Allí al lado

La primera vez que vi a uno de ellos me pareció bastante feo, la verdad. Se consideran superiores y es posible que sean una civilización más avanzada. Pero a mi me pareció feo. Quizás en otro multiverso exista un equivalente a su especie que sea más hermosa. Da igual, son ellos los que lo han conseguido.

Dicen que llevan ya muchos siglos saltando de multiverso a multiverso. Nunca nos quieren contar todo el proceso, como si no quisieran compartir esa parte de su ciencia. Pero parece ser que de un multiverso puede saltarse a un número infinito de multiversos, todos iguales al multiverso original pero con una pequeña variación. Y de este segundo multiverso se puede a su vez saltar a otro número infinito de multiversos.

Y así, poco a poco, han ido expandiéndose. Nuestro multiverso está a miles de saltos como ese, lo que hace que por ejemplo su especie sea como una especie diferente de humano. Más inteligente al parecer, pero más fea según lo veo yo. A nivel genético ni siquiera somos compatibles.

Nunca nos han contado el por qué lo hacen. Algunos piensan que es por pura curiosidad. Otros opinan que hicieron algo terrible en su multiverso y tuvieron que huir de la destrucción. Unos pocos susurran que son delincuentes huyendo de su justicia. En cualquier caso, se dedican a observarnos y saltar una y otra vez, cada vez más lejos, cada vez más separados de su origen.

Yo tengo mi propia teoría. Dicen venir siempre de forma pacífica, pero yo les he visto de cerca y no son pacíficos. Estoy bastante seguro de que están explorando todos los multiversos buscando a posibles civilizaciones que pudieran ser una amenaza para acabar con ellos antese de que ellos tengan la tecnología para destruirles. ¿Estaré loco? ¿O es simplemente que es lo que nosotros haríamos si tuviéramos ese poder?

Abismo

Te habían prometido que estaba ahí. Dudaste un poco, pero te asomaste. Sin embargo, lo que encontraste no era lo que esperabas. Y aquella negrura tan densa y terrorífica te dejó paralizado, sin ser capaz de apartar los ojos. Intentas parpadear, pero no eres capaz, no puedes apartar la mirada de esa monstruosa imposiblidad. Pierdes la noción del tiempo y tu cuerpo está tan inmóvil que empieza a doler.

Una mano te agarra de la cintura y tira para atrás. Eso hace que rompas el contacto visual y caes hacia atrás, pudiendo cerrar los ojos fuertemente.

-Has debido mirar en el momento equivocado.

Te tapas los ojos queriendo borrar esa imagen, la luz te deslumbra y te sientes desorientado.

-Deberías tener más cuidado, no estaré siempre ahí para rescatarte.

Tanteas y apoyas una mano en su hombro, sonriendo.

-Gracias. Otra vez.

Ojos azules

-La vida no tiene sentido. – Se deja caer en la silla y me mira sonriendo – Y eso es lo que la hace tan extraordinaria.

Nunca sabes por dónde va a salir, pero hoy parece que se ha levantado de buen humor. Eso está bien.

-He mirado a la muerte a los ojos, ¿sabes?

A veces me cuesta seguir su hilo de pensamiento. Pero me gusta escucharla, suele darle un toque extraño a las reflexiones más sencillas. Está girando la cucharilla en el café, como queriendo hacer el círculo perfecto.

-La muerte me miró y yo la miré. Tenía los ojos azules.

-¿Azules?

-¿Te imaginas?

Vuelve a mirarme y sonríe. Está claro que está dando vueltas a algo que no sabe cómo arrancar así que ha soltado lo primero que se le ha venido a la cabeza. Ahora vendrá la revelación.

-He vuelto a verle.

Ahí está. Todos tenemos nuestras pequeñas obsesiones. La suya es la de aquel ex novio que tuvo que se fue a meditar a la India y nunca más volvió a verle.

-Pero yo creo que no era él. No parecía reconocerme. Y, ¿sabes? han pasado tantos años y seguía pareciendo tan joven…

-Probablemente no lo era. Nunca lo es.

-Lo sé. Pero me gusta verle de vez en cuando. Aunque sea mentira.

La entiendo. Se siente lo suficientemente culpable como para haber viajado ella misma a la India a buscarle. Para encontrar que había desaparecido completamente. Probablemente incluso muerto. Aprender a vivir con eso no es fácil. De todas las posibles formas de convivir con la culpa, la suya era de las más inofensivas. Pero en momentos como este, desearía que hubiera escogido cualquier otra forma de superarlo.

-Ha pasado mucho tiempo, quizás deberías pensar en volver a terapia.

-No tienes que animarme, estoy bien. Sólo te lo comentaba.

Nos quedamos un rato en silencio. Finalmente vuelve a hablar.

-¿Sabes por qué la muerte debería tener los ojos azules? Porque la muerte es fría y árida. Como el norte. Por eso la muerte tiene los ojos azules.

-Yo diría que la muerte no tiene ojos. Es ciega, como la justicia.

-La justicia no es ciega. Siempre favorece a unos más que a otros. No seas ingenuo.

A  la defensiva. Bien.

-¿Y la muerte no favorece también a unos más que a otros?

-Razón de más para que tenga los ojos azules. Yo lo sé, la he visto. Y me ha mirado. Y por eso sé que la vida no tiene sentido. Aunque sea extraordinaria.

En noches como esta

Acaricia las dos cicatrices de su espalda. Una vez le preguntó que cómo se las había hecho y ella, riendo, le contestó que son las marcas que dejaron sus alas de ángel cuando la expulsaron del cielo. Tampoco importa, seguramente sería de algún accidente que tuvo que le avergüenza contar. Se revuelve en el sueño y abre los ojos.

-¿Todavía despierta?

-Ya sabes, me cuesta dormir.

La abraza y sigue durmiendo. Ella, con los ojos todavía abiertos, no puede evitar pensar lo poco que conoce de su pasado. Cuando le hace preguntas, siempre contesta con alguna broma o alguna vaguedad, como si todo su pasado no fuera importante. Como si cualquier otro tema de conversación fuera infinitamente más interesante.

¿Su familia? No tiene. ¿Sus amigos? Todos los que conoce, los han conocido juntas.

Lo importante es el futuro, le dice siempre mirándola a los ojos. Esos ojos en los que se pierde y a los que no puede llevar la contraria. ¿A quién le importa el pasado, de dónde vengas, cómo has llegado aquí? Lo importante es el camino que recorreremos juntas.

Y se lo cree. Pero en las noches como esta, no puede evitar pensar en lo poco que se conocen.

Huida

El corazón se le va a salir del pecho. No sabe cuanto tiempo lleva corriendo a ciegas, en la oscuridad, intentando no perder la orientación. Tiene los brazos y las piernas llenos de heridas de las múltiples caídas entre ramas y raíces. El tobillo derecho está inflamado y le duele al apoyarlo, seguir corriendo ha dejado de ser una opción. Al menos el bosque queda a su espalda y ya no escucha a sus perseguidores. Sabe que están ahí, buscando su rastro. Es inevitable.

Se deja caer a la orilla del río. Cada latido resuena en su cabeza como un latigazo que le hace perder la vista durante una fracción de segundo mientras un dolor insoportable interrumpe sus pensamientos. Se acerca al agua e intenta beber y lavarse las heridas mientras piensa un plan de acción. Cuando decidió escapar, sabía que la probabilidad de encontrar un barco era pequeña, casi insignificante, pero se había aferrado a esa posibilidad para encontrar fuerzas para la primera etapa. Ahora tocaba reconsiderar las opciones. No puede quedarse aquí, tiene que seguir adelante. Es sólo cuestión de tiempo que la encuentren.

El corazón vuelve a latir más despacio, ya puede pensar. Está claro que debe seguir por el río, es la única forma de ocultar su rastro, pero el río no es seguro. La corriente es fuerte y deberá luchar por llegar al otro lado. Quizás simplemente debería dejarse arrastrar un trecho y luego volver a la misma orilla.

Pero no, no es tiempo de elaborar un plan, deben estar cerca, tiene que seguir moviéndose, porque parar implica morir. Rueda y se deja caer en el agua. Está fría. Muy fría. Agradablemente fría, porque adormece su cuerpo dolorido. Casi podría cerrar los ojos y simplemente dejarse arrastrar. Puede que lo haga.

Una insignificante y pequeña historia

Al principio todo iba bien. Se conocieron, se enamoraron y caminaron de la mano en la misma dirección. Un día, ella le preguntó por esa maleta que siempre llevaba a cuestas.

-No te preocupes. Es mi carga, yo la llevaré.

-La llevaremos juntos.

Y sonriendo, siguieron caminando hacia el inalcanzable horizonte.

Aquí es donde terminaría la historia, comiendo perdices o celebrando una boda por todo lo alto. Pero esas historias no son reales. Esta es una de esas historias que continúa más allá, hasta el verdadero final.

Una noche, algo cambió. Quizás no fue una noche, fue durante el día. O quizás el cambio siempre estuvo allí pero ellos se dejaron llevar y lo ignoraron. El caso es que algo cambió. Algo salió de aquella maleta y le poseyó.

Ella le miró, algo sorprendida, pero dispuesta a superar lo que fuera. Siempre que fuera juntos. Y se preparó para el cambio. Renovó sus fuerzas e intentó ayudarle. Cargó con aquella maleta y todo lo que salía de ella. Le protegió de todo y todos, construyó un universo seguro donde podrían solucionarlo todo.

Nunca reprochó, nunca se preguntó hasta dónde tendría que luchar. Se centró en sobrevivir. Pasaron los días, las semanas y los meses que se convirtieron en años.

Nada mejoraba. Y todo seguía empeorando. Aquella bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla. El príncipe se transformó en bestia. Todo parecía ir en la dirección contraria. ¿Cómo había podido pasar esto?

Ya sin fuerzas, un día de desesperación pidió ayuda. No le quedaba nadie a quien pedir ayuda, en ese aislamiento que la maleta había creado, pero por suerte  hubo alguien escuchando al otro lado de la puerta. Y la respuesta que recibió era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

-El hombre del que te enamoraste ya no existe. Es un infectado, no puedes hacer nada por él. Huye.

-Tiene que haber alguna solución, alguna cura. Ni siquiera es consciente de lo que le está pasando.

-No puedes ayudarle. No puedes ayudar a quien no quiere ayuda. Y cada vez es más violento. Llegará el día en que te ataque a ti también y entonces sí que no habrá vuelta atrás. Tienes que acabar con esto antes de que él acabe contigo.

No quiero hacerlo. Este no era el plan.

-Tienes que aceptarlo. No puedes salvarlo. Lo único que conseguirás es que la espiral de autodestrucción acabe con los dos. Necesitas perspectiva. Siempre lo has sabido. Recuerda.

Le mira y asiente. Lo sabe, lo ha sabido siempre. Pero no quiere dejarlo caer. ¿No era esto la humanidad? ¿Ser capaces de compartir las cargas? ¿Ayudarse unos a otros? ¿De qué sirve nada si al final nos quedamos solos?

Coge la escopeta y se acerca al cuarto. Dentro se oyen ruidos. Abre la puerta y apunta. A la cabeza. Cierra los ojos y el disparo retumba en toda la casa. Cuando las lágrimas la dejan mirar alrededor, sólo puede ver sangre y trozos de cerebro pintando las paredes.

Cierra la habitación y se sienta contra la puerta. Ya está hecho. Ya habrá tiempo de limpiar y recomponer. Ahora necesita descansar. Este será el último dolor que le causa, pero el eco seguirá resonando una larga temporada.

Al menos sabe que cuando llegue el apocalipsis zombie, estará en el bando ganador. En el bando capaz de pegar un tiro a sus seres queridos cuando se transformen.

Triste consuelo.

El día que el sueño termina

-No lo entiendo, ¿por qué?

-No hay un por qué. Simplemente es asi.

Me trajiste hasta aquí. ¿Por qué?

-Eras necesaria en el engranaje. Así es como funciona. Mañana será otro día.

-No tiene sentido. Tanto esfuerzo para nada.

-Somos criaturas del inframundo. No podemos permitirnos encontrarle un sentido a todo lo que tenemos que hacer.

Mereces un amor

Frida Kahlo, ese descubrimiento:

“Mereces un amor que te quiera despeinada, con todo y las razones que te levantan de prisa, con todo y los miedos que a veces no te dejan dormir. Mereces un amor que te haga sentir segura, que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel. Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos, y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que te escuche cuando cantas, que te apoye en tus ridículos, que respete que eres libre, que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía.”

“Si usted me quiere en su vida, usted me pondrá en ella. Yo no debería estar luchando por un puesto”

Frida, amor, ¿bebimos de las mismas fuentes o es que una parte de ti (pequeña, minúscula, la menos importante) se reencarnó en mi?

 

Maldita sea

Y la montaña nunca baja. No importa cuanto se esfuerce o lo rápido que intente terminar. Siempre quedan cosas por hacer. Lo urgente se pone por delante de lo importante. Respirar, comer, dormir, ¿a quién le importan?

La vida pasa corriendo a su lado, sin  tocarle. Se ríe de él. Ya no recuerda cuantas veces se ha quemado por poner la mano en el fuego. Cicatrices dolorosas que se empeñan en desfigurarle, ¿a quién le importan?

Aviva el fuego, pero el hielo se hace más y más denso. Al otro lado, furioso e impaciente, le recrimina que no se esfuerza lo suficiente. Golpea la pared y las esquirlas le dañan la cara y las manos, ¿a quién le importan?

El fuego va avanzando a su interior, al corazón le duele seguir bombeando. No puede parar, no debe parar, si para, se habrá rendido para siempre. Aunque, ¿a quién le importa?

De pronto se para, mira su reflejo y no se reconoce. Ya ni se acuerda la última vez que se dedicó un capricho. Tampoco tiene tiempo de planificarlo, ¿a quién le importa?

Vuelve corriendo a la montaña de tareas para seguir trabajando. Estrés. ¿A quién le importa?

Lucidez

Siempre ocurre de la misma forma. Estamos hablando, probablemente hay más gente alrededor participando en la conversación. Pero todos callan cuando por fin me doy cuenta de cual es el problema que lleva un rato molestándome.

La miro a los ojos. Ella me mira, tranquila, sonriente. Sabe lo que voy a decir a continuación.

-Esto no es posible.

Asiente. A nuestro alrededor todo está en silencio. Incluso los objetos a nuestro alrededor parece que empiezan a desvanecerse. Pero yo sigo centrada en sus ojos.

-Tú estás muerta.

-Lo sé.

-Entonces esto debe ser un sueño. No eres real.

-Esto es un sueño y yo no soy real porque estoy muerta. Pero es la única forma que te queda de poder hablar conmigo.

Entonces empieza el sueño lúcido.