está. Todos tenemos nuestras pequeñas obsesiones. La suya es la de aquel ex novio que tuvo que se fue a meditar a la India y nunca más volvió a verle.

-Pero yo creo que no era él. No parecía reconocerme. Y, ¿sabes? han pasado tantos años y seguía pareciendo tan joven…

-Probablemente no lo era. Nunca lo es.

-Lo sé. Pero me gusta verle de vez en cuando. Aunque sea mentira.

La entiendo. Se siente lo suficientemente culpable como para haber viajado ella misma a la India a buscarle. Para encontrar que había desaparecido completamente. Probablemente incluso muerto. Aprender a vivir con eso no es fácil. De todas las posibles formas de convivir con la culpa, la suya era de las más inofensivas. Pero en momentos como este, desearía que hubiera escogido cualquier otra forma de superarlo.

-Ha pasado mucho tiempo, quizás deberías pensar en volver a terapia.

-No tienes que animarme, estoy bien. Sólo te lo comentaba.

Nos quedamos un rato en silencio. Finalmente vuelve a hablar.

-¿Sabes por qué la muerte debería tener los ojos azules? Porque la muerte es fría y árida. Como el norte. Por eso la muerte tiene los ojos azules.

-Yo diría que la muerte no tiene ojos. Es ciega, como la justicia.

-La justicia no es ciega. Siempre favorece a unos más que a otros. No seas ingenuo.

A  la defensiva. Bien.

-¿Y la muerte no favorece también a unos más que a otros?

-Razón de más para que tenga los ojos azules. Yo lo sé, la he visto. Y me ha mirado. Y por eso sé que la vida no tiene sentido. Aunque sea extraordinaria.

En noches como esta

Acaricia las dos cicatrices de su espalda. Una vez le preguntó que cómo se las había hecho y ella, riendo, le contestó que son las marcas que dejaron sus alas de ángel cuando la expulsaron del cielo. Tampoco importa, seguramente sería de algún accidente que tuvo que le avergüenza contar. Se revuelve en el sueño y abre los ojos.

-¿Todavía despierta?

-Ya sabes, me cuesta dormir.

La abraza y sigue durmiendo. Ella, con los ojos todavía abiertos, no puede evitar pensar lo poco que conoce de su pasado. Cuando le hace preguntas, siempre contesta con alguna broma o alguna vaguedad, como si todo su pasado no fuera importante. Como si cualquier otro tema de conversación fuera infinitamente más interesante.

¿Su familia? No tiene. ¿Sus amigos? Todos los que conoce, los han conocido juntas.

Lo importante es el futuro, le dice siempre mirándola a los ojos. Esos ojos en los que se pierde y a los que no puede llevar la contraria. ¿A quién le importa el pasado, de dónde vengas, cómo has llegado aquí? Lo importante es el camino que recorreremos juntas.

Y se lo cree. Pero en las noches como esta, no puede evitar pensar en lo poco que se conocen.

Huida

El corazón se le va a salir del pecho. No sabe cuanto tiempo lleva corriendo a ciegas, en la oscuridad, intentando no perder la orientación. Tiene los brazos y las piernas llenos de heridas de las múltiples caídas entre ramas y raíces. El tobillo derecho está inflamado y le duele al apoyarlo, seguir corriendo ha dejado de ser una opción. Al menos el bosque queda a su espalda y ya no escucha a sus perseguidores. Sabe que están ahí, buscando su rastro. Es inevitable.

Se deja caer a la orilla del río. Cada latido resuena en su cabeza como un latigazo que le hace perder la vista durante una fracción de segundo mientras un dolor insoportable interrumpe sus pensamientos. Se acerca al agua e intenta beber y lavarse las heridas mientras piensa un plan de acción. Cuando decidió escapar, sabía que la probabilidad de encontrar un barco era pequeña, casi insignificante, pero se había aferrado a esa posibilidad para encontrar fuerzas para la primera etapa. Ahora tocaba reconsiderar las opciones. No puede quedarse aquí, tiene que seguir adelante. Es sólo cuestión de tiempo que la encuentren.

El corazón vuelve a latir más despacio, ya puede pensar. Está claro que debe seguir por el río, es la única forma de ocultar su rastro, pero el río no es seguro. La corriente es fuerte y deberá luchar por llegar al otro lado. Quizás simplemente debería dejarse arrastrar un trecho y luego volver a la misma orilla.

Pero no, no es tiempo de elaborar un plan, deben estar cerca, tiene que seguir moviéndose, porque parar implica morir. Rueda y se deja caer en el agua. Está fría. Muy fría. Agradablemente fría, porque adormece su cuerpo dolorido. Casi podría cerrar los ojos y simplemente dejarse arrastrar. Puede que lo haga.